sábado, 29 de noviembre de 2014

LA ENTENDIDA





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Quiso levantarse de su silla pero lo pensó mejor y se quedó. El mero ademán de ponerse en pie le reveló el repetido y dulce dolor lumbar. 

Quien acusa problemas de columna, y para reducir el dolor de vivir con ellos, programa –sin saberlo- la tensión de los músculos de la espalda para disminuir el dolor, como un corset que el vino afloja en dos minutos.

Helena se quería matar. “Quién me manda hacerme la entendida, ahora estoy tan borracha que no puedo ni encarar el baño que está a dos pasos”, pensó resistiendo el deseo de lavarse la cara con agua bien fría.

Con el fin de seducir a Roberto -quien por fin la había invitado a cenar- Helena había pedido vino en vez de la Coca Light que acostumbraba. Del vino le gustaba: el sabor, la temperatura, la densidad, la suavidad o la rispidez según el caso, el cuerpo o la ligereza de acuerdo al varietal. También el color oscuro -ella sólo bebía tinto- y la morosidad de las gotas arañando el cristal de la copa. Pero así como le gustaba, su falta de medida era legendaria: se bajó dos copas al hilo mientras esperaban la demorada comida y ahora afrontaba las consecuencias.

“Tengo que pensar… ¿qué hago?, mejor respiro profundamente para ver si la ventilación forzada disipa el alcohol. No puedo mandarme ninguna cagada de choborra perdido. Me muero si quedo como una tarada delante de este tipo. Mejor me sonrío un poco y trato de no hablar porque me parece que estoy arrastrando las palabras o los pensamientos, ¿estaré hablando o pensando? Tampoco me puedo reír como una idiota, tengo que moderar las comisuras de los labios y mantenerme derecha… ah y los ojos abiertos, ¡eso! debo mantener los ojos abiertos”

Helena se desmoronaba en su silla. Roberto apenas podía contener la risa pero no estaba bien  reírse abiertamente. Le encantaba Helena, por fin había juntado coraje para invitarla y no podía arriesgarse a malograr la salida por poner en evidencia su falta de cultura alcohólica. “Tengo que pensar la manera de salvar esta situación; para mí se pasó de rosca con el vino y no puede ni hablar… pero es tan linda así…muda”

- Mozo –llamó Roberto- ¿nos trae un agua mineral?


Este cuento es la respuesta al reto VII del sitio de Facebook Seamos breves 29 de noviembre de 2014


jueves, 27 de noviembre de 2014

EL CHINO

 



Amor oriental Abel Kropivka -  argentino - 11-12-43. 


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La situación económica argentina golpea en todos los hogares. No pasa por alto el de Roberto y Helena.

- Che, hoy es quince y no tenemos un mango.
- ¿Y qué querés que haga?
- Vos nada, -respondió Helena- pero creo que no podemos hacer más la compra mensual en el supermercado, gastamos mucho en  porquerías, desde hoy me voy al chino de la vuelta a comprar sólo las ofertas.
- Ya sabés que me conformo con poco- dijo Roberto.
- No hace falta que lo aclares- murmuró Helena.

Helena toma la bolsa de los mandados y se va al chino de la vuelta dispuesta a repoblar la heladera por unos pocos pesos. Elige tomates, una lechuga y  una caja de hamburguesas; se acerca a la caja dispuesta a pagar.

Ya en la fila, un brazo tatuado capta su atención. Helena relojea el resto del todo; el chino más lindo del mundo le pregunta: “¿Tené monera?”

Una cosa es bien sabida, “los chinos no tienen alma” hace rato se las  han vendido al diablo a cambio de juventud eterna. Entre los veinte y los sesenta todo chino tiene veintiséis.

A partir de ese momento Helena se transforma en habitué del chino de la vuelta... Se calza los tacos, una pollera apretada, se pinta los labios de rojo rojo rojo y marcha sacando pecho a ver a Wu. Porque en su mente lo ha bautizado Wu y distribuye la compra diaria con cuentagotas para multiplicar el placer de verlo.

En cada visita Helena lo espía desde la góndola de los congelados y se relame con la visión del torso vigoroso de Wu, de su pelo pinchudo y negro y de esos brazos nervudos y tatuados. ¿Quién sabe qué dirán los ideogramas? tal vez profundas enseñanzas de Confucio o legendarios proverbios. Aunque también podrían significar “Madre”, “marihuana libre” o “soy gay”. Helena no sabe nada de chino pero tampoco le importa; sólo sabe que a Wu los tatuajes le quedan divinos.

En su puesto de trabajo Wu rara vez sonríe, no mira a los clientes, no registra las miradas calientes de Helena y mucho menos imagina la actividad frenética de la cabeza de la mujer que lo tiene como protagonista excluyente. Se limita a pasar los artículos por el lector de precios, embolsarlos y cobrar. Mientras tanto Helena sueña despierta; los imagina a ella y a su chino, ambos desnudos después del amor. Ella,  laxa entre los brazos de Wu disfruta de la comparación entre ambas pieles. De reojo lo acaricia con la mirada y tan en babia está que se sobresalta cuando el chino pregunta con esa voz igualita a la que convierte los mensajes de texto en mensajes de voz: “¿Tené do con circuerta?” Helena regresa de la estratósfera y rebusca en el fondo del monedero las preciadas monedas que contentarán al oriental.

Helena está convencida de que entre ellos “hay onda”. Pero la verdad es que ese corazón de papa fría jamás acusará recibo de las afiebradas conjeturas de la mujer ni de sus oscuros mensajes de amor encriptados en: “Dejá, no me des bolsa, yo traje la mía que es ecológica”… pavada de declaración de principios.

Pero la vida es cruel y, un día como cualquier otro, con sus labios pintados de rojo rojo rojo, Helena descubre a una china descarada colgada del brazo tatuado de Wu. La muy chiruza no tendrá más de veinte años pero otra cosa   bien sabida es que las chinas tampoco tienen alma, el diablo se las ha cambiado por una eterna apariencia de veinte aunque tengan cincuenta y seis.

Y hay algo que una mujer de ley no puede soportar, la traición. Entonces Helena se dice: “Estos chinos son unos careros mejor me voy al gallego de la vuelta”.





Cuento cuya consigna era el cuadro de Kropivka para el sitio Abracadabra.




lunes, 24 de noviembre de 2014

COMO ARDILLAS





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- Me llamó Roberto…_
- Nooooo, ¿en serio?, ¿te invitó a salir?, aceptaste, ¿no?
-¿Vos estas loca? Si acepto de una, va a pensar que me interesa.
-¿Y no te interesa? ¿No estabas loca por este tipo? Hace dos meses que me venís quemando la cabeza con Roberto.
-¡Ay querida, no entendés nada! ¿Cuántas veces te tengo que explicar? ¿querés un cuadro sinóptico? Mirá, Roberto quiere sólo una cosa de mí; la misión es convencerlo de que en realidad quiere TODO. Para lograr este objetivo tengo que ir muuuuy despacio, paso a paso. Los hombres son como ardillas. ¿Viste cuando querés agarrar una ardilla? No salís corriendo y te le abanlanzás al grito de ¡”Cuchi cuchi, ardillita linda!, no no, todo lo contrario: te sentás en un banco de la plaza, te quedás quieta, ni parpadeás. Lentamente sacás de tu bolsillo una galletita o mejor una almendra pelada y la ponés  a tu lado, sobre el banco pero algo alejada… dejás que la ardilla huela. No hablás, no movés un músculo. De reojo verás que la ardilla llena su nariz con el olor del alimento y analiza si le conviene arriesgarse, cuando asume que sos inofensiva solita se acerca, se come la almendra y se te sube a la falda en busca de más. ¿Me explico?

-Helena, sos una genia.



Cuento que responde a la consigna "Lentamente" de Seamos Breves 24 de noviembre de 2014




sábado, 22 de noviembre de 2014

CLICK







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Despertó con un sobresalto y vio en la mesita de noche un paquete con su nombre. 
Todos sus terrores se condensaron sobre la piel de la nuca. Parpadeó una y otra vez para verificar que no seguía durmiendo. Y no, estaba bien despierta. Tal vez fuera su sueño el que aún no despertara… acababa de soñar que una mano desconocida dejaba un paquete sobre su mesa de luz y ahí estaba, tan real como las sábanas y el velador: un cubo pequeño envuelto en papel de regalo verde.
Miró el reloj, las tres y diez. Bajo otras circunstancias hubiera disfrutado de la idea de seguir durmiendo un  rato más pero ahora, mientras el viento movía las ramas del fresno frente a su ventana, deseó la luz del día.
Un nuevo pavor se instaló en su cama: ¿y si el extraño mensajero seguía aún en la casa? Maldijo su berretín de vivir sola, de mantener la intimidad a cualquier precio y de todas esas bobadas sobre la mujer independiente. Qué distinto sería ese momento si Roberto durmiera a su lado. Lo zamarrearía un poco y él se encargaría como buen hombre que es. Pero no, gracias a sus firmes principios estaba ahí sola, muerta de miedo frente a una situación inverosímil  sin saber qué hacer.
Tragó saliva, en un solo movimiento se inclinó para ver debajo de la cama… nada, sólo la valija enfundada en plástico. Se puso las chinelas y sin hacer el menor ruido buscó en el armario, por suerte abierto, su raqueta de tenis.
Con la ridícula protección deportiva en alto recorrió la casa encendiendo luces a su paso, revisaba detrás de los muebles y verificaba cerraduras de puertas y ventanas. Golpeó las cortinas (recordando alguna película de terror) y buscó en el balcón. Nada, todo estaba en orden y no había rastros de presencia alguna.
La revisión de su casa le dio tranquilidad inmediata pues ya no temía el ataque de un desconocido pero reavivó el hecho de que su sueño se había materializado. Lejos estaba de creer en las teorías sobre el Universo y su infinita capacidad de satisfacer deseos así que desestimó tal posibilidad. ¿Cómo habría llegado ese paquetito a su mesa de noche? ¿Quién lo habría dejado allí? ¿Qué encerraba?
Volvió corriendo a su cuarto con la esperanza de que se hubiera desvanecido pero no, seguía allí ocupando el mismo espacio que antes. Pensó que el hecho de que un sueño la hubiera advertido sobre la presencia del regalito no quería decir nada, era pura casualidad o tal vez se hubiera despertado antes, lo hubiera visto y luego habría vuelto a dormir incorporándolo al delirio onírico. Eso podía explicarlo bien. Ahora tenía que saber qué contenía y quién lo había dejado allí.
Sentada en la cama sopesó la idea de abrirlo y acallar las dudas pero se contuvo. ¿Y si guardaba algo peligroso?: un gas letal, un escorpión, ántrax… qué imaginación tan exorbitante. ¿Quién querría hacerle daño a una tierna maestra de escuela? Claro que los niños están terribles y más de uno querría verla muerta, sobre todo, ese gordito… "¿cómo es que se llama?... Pero no, si no sabe ni dónde vivo”, se dijo espantando una mosca imaginaria. Todavía sin decidirse lo tomó entre sus manos; no pesaba casi nada… “¡Anillo de compromiso!", pensó excitada. "¿Será que Roberto me ha dejado esto y se fue sin hacer ruido? A él le gustan las sorpresas pero detesta los compromisos… no, no ha sido él”. Sacudió el paquete buscando algo que tintineara dentro pero mudo muy mudo el muy cobarde. Se detuvo en el papel del envoltorio, sobre un fondo verde pequeños símbolos negros como letras cirílicas formaban un mensaje indescifrable. ¿Podrían ser esos los datos del remitente? “Nada que ver, si yo no conozco a ningún búlgaro o ruso o chechenio”

Mientras analizaba el paquete se relajaba, el papel era sedoso, verde y olía muy bien. “Como las lavandas del jardín de mi abuela o el tilo florecido que estaba frente a mi escuela”, recordó. Acariciaba las aristas y las caras del cubo, se detenía en los ángulos de las esquinas y se dijo: “el cubo es mi cuerpo geométrico favorito, tan regular, tan perfectito”.

Sin poder contenerse rasgó el papel y se encontró con una preciosa cajita de un material brillante y sutil. Descubrió una bisagra y un broche que ajustaba la tapa.
“Click”, dijo la caja -porque lo dijo con su voz de caja- y se abrió despacio, muy despacio.
La mujer miró el interior y descubrió una réplica perfecta de su cuarto con una minúscula cama igual a la suya con sus mismas sábanas, una ínfima mesa de luz y un diminuto paquete envuelto en papel verde con infinitesimales caracteres cirílicos. Irrefrenables deseos de hacerse pequeña y habitar ese espacio se apoderaron de su voluntad.

“Click”, dijo la caja -porque lo dijo con su voz de caja- cuando se cerró para siempre.




Este cuento responde a la consigna propuesta por el espacio Abracadabra: cuento que empiece con la frase : "Despertó con un sobresalto y vio en la mesita de noche un paquete con su nombre"





domingo, 9 de noviembre de 2014

PLANETA DE ESCRITORES








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De mis padres aprendí el hábito de la lectura. La mejor imagen que tengo grabada en la retina es de ellos dos leyendo en la cama, ya fueran libros o diarios. Por emularlos o, porque no me quedaba opción en una casa de lectores, empecé a leer desde muy chica y nunca me detuve. Mi abuelo Carlos, el padre de mi mamá, también influyó sólidamente en mí, era el mejor contador de cuentos del mundo, sólo superado, tal vez, por su hija Antonia, mi mamá quien antes de dormir nos contaba el cuento de “Los tres hermanitos locos”: una  historia mágica e interminable cuyos capítulos inventaba cada noche para sus hijos

Cuando tenía 9 años una vecina que estudiaba Ciencias de la Educación me usó de conejillo de Indias y me tomó un test vocacional. No recuerdo mucho de ese día salvo que ella se sorprendió cuando me pidió que escribiera una lista de palabras que empezaran con “R”. En minutos desgrané una larguísima lista escrita con tinta azul. El resultado del test: “tenés que seguir algo relacionado con las Letras”, me dijo. Pero yo lo olvidé.

Crecí sin dejar de leer y tomé el camino de las ciencias a la hora de elegir una carrera.  Me casé, tuve dos hijas, me mudé para allá y volví para acá, sin dejar de leer.

Hace 9 años mientras leía La Nación por Internet mi vista reparó en el anuncio de un foro de escritores propuesto por el diario en el que se invitaba a escribir, en 180 palabras, un cuento sobre una fecha patria: el 25 de mayo. No le presté mayor atención y me fui a bañar… Juro, y esto no es cuento, que mientras el agua de la ducha caía sobre mi cuerpo el cuento “Camilo Gómez”  cayó sobre mi cerebro. No más secarme y vestirme lo escribí, lo pulí, le podé palabras hasta dejarlo en las 180 pedidas y lo mandé como una pulsión, como liberando al universo un mensaje propio. Una semana más tarde ese cuento era el ganador del concurso semanal del foro.

A partir de ese día nunca pude dejar de escribir. La escritura abrió las compuertas de mi imaginación y ya no pude cerrarlas, abrió también un planeta de amigos escritores, los seres más solidarios que he conocido, que me enseñaron con sus amorosas críticas todo lo que ahora sé y lo que sigo aprendiendo.




Link que lleva al cuento mencionado en este cuento : 

http://rosariocollico.blogspot.com.ar/2009/08/camilo-gomez.html





jueves, 6 de noviembre de 2014

LA SEÑAL VIOLETA






Les yeux dans les yeux . B Bollmann


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-¡Eh!, ¿qué mirás? ¿Tengo monos en la cara? Reconozco que puedo resultarte raro, sé bien que no hay muchos pelados con mitad de cara violeta. Y encima con esto dos faroles verdes; no me digas que no son impactantes. De todas formas no me parece que te me quedes mirando con la bocota abierta. Es de  mala educación, ¡Dios, dónde iremos a parar! ¿Quién educa a esta generación? ¡Qué mal estamos! Cerrá la boca porque es muy feo lo que estás haciendo. Si bien la cabeza pelada y mis preciosos ojos son producto de la genética –pelada mi madre y verdísimos ojos los de mi padre- el color violeta tiene otro origen, que ya que me lo pedís, te voy a contar. Ante todo te aclaro que no es pintura ni tatuaje. Sólo un indio en pie de guerra se pintaría así y, los tatuajes mi amigo… no me van. Si Dios hubiera querido darnos un diseño epidérmico nos habría hecho tigres o cebras, ¿no te parece? Ah, y por si te lo preguntaras, no me duele y tampoco nací con esto; eso sí hace varios años que me veo así, tantos que si me miro al espejo ni lo noto, qué loco, ¿no? En fin, sigo, cierta noche oscura iba yo caminando tranquilo por mi barrio fumando un puro –en ese entonces fumaba.-; ya no por todas eso del riesgo cardíaco, el epoc y tantas otras pavadas médicas que no me termino de creer. De pronto una luz cegadora me iluminó desde el cielo y una fuerza magnética me llevó derechito a una nave espacial donde unos seres transparentes como amebas me sometieron a un sinfín de estudios y experimentos mientras reían o babeaban. Yo no podía moverme por el susto o por alguna tramoya química o mágica de esta gente -si es que se les puede llamar gente a estos batracios-. Terminados los múltiples vejámenes a los que fui sometido sin piedad cubrieron mi cara con extraño lienzo. Y no recuerdo nada más, desperté en mi cama con la mejilla violeta. Calculo que es una especie de marca, como que fui censado y analizado por estos bichos. Desde entonces busco gente con esta señal violeta para preguntar, para saber, para comparar, para no ser el único… pero hasta ahora nadie che, ni  una pista, ¿podés creer? Y ahora me voy, me esperan en la clínica, mejor me apuro porque si no los doctores se enojan. Que pases buen día.



En respuesta a la propuesta de Fabiola Duran para Abracadabra (usar el cuadro para escribir el cuento.




lunes, 3 de noviembre de 2014

MONSTRUOSIDADES CULINARIAS (a true story)





familia Collico Savio. De izq. a der Rosario, Mariana,Daniel , mamá y papá en el cumpelaños de 15 de Mercedes que tenía un precioso vestido celeste.

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- Reconozco en estos exquisitos tomates rellenos el arroz que comimos anoche- dijo  Daniel no sin cierto sarcasmo.
- ¡Qué perspicaz, hijo mío! – ironizó Antonia.
- Las aceitunas son las que sobraron de la pizza –murmuró Mariana.
- ¿Qué dijiste vos?
- Nada nada, mamá… que están riquísimos.
- Agradezcan al Cielo que la mayonesa es de primera mano –dije en voz baja y agregué aumentando el volumen – ¡Sí mamá, exquisitos!

Sobre Antonia circulan afirmaciones indiscutibles: que era buena, generosa, práctica y organizada, responsable en su trabajo y querida por sus compañeros, que fumaba y comía ruidosas galletas marineras mientras leía recostada en la cama novelas negras del Séptimo Círculo y que disfrutaba las madrugadas sentada en la cocina escuchando la radio ante un tazón de café con leche.

Todo eso es cierto pero también que la cocina no era su fuerte y que, como buena taurina, no escarmentaba con sus reiterados fracasos. Lejos de resignarse, se empecinaba en el arte del Cordon Bleau. Cada tanto bajaba la inspiración e innovaba: mezclaba elementos que encontraba en la heladera o en la alacena con otros que compraba especialmente para perpetrar sus nefastos experimentos. Obtenía así engendros de sabores tan difusos como horribles que nos presentaba a diario sobre la mesa esperando nuestra aprobación. Tal vez fuera la precursora de la comida molecular, quién sabe.

Voluntad tenía, arte no.

Nosotros, pobres conejitos de Indias, habíamos aprendido desde chicos a resignar el sentido del gusto para no herir sus sentimientos. Comíamos sin chistar haciendo gala de un enorme dominio de voluntad o de papilas gustativas ya insensibles.

Hasta que un día se pasó de la raya.

- Mamá, ¿qué es esto? –preguntó Daniel esgrimiendo una cuchara sobre la que se estremecía una masa babosa y gris.
- “Aspic de verduras” –respondió sin inmutarse la asesina serial de los sabores agradables.

Los tres nos miramos y largamos la carcajada. No podíamos mantener esa farsa ni un minuto más.

Este último experimento de Antonia no tenía perdón de ningún dios y cualquier cocinero con un mínimo de decencia la hubiera desterrado a la Siberia o a un Mc Donalds.

Imagino que el lector estará ansioso por saber el secreto del sospechoso áspic. Pues bien, era el producto de la combinación de restos de sopa de verduras con gelatina sin sabor, que luego de una temporada en la heladera, Antonia había moldeado como un monstruoso timbal bamboleante y gris.

Juro que es cierto.






domingo, 2 de noviembre de 2014

COMPAÑERA DE RUTA






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Cada diciembre empiezo a buscar  su reemplazante. Me paro en las vidrieras, pregunto precios, comparo tamaños. Pienso y sopeso formas y calidades para que me dure todo el año. ¿Qué haría yo sin ella? Nada, mi vida sería un descontrol. Olvidaría mis obligaciones, pagaría dos veces los impuestos o me cortarían la luz. Olvidaría  citas, direcciones y números de teléfono, incluso personas o lugares, ¿dónde se supone que debiera escribir la lista de pendientes diarios, mensuales o anuales?.¿Dónde guardaría papelitos importantes, recetas médicas, panfletos de productos naturistas o escuelas de yoga? ¿Qué lugar deberían tener algunas fotos o los recortes imprescindibles robados de alguna revista del consultorio del dentista?

Caos, sólo caos. Mis horas se organizan a su alrededor.

Miro la que tengo en uso y no se parece en nada a cómo era al principio. A fin del año pasado la compré en una tienda, me costó mucho dar con ella pues no me convencía ninguna hasta que la encontré. Tenía el tamaño justo, ni muy chica ni muy grande. De tapas duras y rulo firme. Las hojas eran blancas con finas rayas celestes y calculé, a ojo de buen cubero, que me serviría hasta la última hoja. No es una agenda, no me gustan los espacios pautados, los días fijados por otro y espacio ocupado con frases o dibujitos. No quiero índices ni calendarios, sólo papel en blanco para mí. Yo busco una libreta, mi libreta, esa que me acompañará todo el año.

Antes de estrenarla escribí 2014 en la tapa y cuando caiga la última hoja en el almanaque la guardaré en un cajón junto con sus predecesoras.

Y soy feliz por todos los datos, citas de libros, autores, recordatorios de cumpleaños, precios (de cosas que jamás compraré), recetas de cocina (que jamás haré), oraciones y conjuros (que sí rezaré), descripciones sobre cómo ir de un lugar a otro (lo que me salvará de perderme), amigos nuevos, canciones encontradas y películas recomendadas, nombres de animales o de plantas, listas de compras. Todo es parte de mi.

Sé que en un día futuro necesitaré la información que está en ese preciso lugar, cerca de la esquina izquierda en una de las hojas pares escrita con marcador violeta. Tal vez en 2017 pasaré sus páginas buscando ese dato hasta encontrarlo y en el camino recordaré este presente que será pasado.


Es noviembre y mi libreta no es la misma, está ajada, las puntas algo romas, me quedan pocas hojas libres; voy ajustando la letra para que me alcance. Es todavía mi compañera de ruta pero ya se ha ganado un sitio en mi cajón de tesoros.

Desafío de Seré breve sobre descripciones