viernes, 19 de diciembre de 2014

VOLVER







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-Oui – le dijo al changador que le ofreció el taxi a la salida de Ezeiza, olvidando que ya estaba en la Argentina.

Se acomodó en el asiento y con los anteojos de sol cubriendo buena parte del rostro empezó a  acostumbrar sus ojos al paisaje dejado muchos años atrás. Había vuelto otras veces, pocas,  y el trayecto del aeropuerto hasta la casa en San Telmo no le había generado nunca sentimientos muy  radicales, pero esta vez era diferente.

-Papá murió, – le había dicho su hermana por teléfono la mañana de un día gris- un infarto.

Su historia había sido la de muchos: la médica joven que obtiene una beca. Había tenido suerte. Al terminarla no la soltaron; nadie en su sano juicio la hubiera dejado ir. Era realmente buena en la rara especialidad  escogida y por eso le ofrecieron el oro y el moro para que se instalara allí. La comparación con una vuelta gloriosa pero con pronóstico laboral miserable  en Buenos Aires, la retuvo por dos años más, por cuatro, hasta fin del próximo semestre, hasta que terminara la próxima investigación…

La postergación se demoró tanto como la compra de su departamento en Paris, la apertura de su consultorio exclusivo, el acuerdo con los laboratorios para la consultoría, los nueve libros publicados en francés y la jefatura de la cátedra.

Tres computadoras de última generación la mantenían en contacto con el  mundo del futuro y con el del  pasado, los mails  resguardaban el enlace con las raíces enterradas en tierras de tango.

-Todo no se puede -se había justificado en  más de una oportunidad– uno siempre hace elecciones, en cada una se gana y se pierde. No pueden apreciarse, en el momento, la magnitud de sus resultados, ni los buenos ni los malos.

La comunicación electrónica le ofrecía irrefutables  ventajas por sobre la de papel: la inmediatez, que sólo depende de la voluntad,  y hasta la posibilidad de chatear  con su sobrina de catorce años, a quien casi no conocía. Después se agregaron  las fotos, que colorean las palabras aunque no aportan, aún, ni perfumes ni sensaciones táctiles. Más de una vez se descubrió tocando la pantalla de cuarzo tan fría y tan  lisa, cuando sus dedos hubieran matado por  el calor de las caras y el aroma familiar. Fotos con rostros alegres, con sonrisas. Las de los cumpleaños, las de los bautismos de los bebés nuevos, las de la tía Elena que ya se murió, las  de ese asado en casa de la gorda, aquella vez que se reunieron todas las chicas del secundario.

Pero las fotos y las cartas, muchas veces, pintan un cuadro distorsionado, una especie de diario de Yrigoyen, que se edita de un lado y otro de las pantallas para suavizar la realidad, para no preocupar al otro al cohete, si total,  desde tan lejos qué puede hacer.

- Papá murió, –le había dicho su hermana por teléfono la mañana de un día gris-  un infarto.

Buenos Aires era cada vez más caótica, pudo comprobar con la frente apoyada sobre el vidrio del auto. El cotejo con el primer mundo fue inevitable. No se ahorró la  nada original frase de los cinco tan: “un país tan rico, tan enorme, tan desperdiciado, tan saqueado, tan triste “.

En algún momento el taxi empezó a recorrer calles más conocidas y se apresuró a  mirarse en el espejo que guardaba en la cartera. Se pintó los labios y acomodó un mechón castaño que se empeñaba en caer sobre el ojo derecho.

-Estoy llegando- les dijo por celular.

El coche dobló por Bolívar  y allí los vio, a todos en la vereda, esperándola, detenidos en el tiempo y el espacio, como si no hubiera nada más importante que hacer. Sus hermanos, un poco mas ajados de lo que recordaba, los sobrinos enormes, irreconocibles; la vecina de al lado, doña Juanita, más menuda que antes.

Con paso corto pero firme, su madre se acomodó en primera fila.

El chofer clavó el freno de mano. Con la misma precisión de aquel sonido seco entendió  que aquella postal de bienvenida había instalado, irrevocablemente en su cabeza, la inquebrantable  decisión de volver.




Enviado a Perras Negras el 31 de agosto de 2006. Consigna 30. tema libre





2 comentarios:

Jhon Barcasnegras dijo...

Excelente. Me pregunto si mi memoria es muy mala o hay muchos relatos tuyos que no he leído.

Rosario Collico dijo...

Tu memoria es muy mala.