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domingo, 7 de septiembre de 2014

GRACIAS POR VENIR









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La muerte célebre del músico no me toma por sorpresa; desilusiona la mezquindad divina  por escatimarnos otro milagro de fuerza natural. Hace  años que un accidente cerebral lo mantenía en un limbo blanco de madres y enfermeras.

Hoy su corazón delator dijo basta y me dio pena su tiempo desperdiciado en una cama y todo lo que ya no será. Su muerte temprana revela que el crimen sin resolver está ,para todos, a la vuelta de la esquina.

Tiendo un puente con su música  mientras preparo un té para tres al que estará por siempre invitado.

Adiós.



Nota: las palabras en itálica son títulos de canciones de Cerati.






sábado, 10 de julio de 2010

ROMPECABEZAS (artículo)

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Ilustración: Alejandra Rojas Gross

Pareciera que cuando dábamos por sentado que las cosas ya no cambiarían se nos dio por desarmar el rompecabezas perfecto que habíamos construido con las instrucciones de otros.

Las mujeres de alrededor de 40 pertenecemos a la última generación que obedeció sin chistar los mandatos culturales. No es bueno generalizar y por eso diré que la mayoría de nosotras aprendió aplicadamente las lecciones impartidas por padres y maestros: usamos el uniforme por debajo de la rodilla, estudiamos una carrera como la gente, nos sacamos el pelo de la cara, buscamos un chico de buena familia, tuvimos dos o tres hijos e intentamos, con mayor o menor éxito alguna manualidad “inutilísima” en goma eva.

Pero en algún momento, rondando los 40, advertimos que eso no bastaba para ser felices y que había todo un mundo por descubrir fuera de la burbuja aséptica que era nuestro hábitat; entonces salimos a explorar.

No fue fácil.

Dejar a un lado la comodidad de lo establecido o los éxitos bien probados da miedo, se teme lo que se desconoce. Pero aun con todo para perder muchas nos hemos animado a revelarnos contra lo socialmente aceptado y saltamos al vacío.

Por eso, hemos cambiando de trabajo, de peinado, de amores, de costumbres y de músicas. Nos dimos el permiso para ser aquello para lo que estamos puestas en este mundo, para alcanzar ese secreto deseo que desde muy temprano late en nuestro interior y que por muchos años, más de 40, nos obstinamos en tapar.

Pareciera que cuando dábamos por sentado que las cosas no cambiarían se nos dio por desarmar el rompecabezas perfecto que habíamos construido con las instrucciones de otros y, con una mezcla de alegría y dolor, vamos armando este otro, el nuevo, el que nos dicta el corazón.

Este artículo salió seleccionado para figurar en el e-book Soy una mujer de 40 y más
(para descargarlo http://bit.ly/40ymas)


Safecreative Código: 1005216347924

viernes, 9 de julio de 2010

COLOMBIA

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Esto no le pasó a otro, me pasó a mí. No hubiera sido testigo de haber salido de mi casa un minuto antes o un minuto después.

Vivo sobre una avenida muy transitada tanto por personas como por vehículos sobre todo a las 7 de la tarde de un jueves previo a un feriado. Hay dos supermercados en menos de 100 metros y muchos otros comercios, cafés, pizzerías etc. Y como detalle aún más pintoresco, la residencia de la presidenta está a dos cuadras sobre la misma calle.

Crucé Maipú rumbo al gimnasio que, acorde a mi teoría de actividades y cercanías, no está a más de setenta metros de mi casa. Ya en la otra vereda miro en dirección a la calzada y veo que entre los autos que estaban detenidos esperando la luz verde un motociclista se bajaba de la moto y le apuntaba con un revólver a un Audi gris que también estaba esperando el giro para doblar sobre la izquierda. A juzgar por la situación no se trataba de un robo pues el hombre estaba a un metro del auto y su actitud era claramente desafiante, sostenía el arma con ambas manos. Imaginé un ajuste de cuentas o algo así.

Fiel a mi pensamiento ingenuo me dije que estarían rodando una película pero al instante descubrí que no había cámaras que filmaran y que la luz que iluminaba la escena era sólo la del crepúsculo.

En la siguiente fracción de segundo ocurrieron tres cosas:

a) Mi natural curiosidad trocó en “sálvese quién pueda” y, junto a otras 5 ó 6 personas tan azoradas como yo, entré en un maxikiosco a protegerme. Ya el motociclista y el auto habían desaparecido de mi campo visual cuando escuché los tres tiros.
b) Comprobé algo que ya había leído en un libro que recomiendo –Blink, inteligencia intuitiva de Malcom Gladwell–. Dice sobre las situaciones de peligro: “… La mayoría de nosotros, cuando estamos sometidos a una presión intensa, nos excitamos demasiado y, superado cierto punto, son tantas las fuentes de información que el cuerpo empieza a desconectarse y nos convertimos en unos inútiles…”. Pude comprobarlo porque le dije a la chica del kiosco: “Llamá a la policía” y juro que no me venía a la cabeza el mentado 911. Aparecían en mi mente distintas combinaciones de tres números pero ninguna correcta.
c) Estaba bien abrigada pero en ese momento fui consciente de mi condición animal: tenía el cuero cabelludo y la piel de la espalda totalmente erizados, como los gatos que se inflan en situaciones de stress para infundir temor en su atacante.

El semáforo dio luz verde y todo se desvaneció en el aire. Los tiros no causaron efectos visibles, ya porque fueron disuasivos o porque el auto estuviera quizás blindado. Para cuando salimos de nuevo a la vereda no quedaban rastros de la experiencia vivida. De no ser porque otros habían visto y oído lo mismo que yo y toda la cuadra comentaba el asunto bien podría haberse tratado de una alucinación.

Tanto la capital como el gran Buenos Aires están plagados de hechos violentos, todos tenemos una historia cercana de robos, hurtos, secuestros, etc pero nunca me había tocado tan de cerca y, sobre todo, que el hecho en cuestión se pareciera más a lo que uno escucha sobre Colombia y la guerra entre carteles. ¿Será que indefectiblemente nuestro destino es ser Colombia?

Safecreative : Código: 1007096789658

lunes, 26 de octubre de 2009

LA TEORÍA DE LA SUBESPECIE


Hace tiempo que elaboré la teoría de la subespecie.

Podría ser que, al igual que en una novela de ciencia ficción, por alguna guerra bacteriológica no percibida que hubiera enfermado las aguas, una porción del género humano hubiera mutado hasta convertirse en una subespecie de la nuestra, la gente de siempre, la que paga impuestos, la que cree en el progreso merced al trabajo, la solidaria, la que ante la duda, piensa bien, o sea, básicamente, la buena gente.

El sábado pasado celebré mi cumpleaños en mi casa. Estaban presentes mis hijas, mis hermanos, mis cuñados y mis sobrinos, es decir una porción importante de mis queridos. A eso de la medianoche sonó el teléfono. Un hombre que se identificó como perteneciente a la comisaría 1ª de Olivos (vivo en Olivos) preguntó por mi ex marido (su nombre es el que figura en guía) cuando le dije que no vivía en esta casa comenzó con una acelerada perorata en lenguaje policial con la que me explicaba rápidamente y sin dejarme lugar para repreguntas que una persona había tenido un accidente automovilístico en la estación de Olivos y que antes de perder el conocimiento había dado este teléfono.

Aclaro ahora que yo sabía que el papá de mis hijas estaba viniendo para mi casa pues pasaría a buscarlas.

Mi cerebro unía 2 + 2 mientras el supuesto policía me urgía a que le diera datos personales, no me dejaba pensar ni hablar con mi familia. Me presionaba todo el tiempo a permanecer en línea y a darle datos. Alertados por esta situación que yo iba describiendo en voz alta mi hija llamó a su padre al celular y estaba lo más bien y mi hermano me decía: “Cortá, cortá”. Corté.

Nadie volvió a llamar. La llamada era falsa.

Esta vez zafé, la subespecie no pudo conmigo. No lograron alimentarse de mí.

Pero me pregunto qué estaría contando ahora de no haber estado mi familia en casa para advertirme sobre el engaño. ¿Y si hubiera estado sola? ¿Y si alguna de mis hijas o las dos hubieran estado fuera? ¿Y si yo hubiera salido y alguna de ellas atendía la llamada?

Sabía sobre los falsos secuestros y también sobre las falsas llamadas del Same pero ignoraba este nuevo ardid, esta celada que la subespecie me había tendido invocando, esta vez, a la policía.

Y esto no es el viejo cuento del tío, si uno cae en estas garras padece más que una estafa.

Esta subespecie –y puede parecerles peyorativo o discriminatorio pero no lo es– se alimenta de nosotros. Tiene su fortaleza en nuestra ingenuidad y en nuestra incansable vocación de creer. Sus técnicas de caza se basan en la falta de escrúpulos y en una inadmisible ausencia de códigos. Esas son sus armas, las que les permiten ganar territorio a nuestras expensas.

Pertenecemos al Reino Animal y cuando dos especies compiten en un territorio, gana la más fuerte la que logra la mejor adaptación. Si queremos subsistir deberemos implementar nuevas técnicas, modificar conductas, aumentar la perspicacia y la intuición, ser más desconfiados y, sobre todo, avisar a los congéneres sobre las tácticas desarrolladas por ellos, nuestros cazadores. Si no mutamos estamos fritos.

¿No sería bueno que se implementara un canal de comunicación masivo para advertirnos sobre estas prácticas? Algo un poco más serio que una cadena de mails. No sé, tal vez publicidades en el canal oficial en el entretiempo de los cientos de partidos de fútbol que ahora son para todos. Ya que, al parecer, es imposible que nos cuiden como sería esperable al menos podrían alertarnos organizadamente sobre los modus operandis de la subespecie para ponernos sobre aviso. Mientras se les cae alguna idea, yo les aviso.

lunes, 7 de septiembre de 2009

CONFIAR EN LA PE “S” UÑA

Distendida y confiada, al no depender de las veleidades galaicas de un traductor, leía la última novela de una afamada autora argentina editada por la prestigiosa editorial Alfaguara. Una historia cruel, sobre todo, para quien ha padecido el ocaso de un viejo querido víctima de una enfermedad que deteriora su esencia día a día.

Pero la historia no viene al caso, no estoy aquí para hacer una crítica literaria; tal vez parecerá menor el tema que me azuza para escribir lo que están leyendo pero, para mí, lo que se esconde bajo la inocente sustitución de una letra por otra es de vital importancia: “la pérdida de la confianza en aquello en lo que creímos desde siempre”

“¡Qué!”, me dije en un grito interno que me descolocó las almohadas e hizo saltar a la gata interrumpiendo su octava siesta,” ¿Pesuña con S?”

La S tan fuera de lugar me taladró la vista pero produjo algo más: no me creí, le di la derecha al negro sobre blanco, a la letra escrita. Pero no pude seguir leyendo, le desconfié al libro porque la S me seguía sin convencer. Busqué la palabra en el diccionario y la Z vino en auxilio de mi mellada autoestima ortográfica.

Alguno me dirá: “¡¡¡Che, pero es una letra!!!” sí, es sólo una letra, pero escrita en un lugar en el que tenía depositada mi confianza. No en vano mi maestra de segundo grado, la señorita Elisa, nos daba una tarea que yo odiaba porque no soy hábil con las manualidades. “Busco recorto y pego 10 palabras con… “, escribía en el pizarrón, la sentencia terminaba con la que fuera la regla ortográfica que hubiera enseñado ese día. Reitero que odiaba hacerlo porque no podía cortar derecho y más de una vez decapité una palabra que quedó inutilizable pero esa y otras tareas de refuerzo propiciaron dos cosas:
a) que no tenga errores de ortografía.
b) que en mi mente esté grabada la premisa de que lo que está escrito en letra de molde se cree.

El punto b) no es del todo cierto, pero eso lo aprendí después y tal vez dé para otro escrito.

–Malena, ¿cómo deletreás pezuña?– pregunté temerosa.
–P-E-Z-U-Ñ-A –respondió la adolescente sin quitar los ojos de la pantalla de su laptop.

“Bueno”, me dije con cierto alivio, “tan mal no estamos, mi hija menor podría ser correctora de Alfaguara”.

miércoles, 19 de agosto de 2009

BIENVENIDOS

BIENVENIDOS
Lo que leerán a continuación lo conté muchas veces pero nunca lo escribí. Cada vez que lo evoco me parece tan mágico que merece quedar en palabras.

Siempre fui lectora, muy lectora. "Lo que se hereda no se roba", dice el refrán. Y es cierto. Cuando imagino a mis padres, a ambos los hago con lectura entre las manos, mi viejo sentado en la mecedora con La Nación desplegada ante la cara o en su cama, leyendo Primera Plana o algún libro con una pierna flexionada sobre la otra y muchas almohdas detrás de la cabeza. Mi mamá, en cambio leía acostada todo lo que le cayera adelante, no sé cuántas novelas policiales habrá leído en su vida, pero la colección era impresionante. También tenía otra locura, la lectura de madrugada, sentada frente a la mesa de la cocina con un balde de café con leche y un pucho como únicos testigos de sus andanzas solitarias.

Por eso digo, que no pude escapar a ese destino... recuerdo que cuando tenía 6 años me regalaron esos libritos chiquitos pero gruesos, de muchas hojas que tenían en la esquina superior derecha una imagen. Cuando uno corría las páginas rápidamente, pellizcando el libro, se revelaba un dibujo animado. Ese librito me llenó de orgullo porque era el primer libro gordo (como los de mis padres) que leía.

Toda esta parrafada sirve para decir que sólo leía y que jamás había escrito nada de nada. Tal vez ese hubiera sido mi destino de no haber leído el diario La Nación -en su versión digital- un 25 de mayo de 2005. En la página principal había un link con el título Semana de Cuentos que, para ser sincera, no sé porqué cliqueé. Me enteré entonces que se inauguraba un foro de escritores, que tendrían una consigna semanal y que habría un cuento ganador por semana. Esa primera consigna fue: "Es 25 de mayo y...".

La noticia no me llamó la atención en lo más mínimo ni despertó mi curiosidad. ¿Qué interés podría tener en un foro alguien que en su vida había entrado a ninguno y sólo usaba Internet para escribir mails/carta a la familia?

Lo cierto es que cerré el diario y me fui a duchar. Se me ocurre pensar en que el agua tiene para mí un efecto benéfico por encima de cualquier otro elemento. Mezclado entre las gotas de agua caliente un cuento, palabra por palabra, fue desgranándose sobre mi cabeza. Vi claramente a Camilo Gómez en su casa helada y pobre, olí su mate cocido y lo acompañé a la plaza donde algo se cocinaba aunque él no sabía bien qué.

El cuento debía tener 180 palabras, ¡poquísimas! pero finalmente esas palabras dictadas por lluvia quedaron firmes en la pantalla de la computadora. Cuando estuve conforme con ellas las mandé al diario bajo el nick rosario05. El jueves siguiente me enteré de que ese había sido el cuento ganador. Desde ese día no pude dejar de escribir y gracias a eso, además, empecé a coleccionar los amigos más afines que he tenido, la gente que escribe porque sí, porque no puede guardarse adentro lo que manos invisibles escriben contra los muros de sus cerebros.