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miércoles, 23 de abril de 2014

CAZADOR *




LaPocha

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En  revoltijo de sábanas y sensaciones amargas despierto esta mañana con una premonición de muerte atravesada en la garganta; no sé, quizá, un mal sueño o un lóbrego recuerdo de la noche.

Estiro los músculos, enroscados en los huesos y recobro el sentido a la luz de la mañana nueva pero pronto advierto que cualquier oscuro presagio no es tan negro como la realidad: soy un ser minúsculo de no más de un palmo  amanecido en mi cama de siempre, en mi cuarto de siempre, en mi casa de siempre.

Apenas sobrepuesto a la verdad, me descuelgo por las cobijas hasta el suelo. Maldigo el momento en el que elegí la alfombra, me hundo hasta la cintura. Fatigo penosamente esa selva de pelo azul para alcanzar la puerta como si el rectángulo luminoso me deparara la explicación lógica o la salvación.

Pronto comprendo que nunca he de llegar. El gato, que agazapado me escudriñaba tieso, inmóvil desde un rincón, se abalanza sobre mí. Atrapado entre sus zarpas huelo su aliento de alimento balanceado e intuyo su felicidad por atrapar una presa de sangre caliente tan distinta de las moscas y polillas con las que despunta su atávico vicio de cazador.



*Cuento finalista del concurso  3X200 del grupo Andén




martes, 13 de abril de 2010

SILENCIOSA Y QUIETA

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–No me molestes –dijo el tigre– dejame en paz. No me gusta que revolotees a mi alrededor, me molesta para pensar. Dejame solo.

El tigre pegó un zarpazo que trizó el aire en cuatro curvas paralelas. La mariposa, más rápida, se salvó de milagro. Voló hasta una rama dejando una estela de polvillo dorado suspendido entre dos suspiros.

Desde las alturas, amparada por hojas y flores la mariposa hacía equilibrio sobre una ramita delgada. Sus alas, vibraban de furia cada tanto, sus ojos hervían en centellas y lágrimas y su boquita libadora dijo en un murmullo: “No entiendo qué pasa, todos alaban la belleza de mis colores y se alegran cuando los enredo entre los rulos y arabezcos de mis vuelos. Todos me aman menos él. El tigre es lo más lindo que he visto en mi vida pero no me quiere”.

Una oruga que caminaba por una rama cercana asomó su cabeza verde de entre unas hojas a medio morder y le dijo: “Mariposa, no desesperes, el tigre no es igual a todos. Miralo bien.”

La mariposa guardó en su corazón las palabras de la oruga y buscó un lugar tranquilo en la copa de un árbol muy alto. Desde allí lo veía cuando rasgaba la oscuridad del bosque con sus naranjas y sus negros, cuando acechaba mudo a sus presas, detenido entre dos pasos, como una estatua. Lo miraba cuando se afilaba las uñas en los troncos cercanos y desgarraba las cortezas igual que un gato grande o cuando, cansado, se ovillaba sobre un lecho de hojas secas con las que compartía el cobre del otoño.

Los días pasaron y la mariposa seguía en su mangrullo, silenciosa y quieta.

El tigre comenzó a rondar el árbol de la mariposa, lo cercaba en círculos cada vez más apretados. La buscaba. Sus ojos amarillos hurgaban las alturas; levantaba altivo la cabeza y husmeaba el aire buscando el rastro de quien ya empezaba a añorar.

Una tarde, el tigre se sentó bajo el árbol de la mariposa, la miró por un rato largo y luego le dijo:
–¿Qué te pasa mariposa que no te veo revolotear a mi alrededor?
–Me dijiste que me fuera, que te dejara solo. Cumplí tu deseo. Ahora no tengo ganas de hablar.

El tigre, tal vez triste, le dio la espalda y se internó en el bosque, pero volvió cada tarde a mirar a su mariposa que, silenciosa y quieta, seguía en la ramita.

–Mariposa –le dijo un viernes de junio– extraño el sonido de tus alas y la campanita de tu risa en mis oídos. Por favor, bajá, vení conmigo.

Desde ese día no es difícil encontrar al tigre entre los senderos del bosque ronroneando de felicidad como un gato grande. Sobre su oreja izquierda, silenciosa y quieta, la mariposa le cuenta secretos de amor en el oído y desparrama polvo de oro en cada risa.

Moraleja: Una mariposa, devenida en astuta araña, puede cazar un tigre… o lo que se le venga en gana.

SAFECREATIVE Código: 1004145997910

domingo, 7 de marzo de 2010

RUMBO SUR

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Estaba huyendo, de modo que no me importó que en lugar de tomar un tren que me llevara de un extremo a otro de la India –no me habría alcanzado el presupuesto para tanto– estuviera a bordo del Roca rumbo a La Plata.

Mirando por las ventanas, sucias o rotas, deduje que la descascarada realidad del sur no debía ser tan diferente a la de la India. El panorama se agravaba con el rodar del tiempo y del tren. El frío de junio pintaba las cosas de un gris tan desolador que, de no estar tan apremiado por irme, me hubiera quedado sentado disfrutándolo tranquilamente. El paisaje, de aguda tristeza, tenía, como única de hermosura, unas guedejas de niebla enroscadas en los plátanos pelados que disimulaban, con una especie de milagro algodonoso, las casas derruidas y las fábricas abandonadas. El traqueteo me hacía temer por un desgajamiento inminente del vagón; cada tanto se revelaban fisuras por donde se colaba una ventisca helada que se instalaba cómodamente entre mi espalda y la cuerina marrón del asiento cuarteada y mugrienta.

Ignoro cuándo fue que se abrió la puerta para dejarla entrar, incluso, dudo ahora de que se haya abierto. Pensándolo bien, la india bien pudo haberse aparecido súbitamente.

No tenía edad pues aunque su piel daba la impresión de estar a punto de desintegrarse, pude ver, entre dos de sus gestos de vieja eterna, la picardía de la juventud y un mohín seductor de belleza sobrenatural.

El vagón estaba prácticamente vacío, sólo cuatro pasajeros, tres hombres y una mujer, distribuidos con la sola lógica de estar lo más separados posible, hecho que agradecí. Ya bastante contacto humano había padecido aquella tarde. Creo que ninguno de ellos reparó en mi cara asustada ni en la india que se sentó justo frente a mí y descargó un par de bolsas astrosas a su lado. Usaba un atuendo que juzgué tribal, opinión que ratificaban los largos collares de abalorios y plumas.

Por un momento me abstraje tanto de ella como de la postal miserable que veía por la ventana y me recordé huyendo de la Plaza de Mayo. Perdí la cuenta tanto de los cascotazos como de las cuadras corridas hasta Constitución. ¿Qué le pasó?, hubiese podido preguntarme cualquiera de mis compañeros de viaje, pero ninguno lo hizo.

Pasó que me harté, simplemente me harté. Sé que soy un simple obrero de una fábrica pero no por eso soy un burro que merece arriarse en un camión y empujarlo a un acto político al cual no suscribo y mucho menos aplaudo. Se ve que no pude más, se ve que no aguanté una falsa pancarta de adhesión más a un gobierno que me parecía tan autoritario como injusto. No recuerdo bien las cosas pero estallé y con mi sola voz me opuse a todo ese circo. En ese punto todo se nubla, alguien me dio una piña en plena cara, y llovieron las patadas y las piedras. Creo haberme desvanecido. En algún momento, algo caliente me pegó en la espalda mientras corría por la calle Brasil… después reconocí la fachada de la estación Constitución recortada sobre el cielo tan celeste.

La india me habla ahora en un lenguaje extraño como un murmullo masticado pero que comprendo perfectamente. “Vamos”, me dice y me extiende la mano ajada pero tan cálida y suave que me abandono a su guía sin pensar más. Es curioso como mi aceptación muda me libera de la huída y los dos bajamos del tren. Lo raro es que el tren no detiene su marcha. Podría decirse que pisamos las vías por donde, en ese mismo instante, ruedan los vagones con rumbo sur. Me inundan, inexplicablemente, la calma y la felicidad con solo escuchar el tintineo de los collares de abalorios y de plumas.

Tal vez, si mirara la foto en la tapa de los diarios de mañana caeré en la cuenta de que el obrero de la fábrica, única víctima fatal de la revuelta en Plaza de Mayo, he sido yo.

Safecreative: Código: 1003075708047

Enviado a La Nación el 2 de abril de 2008. Consigna: Relato en un tren por la India.
Enviado a Perras Negras el 18 de mayo de 2008. Tema libre. Este texto se propone también para la revista PN 6 con tema “tolerancia y aceptación”.

lunes, 22 de febrero de 2010

BYE BYE, MADRID

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El vuelo 1134 de Aerolíneas Argentinas con destino Barajas transcurría sin novedades: buena meteorología, ningún retraso ni desperfectos de último momento, y el loco declarado, que inevitablemente se cuela entre el pasaje, había perdido el avión.

El comandante Ricardo Lucerna sólo disfrutaba de aterrizajes y despegues. Esos momentos, aun después de tantos años, seguían siendo el motor de la adrenalina que se descargaba justo entre sus ojos. Ojos profundos, oscuros que alternaban el foco de atención entre la pista asignada ese día por el plan de vuelo y el monitoreo de los instrumentos de navegación. El tren de aterrizaje era el comienzo o el fin de lo único que lo mantenía interesado en su trabajo como el primer día. El resto, pura rutina por lo que durante los larguísimos tramos sobre la nada azul o negra, Ricardo y sus compañeros mataban el tiempo leyendo, durmiendo o pensando. Durante ese viaje, más que en ningún otro, Ricardo pensó.

Estaba aburrido de su vida de comandante; no era que le pagaran mal, no, todo lo contrario, vivía bien, pero ese continuo ir y venir, ese cambio de horarios y geografías, esa aparente no rutina, lo habían alejado de amigos, de olores y colores, de sus hijos. Se sentía desfasado, ni aquí ni allá, ni en miércoles ni en jueves. Al recuento de pérdidas había que sumar dos matrimonios fallidos. Siéndose franco por primera vez, allí, suspendido entre dos aeropuertos se dijo: “Estoy solo”. Tan solo que de haber podido vencer la vergüenza de mostrarse débil frente a sus subalternos, hubiera llorado.

Hizo el ademán de espantar una mosca como borrando esos pensamientos oscuros. “Tal vez”, aventuró, “pueda arreglar algo con Madelaine para esta noche, siempre y cuando su vuelo de Air France no se retrase”. Qué buena que estaba Madelaine, con esas piernas tan largas. Pero lo que tenía de linda lo tenía de distante. Qué mina fría, parecía que nada terminaba de conmoverla. Su relación con la francesa era tan poco asidua, tan nada cotidiana… era casi una desconocida. Lo mismo que la morocha de Tam o aquella chiquita del mostrador de Iberia. En un ramalazo de claridad se dio cuenta de su hartazgo de las Madelaine de Tam, de las chiquitas de Air France, y de las morochas de Iberia. Estaba podrido de que le diera igual una que otra y que más allá de buen sexo –del que se jactaba– no pudiera hablar con ellas ni una palabra, por cuestiones idiomáticas, sociales o etarias… cada vez se sentía más paternal, por no decir más grande.

El inicio de la maniobra de aproximación a la pista de Barajas lo sacó de sus remolinos internos y se concentró –ya casi sobre la cabecera de pista– en disminuir la velocidad y la altura y en modificar el ángulo de los flaps. “OK”, respondió a la última indicación de la torre de control mientras corregía en dos grados la inclinación del ala izquierda. El aterrizaje fue muy suave, perfecto, de no ser por un vientito arrachado que, imperceptiblemente le corcoveó el avión un metro antes de tocar tierra. Imaginó, Ricardo, el oprobioso aplauso con el que los argentinos suelen festejar estas cosas y una sonrisa irónica se dibujó en su boca. “Qué boludos”, se dijo una vez más.

La noche de Madrid fue un fracaso. No pudo o no quiso encontrarse con Madelaine. La muchacha del mostrador de Iberia lo miró con ojos de hambre, pero él bajó la mirada hasta encontrar en el piso su maleta negra y allí la dejó clavada.

La mañana siguiente, el cielo madrileño tenía el azul frío de las viejas postales pero Ricardo no lo notó. Sólo se alegró porque tales condiciones meteorológicas lo alejarían más rápido de allí. “Bye Bye, Madrid”, pensó con amarga felicidad.

Pronto, el Airbus A330 carreteó hacia la posición de despegue. El comandante aumentó la velocidad, levantó la nariz del avión y desplegó los flaps. Volvió a sentir esa mezcla de alegría y angustia, esa mordida en el estómago que revela la ausencia de tierra firme. Listo, trabajo terminado, podía volver a sus cavilaciones que habían seguido bullendo entre las sábanas la noche anterior.

“Algo tengo que hacer, hay cosas que no puedo posponer”, se dijo, tratando de ordenar sus ideas. Tomó nota mental de algunas decisiones inapelables: dejar los vuelos internacionales y pasar a cabotaje, “es cierto que ganaré menos”, se dijo, “pero necesito dormirme y amanecer en mi cama”. Quería recobrar la relación con sus hijos, que no fuera tan milagroso encontrarse con ellos, que resultara cosa de todos los días, “¿es tanto pedir?”, pensó mientras revisaba el velocímetro.

También quería una mujer, no una azafata de veinte años, le iría mejor alguien que se adaptara a sus cuarenta y siete. Si bien su aspecto era aún el de un tipo joven, tenía un cansancio interno que le pedía a gritos la calma de un amor más parejo. “¿Amor?”, casi le sonó rara la palabra, “¿puedo yo sentir amor?” No supo contestar pero tuvo la seguridad de que estaba hastiado de enseñar, que bien podría, entonces, aprender a compartir, a ser un igual, a hablar con códigos contemporáneos y reírse de las mismas cosas sin tener que explicar nada. Entenderse con miradas, eso quería.

Se juró que lo primero que haría al llegar a Buenos Aires sería encender la computadora para pasar en limpio esa lista, tenerla presente y cumplirla.

Eso hizo Ricardo Lucerna en su casa del barrio de Belgrano. Abril era todavía cálido y la noche lo encontró en su escritorio. Una copa de vino era el perfumado testigo de que se disponía a cumplir su propia orden.

La luz de la pantalla se reflejó azul en su cara. Uno a uno, los íconos: Mozilla, Yahoo, Explorer, Quick Time… se desplegaron como las figuritas de un álbum infantil. Descubrió con sorpresa un “imagen.JPG” del que no tenía memoria. “Y esto, ¿qué carajo es?”. El doble clic disparó la apertura del archivo y la foto le dio la respuesta.

Se preguntó por qué guardaba ese retrato. Las últimas semanas habían sido tan caóticas que todo se mezclaba, los vuelos, sus hijos, la frialdad de Madelaine… ni siquiera podía recordar la decisión de guardar la imagen de aquella mujer que, con los brazos cruzados y el sol en los ojos, lo miraba, nítida y como esperando, recostada contra un árbol. ¿Una señal?, ¿coincidencia?, ¿destino?, ¿otra pavada de un tipo solo?

Se acordó entonces de que la había conocido por Internet una noche calurosa y solitaria. Habían chateado un poco; ella era veloz para las respuestas, eso le gustó, y en un impulso raro, rarísimo, Ricardo le pidió una foto. Después, siempre el mismo después, el desbole, las no raíces, la línea Ezeiza – Madrid, un reemplazo a Francfort, Madeleine y sus piernas largas, la morocha de Tam, la chiquita del mostrador de Barajas y la nada misma habían mandado la foto y a su dueña a la papelera de reciclaje de su memoria.

Abrió el Messenger, buscó como loco el nombre, la dirección de correo, algo que lo acercara. La encontró en su lista de contactos. Ricardo no respetó las reglas de cortesía que impone el chat e ignorando el aviso de “Ausente” junto al nombre de ella, le mandó un tímido: “hola, ¿estás?”


Safecreative Código: 1002225603508


Enviado a La Nación el 6 de mayo de 2008. Consigna que incluya la frase: Se preguntó por qué guardaba ese retrato.

domingo, 7 de febrero de 2010

A MERCED DE LAS AGUAS

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Por primera vez observó el sol, el exterior no era como lo imaginaba. Ni siquiera estaba seguro de haber imaginado algo. Durante años o siglos, no podía precisarlo, había permanecido dentro de la botella. Ya no recordaba qué circunstancia lo había aislado del mundo para siempre o casi, y tampoco sabía qué o quién era. Tal vez, un raro mecanismo de defensa lo había mantenido en esa especie de animación suspendida, como si fuera la crisálida de un bicho prehistórico o la semilla fósil de una planta ya extinguida. Tenía la vaga memoria del agua de mar golpeando una y otra vez contra los límites de su refugio como una canción que lo acunara por toda la eternidad. Cada tanto una tormenta le permitía cambiar de sueño.

Pero algo, ese preciso día, lo había succionado hacia el exterior. En medio del viaje violento hacia un afuera brutal sus moléculas mutaron de humo verde a huesos, músculo, piel y pelo. Casi pudo sentir como las hebras de su cuerpo entretejían a un lejano conocido, alguien al que seguramente reconocería en un espejo. Su veloz transformación de aliento a cosa tridimensional era matizada por los más variados sentimientos, viraba del temor al odio aunque se permitía también la alegría. En lo que seguramente era su cerebro, se desenroscaban, una tras otra, mil preguntas: ¿quién lo habría salvado de su destino?, ¿dónde estaría?, ¿qué peligros lo acosarían?, ¿qué clase de mundo lo esperaba?, ¿cuánto tiempo habría pasado desde la última vez?

Con las dos manos terminó de encajarse la mandíbula bajo la piel de la cara. Parpadeó varias veces, lo deslumbraron los colores, los contrastes y el rumor de las olas heladas que le lamían los pies. La luz cruel de un evidente mediodía lo hizo trastabillar y con los ojos aún cerrados disfrutó de la caricia cálida del sol.

Lentamente, y pasado el primer momento de perplejidad, se permitió mirar. El paisaje era desconocido: más allá de la playa y recortada contra el horizonte la silueta de una ciudad, erizada de torres altísimas, se erguía amenazadora. Nada era igual a sus desmigajados recuerdos. Lo sorprendieron, casi hasta el terror, unos extraños carruajes voladores que surcaban el cielo. Por un momento deseó el calmo interior de su refugio eterno.

Reparó entonces en la muchacha que, al abrigo de unas rocas cercanas, lo miraba entre asustada y atónita. Aún sostenía en su mano el tapón de la botella que había sido su cárcel. Quién sabe por qué azar habría llegado hasta ella.

Y fue entonces, tal vez cuando la joven repitió en su rostro un gesto o una sonrisa, que se aclaró su memoria. Retumbó en sus oídos la carcajada pérfida de la mujer que lo había encerrado para luego dejar la botella a merced de las aguas.

No dudó, no repetiría errores, ni siquiera le daría la oportunidad de la palabra, bien sabía de la crueldad de aquellas brujas. Alzó la mano y envió contra su salvadora un rayo que la fulminó. De entre las cenizas, levantó el genio el tapón de la botella y lo arrojó al agua dónde se hundió para siempre.

Registrado en safecreative
Código: 1002075475041

Enviado a La Nación el 2 de julio de 2008. Consigna que comience con “Por primera vez observó el sol, el exterior no era como lo imaginaba”.

jueves, 21 de enero de 2010

FERREIROS DEBE MORIR (Parte I)

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–¡Coooorten!– dijo el director

Se levantó de su silla de lona y empezó a llamar a los gritos a los actores de la toma siguiente. Se rodaba un exterior de la telenovela que cada tarde hacía inexplicablemente 30 puntos de rating. Midió la luz y le marcó la escena al galán, un tal Roberto Ferreiros quien debía subir al globo aerostático con cierta gracia. Tomó dos notas mentales:
1) Imperativo: ocultar al ojo de la cámara la panza bamboleante del fulano.
2) Limitar el catering

Por fortuna era el último día de rodaje con ese tipo insoportable, un modelito venido a más, inflado por la prensa del espectáculo y con novio poderoso en el show–business.
–¡Acción!– gritó y se concentró en el rodaje.

La cámara le hizo un plano corto a Ferreiros, tomando su famoso perfil – tal vez el otro no existiera dado que nadie lo había visto jamás–. El rostro del hombre debía expresar dolor y determinación en aquella hora amarga que señalaba el guión. No lo lograba.

Otra cámara con plano abierto registraba el lento ascenso del globo en medio de otros que completaban el escenario de la locación. Aprovechaban una competencia de globos aerostáticos que se realiza anualmente en San Luis. Había que abaratar costos.

El actor se tomó de los tensores y subió al borde de la canasta. La intención de saltar era clara. Ferreiros debía morir.

-¡Cooorten! Se imprime…

Con Ferreiros muerto la cosa sería más fácil. Un día más de grabación con ese salame y se pudría todo. El director celebraba por adelantado el no verlo nunca más.

A la ola de llamados, cartas y mails se sumó al piquete que un grupo de pulposas matronas con pancartas ofensivas armó frente al canal, el mismo día en el que entendieron que el capítulo siguiente se iniciaría con el cuerpo inerte de Ferreiros sobre el campo.

–Si Ferreiros se muere, nosotras no les vemos un piojoso programa más, ¿Mesplico?– le dijo a la cronista de “Intrusos en el Espectáculo” una gorda vestida con exquisito mal gusto. La mujer de cabellera platinada y cejas tan depiladas que dibujaban en su rostro una expresión de perpetua maldad era, a todas luces, la presidenta del club de fans del actor.

En la calle, vallada por la policía, las mujeres rugían por Ferreiros.

Unos metros más arriba lejos de los gritos, el gerente de programación recibió un par de llamados de los directivos del canal e hizo otros tantos.

–Negocios son negocios –le explicó por teléfono el gerente al director– Ya di orden a los escritores para que Ferreiros caiga justo sobre un camión cargado con colchones.

El director cortó, se tomó dos valium con un trago de Jack Daniel’s y repitió con resignación:
–Negocios son negocios.

Este cuento fue envidado a LNOL el 28 de febrero de 2006 - Consigna globos y a Perras Negras el 5 de agosto de 2006
Protegido por Safecreative Código: 1001225364204

martes, 8 de diciembre de 2009

RÍO DE MARIPOSAS


Perseguidos por los jíbaros, afortunadamente sin éxito, atravesamos la exagerada selva. El cielo de árboles era negro de tan verde. Ojos de felinos dueños fiscalizaban la huída sopesando, tal vez, la posibilidad de detenerla. Hallamos una picada y descendimos adivinando al final un afluente del Amazonas que oportunamente se presentó rumoroso y denso.

La habilidad de todos menos la del entomólogo -quien se dedicó a guardar raros insectos en un frasco- hizo posible la balsa. Casi a salvo en ella, a un remo de distancia de cocodrilos y otras alimañas, nos entregamos al río. Unos kilómetros más adelante nos internamos en la bifurcación que juzgamos acertada.

De pronto los sonidos cambiaron, se silenció el griterío de pájaros y monos. El mundo quedó mudo de no ser por el sordo aleteo lejano que anunciaba el futuro.

Una bandada de mariposas gigantescas, del tamaño de caballos alados se acercaba rauda. El batir de sus alas de terciopelo de profundos azules, rojos y dorados embravecía el agua tornando imposible nuestro equilibrio.

Tal vez por afinidad o por venganza se comieron primero al entomólogo.



Enviado a La Nación Consigna ”relato de aventuras”. (Menos de 180 palabras) 2005
imagen: 550 x 401 - 32 KB - jpg - i216.photobucket.com/.../ELEGANCIA/mariposas.jpg

domingo, 6 de diciembre de 2009

CAZADOR



Este cuento de menos de 200 palabras (esa era la condición) fue publicado en la revista del diario La Nación el 16 de enero de 2009



En un revoltijo de sábanas y sensaciones amargas despierto esta mañana con una premonición de muerte atravesada en la garganta; no sé, quizá, un mal sueño o un mal recuerdo.

Estiro los músculos, enroscados en los huesos y trato de recobrar el sentido a la luz de la mañana nueva pero pronto advierto que cualquier oscuro presagio no es tan negro como la realidad: soy un ser minúsculo de no más de un palmo amanecido en mi cama de siempre, en mi cuarto de siempre, en mi casa de siempre.

Apenas sobrepuesto a la verdad, me descuelgo por las cobijas hasta el suelo. Maldigo el momento en el que elegí la alfombra, me hundo hasta la cintura. Fatigo penosamente esa selva de pelo azul para alcanzar la puerta como si el rectángulo luminoso me deparara la explicación lógica o la salvación.

Pronto comprendo que nunca he de llegar. El gato, que agazapado me escudriñaba tieso, inmóvil desde un rincón, se abalanza sobre mí. Atrapado entre sus zarpas huelo su aliento de alimento balanceado e intuyo su felicidad por atrapar una presa de sangre caliente tan distinta de las moscas y polillas con las que despunta su atávico vicio de cazador.

jueves, 20 de agosto de 2009

CASI IGUAL


Aquella madrugada la llanura se extendía inaudita. El sol se empezaba a adivinar en el este rayando el cielo, todavía oscuro, de rosas y violetas. Gotas de rocío brillaban en la hierba como diamantitos redondos. Mezclado con el aire frío, el vapor que humeaban los belfos formaba volutas caprichosas y las crines se enredaban en el viento, al compás del galope.

Una yegua tobiana dirigía la tropilla en silencio. Tal vez los caballos leyeran su pensamiento pues la seguían obedientes sin mediar un relincho. Cruzaban el campo con una ligereza que apenas provocaba un rumor sordo, como de corazones latiendo. Bajaban y subían las suaves ondulaciones en una coreografía de tal belleza que parecía largamente ensayada.

El potrillo era feliz, se sentía aceptado por sus nuevos compañeros, la luz aún tenue y la proximidad de los cuerpos escondía las diferencias. Era casi igual.

Entre dos instantes se abrió el cielo y la divina voz tronó: -¡Pegaso!

Los caballos asombrados lo vieron desplegar sus alas blancas, levantar vuelo y dirigirse, veloz, al Olimpo no sin antes regalarles una mirada un poco triste.


imagen : http://usuarios.lycos.es/nubeazul8/hpbimg/Pegaso.jpg

miércoles, 19 de agosto de 2009

CAMILO GÓMEZ

Camilo Gómez Consigna Semana de mayo 2005.
Primer cuento escrito y enviado a La Nación.

Camilo Gómez despertó con el ruido de la lluvia sobre el techo y el chapoteo de algún caballo en el lodo que ahora sería su calle. Se levantó con la esperanza de que el mate cocido caliente, retuviera un tiempo más en su cuerpo, al alma que ya estaba harta de tanto frío. Se calentó las manos con el tazón mientras trataba vanamente de vislumbrar algún designio en las volutas del vapor verde del mate.

"Adivinar el futuro no me dará de comer", se dijo.
Apuró la bebida y se fue decidido a la Plaza Mayor. Hacían ya varios días que algo se cocinaba en el aire. Algo del rey o del virrey, no sabía ni le importaba.

La plaza estaba llena de gente. Elegantes y menesterosos enfocaban su mirada a las ventanas del Cabildo, algo esperaban. Algunos gritaban, pero Camilo ya había empezado a trabajar. Nadie reparó en él mientras rastrillaba la plaza, pidiendo permiso.

Camilo sonrió mientras desplegaba sobre la mesa el botín recolectado en los bolsillos de la plaza.
"¡Qué viva la Patria!", gritó. Y se rió fuerte.