miércoles, 24 de diciembre de 2014

SEGUNDA VENIDA








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Sólo “Ña” leyeron sus amigos en el estado de Facebook de un tal Jhon. Sólo “Ña” a las 2:47 AM de un día cercano a la Navidad.

El tal Jhon era un joven colombiano, padre soltero de dos niños más avispados que él, afecto al metal, a la computación y a las mujeres.  En sus ratos libres escribía cuentos de amor para la dama siempre equivocada.

Sólo “Ña” leyeron los amigos perplejos  de Jhon en un día cercano a la Navidad y le respondieron de todas las  maneras posibles (reproduzco sólo aquellas no reñidas con el buen gusto):

* “Aleja el teléfono de la bebida”
* “No entiendo este reproche”
* “Basta de sustancias de mala calidad”
* “Loco”
* “Buuuuuhhhh!!!”
* “Sea lo que fuere lo que estás aspirando te pega mal”

Cuando Jhon se despertó a la mañana siguiente arrastró sus pies enfundados en pantuflas de conejito hasta la cocina, se preparó un café negro y encendió su computadora.

La sorpresa le llenó los ojos. No podía dar crédito a lo que veía porque no recordaba haber estado despierto a las 2:47 AM y mucho menos haber escrito semejante mensaje incomprensible.

“¡¡¡Me hackeraon la cuenta!!! “, gritó con furia.

Sus dedos se movieron rápidamente sobre el teclado en una complicada secuencia de teclas (ya he dicho que era experto en computación) que abrían y cerraban ventanas repletas de códigos inescrutables. Después del sesudo trabajo determinó que todos sus antivirus, cortafuegos, repelentes de gusanos y troyanos funcionaban perfectamente y que su computadora era aún virgen de hackers.

Respiró con alivio pero en instantes su preocupación volvió. “Debo ser sonámbulo, ¿Qué habré querido decir?, ¿Habré soñado que escribía una frase en mi estado? ¿Estaré desvariando? ¿Será esto envejecer?

No tuvo respuestas así que luego de leer todas las bromas de sus amigos respondió por escrito lo que creyó la verdad.

“Debo ser sonámbulo, no tengo ningún recuerdo de haber escrito ni “Ña” ni nada porque a esa hora estaba durmiendo como un bendito”.

De más está decir que muchos de sus amigos forajidos no creyeron ni una palabra y volvieron al ataque con bromas más pesadas que las primeras (ninguna es reproducible).

Hoy en día Jhon recordado como uno de los mártires de la Segunda Venida.

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Mucho tiempo después (centurias, me animo a decir) hemos podido reconstruir lo que en verdad pasó.

Nuestros ancestros, quienes iniciaron la resistencia, lograron dilucidar, todavía con algunos interrogantes, qué fue de la humanidad del lejano fin de 2014. Los pocos sobrevivientes al ataque invasor (veganos en su gran mayoría, y el por qué de ese detalle es todavía un misterio) lograron sobrevivir en cuevas y túneles, recabaron información oral, recuperaron viejas computadoras y teléfonos celulares antiquísimos.  Con esos indicios lo que sigue a continuación es lo que puede leerse en nuestra Nueva Historia.


“… En cada ciudad del mundo de más de diez mil habitantes un joven de similares características a las del querido mártir Jhon pudo verificar que una palabra “Ña” sin sentido alguno para ellos,  se había escrito -sin explicación que no fuera el sonambulismo o la ebriedad-  en sus respectivos estados de una red social conocida como Facebook. Hombres de todo el mundo,  de diferentes culturas, religiones, idiomas, etnias, clases sociales y afinidades políticas se vieron envueltos en las mismas circunstancias. Días antes todos ellos habían sentido la compulsión de tomar una foto del centro neurálgico de su pueblo o ciudad y subirla como portada  a su sitio de Facebook; en todas ella figuraba la misma fecha 24/12/2014  0:00hs

Nadie supo pudo o quiso conectar los hechos. Es más, hubo algunos comentarios sobre un posible señuelo de la propia red social con el objetivo de medir tal o cual parámetro sociológico. Nadie le dio importancia, la época festiva volvía medio estúpida a la gente.

Lo cierto es que el 24 de diciembre de ese año a las doce de la noche mientras todos brindaban y los fuegos artificiales quebraban la noche de paz el ataque masivo de la Segunda Venida destruyó casi todo lo que tenía vida en el planeta. Sólo alguno humanos se salvaron, en su mayoría veganos, nadie sabe bien por qué pero se arriegan teorías sobre que podrían ser los negadores del Cordero en alusión al antiguo dios nacido un 24 de diciembre muchos siglos atrás y en cuyo honor se celebraba esa fecha cada año; pero de eso no hay pruebas (…).

Los humanos remantes no tienen contacto alguno con los invasores, viven huyendo por una red de túneles que interconectan todos los rincones de la Tierra. Los usurpadores del planeta son taimados y vengativos, crueles y rastreros…malos.  Rápidos como ei pensamiento    -que pueden leer y manipular sin problemas- destruyen todo a su paso, no se dejan ver… dicen que son menudos, amarillos  y de ojos rasgados. Después de muchos intentos por comprender sus hábitos y decodificar su idioma sólo una cosa se sabe con certeza: “Ña” quiere decir  OK”.




Dedicado a Jhon Barcasnegras quien suele escribir Ña sin motivo alguno en su perfil de Facebook






viernes, 19 de diciembre de 2014

VOLVER







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-Oui – le dijo al changador que le ofreció el taxi a la salida de Ezeiza, olvidando que ya estaba en la Argentina.

Se acomodó en el asiento y con los anteojos de sol cubriendo buena parte del rostro empezó a  acostumbrar sus ojos al paisaje dejado muchos años atrás. Había vuelto otras veces, pocas,  y el trayecto del aeropuerto hasta la casa en San Telmo no le había generado nunca sentimientos muy  radicales, pero esta vez era diferente.

-Papá murió, – le había dicho su hermana por teléfono la mañana de un día gris- un infarto.

Su historia había sido la de muchos: la médica joven que obtiene una beca. Había tenido suerte. Al terminarla no la soltaron; nadie en su sano juicio la hubiera dejado ir. Era realmente buena en la rara especialidad  escogida y por eso le ofrecieron el oro y el moro para que se instalara allí. La comparación con una vuelta gloriosa pero con pronóstico laboral miserable  en Buenos Aires, la retuvo por dos años más, por cuatro, hasta fin del próximo semestre, hasta que terminara la próxima investigación…

La postergación se demoró tanto como la compra de su departamento en Paris, la apertura de su consultorio exclusivo, el acuerdo con los laboratorios para la consultoría, los nueve libros publicados en francés y la jefatura de la cátedra.

Tres computadoras de última generación la mantenían en contacto con el  mundo del futuro y con el del  pasado, los mails  resguardaban el enlace con las raíces enterradas en tierras de tango.

-Todo no se puede -se había justificado en  más de una oportunidad– uno siempre hace elecciones, en cada una se gana y se pierde. No pueden apreciarse, en el momento, la magnitud de sus resultados, ni los buenos ni los malos.

La comunicación electrónica le ofrecía irrefutables  ventajas por sobre la de papel: la inmediatez, que sólo depende de la voluntad,  y hasta la posibilidad de chatear  con su sobrina de catorce años, a quien casi no conocía. Después se agregaron  las fotos, que colorean las palabras aunque no aportan, aún, ni perfumes ni sensaciones táctiles. Más de una vez se descubrió tocando la pantalla de cuarzo tan fría y tan  lisa, cuando sus dedos hubieran matado por  el calor de las caras y el aroma familiar. Fotos con rostros alegres, con sonrisas. Las de los cumpleaños, las de los bautismos de los bebés nuevos, las de la tía Elena que ya se murió, las  de ese asado en casa de la gorda, aquella vez que se reunieron todas las chicas del secundario.

Pero las fotos y las cartas, muchas veces, pintan un cuadro distorsionado, una especie de diario de Yrigoyen, que se edita de un lado y otro de las pantallas para suavizar la realidad, para no preocupar al otro al cohete, si total,  desde tan lejos qué puede hacer.

- Papá murió, –le había dicho su hermana por teléfono la mañana de un día gris-  un infarto.

Buenos Aires era cada vez más caótica, pudo comprobar con la frente apoyada sobre el vidrio del auto. El cotejo con el primer mundo fue inevitable. No se ahorró la  nada original frase de los cinco tan: “un país tan rico, tan enorme, tan desperdiciado, tan saqueado, tan triste “.

En algún momento el taxi empezó a recorrer calles más conocidas y se apresuró a  mirarse en el espejo que guardaba en la cartera. Se pintó los labios y acomodó un mechón castaño que se empeñaba en caer sobre el ojo derecho.

-Estoy llegando- les dijo por celular.

El coche dobló por Bolívar  y allí los vio, a todos en la vereda, esperándola, detenidos en el tiempo y el espacio, como si no hubiera nada más importante que hacer. Sus hermanos, un poco mas ajados de lo que recordaba, los sobrinos enormes, irreconocibles; la vecina de al lado, doña Juanita, más menuda que antes.

Con paso corto pero firme, su madre se acomodó en primera fila.

El chofer clavó el freno de mano. Con la misma precisión de aquel sonido seco entendió  que aquella postal de bienvenida había instalado, irrevocablemente en su cabeza, la inquebrantable  decisión de volver.




Enviado a Perras Negras el 31 de agosto de 2006. Consigna 30. tema libre





lunes, 15 de diciembre de 2014

PENDIENTES IMPOSTERGABLES








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Nunca me resultó agradable la idea de morir. Un poco por los que dejaría acá, solitos y otro poco porque no me cierran ni cielo ni el infierno. El primero se me antoja aburrido, silencioso y blanco, idea germinada merced al abono meticuloso de colegios católicos pletóricos de seres alados y túnicas etéreas; mientras que el segundo me resulta “rojamente” increíble y patético. En otras palabras, ninguno me acicatea para  morirme. No despiertan en mí curiosidad alguna.

Debo reconocer que siempre fueron más atractivas las creencias egipcias o indígenas sobre este asunto. Pero como no soy ni egipcia ni india no me corresponden tales credos… una pena.

Así que resolví posponer mi última hora lo máximo posible y por decir un número al azar elegí vivir ciento veinte años. O mejor, ciento veintiuno,  que es capicúa. Con la salvedad de que como odio la decrepitud prometo firmemente estar siempre espléndida y lucir, en ese momento, a lo sumo,  de sesenta.

No es por capricho, tengo una larga lista de pendientes:

*Aprender piano y, de memoria, las vueltas de tu oreja.
*Cantar y bailar como Maddona y descubrir qué beso se acomoda mejor en tu boca preciosa.
*Recorrer  el pueblo italiano de mis antepasados y precisar cuál es la mejor manera de despertarte.
*Conocer los secretos de las plantas y anticipar, por la expresión de tu cara, el momento exacto de tu placer.
*Reconocer a todos los impresionistas y hacer un mapa con tu ruta de masajes.
*Leer todos los clásicos y escribir la carta que te mate de amor.
*Cocinar algo decente y presentir tu llegada por el sutil rumor de las campanas de viento.
*Ver salir la luna del agua salada y, que esta vez, estés conmigo.
*Hablar francés e italiano y susurrarte al oído una  palabra que te encienda.
*Cargar entre mis brazos un cachorro de tigre y conciliar el sueño abrazada a vos.
*Entender por fin qué demonios es un orsay e inventarte un juego nuevo cada día.
*Develar el secreto corazón de la computadora y que sea tu latido el que marque la cadencia del mío.
*Definir cual es el perfume que más me gusta y decidir que, sin dudas, es el que brota de tu piel.

Se me acabarán las palabras antes que la lista porque cada día hay algo nuevo que califico  de imprescindible e imperioso. Pero te quedará más que claro que a cada pendiente  impostergable se amarra con firmeza tu presencia como la hiedra obcecada a una pared. Y me animo a prometer que mientras eso ocurra, no moriré.




Enviado a PN el 15 de junio de 2007. Consigna 71. El último día. Menos de 400.




miércoles, 10 de diciembre de 2014

INVASIÓN








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De haber tenido boca, el general *+wi0iw+*! hubiera sonreído con placer. Para expresar su gusto pestañeó, en singular secuencia, los terceros párpados de sus once ojos o lo que esos agujeros pudieran ser. Protegido por los campos de fuerza  y las barreras temporales de su cuartel general,  monitoreaba con atención la invasión largamente programada al tercer planeta. Ese que apenas se distinguía de los demás astros por los destellos azulados provenientes, con seguridad, de las masas de agua que lo cubrían.

A años luz de allí, en un departamento del barrio de Flores, la mujer dijo:
-Nati, ahí te dejo las cosas para que prepares  milanesas. Hoy tengo un día complicadísimo, si hay algún problema llamame al celular. Chau.

Ni bien la señora se hubo marchado, la Nati puso manos a la obra tarareando un chamamé. Cascó los huevos en un cuenco. Uno tras otro, revelaron un interior gelatinoso de inexplicable verde. La mujer tiró todo al tacho de basura y salió para el almacén dispuesta a protestar por la porquería que le habían vendido a su patrona.

La misma escena fue protagonizada por Marguerite en Paris, Ula en Moscú, Giulia en Roma, Greta en Berlín,  Sara en Jerusalén, Pilar en Madrid, Rose en Londres y por cientos de miles más. Una enorme cantidad de huevos de corazón verde fueron tirados a la basura sin que nadie le diera mayor importancia.

Seguramente el general *+wi0iw+*!  y sus huestes podrían haber esperado a que la humanidad se extinguiera sola dejándoles el camino libre para afincar sus colonias; pero como iban las cosas esos bárbaros estropearían el delicado equilibrio ecológico con sus torpes atentados contra la Naturaleza. En manos de los humanos, la Tierra no tardaría en ser sólo  un recuerdo yermo.

El general *+wi0iw+*! comunicó telepáticamente a sus superiores, que los soldados enviados estarían listos para atacar en breve, ni bien  terminaran de crecer, en los basurales del planeta, fermentados por los efluvios de los detritus de los hombres .

La misión era un éxito. Los colonos devolverían a la Tierra  su destino de paraíso.




Enviado a Perras Negras el 19 de junio de 2006. Consigna nº19 “Cuento fantástico” en menos de 300p



sábado, 29 de noviembre de 2014

LA ENTENDIDA





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Quiso levantarse de su silla pero lo pensó mejor y se quedó. El mero ademán de ponerse en pie le reveló el repetido y dulce dolor lumbar. 

Quien acusa problemas de columna, y para reducir el dolor de vivir con ellos, programa –sin saberlo- la tensión de los músculos de la espalda para disminuir el dolor, como un corset que el vino afloja en dos minutos.

Helena se quería matar. “Quién me manda hacerme la entendida, ahora estoy tan borracha que no puedo ni encarar el baño que está a dos pasos”, pensó resistiendo el deseo de lavarse la cara con agua bien fría.

Con el fin de seducir a Roberto -quien por fin la había invitado a cenar- Helena había pedido vino en vez de la Coca Light que acostumbraba. Del vino le gustaba: el sabor, la temperatura, la densidad, la suavidad o la rispidez según el caso, el cuerpo o la ligereza de acuerdo al varietal. También el color oscuro -ella sólo bebía tinto- y la morosidad de las gotas arañando el cristal de la copa. Pero así como le gustaba, su falta de medida era legendaria: se bajó dos copas al hilo mientras esperaban la demorada comida y ahora afrontaba las consecuencias.

“Tengo que pensar… ¿qué hago?, mejor respiro profundamente para ver si la ventilación forzada disipa el alcohol. No puedo mandarme ninguna cagada de choborra perdido. Me muero si quedo como una tarada delante de este tipo. Mejor me sonrío un poco y trato de no hablar porque me parece que estoy arrastrando las palabras o los pensamientos, ¿estaré hablando o pensando? Tampoco me puedo reír como una idiota, tengo que moderar las comisuras de los labios y mantenerme derecha… ah y los ojos abiertos, ¡eso! debo mantener los ojos abiertos”

Helena se desmoronaba en su silla. Roberto apenas podía contener la risa pero no estaba bien  reírse abiertamente. Le encantaba Helena, por fin había juntado coraje para invitarla y no podía arriesgarse a malograr la salida por poner en evidencia su falta de cultura alcohólica. “Tengo que pensar la manera de salvar esta situación; para mí se pasó de rosca con el vino y no puede ni hablar… pero es tan linda así…muda”

- Mozo –llamó Roberto- ¿nos trae un agua mineral?


Este cuento es la respuesta al reto VII del sitio de Facebook Seamos breves 29 de noviembre de 2014


jueves, 27 de noviembre de 2014

EL CHINO

 



Amor oriental Abel Kropivka -  argentino - 11-12-43. 


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La situación económica argentina golpea en todos los hogares. No pasa por alto el de Roberto y Helena.

- Che, hoy es quince y no tenemos un mango.
- ¿Y qué querés que haga?
- Vos nada, -respondió Helena- pero creo que no podemos hacer más la compra mensual en el supermercado, gastamos mucho en  porquerías, desde hoy me voy al chino de la vuelta a comprar sólo las ofertas.
- Ya sabés que me conformo con poco- dijo Roberto.
- No hace falta que lo aclares- murmuró Helena.

Helena toma la bolsa de los mandados y se va al chino de la vuelta dispuesta a repoblar la heladera por unos pocos pesos. Elige tomates, una lechuga y  una caja de hamburguesas; se acerca a la caja dispuesta a pagar.

Ya en la fila, un brazo tatuado capta su atención. Helena relojea el resto del todo; el chino más lindo del mundo le pregunta: “¿Tené monera?”

Una cosa es bien sabida, “los chinos no tienen alma” hace rato se las  han vendido al diablo a cambio de juventud eterna. Entre los veinte y los sesenta todo chino tiene veintiséis.

A partir de ese momento Helena se transforma en habitué del chino de la vuelta... Se calza los tacos, una pollera apretada, se pinta los labios de rojo rojo rojo y marcha sacando pecho a ver a Wu. Porque en su mente lo ha bautizado Wu y distribuye la compra diaria con cuentagotas para multiplicar el placer de verlo.

En cada visita Helena lo espía desde la góndola de los congelados y se relame con la visión del torso vigoroso de Wu, de su pelo pinchudo y negro y de esos brazos nervudos y tatuados. ¿Quién sabe qué dirán los ideogramas? tal vez profundas enseñanzas de Confucio o legendarios proverbios. Aunque también podrían significar “Madre”, “marihuana libre” o “soy gay”. Helena no sabe nada de chino pero tampoco le importa; sólo sabe que a Wu los tatuajes le quedan divinos.

En su puesto de trabajo Wu rara vez sonríe, no mira a los clientes, no registra las miradas calientes de Helena y mucho menos imagina la actividad frenética de la cabeza de la mujer que lo tiene como protagonista excluyente. Se limita a pasar los artículos por el lector de precios, embolsarlos y cobrar. Mientras tanto Helena sueña despierta; los imagina a ella y a su chino, ambos desnudos después del amor. Ella,  laxa entre los brazos de Wu disfruta de la comparación entre ambas pieles. De reojo lo acaricia con la mirada y tan en babia está que se sobresalta cuando el chino pregunta con esa voz igualita a la que convierte los mensajes de texto en mensajes de voz: “¿Tené do con circuerta?” Helena regresa de la estratósfera y rebusca en el fondo del monedero las preciadas monedas que contentarán al oriental.

Helena está convencida de que entre ellos “hay onda”. Pero la verdad es que ese corazón de papa fría jamás acusará recibo de las afiebradas conjeturas de la mujer ni de sus oscuros mensajes de amor encriptados en: “Dejá, no me des bolsa, yo traje la mía que es ecológica”… pavada de declaración de principios.

Pero la vida es cruel y, un día como cualquier otro, con sus labios pintados de rojo rojo rojo, Helena descubre a una china descarada colgada del brazo tatuado de Wu. La muy chiruza no tendrá más de veinte años pero otra cosa   bien sabida es que las chinas tampoco tienen alma, el diablo se las ha cambiado por una eterna apariencia de veinte aunque tengan cincuenta y seis.

Y hay algo que una mujer de ley no puede soportar, la traición. Entonces Helena se dice: “Estos chinos son unos careros mejor me voy al gallego de la vuelta”.





Cuento cuya consigna era el cuadro de Kropivka para el sitio Abracadabra.




lunes, 24 de noviembre de 2014

COMO ARDILLAS





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- Me llamó Roberto…_
- Nooooo, ¿en serio?, ¿te invitó a salir?, aceptaste, ¿no?
-¿Vos estas loca? Si acepto de una, va a pensar que me interesa.
-¿Y no te interesa? ¿No estabas loca por este tipo? Hace dos meses que me venís quemando la cabeza con Roberto.
-¡Ay querida, no entendés nada! ¿Cuántas veces te tengo que explicar? ¿querés un cuadro sinóptico? Mirá, Roberto quiere sólo una cosa de mí; la misión es convencerlo de que en realidad quiere TODO. Para lograr este objetivo tengo que ir muuuuy despacio, paso a paso. Los hombres son como ardillas. ¿Viste cuando querés agarrar una ardilla? No salís corriendo y te le abanlanzás al grito de ¡”Cuchi cuchi, ardillita linda!, no no, todo lo contrario: te sentás en un banco de la plaza, te quedás quieta, ni parpadeás. Lentamente sacás de tu bolsillo una galletita o mejor una almendra pelada y la ponés  a tu lado, sobre el banco pero algo alejada… dejás que la ardilla huela. No hablás, no movés un músculo. De reojo verás que la ardilla llena su nariz con el olor del alimento y analiza si le conviene arriesgarse, cuando asume que sos inofensiva solita se acerca, se come la almendra y se te sube a la falda en busca de más. ¿Me explico?

-Helena, sos una genia.



Cuento que responde a la consigna "Lentamente" de Seamos Breves 24 de noviembre de 2014




sábado, 22 de noviembre de 2014

CLICK







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Despertó con un sobresalto y vio en la mesita de noche un paquete con su nombre. 
Todos sus terrores se condensaron sobre la piel de la nuca. Parpadeó una y otra vez para verificar que no seguía durmiendo. Y no, estaba bien despierta. Tal vez fuera su sueño el que aún no despertara… acababa de soñar que una mano desconocida dejaba un paquete sobre su mesa de luz y ahí estaba, tan real como las sábanas y el velador: un cubo pequeño envuelto en papel de regalo verde.
Miró el reloj, las tres y diez. Bajo otras circunstancias hubiera disfrutado de la idea de seguir durmiendo un  rato más pero ahora, mientras el viento movía las ramas del fresno frente a su ventana, deseó la luz del día.
Un nuevo pavor se instaló en su cama: ¿y si el extraño mensajero seguía aún en la casa? Maldijo su berretín de vivir sola, de mantener la intimidad a cualquier precio y de todas esas bobadas sobre la mujer independiente. Qué distinto sería ese momento si Roberto durmiera a su lado. Lo zamarrearía un poco y él se encargaría como buen hombre que es. Pero no, gracias a sus firmes principios estaba ahí sola, muerta de miedo frente a una situación inverosímil  sin saber qué hacer.
Tragó saliva, en un solo movimiento se inclinó para ver debajo de la cama… nada, sólo la valija enfundada en plástico. Se puso las chinelas y sin hacer el menor ruido buscó en el armario, por suerte abierto, su raqueta de tenis.
Con la ridícula protección deportiva en alto recorrió la casa encendiendo luces a su paso, revisaba detrás de los muebles y verificaba cerraduras de puertas y ventanas. Golpeó las cortinas (recordando alguna película de terror) y buscó en el balcón. Nada, todo estaba en orden y no había rastros de presencia alguna.
La revisión de su casa le dio tranquilidad inmediata pues ya no temía el ataque de un desconocido pero reavivó el hecho de que su sueño se había materializado. Lejos estaba de creer en las teorías sobre el Universo y su infinita capacidad de satisfacer deseos así que desestimó tal posibilidad. ¿Cómo habría llegado ese paquetito a su mesa de noche? ¿Quién lo habría dejado allí? ¿Qué encerraba?
Volvió corriendo a su cuarto con la esperanza de que se hubiera desvanecido pero no, seguía allí ocupando el mismo espacio que antes. Pensó que el hecho de que un sueño la hubiera advertido sobre la presencia del regalito no quería decir nada, era pura casualidad o tal vez se hubiera despertado antes, lo hubiera visto y luego habría vuelto a dormir incorporándolo al delirio onírico. Eso podía explicarlo bien. Ahora tenía que saber qué contenía y quién lo había dejado allí.
Sentada en la cama sopesó la idea de abrirlo y acallar las dudas pero se contuvo. ¿Y si guardaba algo peligroso?: un gas letal, un escorpión, ántrax… qué imaginación tan exorbitante. ¿Quién querría hacerle daño a una tierna maestra de escuela? Claro que los niños están terribles y más de uno querría verla muerta, sobre todo, ese gordito… "¿cómo es que se llama?... Pero no, si no sabe ni dónde vivo”, se dijo espantando una mosca imaginaria. Todavía sin decidirse lo tomó entre sus manos; no pesaba casi nada… “¡Anillo de compromiso!", pensó excitada. "¿Será que Roberto me ha dejado esto y se fue sin hacer ruido? A él le gustan las sorpresas pero detesta los compromisos… no, no ha sido él”. Sacudió el paquete buscando algo que tintineara dentro pero mudo muy mudo el muy cobarde. Se detuvo en el papel del envoltorio, sobre un fondo verde pequeños símbolos negros como letras cirílicas formaban un mensaje indescifrable. ¿Podrían ser esos los datos del remitente? “Nada que ver, si yo no conozco a ningún búlgaro o ruso o chechenio”

Mientras analizaba el paquete se relajaba, el papel era sedoso, verde y olía muy bien. “Como las lavandas del jardín de mi abuela o el tilo florecido que estaba frente a mi escuela”, recordó. Acariciaba las aristas y las caras del cubo, se detenía en los ángulos de las esquinas y se dijo: “el cubo es mi cuerpo geométrico favorito, tan regular, tan perfectito”.

Sin poder contenerse rasgó el papel y se encontró con una preciosa cajita de un material brillante y sutil. Descubrió una bisagra y un broche que ajustaba la tapa.
“Click”, dijo la caja -porque lo dijo con su voz de caja- y se abrió despacio, muy despacio.
La mujer miró el interior y descubrió una réplica perfecta de su cuarto con una minúscula cama igual a la suya con sus mismas sábanas, una ínfima mesa de luz y un diminuto paquete envuelto en papel verde con infinitesimales caracteres cirílicos. Irrefrenables deseos de hacerse pequeña y habitar ese espacio se apoderaron de su voluntad.

“Click”, dijo la caja -porque lo dijo con su voz de caja- cuando se cerró para siempre.




Este cuento responde a la consigna propuesta por el espacio Abracadabra: cuento que empiece con la frase : "Despertó con un sobresalto y vio en la mesita de noche un paquete con su nombre"





domingo, 9 de noviembre de 2014

PLANETA DE ESCRITORES








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De mis padres aprendí el hábito de la lectura. La mejor imagen que tengo grabada en la retina es de ellos dos leyendo en la cama, ya fueran libros o diarios. Por emularlos o, porque no me quedaba opción en una casa de lectores, empecé a leer desde muy chica y nunca me detuve. Mi abuelo Carlos, el padre de mi mamá, también influyó sólidamente en mí, era el mejor contador de cuentos del mundo, sólo superado, tal vez, por su hija Antonia, mi mamá quien antes de dormir nos contaba el cuento de “Los tres hermanitos locos”: una  historia mágica e interminable cuyos capítulos inventaba cada noche para sus hijos

Cuando tenía 9 años una vecina que estudiaba Ciencias de la Educación me usó de conejillo de Indias y me tomó un test vocacional. No recuerdo mucho de ese día salvo que ella se sorprendió cuando me pidió que escribiera una lista de palabras que empezaran con “R”. En minutos desgrané una larguísima lista escrita con tinta azul. El resultado del test: “tenés que seguir algo relacionado con las Letras”, me dijo. Pero yo lo olvidé.

Crecí sin dejar de leer y tomé el camino de las ciencias a la hora de elegir una carrera.  Me casé, tuve dos hijas, me mudé para allá y volví para acá, sin dejar de leer.

Hace 9 años mientras leía La Nación por Internet mi vista reparó en el anuncio de un foro de escritores propuesto por el diario en el que se invitaba a escribir, en 180 palabras, un cuento sobre una fecha patria: el 25 de mayo. No le presté mayor atención y me fui a bañar… Juro, y esto no es cuento, que mientras el agua de la ducha caía sobre mi cuerpo el cuento “Camilo Gómez”  cayó sobre mi cerebro. No más secarme y vestirme lo escribí, lo pulí, le podé palabras hasta dejarlo en las 180 pedidas y lo mandé como una pulsión, como liberando al universo un mensaje propio. Una semana más tarde ese cuento era el ganador del concurso semanal del foro.

A partir de ese día nunca pude dejar de escribir. La escritura abrió las compuertas de mi imaginación y ya no pude cerrarlas, abrió también un planeta de amigos escritores, los seres más solidarios que he conocido, que me enseñaron con sus amorosas críticas todo lo que ahora sé y lo que sigo aprendiendo.




Link que lleva al cuento mencionado en este cuento : 

http://rosariocollico.blogspot.com.ar/2009/08/camilo-gomez.html





jueves, 6 de noviembre de 2014

LA SEÑAL VIOLETA






Les yeux dans les yeux . B Bollmann


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-¡Eh!, ¿qué mirás? ¿Tengo monos en la cara? Reconozco que puedo resultarte raro, sé bien que no hay muchos pelados con mitad de cara violeta. Y encima con esto dos faroles verdes; no me digas que no son impactantes. De todas formas no me parece que te me quedes mirando con la bocota abierta. Es de  mala educación, ¡Dios, dónde iremos a parar! ¿Quién educa a esta generación? ¡Qué mal estamos! Cerrá la boca porque es muy feo lo que estás haciendo. Si bien la cabeza pelada y mis preciosos ojos son producto de la genética –pelada mi madre y verdísimos ojos los de mi padre- el color violeta tiene otro origen, que ya que me lo pedís, te voy a contar. Ante todo te aclaro que no es pintura ni tatuaje. Sólo un indio en pie de guerra se pintaría así y, los tatuajes mi amigo… no me van. Si Dios hubiera querido darnos un diseño epidérmico nos habría hecho tigres o cebras, ¿no te parece? Ah, y por si te lo preguntaras, no me duele y tampoco nací con esto; eso sí hace varios años que me veo así, tantos que si me miro al espejo ni lo noto, qué loco, ¿no? En fin, sigo, cierta noche oscura iba yo caminando tranquilo por mi barrio fumando un puro –en ese entonces fumaba.-; ya no por todas eso del riesgo cardíaco, el epoc y tantas otras pavadas médicas que no me termino de creer. De pronto una luz cegadora me iluminó desde el cielo y una fuerza magnética me llevó derechito a una nave espacial donde unos seres transparentes como amebas me sometieron a un sinfín de estudios y experimentos mientras reían o babeaban. Yo no podía moverme por el susto o por alguna tramoya química o mágica de esta gente -si es que se les puede llamar gente a estos batracios-. Terminados los múltiples vejámenes a los que fui sometido sin piedad cubrieron mi cara con extraño lienzo. Y no recuerdo nada más, desperté en mi cama con la mejilla violeta. Calculo que es una especie de marca, como que fui censado y analizado por estos bichos. Desde entonces busco gente con esta señal violeta para preguntar, para saber, para comparar, para no ser el único… pero hasta ahora nadie che, ni  una pista, ¿podés creer? Y ahora me voy, me esperan en la clínica, mejor me apuro porque si no los doctores se enojan. Que pases buen día.



En respuesta a la propuesta de Fabiola Duran para Abracadabra (usar el cuadro para escribir el cuento.




lunes, 3 de noviembre de 2014

MONSTRUOSIDADES CULINARIAS (a true story)





familia Collico Savio. De izq. a der Rosario, Mariana,Daniel , mamá y papá en el cumpelaños de 15 de Mercedes que tenía un precioso vestido celeste.

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- Reconozco en estos exquisitos tomates rellenos el arroz que comimos anoche- dijo  Daniel no sin cierto sarcasmo.
- ¡Qué perspicaz, hijo mío! – ironizó Antonia.
- Las aceitunas son las que sobraron de la pizza –murmuró Mariana.
- ¿Qué dijiste vos?
- Nada nada, mamá… que están riquísimos.
- Agradezcan al Cielo que la mayonesa es de primera mano –dije en voz baja y agregué aumentando el volumen – ¡Sí mamá, exquisitos!

Sobre Antonia circulan afirmaciones indiscutibles: que era buena, generosa, práctica y organizada, responsable en su trabajo y querida por sus compañeros, que fumaba y comía ruidosas galletas marineras mientras leía recostada en la cama novelas negras del Séptimo Círculo y que disfrutaba las madrugadas sentada en la cocina escuchando la radio ante un tazón de café con leche.

Todo eso es cierto pero también que la cocina no era su fuerte y que, como buena taurina, no escarmentaba con sus reiterados fracasos. Lejos de resignarse, se empecinaba en el arte del Cordon Bleau. Cada tanto bajaba la inspiración e innovaba: mezclaba elementos que encontraba en la heladera o en la alacena con otros que compraba especialmente para perpetrar sus nefastos experimentos. Obtenía así engendros de sabores tan difusos como horribles que nos presentaba a diario sobre la mesa esperando nuestra aprobación. Tal vez fuera la precursora de la comida molecular, quién sabe.

Voluntad tenía, arte no.

Nosotros, pobres conejitos de Indias, habíamos aprendido desde chicos a resignar el sentido del gusto para no herir sus sentimientos. Comíamos sin chistar haciendo gala de un enorme dominio de voluntad o de papilas gustativas ya insensibles.

Hasta que un día se pasó de la raya.

- Mamá, ¿qué es esto? –preguntó Daniel esgrimiendo una cuchara sobre la que se estremecía una masa babosa y gris.
- “Aspic de verduras” –respondió sin inmutarse la asesina serial de los sabores agradables.

Los tres nos miramos y largamos la carcajada. No podíamos mantener esa farsa ni un minuto más.

Este último experimento de Antonia no tenía perdón de ningún dios y cualquier cocinero con un mínimo de decencia la hubiera desterrado a la Siberia o a un Mc Donalds.

Imagino que el lector estará ansioso por saber el secreto del sospechoso áspic. Pues bien, era el producto de la combinación de restos de sopa de verduras con gelatina sin sabor, que luego de una temporada en la heladera, Antonia había moldeado como un monstruoso timbal bamboleante y gris.

Juro que es cierto.






domingo, 2 de noviembre de 2014

COMPAÑERA DE RUTA






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Cada diciembre empiezo a buscar  su reemplazante. Me paro en las vidrieras, pregunto precios, comparo tamaños. Pienso y sopeso formas y calidades para que me dure todo el año. ¿Qué haría yo sin ella? Nada, mi vida sería un descontrol. Olvidaría mis obligaciones, pagaría dos veces los impuestos o me cortarían la luz. Olvidaría  citas, direcciones y números de teléfono, incluso personas o lugares, ¿dónde se supone que debiera escribir la lista de pendientes diarios, mensuales o anuales?.¿Dónde guardaría papelitos importantes, recetas médicas, panfletos de productos naturistas o escuelas de yoga? ¿Qué lugar deberían tener algunas fotos o los recortes imprescindibles robados de alguna revista del consultorio del dentista?

Caos, sólo caos. Mis horas se organizan a su alrededor.

Miro la que tengo en uso y no se parece en nada a cómo era al principio. A fin del año pasado la compré en una tienda, me costó mucho dar con ella pues no me convencía ninguna hasta que la encontré. Tenía el tamaño justo, ni muy chica ni muy grande. De tapas duras y rulo firme. Las hojas eran blancas con finas rayas celestes y calculé, a ojo de buen cubero, que me serviría hasta la última hoja. No es una agenda, no me gustan los espacios pautados, los días fijados por otro y espacio ocupado con frases o dibujitos. No quiero índices ni calendarios, sólo papel en blanco para mí. Yo busco una libreta, mi libreta, esa que me acompañará todo el año.

Antes de estrenarla escribí 2014 en la tapa y cuando caiga la última hoja en el almanaque la guardaré en un cajón junto con sus predecesoras.

Y soy feliz por todos los datos, citas de libros, autores, recordatorios de cumpleaños, precios (de cosas que jamás compraré), recetas de cocina (que jamás haré), oraciones y conjuros (que sí rezaré), descripciones sobre cómo ir de un lugar a otro (lo que me salvará de perderme), amigos nuevos, canciones encontradas y películas recomendadas, nombres de animales o de plantas, listas de compras. Todo es parte de mi.

Sé que en un día futuro necesitaré la información que está en ese preciso lugar, cerca de la esquina izquierda en una de las hojas pares escrita con marcador violeta. Tal vez en 2017 pasaré sus páginas buscando ese dato hasta encontrarlo y en el camino recordaré este presente que será pasado.


Es noviembre y mi libreta no es la misma, está ajada, las puntas algo romas, me quedan pocas hojas libres; voy ajustando la letra para que me alcance. Es todavía mi compañera de ruta pero ya se ha ganado un sitio en mi cajón de tesoros.

Desafío de Seré breve sobre descripciones 



sábado, 18 de octubre de 2014

LÁGRIMAS DE COCODRILO





Este cuento está incluído en la selección de cuentos de Editorial Dunken "Desnudos sobre el papel"








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El espejo del Nilo devuelve mi reflejo y me veo tal cual soy, mi piel es escamosa, dura, seca, un verdadero escudo contra los peligros que debo afrontar; una barrera infranqueable entre el mundo y yo. Gracias a su protección nuestra especie ha atravesado las eras.  Nos permite señorear las aguas y la ribera sin que nada nos perturbe. Pasamos de la tierra al río casi en secreto, y tenemos la habilidad de camuflarnos en inocente tronco a la deriva  con la corriente como único motor. Sólo nos delatan los ojos amarillos bajo los párpados rugosos. Somos implacables. Asistimos con deleite a la mezcla de horror y de sorpresa que, cuando ya es demasiado tarde, rezuma la última mirada de la víctima.

Después de pasar algunas horas tendida sobre unos pastos de la orilla el hambre me decide a deslizarme al mundo líquido en busca de algo para comer. Hace ya un rato largo, tal vez días, que la garza desprevenida en procura de agua fresca se convirtió en un manojo de plumas blancas y sangre entre mis fauces. En aquel momento sentí que algo inédito pasaba conmigo… por alguna razón desconocida, me apesadumbró el ave. Recuerdo que mientras destazaba sin piedad músculos y huesos una recóndita tristeza me embargó, pero luego la olvidé o la tragué junto con la cabeza coronada por un penacho que fue lo último que pasó por mi garganta. Un sentimiento similar, que me extrañó profundamente, apareció tiempo atrás cuando encontré deshecho el nido que había construido bajo unas matas... y lo peor, mis hijos, todavía huevos, habían desaparecido. Eso ya había sucedido antes, pero nunca me había importado: ley de la vida, ley de la selva, ley de los cocodrilos del Nilo.

No sé, tal vez deba consultar, quizás sólo sea la vejez,  temo que mi piel se esté ablandando. No puedo asegurarlo pero me parece que con cada movimiento, en especial cuando sacudo la cola para darme envión, algunas escamas se desprenden, saltan en el aire, reflejan los rayos del sol y finalmente caen, después de un par de acrobacias, para desaparecer bajo el agua con un suspiro. No me produce dolor, incluso disfruto de los destellos verdes que libera cada una. Lo que me pasa es más profundo: hay alguien más bajo esta piel. Un ser que hace un minuto le ha perdonado la vida a la gacela que me ofreció graciosamente el cuello al acercar su confiado morro castaño al río. No pude, se me hizo agua la boca, pero simplemente no pude y una lágrima se instaló en el nacimiento de mi tercer párpado.

Comprendo la gravedad del problema que empeora minuto a minuto. Es una reacción en cadena iniciada ignoro cuándo o por qué pero, intuyo, nada será capaz de detenerla.

Es hora de que salga de este río, me afirme sobre mis dos pies y camine en procura de lo que estoy buscando, está visto que mis días de cocodrilo han terminado.




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jueves, 16 de octubre de 2014

LOS ELEFANTES








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El reloj despertador marcó las seis y aulló esa hora como todas las madrugadas.

Lejos de remolonear, Amanda saltó de la cama recordando lo que se había prometido la noche anterior: cumplir con todas las obligaciones del día sin perder ni un minuto.

“Un buen desayuno es la clave para empezar bien la jornada”, se dijo y dispuso sobre la mesa de la cocina el zumo de arándanos, las tostadas y el café con leche. Declinó el impulso de encender la radio, las noticias de la República amargarían cualquier alimento. Se sentó en uno de los bancos de la cocina y disfrutó de los sabores y del aroma del café. Se felicitó por haber despachado sin remordimientos a su último candidato. “La privacidad matinal vale oro”, sentenció mientras el último sorbo de café se deslizaba por su garganta arrastrando miguitas de tostada.

“Bien, después de alimentar el cuerpo hay que alimentar el espíritu, luego un bañito y ¡a trabajar!”

Encendió la computadora y buscó en Internet la meditación guiada por su gurú favorito. Tendió la colchoneta sobre el piso y se acomodó boca arriba.

La melodiosa voz de clara cadencia oriental daba indicaciones a quien quisiera escucharlo:

“Inspire profundamente, contenga la respiración, exhale despacio por la boca”. Un sonido como de elefantes blandos -que provendría de un bansuri- inducía a la calma y reforzaba la idea del relax. “Concéntrense en la rodilla izquierda”, decía la voz levemente aflautada, “relaje el cuerpo, reconozca cada músculo, sienta cada hueso”

La mujer, aplicada como pocas, seguía al pie de la letra las algodonosas directivas. Inspiraba. Contenía. Exhalaba. Distendía religiosamente pies, pantorrillas, muslos, caderas, abdomen, ombligo, hombros…

Para estas alturas el techo ya era un cielo celeste surcado por ruidosos papagayos que dejaban surcos de humo azul como de aviones a chorro.

“Otra inspiración profunda… lleve el oxígeno a sus pulmones… expulse el aire lentamente y arrastre las malas energías”

Los elefantes barritaban lejos entre los profusos matorrales de bambú. La manada, tan numerosa como pacífica, dejaba su huella sonora en cada paso; retumbaban sobre la hierba como timbales sordos… o quizás fueran timbales nomás. Se acercaban. La voz se escuchaba ya  muy lejos, costaba trabajo entender las órdenes del hindú:”Inhale, llene su cabeza de luz, su cuerpo está pesado, flojo, se hunde…”

Efectivamente el cuerpo de Amanda, desarticulado, se derrumbaba sobre la colchoneta o sobre la húmeda hierba de la India. No quedaban huesos, ni tendones, ni músculos. La piel, a duras penas, contenía una gelatina babosa. Los pájaros seguían rayando el cielo y los elefantes, ya a su lado, levantaban una fina polvareda gris. Un elefantito le rozó la mejilla con la trompa, áspera impresión de labios polvorientos.

El gurú, de voz cada vez más aguda (¿no sería una mujer?) cantó unos pocos versos que repetían: shaaaanti, shaaaanti, shaaaanti. Seguramente fuera una especie de bendición que su mente aceptó agradecida desde el fondo de un pozo.

Mientras tanto los elefantes habían llegado a la orilla del río, chapoteaban en el agua, bebían y se daban alegres topetazos. El exquisito aroma del barro mojado llegaba hasta la nariz de Amanda. Pensó en seguirlos, pensó en levantarse y caminar hasta alcanzarlos o, tal vez, bastara con gatear hasta ellos, no estaba segura de poder reconectar los tobillos con los pies o las rodillas con los muslos. Mejor se quedaría allí un rato más, se sentía cansada, a lo mejor dormiría un poco y luego podría bañarse con los elefantes.

“Cuando lo crea conveniente, mueva pies y manos con suavidad, tome conciencia del entorno, escuche los ruidos del ambiente, abra lentamente los ojos…”

Tuvo Amanda un último pensamiento antes de abandonar al gurú y a los elefantes: “Mañana  cumpliré sin falta con todas las obligaciones del día sin perder ni un minuto.”



Meditación presente en el cuento:




miércoles, 15 de octubre de 2014

EL DON








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Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad.

Su madre lo despertaba con una caricia y un tazón con chocolate caliente. Después, y de la mano, lo llevaba hasta el árbol de Navidad lleno de luces y adornos de colores. Una pila de paquetes descansaba bajo las ramas. Esta vez eligió uno enorme envuelto en papel rojo: la sorpresa del tren eléctrico iluminó su cara.

-¡Despierten!

Los tacones de la celadora retumbaron sobre las baldosas frías del dormitorio del orfanato.

Con sólo siete años había descubierto su don: podía programar sus sueños y soñarlos al pie de la letra.

El de la Navidad era su favorito.


Enviado el 15 de octubre de 2014 a la VIII edición de cuentos en cadena. (Menos de 100 palabras sin contar la frase de inicio que es la frase final del cuento ganador de la semana anterior