miércoles, 23 de octubre de 2013

VOLVISTE




 *************************************************************

PUBLICADO POR EDITORIAL DUNKEN EN LA SELECCIÓN DE CUENTOS "LETRAS DEL fACE 4" en marzo de 2014

- Vení para acá te digo. ¿Adónde carajo vas?
– ¿Y a vos qué te importa, pelotuda?
– ¿Cómo a mí qué me importa?, sos mi reflejo, mirá si no me va a importar que te quedes o no –le dije a esa turra que me miraba desde lo profundo del espejo del baño con cara de sabelotodo y los brazos cruzados sobre el pecho-.  No me desafíes, volvé a tu lugar y hacé bien tu trabajo: ¿no ves que tengo los brazos al lado del cuerpo y no cruzados?, vení, no me hagas enojar y copiá todo lo que hago.
– Ni en pedo. Ya te dije que me voy. Me voy porqué estoy harta.

   La vi correr hacia la izquierda, recuerdo que me choqué la cabeza contra la pared tratando de seguirla. Escuché un slam y cuando quise salir del baño volví a chocar, esta vez contra la puerta cerrada (y entendí, con clarísima dureza, el slam anterior).
Me dije que no podía ser, que esa locura no me podía estar sucediendo y me fui al espejo de mi habitación. Alcancé a verla cuando lo cruzaba de un marco al otro. Desapareció en un santiamén, era rápida la muy guacha. Ya en el espejo del recibidor la volví a encontrar y fue cuando me gritó con mi propia voz que la dejara en paz. Enseguida el estrépito de la puerta de calle al cerrarse. El óvalo de madera vacío me impulsó a ir tras ella como loca pero frené en seco cuando me di cuenta de que estaba en camisón y chancletas. “Que ella haga lo que quiera, yo no hago papelones en la vía pública”, pensé. Volví sobre mis pasos y me puse lo primero que encontré, no supe si me quedaba bien o mal por obvias razones.

   Salí desconcertada a la calle no sabía  por dónde empezar a buscar. Hacia dónde recordaba un espejo  encaminé mis pasos:
* fui al supermercado – hay uno enorme en la entrada junto a los changuitos–,
* corrí a la tienda y volé al probador, empujando en mi apuro a una señora que se disponía a medirse un pantalón quien me miró espantada,
*entré a la farmacia, hay un espejito arriba de la balanza…

   Pero nada, nada de nada, ni rastros de ella.

   Me sentía Bela Lugosi y temí que las personas, advirtiendo mi síndrome de Drácula, huyeran despavoridas. Vencida,  arrastrando los pies regresé a casa. Cada cinco minutos chequeaba en los espejos para ver si esa ingrata se dignaba a aparecer. ¡No estaba ni en la polvera! Para calmar la angustia oral me comí una bolsa entera de bizcochitos de grasa en un intento de levantarme el ánimo. Error, me sentí horrible pues tarde recordé que mi hígado no los resiste. Preparé un té de boldo para reparar semejante descalabro hepático y me fui a dormir. Pensé que no iba a poder, pero a mí los nervios me dan sueño.

   De madrugada desperté con sus gritos. Encendí la luz y me paré frente al espejo del cuarto, allí estaba la muy loca despeinada y con cara de pocos amigos.
– ¡Volviste! –exclamé con el alma de nuevo en el cuerpo y con  mi cuerpo de nuevo en el espejo.
–Volví boluda, volví,  no quiero hacerme cargo de tu demencia pero a partir de ahora las cosas van a cambiar –me dijo mientras, para mi asombro, mutaba de yo a Madonna en vestido de lamé rojo. Quise matarla pero me quedé en el molde al repasar mi día desenfrenado buscando reflejos; entendí que con esa mina no se jode.

   Ahora no puedo decir que sea estrictamente yo la que veo atrapada en un marco pues a veces me lavo los dientes en Cid Charise, en Carolina de Mónaco y aún en Elisa Carrió. Me peino en Uma Turman o en Sophia Loren. Le paso  crema nutritiva a Eva Longoria, a Meg Ryan y a Michelle Pfiffer. En fin, se me complica. Ni hablar cuando tengo que pintarle los ojos a John Travolta o a Woody Allen. Una vez fui Evo Morales y otra Messi. Estoy en período de adaptación; esto no es fácil, me he quejado varias veces pero ella, inflexible, vuelve a amenazarme con irse para siempre, y eso me asusta. Claro que ya no sé bien quién soy pero  prefiero eso a la soledad del espejo vacío.





domingo, 15 de septiembre de 2013

LA CHARLANGA



*************************************************************



LA CHARLANGA
Rosario Collico Savio


Apenas doblé la esquina la divisé recortada contra la parada de colectivos, con su eterna campera rompevientos, una pollera a media pierna y mocasines con taco. Se desplegaron en mi pantalla mental tres posibles alternativas a) desmaterializarme b) entrar en la verdulería a comprar dos bananas o simplemente c) cruzar a la vereda de enfrente. Pero a pesar de las muchas horas de meditación no he podido aún desarmar mis moléculas acá y rearmarlas allá, no tenía ni un peso en el bolsillo y, además,  la charlanga ya me había dado la captura… sus ojos detrás de las gafas negras brillaban ante la presa, o sea yo, y su boquita de labios finos se curvaba en una sonrisa pintada de rojo furioso. Vencida, levanté mi mano a modo de saludo y me acerqué a ella consciente de que mi vida se detendría por un rato después de dos besos, uno en cada mejilla.

De la charlanga no sé nada, ni el nombre sé. Yo le puse el mote y así le quedará para siempre porque ni pienso preguntar, yo no pregunto nada, eso le daría excusa para responderme. Es mi vecina desde hace una punta de años, la conocí en una cola del supermercado y mi status de casi amiga del barrio se instaló para siempre en sus registros. Eso la habilita para capturarme cada vez que el destino cruza nuestros andares.  Y yo no puedo zafar.

Cuando digo “no puedo” es exactamente “no puedo”, algo me atrae de forma irremediable hacia ella, como si tuviera la capacidad de hipnotizarme a la distancia y dejarme clavada en el piso por el rato que ella disponga mientras sus labios finos pintados de rojo furioso se curvan y se estiran al tiempo que  desgrana las palabras que me tiene asignadas: Que la madre –a quien no conozco-  se cayó y se rompió la cadera y ahora justo se está por tomar el 152 para ir a verla al sanatorio aunque escuchó en la radio que en Plaza Italia hay una manifestación que corta el tránsito y que por eso deberá bajarse antes y tomarse un taxi que la lleve hasta el sanatorio que está por el Alto Palermo porque ella no toma el subte ni loca porque le da claustrofobia y además con este día tan lindo ni ganas tiene de sepultarse bajo tierra. Y en el auto tampoco va porque ni que estuviera mal de la cabeza se le ocurre meterse en el centro con el auto un viernes al mediodía. Pero la madre es la madre y tiene que ir aunque sea viernes al mediodía. Para colmo ella es única hija así que todo recae sobre su persona, obvio que la quiere a la madre –a quien reitero no conozco- y por eso le retribuye el sentimiento, la cuida, la va a ver pero igual es un garrón porque imaginate querida que no puede ni pescarse una gripe porque la madre ya está grande y siempre tiene algún problema.

Para mí que son los labios finitos y rojos los que me hipnotizan porque mientras  habla de la madre o de la hija  -a quien tampoco conozco- que vive en Pilar y a la que cada dos por tres tiene que ayudar para cuidarle a los hijos que son divinos pero unos diablitos y ella ya no está para esos trotes; claro que la  hija es una genia que trabaja en algo copadísimo (que no puedo recordar) y cuando le falla la empleada paraguaya, vos viste cómo son, ahí tiene que ir la charlanga a cubrir el puesto de combate porque con el yerno no podés contar nunca, siempre está de viaje o andá a saber... pobre la hija dice ella.

Al final me distraje escribiendo sobre la hija de la charlanga y no terminé la idea de que para mí lo que me hipnotiza son los labios finitos pintados de rojo furioso tan pero tan mal pintados de rojo furioso que me dan ganas de pasarle un pañuelito de papel para arreglarle esos bordes tan desparejos. Sé que no puedo hacerlo, que me tomaría por loca pero juro que casi no puedo prestarle atención a las miles de palabras que por minuto  desgrana la charlanga porque no puedo dejar de mirar los bordes tan pero tan mal pintados de los labios finitos y furiosos.

A veces me habla del marido a quien supongo muerto porque tampoco pude verlo nunca; ella va siempre sola y apurada, camina con pasos cortitos y veloces casi sin tocar el suelo esperando encontrar una presa (calculo yo) para contarle sobre la madre enferma, la hija cornuda o el marido que era muy buen mozo y que trabajó toda su vida en un laburo super importante – capo de una multinacional de la ostia, creo que me dijo- que viajaron por todo el mundo y estuvieron en los mejores hoteles incluso en Dubai. Que en algún momento cuando él estaba por retirarse compró esa casa con jardín, ahí en Florida, para disfrutar un poco del verde porque ya estaban cansados (ella también) de tanto cemento y querían escuchar los pájaros y tener un lindo jardín pero viste el trabajo que da un jardín, le duele la espalda de sólo pensarlo, ahora tiene un chico que le corta el pasto, un buen pibe, negrito pero se ve que de familia honesta, que le va una vez cada quince días a cortar el pasto porque eso sí que es pesadísimo de hacer y ella ya no puede con todo porque está mal de la espalda, dos hernias de disco tiene pero no son operables y aunque lo fueran tampoco se operaría porque quién sabe cómo queda porque los médicos son unos mercenarios, vos ya sabés querida. Sin respirar aclara, eso sí, que de las plantas y las flores  se ocupa ella que ya me va a invitar a tomar un café para que vea las plantas, porque ella sabe que a mi me encantan las plantas y las flores y ahora que viene la primavera todo se pone lindísimo, ya mismo están los jazmines a reventar que lindo perfume que dan, ¿no? Aunque con este frío que de pronto se vino justo antes de terminar el invierno por ahí se le quema todo con la helada pero qué le vamos a hacer siguen rezando los labios finitos pintados de rojo furioso que ya no puedo soportar de tan mal pintados que están y si no me larga, si no me des-hipnotiza, si no me libera se los arreglo en dos patadas con la manga del buzo aunque me quede manchado de rojo furioso, tan loca me pone ver esos labios finitos tan pero tan mal pintados, no tendrá un espejo esta mujer, el marido muerto nunca le habrá dicho pintate mejor o la hija cornuda no le habrá advertido mamá parecés un payaso o la madre con la cadera rota porqué no le regaló un brillito rosa suave para pagarle el amor filial… me hubieran salvado de la hipnosis de esos labios finitos tan pero tan mal pintados de rojo furioso.

    

lunes, 24 de diciembre de 2012

LOS QUERUBINES

   

*************************************************************



­_ ¿Está haciendo calor, no doctor?

_ Es verdad, es que ya estamos en diciembre, se nos acaba el año.

_ No me gusta el calor, tampoco el frío pero el calor, así de golpe, me mata. Y las fiestas me deprimen.

_ Las fiestas deprimen a muchos, por eso del balance inevitable, por la sensación de finitud. Se movilizan muchos sentimientos y eso nos afecta, digo nos porque a mí tampoco me enloquecen. ¿Qué es lo que no le gusta específicamente?

_ Es que me parece una estupidez, no estoy celebrando nada, hay mucha euforia y poco motivo. Me suena falso. Y eso de tener que reunirse obligadamente con gente a la que no he visto en todo el año, ¡por dios, quiero verme libre de eso! Pero sé que no tengo huevos para dar una buena excusa y zafar. Le juro que me compraría un pan dulce y una sidra y me quedaría viendo una película lo más pancha en casa.

_ ¿Y por qué no aprovecha este año? Póngase ese objetivo, ahora que todavía hay tiempo, ensaye buenas excusas, arme estrategias para decir que no, para que no la convenzan.

­_ Sí, pero no tengo el coraje, al final terminaré yendo; por otra parte estar con gente es un seguro contra los querubines. Me dan miedo los querubines.

_ ¿Querubines?

_ Sí, vio que por todos lados, para estas fechas empiezan con los adornos navideños, los arbolitos con nieve de lana de vidrio, los papás noeles, los villancicos y los angelitos con cara de buenos… pero esos son peores que el mismo demonio.

_ Alicia, hace ya casi un año que viene a terapia conmigo, suponía que ya habíamos identificado sus fuentes de temor y las habíamos desarticulados, déjeme recordar y corríjame si me equivoco: hombres con maletines, gitanas, chapas patentes capicúas… nunca me había hablado de los querubines.

_ Doctor, se olvida de los trencitos de la alegría. Y no le dije nada de los querubines porque empecé terapia en febrero pasado, para esa fecha ya se han ido lejos.

_ Claro, se desarman los árboles de navidad y se guardan los adornos.

_ No, no, nada tienen que ver con la Navidad, se van lejos, creo que se van a otro país, me parece que tienen un tiempo limitado para estar acá comiendo…

_  ¿Comiendo?a ver Alicia, ¿qué historia es esa? ¿Está tomando las gotitas que le receté?

_ Sí doctor, cada ocho horas.

_ Lo de los querubines, cuentemé lo de los querubines.

_ ¡Uff! Los querubines vienen de lejos, nunca hablé de ellos, pero me dan un miedo… usted no sabe, la verdad, no sé si contarle... en fin, los descubrí cuando era chica.

_ Lógico, su familia siempre festejó la navidad y los angelitos son un adorno de lo más común.

_ Pero estos que yo les digo no son un adorno. Son chiquitos, se esconden por todos lados. 
Vuelan, ¿sabe? Y parecen dulces y buenos pero no lo son. Al principio me puse contenta de verlos, me divertían, creía que eran los angelitos de la guarda y esas cosas. Así que cuando empezaba el calor  me alegraba porque sabía que tarde o temprano vería revolotear a los querubines y andaría como loca por toda la casa buscando sus escondites. Porque se esconden, ¿sabe? Se esconden. Cualquier lugar oscuro les viene bien. Apuesto que detrás del busto de Freud que está en aquella biblioteca hay un par acechándonos.

_ ¿Acechándonos? ¿Le parece para tanto? Su descripción me pareció simpática pero usted dijo que le daban miedo. Explíquese mejor.

_ Doctor, parecen simpáticos y si uno los mira lo son, bebitos alados, eso son, preciosos bebitos alados.

_ Pero entonces  ¿por qué les teme? Dígame qué siente así podremos desarticular su miedo hacia ellos. ¿Por qué la asustan?

_ Porque los descubrí y ellos lo saben.

_ ¿Qué descubrió?

_ Como le dije, a mí de chica me encantaban, después les empecé a desconfiar. Yo les dejaba comidita ¿vio? Leche, galletitas, azúcar. Pero nunca probaban bocado.

_¿Y?

_Bueno, usted ya sabe -porque le he contado- que a mí me gustan mucho los animalitos. Los pajaritos me encantan, de chiquita me subía a los techos de la casa y me quedaba horas mirando los nidos con los huevos, me gustaba ver a las mamás empollando su tesoro durante días y nada me daba mayor alegría que ver nacer a pichones y seguir su crecimiento, siempre apostada en el techo de la casa sin hacer ruido para no asustarlos. Una tarde de mucho calor los vi revoloteando un nido, a los querubines vi. Y casi me vengo para abajo del susto cuando los vi atacar a los pichones, se los comieron en dos minutos, con esos dientes enormes que tienen, se los comieron y dejaron sólo las cabecitas con los ojos vacíos. Lo sé porque cuando pude reponerme del susto subí al árbol y vi las cabecitas de los chiquitines con las cuencas vacías como mirando la nada, nunca me voy a olvidar. Odié profundamente a los querubines y durante mucho tiempo traté de matar alguno con un matamoscas pero nunca los pude agarrar. Desde ese día me persiguen porque sé su secreto. Cada año descubro nuevas cabecitas de gatos, perritos y hasta de ratones y loros, todas sin ojos. Estoy segura de que también se han comido bebés recién nacidos pero no tengo pruebas. ¡Y vaya uno a saber los horrores que habrán cometido! Doctor me parece que me voy, tengo miedo, me quiero ir a mi casa. Sólo me siento segura si hay mucha gente o si hay naranjas, descubrí que detestan el olor a naranjas y por eso en mi casa hay naranjas hasta en el baño.

_ Alicia, cálmese un poco, le sirvo agua. Esto que me cuenta es diferente a los otros miedos que hemos ido desarticulando porque yo he visto los hombres con maletines, las gitanas, las chapas patentes capicúas y los trencitos de la alegría y he podido con mucha paciencia desarmar esos miedos. Pero lo que usted me cuenta es nuevo para mí, nunca he visto a sus querubines, tal vez nos cueste más lidiar con este miedo, le confieso. Le voy a subir la dosis, tome las gotitas cada seis horas, al menos por un tiempo, la noto muy nerviosa.

_No es para menos, doctor, son muy astutos, es más, acabo de ver la punta de una alita detrás del busto de Freud. Es una pena que hayamos hablado de ellos. Ahora saben que usted también sabe, le aconsejo que compre naranjas y que trate de no pasar las fiestas solo.


11 de noviembre de 2012


lunes, 26 de noviembre de 2012

TARJETA DE COORDENADAS



**************************************************************************************
La modernidad es fantástica pero no tanto, obliga a mantenernos informados, a cambiar hábitos milenarios, a recordar contraseñas y, ante la necesidad de hacer una transferencia bancaria on line a tener, sí o sí, la dichosa tarjeta de coordenadas, una pavada tecnológica inspirada en la viejísima batalla naval.

Así que me fui nomás al banco un soleado –demasiado para mi gusto- mediodía de noviembre. A las tres cuadras apuré el paso porque, aún del lado de la sombra, sentía chamuscárseme la piel y los anteojos de sol no lograban el cometido de aplacar la luz.

Ya en el banco me sentí mejor, el aire acondicionado me revivió lo suficiente como para integrarme a la fila de cuatro personas que esperaban en el mostrador de informes.

Porqué no me avivé de comer algo antes de salir de casa, nunca lo sabré. Si alguien me conoce al dedillo soy yo misma, sé que no debo alejarme mucho sin un bocadillo previo, sin un tentempié liberador de potenciales situaciones no deseadas. Tal vez la premura por la dichosa tarjeta, tal vez el berretín de sacarme de encima el trámite bancario inevitable me apuró más de la cuenta. Allí estaba,  irremediablemente muerta de hambre, en el quinto lugar de la fila.

La empleada que atendía el mostrador tampoco colaboraba a mi bienestar. Esa chica, fea y con demasiado maquillaje, tenía la lentitud de un condenado a muerte. Se me ocurre que cada uno de sus movimientos debía ser consentido por sus tres neuronas por lo que para despachar al primer cliente, una señora que iba a hacer un depósito en cuenta de terceros, se tardó no menos de cinco minutos.

Mientras tanto, trataba de no pensar en mis entrañas, más bien en el vacío de mis entrañas. Para ayudarme, me concentré en la nuca del cuarto cliente, es decir, el tipo que estaba delante de mí. Linda nuca, me dije y  aunque no soy afecta a los espejos empecé a buscar el reflejo del hombre en el vidrio del banco que nos separaba de la calle, sólo por diversión para distraer al estómago. Me gustó lo que vi, prolijo, buen perfil, de unos cuarenta años le calculé y no me hice ninguna película porque ya sé cómo terminan mis películas. Linda nuca, me repetí al tiempo que escuchaba el problema del cliente número dos: una viejita que quería cerrar la cuenta. La empleada le pidió su documento y el último resumen bancario para que pudiera ir a la fotocopiadora a sacar unas copias: “Una me la quedo yo, otra se la queda usted y otra  la mando a la casa central”, le dijo la chica al tiempo que se ponía en marcha y desaparecía en un laberinto de mamparas. No lo he dicho todavía pero desde siempre he tenido un oído de tísico, nada se me escapa, a veces puedo sacar  provecho de este don como cuando percibo el aleteo de una bandada de palomas que bien podría darme sosiego ahora mismo pero casi siempre padezco el incordio de escuchar cada estúpida frase de cada estúpida persona que se cruza en mi camino.

No bien regresada al escritorio la fea con demasiado maquillaje selló con inusitada energía las copias, las firmó sonoramente y despachó a la viejita con un “dese una vuelta el viernes”.

El tercer cliente era de Chacabuco, lo supe porque se lo contó al hombre de la linda nuca mientras todos esperábamos que la muchacha volviera de la fotocopiadora. El hombre llevaba un portafolio raído rebosante de papeles con el que describió una curva en el aire antes de depositarlo sobre el mostrador de informes ni bien la empleada le dedicó media sonrisa a modo de saludo. “Buenas, soy Roberto Quemado Nuñez, yo tenía reservada una sala para hacer una operación hoy a las dos pero mi cliente no pudo venir por la huelga de transportes de modo que la quiero pasar para el miércoles que viene a la una”. La chica le pidió el documento y se puso a teclear en la computadora.

El trámite se demoraba y yo necesitaba comer, fingí ataques de tos para tapar los ruidos de mi aparato digestivo… inevitablemente iban a llamar la atención y eso es lo que menos necesitaba. Por momentos perdía el sentido, es raro que no se me hubieran aflojado las rodillas. El hombre del portafolio raído seguía discutiendo con la fea con demasiado maquillaje y el cuarto cliente, alertado por mi fingido ataque de tos, se volvió hacia mí: “¿Quiere una pastillita de menta?



Esa pregunta selló nuestros destinos de forma irrevocable como si yo fuera la fila 5 y el hombre de la nuca la columna D de la mentada tarjeta de coordenadas.

- No, no, le agradezco mucho pero la menta me mataría, soy alérgica a muchas cosas: al maní, a la menta, al ajo… en fin, algo en este banco me está afectando, me cuesta respirar. Me iría pero se me están aflojando las piernas   –agregué frenando otro ataque de tos- y temo caer, ¿no me haría el favor de acompañarme afuera? Reforcé el tono candoroso de la pregunta mirándolo a los ojos e inclinando levemente la cabeza a la derecha. He comprobado que ese movimiento  sutil predispone al inocente a satisfacer cualquier deseo.

El cuarto cliente aceptó gustoso y me ofreció su brazo del que me apuré a colgarme.

-¡Qué amable, muchas gracias!, no se preocupe que enseguida se me pasa y volvemos a entrar así que no va a perder su lugar en la fila – le dije al tiempo que salíamos a la calle.

Lo conduje con paso trémulo hacia la sombra de un árbol cercano. Me cercioré de que no hubiera otras personas a la vista y fingí dos cosas al mismo tiempo: un nuevo ataque de tos y un leve vahído. El hombre percibió la flojedad de mis músculos y se inclinó para sostenerme. Minuto fatal de la víctima.

Aproveché ese momento para atacar su yugular y tomar la siguiente nota mental: no puedo salir de casa sin haber comido lo suficiente.

26/11/2012


miércoles, 24 de octubre de 2012

LA SIESTA

************************************************************* ¡Qué sensación la disolvencia! ¡Qué placer casi orgásmico! El cansancio se acumula desde el alba, se atrinchera en cada músculo y forma, en colaboración con las tensiones nunca disipadas, nudos dolorosos que ni el mejor masajista conseguiría desatar. Repaso, lapicera en mano, la interminable lista de quehaceres y descubro con enorme sorpresa que tengo una hora, una hora de completa libertad. Constato que he tachado todo lo posible y que el próximo pendiente sólo podrá cumplirse después de que transcurran sesenta maravillosos minutos. Sin dudar apago el celular, descuelgo el teléfono, bajo la persiana y me tiro en la cama no sin antes ajustar la alarma del despertador. Cubierta por una frazada leve cierro los ojos y me entrego, me rindo, me disuelvo. Sí, porque eso pasa: la carne casi se desprende de los huesos y se derrama en una lámina rosada que replica los relieves del colchón. Las pupilas ocultas tras el velo de los párpados huyen hacia atrás como buscando en la nuca mundos de espejos negros. Queda todavía un hilo de conciencia que me ata a la cama, a la casa, al barrio, al país, al Mundo. Algo sonríe en mi interior porque sé que en segundos el mentado hilo se cortará y saldré disparada a otros mundos, a otros países, a otros barrios, a otras casas, a otras camas. Después de siete préxteles que equivalen a una hora terrícola suena la alarma que vuelve a conectarme con realidades conocidas; me levanto con lentitud con una pregunta repiqueteando en la cabeza: ¿de dónde provienen las caras de los extraños que pueblan los sueños?

miércoles, 6 de abril de 2011

FELISBERTO ANDA POR AHÍ

************************************************************




Felisberto anda por ahí, no sé bien dónde se oculta pero está. No hace falta que lo vea, lo intuyo, lo huelo, lo presiento.

Debe ser tímido, nunca ha consentido un encuentro frontal pero me ronda, vigila mis pasos, controla mis anhelos. Por momentos lo adivino a mis espaldas, como un ángel o un asesino misterioso otras veces me atisba desde la tela de araña que adorna aquel rincón.

Hemos alcanzado un mudo acuerdo: él se esconde y yo no lo busco pero aprendí a oler en el aire sus huellas invisibles y eso me apacigua; aunque esté sola con mi alma sola, Felisberto anda por ahí. Algunas veces se enreda en mi sombra o es su sombra la que se esquina en el vano de la puerta. Lo descubrí en la mancha de humedad que flota sobre el techo del living, apenas le veo el perfil y su cabellera enrulada se mece con la brisa. También lo delatan el olor del chocolate -que lo aventaja como un pregón- o el canto de algún grillo perdido en pleno invierno.

Felisberto es y no es, no puedo abrazarlo ni acariciar su piel pero me ayuda a elegir las naranjas más dulces, hace que los fósforos no se apaguen hasta que el horno haya encendido, sopla sinónimos en mi oreja, siempre tengo monedas para el colectivo y jamás he vuelto a destaparme por las noches. Las plantas del balcón crecen fuertes aunque me olvide de regarlas y cuando sopla el viento sur es Felisberto quien sostiene las maderas y evita el ruidoso entrechocar de la persiana que antes aseguraba mi pasaporte al insomnio.

Le dejo regalos que él nunca acepta: un bombón de café, una copa de vino, un cascabel y hasta una bufanda roja y blanca tejida con mis propias manos.

Se quedará en casa, lo sé, porque ambos nos necesitamos para ser. Tal vez por eso ya no me preocupa la soledad pues aunque no pueda verlo, Felisberto anda por ahí.

safe creative Código: 1104078917631

martes, 8 de marzo de 2011

CAMACUÁ 237

***********************************************************





“229… 233… 237, Camacuá 237 2º F, es acá” se dijo el hombre de saco jaspeado mientras guardaba en el bolsillo el recorte del diario. El tipo de bigote fino que regaba la vereda como si la Tierra no tuviera problemas con el agua relojeó al desconocido con aires de empleado de seguridad y preguntó:

–¿A quién busca?
–Eeh, el 2º F, pusieron un aviso en el diario…
– ¿2ºF?, Doña Blanca, deje yo le hablo– y solícitamente apretó el justo punto de intersección entre las rectas perpendiculares que nacían en el 2 y en la F
del portero eléctrico que brillaba de recién pulido.
–¿Quién es?– chilló la voz que se deslizó por los cables hasta la vereda.
–Soy yo doña Blanca, Darwin, ¿cómo le va? Acá hay un señor que la busca, dice que es por un aviso del diario.
–Qué suba, que suba, gracias Darwin, ¡qué haríamos sin usted!

–Dice que suba.
–Escuché, gracias… ¿Darwin?
–Darwin Elbio Rodríguez, a las órdenes.
–¿Uruguayo?
–Sí, ¿cómo lo supo?
–Una corazonada.
El hombre de saco jaspeado desapareció tras la puerta del ascensor mientras volvía a sacar del bolsillo el recorte del diario.

Una señora de cara demasiado redonda abrió la puerta del 2º F un instante antes de que sonara el timbre.
–¿Doña Blanca? Soy Roberto Meneces, vengo por el aviso.

La mujer lo miró de arriba abajo y preguntó:
–¿Altura, peso, edad?, ¿el pelo y los dientes, son suyos?
– Un metro ochenta y dos, 80 kilos, 54 y ambas cosas son mías, el pelo es lo que queda…
–Bien, bien, está dentro de las especificaciones, pase, póngase cómodo que le explico.

Living oscuro, las paredes enteladas irradiaban un brillo sedoso arrancado por una lámpara pequeña ubicada sobre una mesita baja. Cuadros demasiado grandes para las dimensiones del lugar hablaban de un pasado más opulento o, por lo menos, más espacioso. Una inmensa biblioteca guardaba casi tantos libros como adornos de dudosa procedencia o gusto. En el fondo del salón una cortina con arabescos y estrellas vaticinaba otro ambiente contiguo y misterioso. El aroma denso y dulzón emanaba de un hornillo o como se llamara ese aparatito. A Roberto le costaba respirar.

–Sientesé –ordenó la doña al tiempo que señalaba unos silloncitos que hasta el ademán amplio de la mujer se ocultaban en la oscuridad. Ella se sentó a su lado, alisó la falda de una especie de kimono o albornoz (Roberto no sabía bien la diferencia) y continuó– Esto es un negocio, soy Doña Blanca, médium y vidente natural, mi trabajo no es fácil, hay cada cliente… en fin, hace unos días vino una viuda con el afán de comunicarse con el finado, yo accedí de mil amores, como le dije, soy médium, lo mío es casi un trabajo social. Preparé el ambiente, dispuse el aroma correcto, me rodeé de los elementos pertinentes pero nada, el muerto se negó a manifestarse a través de mí, me dice que soy mujer, que no estaría a gusto y bla bla bla. Intenté convencerlo pero nada y en estos casos no conviene ponerse al muerto en contra porque no vuelve más. Debe estar bueno el otro lado.
–Perdone doña Blanca, pero no entiendo nada… ¿para qué puso el aviso en el diario pidiendo un hombre de entre 50 y 60, de más de 1,80 de altura, ni gordo ni flaco, con todos los dientes y con todo el pelo?
–Justamente, este hombre, bah, espíritu quiere un interlocutor de esas características para hacerse presente y hablar con la mujer. Por eso lo del aviso, no se me ocurrió otra cosa. Estuve a punto de rechazar el trabajo porque soy una profesional, no necesito acceder a las veleidades del otro lado pero con los tiempos de vacas flacas que corren preferí invertir en alguien como usted.
–A ver si entendí, ¿usted quiere que el muerto se instale en mi cuerpo para hablar con la mina? –preguntó Roberto con la voz afinada por el pánico.
–Eso mismo, pero no se preocupe porque no duele, usted ni se va a enterar porque lo pongo en trance, será cuestión de quince minutos con toda la furia, esa gente no se queda mucho tiempo por acá. Fíjese que en ese ratito hará una buena plata porque la señora está es de posición acomodada y le pienso cobrar todas estas molestias.
–No quiero parecer un cobarde, pero me da miedo, nunca me mezclé con el más allá, así que mejor me voy.
–¡Déjese de pavadas hombre! Esto lo hago desde que tengo seis años, mi vieja y mi abuela tenían el mismo talento. Le aseguro que no tiene nada que temer… nunca va a ganar tanto dinero en tan poco tiempo.
–Poniéndolo en esos términos, no sé, tal vez deba pensarlo un poco, como usted dijo, no soy épocas para rechazar trabajo.
–¡Bravo, no se va a arrepentir! Déjeme su teléfono y cuando arregle la sesión con la viuda le aviso.

Roberto llegó a la vereda con alguna intranquilidad en la barriga, por la propuesta de doña Blanca o porque venía comiendo salteado. Darwin seguía regando la vereda como quien pretende hacer crecer calabazas de entre las baldosas pero desatendió su labor para saludarlo con un ligero movimiento de cabeza.


–¿Le parece bien el martes a las cuatro?– doña Blanca en el teléfono sonaba igual de chillona que por el portero eléctrico.
–El martes a las cuatro estaré ahí.
–Traiga corbata, el finado era bastante pituco.


Ese martes Roberto llegó a Camacuá 237 con los nervios de punta, Darwin no regaba la vereda, se cebaba unos mates mientras clasificaba la correspondencia.
–Doña Blanca lo espera– le dijo a modo de saludo.

Fue una mujer regordeta y de collar de perlas que se presentó como Amanda Barrientos, viuda de Torres quien abrió la puerta y lo invitó con un cafecito mientras, le explicaba, “doña Blanca hace los últimos arreglos”.

–Encantado y no gracias– dijo Roberto a quien no le pasaba ni la propia saliva, mucho menos un café.

En eso se descorrió la cortina del fondo, la medium vestida para la ocasión con largo vestido negro, profusión de collares y pulseras, anillos en todos los dedos y un tercer ojo pintado en medio de la frente hizo su entrada dramática. “Si no estuviera tan cagado en las patas me reiría de todo esto… como la está empaquetando a la viuda… hay gente que no sabe en qué tirar la plata, falta la bola de cristal y estamos todos”, pensó Roberto mientras ofrecía su brazo a Amanda para encaminarla al recinto recién revelado.

La atmósfera era opresiva, la luz escasísima provenía de una única vela. Doña Blanca en evidente trance o actuación fenomenal los invitó a sentarse a la mesa de tres patas.

“Tres patas, típico”, fue el último pensamiento de Roberto. El último.

Doña Blanca mascullaba alguna oración, la viuda recorría con la mirada extraviada la oscuridad circundante y Roberto ya no era Roberto… un rayo helado lo había recorrido de norte a sur no más sentarse, Roberto ya no era Roberto, era Torres.

Y Torres habló con la voz de Roberto:
–¿Qué querés Amanda, no te bastó la vida entera que ahora me venís a romper la paciencia después de muerto?
–Ay, Juan, yo no te quiero molestar –balbució la mujer visiblemente asustada, la voz de Torres era casi un trueno– quería saber dónde guardaste los ahorros, dí vuelta la casa y no encontré nada, nunca te gustaron los bancos así que supuse que deben estar bien escondidos.
–¿MIS AHORROS? –aulló Torres– ¡¡¡ESO SÍ QUE NO!!!. La carcajada de ultratumba –que tan bien les sale a los fantasmas– heló la sangre de la viuda, doña Blanca se despatarró y cayó al suelo al tiempo que el antes muerto atravesaba la estancia a zancadas. El portazo anunció su salida.

En la vereda y de saco jaspeado el antes Roberto Meneces y ahora Juan Torres saludó a Darwin Elbio Rodríguez con una elegante inclinación de cabeza.

Safecreative Código: 1103098665218

Safe Creative #Rosario Collico Savio

miércoles, 5 de enero de 2011

EN HONOR A JORGE LUIS

*************************************************************





Agradezco al oro de los tigres que aún me conecta a lo real cuando, desesperado, busco frente a su jaula triste, asirme al mundo conocido y escapar de las brumas cada vez más densas que se ciernen agobiantes sobre mí. No sé porqué el amarillo se resiste a la ceguera. Cuando joven no lo tenía entre mis cálculos. Ahora es vital. Irritado lo busco a mi alrededor y me encadeno a su longitud de onda como a un árbol.

Cierto es que los otros sentidos han tomado, poco a poco, el lugar del que mis ojos desertaron. Estas manos aprendieron a descubrir texturas tan inexplicables como intrincadas: me deleito cuando acomodo la palma a las redondeces suaves de mi gato Beppo –a quién recuerdo blanco– para despertar inevitablemente, sus sonidos únicos, graves y tranquilizadores. Me animo a afirmar que, en esos momentos, ser ciego es casi un privilegio. Cada tarde me desafío a descubrir el verdadero sabor del té, aspirando sus perfumes ingleses impregnados de naranja sutil, que luego compruebo en la boca. Con el tiempo he adquirido la inapreciable habilidad de adivinar el aspecto de una mujer, sólo por el aroma de su piel. No fallo jamás. Mi amigo Bioy, que bien sabe de estos temas, ratifica mis sentencias.

Hay otro detalle que me reconcilia con la catástrofe de no ver. Tengo intactos los ojos del espíritu. Ellos ven dentro de mí e iluminan como un faro experiencias, conversaciones, lecturas pasadas y recuerdos ni siquiera vividos. Para usar algún oxímoron, a los que soy tan afecto, diría que de esa radiante oscuridad que llena mi cabeza, emergen mis cuentos y poemas más humildes.

Ya estoy acostumbrado a depender de ojos ajenos, sólo quisiera disfrutar, aunque más no fuera una vez, la trama perfecta de la tela de una araña.

J.L.B

Enviado a Perras Negras el 26 de mayo de 2006. Consigna “protagonista ciego” Menos de 300 palabras.


SAFECREATIVE: Código: 1101058205740

domingo, 7 de noviembre de 2010

LOS TANGOS DE JOVITA

**********************************************************




No se cómo me acordé de Ringo, son esas cosas que pasan sin permiso, sin lógica ni razón. Será que extraño su franqueza y su lealtad casi brutales, no sé. Lo cierto es que hoy me descubrí pensando en Bonavena, en su estúpida muerte en el Mustang Ranch, en los Conforte, qué pibes pesados… Si se hubiera quedado acá, todavía compartiríamos, cada tanto, las ravioladas en Boedo, en casa de doña Dominga, donde, no más entrar, era como meterse entre la ropa -mezclado con el olor a tuco- un cacho de barrio porteño.

A Ringo le gustaban las sobremesas tanto como contar historias desopilantes, exageradas y también tiernitas. Las contaba con los ojos brillantes y ademanes torpes que dibujaban escenas en el aire. Era un chico pretendiendo llamar la atención, un chico de noventa y pico de kilos.

Fue él quien me contó la historia de Jovita.

Aquel domingo, la señora servía el café pelando, como de costumbre, y asentía con la cabeza cada palabra del hijo con la adoración pintada en la cara. “¿Nunca te conté de Jovita?”, me preguntó Ringo tocando mi brazo con su manaza. Creí adivinar, por su tono de voz, que ese recuerdo asustaba al campeón.

“Acá todos los pibes sabían tocar el piano, todos menos yo, en casa no había guita para bancar una profesora ¿no, vieja? Pero yo vigilaba la vereda desde la ventana del comedor esperando que Jovita entrara y saliera de los zaguanes de las casas vecinas con su carterita negra apretada contra el cuerpo y las partituras bajo el brazo. Era mas bien fiera, pelirroja, y se peinaba como con una banana de pelo sobre la frente, bueno, así se peinaban todas las minas, ¿te acordás? y usaba unos anteojitos puntudos de estrella de cine. Para mí era medio jovata, le calculo unos treinta y pico, pero tenía unas piernas que… ¡mamma mía!” Doña Dominga pasó por detrás de Ringo y le pegó un revés en la nuca como amonestándolo por el tenor de ese último recuerdo.

“Desde acá se oían los pianos aporreados por los chicos durante toda la tarde”, prosiguió Ringo y contó que volaban escalas, que sonaba Chopin o Beethoven, pero que al final de cada clase, Jovita arremetía con un tangazo, tal vez para divertir a sus alumnos o para demostrarles la versatilidad del piano. “Esa era la mejor parte, yo miraba el reloj y salía a la calle para esperar ese momento, a veces era ‘El choclo’ o ‘La cumparsita’, pero a mí me encantaba ‘Adiós Pampa mía’ ”.

Ringo sorbió un poco de café como para tomar envión y doña Dominga se sentó a su lado –creo que para protegerlo– a escuchar el final de la historia.

“Pero un día Jovita no volvió”, me dijo Ringo bajando la vista.

–Una pena de amor –acotó doña Dominga– eso fue lo que se comentó en el barrio. Parece que se enredó con un mal tipo que la engañó para sacarle unos ahorros. La pobre Jovita no volvió a salir de la casa –vivía por acá cerca– y al poquito tiempo se murió. Yo no la conocía mucho ¿sabe?, pero mi comadre escuchó que no estaba enferma ni nada, se murió de tristeza la pobre. Una lástima, era una buena mujer y tocaba lindo.

“Sí, a mí me dio pena y eso que era chico”, ¿qué tendría, vieja, diez años?”, continuó Ringo retomando el hilo, “pero las cosas no terminaron ahí: unos meses más tarde, sería un jueves, a eso de las tres, volví a escuchar ‘Adiós Pampa mía’ y salí como loco a la calle. Me fui arrimando a las puertas vecinas, apoyaba la oreja, pero no venía de ninguna casa en particular. No puedo explicar bien de dónde llegaba la música que sonaba igualito a como la tocaba ella. Me agarré un jabón tremendo y me vine corriendo para casa, ¿se acuerda vieja?

¬Doña Dominga le acarició la cabeza y terminó el cuento:
–¿Sabe? –me dijo– llegó blanco como un papel. Me contó lo de la música y yo lo quise tranquilizar, le dije que seguramente provenía de alguna casa un poco más alejada, pero no se conformó. Los días que siguieron yo misma escuché los tangos a la hora de la siesta y salí a la calle, mi comadre también los oyó y varios vecinos de por acá, lo mismo. Le digo más, el muchacho de la farmacia dijo que una noche vio a la profesora de piano caminando por la calle con la carterita negra apretada contra el cuerpo y las partituras bajo el brazo. Al principio todos estábamos como en ascuas, queriendo saber y no saber. Después la cosa fue raleando, nos olvidamos… hay tanto que hacer en la vida, pero dicen que todavía en algún zaguán de Boedo se escuchan, algún jueves a eso de las tres, los tangos de Jovita.


Registrado en safecreative Código: 1011087792183

Enviado a Perras Negras el 2 de junio de 2008. Consigna 121. El maestro de música. Menos de 600 palabras

viernes, 17 de septiembre de 2010

A TU SALUD

*********************************************************
Este cuento está incluido en la selección "Los vuelos del tintero" de editorial Dunken






Cuando Perica murió ninguna supo cómo digerir la novedad. No es que no entendiéramos el concepto de “se acabó” qué implica la muerte, no fue eso, nada más que la noticia del aneurisma nos sacudió como un terremoto aquella noche de abril en la que sonaron todos los teléfonos al mismo tiempo y quedamos tan descolocadas que tanto atinamos a llorar por ella como a reír tocándonos unas a otras para verificar nuestra carnadura y celebrar en cada abrazo que no nos había llegado la hora. No nos engañemos, el “mejor que haya sido ella y no yo” fue un pensamiento que, a las seis que nos quedamos hasta último momento en el velorio, nos rondó por la cabeza. Ninguna de nosotras, jóvenes y con vidas florecientes, hubiera tomado su lugar. Éramos buenas amigas, no extremistas de la amistad.

Las siete, incluyendo a Perica, nos habíamos coleccionado de la vida: del barrio, de la escuela, de una antigua vacación en San Bernardo o de algún amigo o novio ya lejano y prescripto.

Las seis, como un enjambre de anteojos negros, seguimos el ataúd de madera oscura y la cruz plateada hasta el cementerio. Las seis, como una sola oreja, escuchamos las palabras del pastor y mantuvimos en perfecta coordinación los hipos y sollozos sin superponernos y evitando notas discordantes. Movimos las seis cabezas de arriba abajo acompañando el descenso del cajón y contamos las paladas de tierra –sesenta y dos- que formaron una montañita leve. Seis flores blancas fueron nuestro último adiós.

Y después, después no pudimos ni decirnos “hasta luego” o “nos hablamos”. Fue imposible despegarnos. De haberlo hecho se hubiera roto la cohesión de nuestros átomos. Qué harían ahora seis mujeres que hasta entonces habían sido siete y sólo se habían juntado para festejar o, a lo sumo, para compartir alguna tristeza que es otra forma de celebrar la amistad. Cómo hacer para metabolizar la situación nueva de la que todavía ninguna había caído del todo.

Nos demoramos sin atrevernos a cruzar el portón del cementerio, tal vez, me animo a aventurar, nos daba pena dejar sola a Perica entre tanto muerto ignoto cuando la habíamos visto hacía tan poco, en casa de Merce me parece... la cosa es que ninguna se animaba a romper filas.

“Vamos a tomar algo”, propuso Teresa o pudo ser Soledad. Eso nos animó, nos puso la sangre a circular de nuevo como si de golpe la bandada de pájaras dispersa por la tormenta encontrara, en algún punto notable –el edificio de Telefónica o el monumento a los españoles–, el camino de regreso a casa.

Y así marchamos de tres en tres –porque las seis no entrábamos en la vereda– y del bracete, para darnos calor o para no caernos, hasta un bar medio roñoso.

“¿Qué van a tomar?”, preguntó el mozo dándole un marco de realidad a la circunstancia todavía ficticia que recién empezábamos a transitar. “A Perica le gustaba el vino tinto”, dijo por lo bajo Mercedes. “Tráiganos un tinto de la casa y una picada con salame y queso” pidió Laura y agregó como un dato irrefutable: “A Perica le gustaba picado fino”. “Y pan de campo, si puede ser”, remató Dolores, “¿se acuerdan?, Perica se bajaba la panera en dos minutos”. Y todas reímos, las seis, o las siete porque Perica estaba allí sentada entre nosotras a punto de contar otra historia exagerada.

El vino hizo su efecto, logró distender y relajar. De pronto, sin proponerlo siquiera, estábamos contando anécdotas sobre Perica y brindando a su salud… ¿a su salud? Sí, a tu salud Perica, dónde quiera que estés.

SAFECREATIVE Código: 1009177361173

Enviado a Perras Negras el 21 de noviembre de 2008. Consigna 138 “Después de sepultarla” menos de 800 palabras.

lunes, 23 de agosto de 2010

HOMBRE DE VIENTO

**********************************************************





Lo traerá el viento… lo traerá el viento.

Mucho después de que todo pasara recordaría que aquella noche un susurro la había despertado.

Como siempre, se había acostado antes de la medianoche; tardó en dormirse porque el viento aporreaba la persiana de su cuarto con ese entrechocar de maderas intempestivo y violento que no le causaba un exagerado temor pero que la angustiaba porque tenía la convicción de que, aunque invisible, el aire animado de energía extrema causa estragos, lo mismo que el amor.

El cansancio o el contar desilusiones con piel de oveja la durmieron por un rato, pero luego algo la despertó. En ese momento culpó a los ruidos cada vez más fuertes que zamarreaban su ventana aunque más tarde, después de que todo pasara, admitiría que había sido aquella voz la responsable de su madrugada en vigilia.

Supo que ya no dormiría más y se levantó dispuesta a un café con leche que le abrigara el alma y le llenara la nariz de aromas queridos; tal vez hubieran quedado un par de galletitas dulces para amenizar la zozobra del sueño. Arrastrando las pantuflas llegó a la cocina y se felicitó por haber lavado los platos de la cena. De haber olido restos de comida su humor, ya vapuleado, se tornaría imposible y no habría manera de componer ese día que empezaba demasiado temprano. Parece mentira como pequeños detalles intrascendentes son vitales a la hora de armar el rompecabezas diario. Esas aparentes nimiedades son las que nos hacen tan complejos y tan distintos los unos de los otros.

Sin pensar, como un acto reflejo, corrió la cortina de la ventana y, miró sin prestar atención por suponer que el jardín seguiría igual que siempre. Fue entonces cuando se le cayó la cuchara con estrépito inusual y su boca se abrió en un grito que le quedó atrapado en la garganta: a la luz lechosa del alba, denso y furioso, un enorme remolino de hojas secas giraba en medio del patio de baldosas rojas que limitaba el césped. Dictaminó un fenómeno meteorológico extremadamente local y salió como loca con el afán de salvar la ropa que, colgada de la soga, se bamboleaba casi queriendo volar.

También recordaría más tarde que lo que pasó luego no sucedió inmediatamente, se fue gestando durante un par de minutos durante los cuales cayó sentada sobre las baldosas rojas con un par de bombachas resecas aferradas al pecho y cuatro broches de madera en los bolsillos del salto de cama que se le clavaban en la cadera sin que ella atinara a modificar esta situación. El remolino, cada vez más corpóreo y más macizo, fue creciendo en altura y densidad hasta qué, luego de un par de volutas más agitadas y entre dos espasmos, parió un hombre vestido de hojas secas que aterrizó junto a ella medio atontado.

–¿Quién sos, de dónde venís?– preguntó ella
–No se quién soy– le dijo él –tampoco sé de dónde vengo, sólo tengo en la mente una misión que cumplir pero ni siquiera recuerdo de qué se trata.

Ella reparó en la vestimenta vegetal del hombre y en su evidente turbación. Parecía genuinamente preocupado y se lo veía desprotegido, solo. Venciendo algunos reparos lo invitó a pasar a la casa animada por un deseo de proteger que la invadió de repente como cuando uno se topa con un animal herido.

–Vení, entremos, te traigo una frazada o algo para que te tapes, acá hace frío.

El perfume del café que inundaba la cocina pareció reanimar al hombre quien envuelto en una colcha floreada se sentó a la mesa y aguardó sin hablar. Sus ojos descubrían las cosas por primera vez y no parecía tener conciencia de su desnudez, tan así, que tardó unos segundos en cubrirse.

Ella recordaría, mucho más tarde, cuando ya hubiera aprendido a evocarlo, que en ese momento le pareció un náufrago; una de esas personas olvidadas por años en una isla desierta que apenas si pueden reconocer los nombres de las cosas más vanas; casi un inocente que debe emplear una mayéutica ante cada objeto descubierto.

Él actuó con naturalidad como si ese café, esa cocina, esa casa y esa mujer le hubieran sido dados por un ser superior o formaran parte de un plan supremo de imposible comprensión. No se cuestionó lo extraño de la situación. Ella tampoco lo hizo. Por el contrario, estaba entre feliz y azorada de tener en su casa a aquel hombre de viento. Habían resultado compatibles: ella disfrutaba enseñando lo obvio y él aprendiendo hasta el detalle más trivial. Pronto se hallaron compartiendo la cama y las risas. A él hubo que explicarle qué era reír y eso que ella apenas si lo recordaba.

Los días se poblaron de cotidianeidad, uno estaba en la historia del otro como si se hubieran pertenecido siempre. Ya conocían cuáles eran los gustos y las preferencias de cada uno y no era difícil sorprenderlos en gestos de amor: ella le acariciaba la cara sin motivo aparente o él le besaba el hombro cuando pasaba cerca.

Hasta que volvió el viento. Y no hubo palabras que explicaran nada aunque ambos supieron que él se iría. Esa noche de dolor y de ventanas aporreadas con furia el inevitable remolino de aire y hojas secas volvió a enroscarse en el patio de baldosas rojas que limita el césped. Ambos se unieron en mudo abrazo y en medio segundo él, simplemente, desapareció entre dos giros.

Mucho tiempo después cuando ella ya había aprendido a esperarlo recordaría que en ese instante de absoluta tristeza volvió a escuchar aquella voz que le susurró al oído: “Ya no llores, volverá con el viento”.

Safecreative Código: 1008237128091

Enviado a PN el 14 de enero de 2009. Consigna 146: Lo que dejó el viento. Libre

jueves, 15 de julio de 2010

EL BAGRE

**********************************************************



Se levantó de la cama sintiéndose pez. Sonrió por la humorada y recordó a Kafka pero notó que los bigotes le rozaban la almohada. Eso era más que raro, en especial, porque nunca había usado bigotes. Frente al espejo comprobó los temores que se habían ido gestando durante el pequeño trayecto entre la cama y el cuarto de baño.

¡Por Dios, era un bagre! Un inmundo bicho de río que aleteaba desesperado tratando de recuperar inútilmente sus formas humanas. De pronto se sintió morir, claro… el aire. Era un pescado en serio, necesitaba agua o moriría ahí mismo. Daría sus últimos coletazos sobre el frío piso de cerámica negra.

Sin meditarlo más, se lanzó de cabeza al inodoro -por suerte limpio- y comenzó su larga travesía buscando el Río de la Plata, esa enorme masa de agua leonada que tantas veces había mirado sin ver cada vez que, como loco, manejaba su deportivo por la Costanera burlando los semáforos y jugando carreras con los aviones que decolaban en el Aeroparque.

Ya en el río se sintió mejor, al menos podía respirar el oxígeno disuelto en el agua, como todos los peces. Sus branquias funcionaban a la perfección y pudo verificar que lo estudiado en el secundario sobre la fisiología ictícola, era cierto. Alentado por recordar tal remoto detalle, se animó a buscar alimento.

“El pez grande se come al chico, igual que en la Bolsa “, pensó.
En el fondo barroso descubrió unos pececitos que le hicieron agua a la boca –por si necesitara más, dadas las actuales circunstancias– y como si toda su vida hubiera tenido aletas y cola se lanzó sobre ellos desplegando una técnica de cazador que le recordó su vida de bípedo en la que atacaba sin piedad a cualquier mujer que se le pusiera a tiro. Reconoció que le daba un poco de asco no ya el pescado crudo, sino vivo, pero se dijo que si se había adaptado al sushi, esto no le costaría mayor trabajo.

Con la panza llena, se dedicó, entonces, a perfeccionar la natación. Hendió el agua con su cabeza plana; sus músculos poderosos lo impulsaron como un torpedo. El agua fresca le acariciaba el lomo y el abdomen blanco y firme como las manos de una masajista experimentada.

Pocas veces había sido tan feliz, ni cuando había hecho aquel negocio millonario, ni siquiera cuando le había birlado el cliente más importante a la otra agencia publicitaria. Estaba vivo.

-¡Vivo! –gritó, olvidando su condición de Parapimelodus valenciennis y se atragantó con la bocanada de agua excesiva y turbia; tosió con tos de pez.

Algo comestible se sacudió en el barro y se zambulló tras la presa.

-¡Picó! ¡Picó!- exclamó el gordo observando como se curvaba la punta de la caña. Apoyando su barriga en la escollera, levantó el trofeo que se movía como loco enganchado del anzuelo.
Con gesto experto, desengarzó el bagre y lo tiró en el balde. Animado de cierta maldad esperó su muerte.

El hombre, empapado en sudor apoyó sus manos en el lavabo. Abrió el grifo y se lavó la cara, buscando en esa acción, calmar la taquicardia que le retumbaba en los oídos. Sus pies descalzos en la cerámica negra por poco ceden a la tentación de dejar de sostenerlo.

-Tengo que dejar esta merca porque me va volar la cabeza¬– se dijo volviendo a su cuarto con un regusto a lombriz todavía en la boca.

En su espalda, justo bajo el omóplato izquierdo, algunas escamas plateadas resplandecieron a la luz del sol.


Safecreative Código: 1007156829157

Enviado a La Nación el 2 de mayo de 2006. (menos de 600 palabras) Consigna “algo que se desarrolle abajo del agua”
Enviado el 16 de junio a Perras Negras – Consigna nº 19 tema libre – menos de 1000 palabras.










sábado, 10 de julio de 2010

ROMPECABEZAS (artículo)

**********************************************************




Ilustración: Alejandra Rojas Gross

Pareciera que cuando dábamos por sentado que las cosas ya no cambiarían se nos dio por desarmar el rompecabezas perfecto que habíamos construido con las instrucciones de otros.

Las mujeres de alrededor de 40 pertenecemos a la última generación que obedeció sin chistar los mandatos culturales. No es bueno generalizar y por eso diré que la mayoría de nosotras aprendió aplicadamente las lecciones impartidas por padres y maestros: usamos el uniforme por debajo de la rodilla, estudiamos una carrera como la gente, nos sacamos el pelo de la cara, buscamos un chico de buena familia, tuvimos dos o tres hijos e intentamos, con mayor o menor éxito alguna manualidad “inutilísima” en goma eva.

Pero en algún momento, rondando los 40, advertimos que eso no bastaba para ser felices y que había todo un mundo por descubrir fuera de la burbuja aséptica que era nuestro hábitat; entonces salimos a explorar.

No fue fácil.

Dejar a un lado la comodidad de lo establecido o los éxitos bien probados da miedo, se teme lo que se desconoce. Pero aun con todo para perder muchas nos hemos animado a revelarnos contra lo socialmente aceptado y saltamos al vacío.

Por eso, hemos cambiando de trabajo, de peinado, de amores, de costumbres y de músicas. Nos dimos el permiso para ser aquello para lo que estamos puestas en este mundo, para alcanzar ese secreto deseo que desde muy temprano late en nuestro interior y que por muchos años, más de 40, nos obstinamos en tapar.

Pareciera que cuando dábamos por sentado que las cosas no cambiarían se nos dio por desarmar el rompecabezas perfecto que habíamos construido con las instrucciones de otros y, con una mezcla de alegría y dolor, vamos armando este otro, el nuevo, el que nos dicta el corazón.

Este artículo salió seleccionado para figurar en el e-book Soy una mujer de 40 y más
(para descargarlo http://bit.ly/40ymas)


Safecreative Código: 1005216347924

viernes, 9 de julio de 2010

COLOMBIA

***********************************************************





Esto no le pasó a otro, me pasó a mí. No hubiera sido testigo de haber salido de mi casa un minuto antes o un minuto después.

Vivo sobre una avenida muy transitada tanto por personas como por vehículos sobre todo a las 7 de la tarde de un jueves previo a un feriado. Hay dos supermercados en menos de 100 metros y muchos otros comercios, cafés, pizzerías etc. Y como detalle aún más pintoresco, la residencia de la presidenta está a dos cuadras sobre la misma calle.

Crucé Maipú rumbo al gimnasio que, acorde a mi teoría de actividades y cercanías, no está a más de setenta metros de mi casa. Ya en la otra vereda miro en dirección a la calzada y veo que entre los autos que estaban detenidos esperando la luz verde un motociclista se bajaba de la moto y le apuntaba con un revólver a un Audi gris que también estaba esperando el giro para doblar sobre la izquierda. A juzgar por la situación no se trataba de un robo pues el hombre estaba a un metro del auto y su actitud era claramente desafiante, sostenía el arma con ambas manos. Imaginé un ajuste de cuentas o algo así.

Fiel a mi pensamiento ingenuo me dije que estarían rodando una película pero al instante descubrí que no había cámaras que filmaran y que la luz que iluminaba la escena era sólo la del crepúsculo.

En la siguiente fracción de segundo ocurrieron tres cosas:

a) Mi natural curiosidad trocó en “sálvese quién pueda” y, junto a otras 5 ó 6 personas tan azoradas como yo, entré en un maxikiosco a protegerme. Ya el motociclista y el auto habían desaparecido de mi campo visual cuando escuché los tres tiros.
b) Comprobé algo que ya había leído en un libro que recomiendo –Blink, inteligencia intuitiva de Malcom Gladwell–. Dice sobre las situaciones de peligro: “… La mayoría de nosotros, cuando estamos sometidos a una presión intensa, nos excitamos demasiado y, superado cierto punto, son tantas las fuentes de información que el cuerpo empieza a desconectarse y nos convertimos en unos inútiles…”. Pude comprobarlo porque le dije a la chica del kiosco: “Llamá a la policía” y juro que no me venía a la cabeza el mentado 911. Aparecían en mi mente distintas combinaciones de tres números pero ninguna correcta.
c) Estaba bien abrigada pero en ese momento fui consciente de mi condición animal: tenía el cuero cabelludo y la piel de la espalda totalmente erizados, como los gatos que se inflan en situaciones de stress para infundir temor en su atacante.

El semáforo dio luz verde y todo se desvaneció en el aire. Los tiros no causaron efectos visibles, ya porque fueron disuasivos o porque el auto estuviera quizás blindado. Para cuando salimos de nuevo a la vereda no quedaban rastros de la experiencia vivida. De no ser porque otros habían visto y oído lo mismo que yo y toda la cuadra comentaba el asunto bien podría haberse tratado de una alucinación.

Tanto la capital como el gran Buenos Aires están plagados de hechos violentos, todos tenemos una historia cercana de robos, hurtos, secuestros, etc pero nunca me había tocado tan de cerca y, sobre todo, que el hecho en cuestión se pareciera más a lo que uno escucha sobre Colombia y la guerra entre carteles. ¿Será que indefectiblemente nuestro destino es ser Colombia?

Safecreative : Código: 1007096789658

sábado, 3 de julio de 2010

CHAPADA A LA ANTIGUA

*********************************************************




Una leve punzada en las sienes anticipó el cosquilleo en el antebrazo que me provoca el chip de Telecom cada vez que recibo un holograma. No deja de ser un poco molesto, pero ya me acostumbré; una putea contra la tecnología, se resiste, pero al final se termina cediendo ante lo inevitable. Parpadeé dos veces para darle la aceptación correspondiente y de inmediato se corporizó Edno, tan rubio y tan volátil. Hizo su remanida presentación teatral para impresionarme: se desenroscó como un caracol y sacudió su cascada de rulos. Luego, y en un susurro –que pretendió ser tentador pero que quedó a mitad de camino entre un mohín seductor y una velada orden–, su imagen tridimensional me dijo: “Te espero a las seis en el lugar de siempre”, y volvió a replegarse en su caracol.

No lo diluí de inmediato porque considero una descortesía no permitir que esa especie de espíritu falso vague un poco por mi dimensión antes de olvidarlo. Fiel a mi costumbre, le contesté con un holograma básico, de los que casi no se piensan, que sí, que iría, que tenía mucho trabajo y que era viernes (las vías paralelas interurbanas estarían imposibles en la rush hour), pero que de todas maneras nos encontraríamos para tomar un café o un glob (a él le gusta más el glob, yo no lo tolero, es muy clash, con todas esas tetraburburbujas). Subrayé el hecho de compartir una bebida en un lugar público para que mi amigo no albergara ilusiones más osadas. No sé qué me pasa, pero ya no soporto la idea de intercambiar fluidos con estos seres andróginos que se declaran funcionales a tres ó cuatro sexos. Sé que mi discurso sonará a precámbrico y, jamás lo admitiría ante un jurado, pero la sola idea de entrelazarme con Edno… ojo que lo quiero muchísimo, pero es demasiado, demasiado todo, quiero decir, mucho rulo dorado, mucho brillo, mucho lurex apretadito, mucha sustancia artificial para subir o para bajar el humor, mucha tecnología incorporada al cuerpo (yo a duras penas me banco el chip en el antebrazo). Edno es un amor de persona, pero pensar en una relación con él me provoca la misma reacción que imaginarme apareándome con un avestruz (un pájaro gigante extinguido hace años).

Creo que para marcar las diferencias de entrada, me vestí íntegramente de negro. Un material nuevo parecido a la vieja seda natural (lo sé porque he guardado como un tesoro un rectángulo azul, crujiente y casi vivo que debe haber pertenecido a un chozno italiano) me envolvía morosamente ajustándose acá y allá dónde mejor me conviene. Recogí mi pelo oscuro en un chignon bajo y como único detalle de luz me puse un par de metazircones en las orejas.

Eran casi las seis, sabía que el exterior estaría atestado de naves en todos los niveles. Tal vez me hubiera convenido tomar un taxi pero adoro la comodidad de mi C163, con su interior íntegramente tapizado en legítima pléxetel lila que tranquiliza por sedación espontánea inducida. Elegí el nivel de velocidades intermedias. Sé que mi nave personal puede volar mucho más rápido, pero “¿qué apuro hay?”, me dije, “sólo me encuentro con Edno en el café del downtown, nadie se quema”. La música –una selección de clásicos– que brota de las paredes es un hallazgo, no hay mejor calidad de sonido para habitáculos compactos. Para completar el placer de la caída del sol, que ya se evidenciaba por el oeste, me prendí un Cardio10, ahora sí que es fantástico fumar, no hay humo y reduce el colesterol. Las agujas de la Catedral se recortaban negras sobre el cielo amarillo. De no ser porque ya estaba llegando con evidente retraso a mi cita, hubiera dado una vuelta más para disfrutar del paisaje. Los viernes tienen esa magia, se alargan al atardecer como haciéndonos el favor de unos minutos más.

Dejé mi C163 en la zona de detención correspondiente y caminé las dos cuadras que me separaban de mi amigo. Cuánto hacía que no caminaba y pensar que –según viejos archivos– hubo un tiempo en el que la gente no solo caminaba sino que hasta corría a propósito, sin huir de nadie. Qué raros hemos sido los humanos.

Edno me esperaba radiante como siempre. Su actitud ratificó dos cosas: mi calificación de “demasiado” y sus verdaderas intenciones.”Querida estás divina”, me dijo con su trompita reformada hace dos años delineada en azul. Lamenté no haber traído mis anteojos negros, así de brillante lucía Edno. Reitero que es un ser maravilloso y el mejor amigo que he tenido nunca. Será por eso que no pude decirle qué me parecieron, en verdad, sus botas nuevas de taco alto.

Ya en nuestro box, pedimos las bebidas. Edno aspiró una nueva variedad de cocaína que no crea adicción. “Un toque para empezar bien el viernes”, me dijo ofreciéndome –todavía no he dicho lo generoso que es Edno–. “No, gracias, ya sabés que no me gusta”. Después, y notablemente más achispado, empezó a contar sobre un megaproyecto edilicio en la zona norte del río. Él era el arquitecto a cargo de la obra. Orgullo y perfume de moda exudaba su piel en iguales proporciones. Me alegré por él. Cuando lo juzgué oportuno, traté de hablarle sobre algunos temas personales: pavadas sumamente importantes, esas cosas que uno piensa durante el día y necesita compartir casi con furia. Pero no pude, no me dejó meter ni un bocadillo, su verborrea no le permitía ni escuchar una coma ajena. “Tenemos que festejar”, repetía una y otra vez mientras le hacía señas a la camarera, una muchachita desleída con la calva pintada de verde. “Traenos otra vuelta”, le dijo, “pero del etiqueta negra”.

No sé cuánto estuve escuchando su éxtasis laboral que acompañaba con ademanes que abarcaban el mundo. Mientras tanto vagué por las otras mesas. En todas ellas, hombres, mujeres, o lo que fueran, gesticulaban y hablaban, -para mi gusto– en voz demasiado alta. Quise desesperadamente regresar a mi burbuja en el pent house del edificio más alto de la ciudad. Ninguna cara me seducía como para volver sobre ella, ninguna persona se me antojó interesante o curiosa.

Cuando volvía de mi recorrida visual mis ojos recalaron en la ventana de la cocina que daba al salón. Un hombre, sí, era un hombre, de pelo corto y castaño lavaba los platos con la mirada perdida en el chorro de agua. El contraste entre Edno y el ayudante de cocina era notable. Mientras que la acicalada figura de mi amigo me resultaba francamente repelente, el morocho de la cocina me atraía como un imán.

Miré a Edno, quien no aflojaba con su discurso exultante, las caras de la gente que nos rodeaban y se me hizo tangible una verdad apenas sospechada: no lograba encajar en aquel mundo bullicioso y altamente sofisticado; no había caso, por más que lo intentara me sentía fuera de tiempo, pasada de moda. Recordé, entonces, un calificativo del que, aunque desconocía el significado exacto, podía intuir me describía perfectamente.

Mientras me despedía de Edno y echaba una última mirada en dirección a la cocina entendí que en esta época de sólo presentes, era una mujer chapada a la antigua.



Safecreative
Código: 1007036732287
Enviado a PN el 5 de abril de 2008