lunes, 26 de mayo de 2014

CREMA Y CHOCOLATE








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La mujer dejó el pote de helado sobre la mesa de la cocina y lo destapó ante la mirada expectante de su hija. La chiquita de vestido a lunares descubrió tres guijarros traslúcidos sobre el papel manteca que cubría la crema y el chocolate.
- ¿Qué es eso?- preguntó
- Hielo seco, es más frío que el otro,  con él no se derrite el helado- contestó la madre

La niña estiró la mano y tomó las piedras. A los pocos segundos las tiró sobre la mesa  “tan frío que quema”, dijo.
La mujer  rió ante la acertada ocurrencia y puso las tres piedras en un vaso con agua. En segundos despertó el humo helado que dibujando volutas en el aire enfrió la carita de la niña. Emergía ante sus ojos asombrados la magia del caldero de la bruja poderosa que la defendería de todo mal

La mujer con vestido a lunares dejó su auto en el estacionamiento del hipermercado. Atestado como estaba calculó que tardaría bastante en volver. “A-7”, tomó nota mental del dato que la regresaría a ese lugar cuando terminara la compra. Se aferró a un changuito y desplegó la lista que con lapicera violeta había escrito a las apuradas en las detenciones de los semáforos en rojo. Revisó que llaves y billetera estuvieran bien guardadas en la cartera cruzada en bandolera y esperó a que las puertas de vidrio se abrieran solas. “Entiendo que hay algo que detecta mi cercanía y por eso se abren las puertas pero siempre me ha parecido mágico este momento, como si seres invisibles me estuvieran esperando.”

Dos botellas de aceite de maíz, un kilo de arroz, cuatro leches descremadas,  cuatro gaseosas… “No necesito lista alguna, siempre compro más o menos lo mismo”. Un kilo de  harina, carne para milanesas, una docena de huevos, pan rallado, pan lactal, queso untable, masa de tarta, dos cajas de ravioles de ricota, tres latas de tomate, dos paquetes de queso rallado. Un pollo, un sobre de pimienta molida, dulce de leche, galletitas saladas y dulces… “Pensándolo bien, esto es casi gracioso o casi trágico, no tengo control sobre lo que hago, paseo por las góndolas como una autómata, mis ojos ven los precios, mi cerebro decodifica si conviene o no y en base a esa decisión  estiro la mano. Hoy es igual que la semana pasada o que el  mes pasado. Si existieran universos paralelos todas las yo estaríamos en este mismo lugar levemente desfasadas como en los vestidores que tienen espejos en todas las paredes: una se replica hasta el infinito, así me siento, replicada hasta el infinito”.

Pasta de dientes, papel higiénico, desodorante, lavandina, detergente, polvo para lavar la ropa, fósforos, rollo de aluminio, piedritas sanitarias para el gato… “Aunque hoy hay algo distinto, me puse este vestido. Adoro la ropa con lunares… pensar que lo uso poco porque me da lástima que se gaste; sí, este detalle hace de este día algo especial”.

Tres kilos de naranjas para jugo, seis bananas, tres atados de espinaca, un ramo de brócoli, un kilo de manzanas, tomates, “no, tomates no, están horribles”, verduritas para sopa, una calabaza…  “¡¡ Balde de dos kilos de helado de crema y chocolate en oferta especial!! Esto hará que la visita al supermercado valga la pena, a todos nos gusta, ¡¡Mario y los chicos van a estar felices!! Y después podría aprovechar el envase para pintarlo y hacer  una maceta colgante para el helecho”.

La mujer se acercó a la caja que juzgó de cola más corta, “¿me faltará algo más?, no, no, está todo”.

- ¿Hoy hay descuento con tarjeta de crédito?
- Sí, señora, un quince por ciento si hace un solo pago –contestó la cajera
- Ah, perfecto, en un pago entonces.

La mujer del vestido a lunares firmó el talón de pago, acomodó las bolsas en el changuito y encima de toda la compra dispuso el balde de helado tal vez para que no se derramara o quizá a modo de trofeo.

“Qué oscuro está, se nota que se acerca el invierno… A-7”. La mujer tanteó las llaves del auto en el bolsillo de la cartera mientras empujaba el carrito hasta su auto. Ya en el espacio A-7 introdujo la llave en la cerradura del baúl.

Una sombra sigilosa se deslizó a sus espaldas: un hombre encapuchado brotó de la nada y apoyó el caño de una pistola en la sien de la mujer.
- No te muevas o te mato, dame todo.

“Tan frío que quema”. Un raro puente, trazado por los juegos minuciosos de la memoria, se tendió entre el hielo seco y el frío del  arma en la sien. Inmóvil pensó en su madre develándole el secreto del falso hielo, en la paradoja de los lunares a ambos lados del puente y en el helado de chocolate y crema.

Por impensado reflejo de supervivencia o  movida por la magia de la bruja poderosa que la defendería de todo mal, tomó el viejo caldero que ahora era balde de dos kilos de helado, lo revoleó por encima del changuito y lo estrelló contra la cara de su agresor.










lunes, 5 de mayo de 2014

LA MONTAÑA NUBLADA







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“Alicia querida, qué angustia tan profunda agobia tu corazón, tal vez debieras pedir ayuda.”

El psicólogo descruzó las piernas y llevó el torso hacia adelante, se sacó los anteojos de marco de carey y le dijo:
- ¿Por qué mejor no me cuenta en detalle  ese sueño recurrente que tanto la angustia? Cierre los ojos, busque  las imágenes y me las relata con tranquilidad. Muchas veces los sueños son manifestaciones de  cosas que percibimos sin prestarles atención durante la vida consciente y que no podemos procesar de inmediato porque tenemos que trabajar, atender una casa, criar hijos, en fin,  vivir y por eso el cerebro usa el descanso para darles una nueva mirada. Tengo la impresión de que los sueños son una segunda oportunidad para revisar lo que nos negamos a ver durante la vigila.
- Bueno, déjeme pensar…
- Cierre los ojos, es mejor así.
- Me pasa seguido, quiero decir que es un sueño muchas veces repetido, por lo menos una vez al mes figura en la programación de los sueños. La cosa es más o menos así: voy subiendo una montaña,  veo mis pies calzados con botas de cuero, de esas que son especiales para el alpinismo y uso, como si supiera, crampones que facilitan el enganche sobre la pared de piedra, llevo una campera abrigada con capucha pero tengo sólo un guante en la mano derecha, ¿raro, no? Tan abrigada y con un solo  guante. Siento frío, mucho frío en la mano izquierda, me lastima la soga con la que me ato en algunos lugares peligrosos; creo que el piolet  que me ayuda a subir tiene mayor temperatura que mis propios dedos. Puedo tocar la roca, las pequeñas grietas y rugosidades de piedra y hasta puedo intuir por el color los minerales que la conforman. Miro hacia la cumbre y no veo la cima, nunca la veo, una densa corona de nubes grises la oculta. Ahí arriba hay aves enormes que intuyo cóndores, oigo el aleteo acompasado de sus alas y cuando no lo escucho sé que están planeando sobre mi cabeza dibujando círculos en el aire.  Graznan a veces muy cerca y otras demasiado lejos como si pudieran ascender infinitamente. También percibo el viento helado que arrachado se desliza por la ladera cortándome las mejillas. Alzo los ojos hacia la adivinada cima y pareciera que las nubes se empiezan a deshacer pero en ese momento, bruscamente, me despierto con la sensación de que algo importante casi pasa pero casi no pasa. Es siempre igual, la sensación es o me salvé de algo o me perdí de algo por muy poco. No sé qué más decirle, es lo que recuerdo.
-¿Ve alguna persona durante su ascenso?
- No, no hay nadie. Sé que estoy sola y que salvo los cóndores no  hay otros seres vivos cerca de mí.
-¿Ni siquiera al final? Digo, en ese momento previo a despertar cuando usted dice que por poco se pierde de algo o se salva.
- Ni siquiera ahí, pero le reitero, tal vez no me expliqué bien, no sé bien de qué me pierdo, puede ser de algo bueno o de una catástrofe. Parte de la ansiedad proviene de esa incertidumbre porque por ahí hubiera sido preferible seguir ascendiendo a pesar de la angustia y de la mano fría en vez de despertar.

- Bien, creo que es mejor que terminemos por hoy. Vamos a digerir lo que ha contado. Siga pensando en sus palabras y, si recuerda algo más, anótelo para no olvidarlo.

“Alicia querida, sube la montaña tal vez si descubres qué ronda detrás de tu sueño alivies la angustia que te agobia

La mujer salió del consultorio. Sus pasos la llevaban hacia la avenida Cabildo pero su cabeza todavía seguía escalando aquella montaña nublada cuya cima inaccesible le generaba tanta vacilación como desconfianza.

Se detuvo frente a la vidriera de una zapatería, se quedó unos instantes embobada por aquellos zapatos. Decidió entrar y probarse unas botas, las que tenía ya necesitaban un reemplazo. Se las probó, las caminó, las imaginó con la pollera verde o con los pantalones negros pero finalmente desistió de la compra. Los chicos necesitaban zapatillas, sus pies habían crecido más de la cuenta y, tal vez, con una buena lustrada sus viejas botas aguantaran una temporada más. Se tomó el colectivo de vuelta a casa. Ya en su barrio pasó por el supermercado para comprar leche y el queso que le gustaba a su marido; a ella le resultaba un poco seco pero daba igual, la próxima vez se daría el gusto.

“Alicia querida, sube la montaña”

Desde aquel anochecer parte de su ser seguía escalando la montaña nublada mientras otra cocinaba la cena, lavaba la ropa o limpiaba el baño. Apenas escuchaba la conversación de su marido sobre las penurias del trabajo porque prefería buscar en su cabeza el llamado de los viejos cóndores; miraba por la ventana de la cocina por si los veía rondando los árboles del jardín. Bañaba a sus hijos con el temor de que notaran la helada mano izquierda. Cada vez que apoyaba la cabeza en la almohada abrigaba la idea de volver al paisaje que poblaba aquella pesadilla inquietante que, por alguna razón escondida en su cabeza, se obstinaba en enterrar sus raíces quién sabe en qué ominoso problema.

A las cinco del martes siguiente, la mujer se sentó frente al psicólogo.

-No hice otra cosa que pensar en ese maldito sueño toda la semana. Ni leer una novela antes de dormir pude, imposible concentrarme. Anduve como una zombie por la casa, en el trabajo y con mi familia. No sé cómo no se quejaron. Estuve a punto de quemar la comida un par de veces y me olvidé de pagar la luz, por suerte me dí cuenta a tiempo y pude pagarla con algún recargo pero no me la cortaron, no quiero pensar en el reproche de mi marido.

La mujer pareció aliviada de haber salvado su error y se quedó en silencio un momento.

“Tal vez debas ayudar a la querida Alicia a escalar la montaña hasta la cima, es sólo un sueño. Nada malo le pasará.”

El psicólogo descruzó las piernas, llevó su torso hacia adelante y mientras se sacaba los anteojos de marco de carey le dijo:

-Mire Alicia, he pensado mucho en usted, por alguna razón estuve rondando su caso toda la semana, repasé mis notas y recordé las  charlas que hemos mantenido durante estos meses. No sé si haya relación -porque con los sueños nunca se sabe- pero el suyo, en particular, remarca la idea que yo tengo sobre su problema. Es como si hubiera alguna conexión entre usted, la montaña y su destino. Según creo tiene la convicción íntima de que cualquier persona está antes que usted, se posterga continuamente como si no tuviera prioridades, deseos, anhelos, propósitos, objetivos, por mínimos que fueran. Dígame Alicia, ¿su esposo, le pregunta qué dice o hace en estas sesiones, si le hacen bien?

-Nunca le dije que vengo a verlo cada semana. Él me supone en la oficina, he pedido salir antes los martes por razones personales.

-Entiendo… Usted vino a consultarme por la angustia que desde hace un tiempo se ha instalado en su pecho, esas fueron sus textuales palabras. Creo que hay una parte de usted que ya sabe qué pasa pero no se anima a admitirlo y entonces el sueño recurrente le muestra el problema y sugiere que la solución está en animarse a cumplir un objetivo por más que duela, o que parezca imposible o no sepa muy bien cómo lograrlo. Puede que me equivoque, con los sueños nunca se sabe.

-Tal vez tenga razón, siempre estoy haciendo algo para otros, para mi marido, los chicos, pero yo los quiero, ¿sabe? No es una molestia para mí. Ya sé que no me queda mucho tiempo libre pero ¿qué le voy a hacer? ¿Por qué tengo la mano tan helada?

- Eso no lo sé, ¿se anima a experimentar? ¿Hay algún momento en el que disponga de un rato sólo para usted?
-Los domingos por la tarde mi marido se va con los chicos a la cancha,  uso ese tiempo para dormir una siesta y luego planchar.
-Bien, el próximo domingo sólo dormirá. Le voy a recetar un inductor del sueño, le sugiero que lo tome una hora antes de acostarse y que se dé un baño de inmersión calentito antes de iniciar la siesta. Desconecte el teléfono y dispóngase a convocar a la montaña. Es necesario que disipe las nubes y llegue a la cima. El próximo martes me cuenta.


Lejos muy lejos de allí en un recóndito paraje de los Urales un casal de carlancos, de plumaje negro y único ojo rojo  volaba en círculos sobre la cima de la montaña nublada.
-¡Lo logramos! –graznó el macho- pronto la querida Alicia nos soñará, se animará a traspasar las nubes y vencerá a la montaña… ya es nuestra. Nos ha costado meses pero la intervención del psicólogo ha sido de gran ayuda, ¡Manipular la mente de ambos fue una idea genial! ¡Al fin otra presa! Moría de hambre. Yo me quedo con la mano izquierda, ya sabés que me gusta bien helada.









sábado, 26 de abril de 2014

CORDERO DE SACRIFICIO





Araña de la quinta de Olivos

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   Quieta, inmóvil, un camafeo de marfil y jade en el centro de su tela, la araña espera. Tal vez no ocurra hoy, tal vez no mañana pero grabada en la artrópoda memoria de sus genes  palpita la certeza de la presa: ya mosca desprevenida  ya mosquito inexperto o libélula vibrante acabarán sus días en un milagro circular y pegajoso.

   Heme aquí como la araña quieta, inmóvil, un camafeo de marfil y jade destilando perfumes y miradas. Escribo primordiales mensajes en el aire con el sabio lenguaje del cuerpo mientras espero -sentadita en el sillón- el preciso instante en el que tu mirada de lobo aterrice sobre mis piernas cruzadas y mutes fatalmente de recio cazador a cordero de sacrificio atrapado para siempre en mi red. 






viernes, 25 de abril de 2014

EL ABRAZO DE ANTONIA





Rosario, Mariana y Daniel

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Aquella madrugada Rosario abrió los ojos a las 6:14, faltaba un minuto para que sonara el despertador. Le buscó el lado amable a despertarse antes y se dijo que así no tendría que escuchar la chicharra maldita. Había algo distinto pero no sabía bien qué, tal vez fuera la luz del alba o algún sueño que se obstinaba en permanecer todavía enredado entre la almohada y el pelo. Tardó varios segundos en avivarse de que era viernes. Eso fue el motor para salir de la cama.

Caminó a oscuras por el pasillo. “Singing in the rain” provenía absurdamente de la radio de la cocina.
-Mamá, ¿qué hacés acá?
-¿Cómo qué hago acá? La señora en espesa robe de chambre verde la abrazó, le dio un sonoro beso en la mejilla y le dijo:
-Volvé a la cama, ya te llevo la leche.

Aturdida por la reverberación del beso cerca del oído volvió a su cuarto que ahora compartía con su hermana. Mariana roncaba con los rulos oscuros esparcidos sobre la almohada junto a  Bebé, el gato gris.
La mujer no cabía en su asombro… era demasiado para un sueño. Incluso el uniforme de la escuela que, laxo, tomaba la forma del respaldo de la silla le parecía fuera de toda lógica.

De lejos le llegó la voz de su madre intentando despertar a su hermano y el inmediato refunfuño de Daniel como única respuesta.

“Esto no puede ser”, se dijo volviendo a la cama que ya no era  matrimonial  sino la cucheta de arriba. Entre el miedo a la repentina locura y la alegría de volver a ver a su madre transcurrieron los minutos siguientes. Repasó, en la semipenumbra, las paredes cubiertas de mapas, tigres, panteras y un póster de Guillermo Vilas en su época de oro.

La puerta se abrió. Las pantuflas peludas de Antonia se recortaron en el rectángulo de luz dibujado en el piso. Llevaba una taza de café con leche en la mano.
-Sentate y tomá la taza, no la vuelques.
-Mamá, esto es muy raro, esto pasó hace mucho. Tengo cuarenta y cinco años. Creo que me volví loca –dijo Rosario después de beber el café y bajar de la cama cucheta.
-No nena, no estás loca –le dijo su madre mientras la abrazaba. Al oído y manteniendo el abrazo agregó:
-Muy de vez en vez, algunas personas tenemos este permiso Esta ha sido una de esas veces... Tanto vos como yo hemos vuelto a un momento de nuestras vidas que atesoramos en lo profundo del corazón. Yo estoy bien, mi amor, sé feliz.

El reloj sonó a las 6:15. Despertó en su cama grande. Había algo distinto pero no sabía bien qué, tal vez fuera la luz del alba o algún sueño que se obstinaba en permanecer todavía enredado entre la almohada y el pelo. Tardó varios segundos en avivarse de que era viernes. Advirtió también que en esa madrugada fría de agosto tenía en la piel el calor del abrazo de Antonia.











jueves, 24 de abril de 2014

DIEZ MINUTOS




TILO

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Busco  la sombra del tilo. A su amparo abandono el auto. Sé que ella no está. Sigo, audaz, el rastro del deseo, acicateada por su ausencia tan peligrosa como efímera.  Furtiva, clandestina, golpeo tu puerta.

En una silla, provoco el amor semidesnudo que  arranca quejidos de madera al compás de nuestros cuerpos.

Diez minutos.

Iluminada, dejo atrás la sombra del tilo.





COMO MEDUSAS





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Ahíta, laxa, desparramada, sin huesos, con la energía de las baterías en cero. La piel caliente, húmeda, enrojecida y sensible por las chispas  entre tu cuerpo y el mío. Exhausta después del violento combate del que soy  víctima -he muerto más de una vez atravesada por tus artes de guerra-, y vencedora porque te sentí derramándote en un último estertor.

Un sentimiento infinito me inunda, me desborda y me abraza en volutas purpúreas.

Y nos quedamos ambos, como medusas, entrelazados, disfrutando del momento en el que cae el último muro de intimidad: dormir juntos.

Te alumbro con la luz casi extinta de mis ojos para retener esto que ya es un recuerdo. Los cierro y exhalo una bocanada de aire tibio que aun conserva  tu sabor salado. Con tu piel en la memoria de mis manos y el latido de tu corazón en los oídos me resbalo feliz hacia el sueño.









miércoles, 23 de abril de 2014

CAZADOR *




LaPocha

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En  revoltijo de sábanas y sensaciones amargas despierto esta mañana con una premonición de muerte atravesada en la garganta; no sé, quizá, un mal sueño o un lóbrego recuerdo de la noche.

Estiro los músculos, enroscados en los huesos y recobro el sentido a la luz de la mañana nueva pero pronto advierto que cualquier oscuro presagio no es tan negro como la realidad: soy un ser minúsculo de no más de un palmo  amanecido en mi cama de siempre, en mi cuarto de siempre, en mi casa de siempre.

Apenas sobrepuesto a la verdad, me descuelgo por las cobijas hasta el suelo. Maldigo el momento en el que elegí la alfombra, me hundo hasta la cintura. Fatigo penosamente esa selva de pelo azul para alcanzar la puerta como si el rectángulo luminoso me deparara la explicación lógica o la salvación.

Pronto comprendo que nunca he de llegar. El gato, que agazapado me escudriñaba tieso, inmóvil desde un rincón, se abalanza sobre mí. Atrapado entre sus zarpas huelo su aliento de alimento balanceado e intuyo su felicidad por atrapar una presa de sangre caliente tan distinta de las moscas y polillas con las que despunta su atávico vicio de cazador.



*Cuento finalista del concurso  3X200 del grupo Andén




jueves, 17 de abril de 2014

EVOLUCIONES






Rocco

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El llamado de la carne me tenía trastornada. Venía aguantando por días la tentación pero ni bien bajé los pies de la cama  aquella mañana de abril supe que ese día el pecado sería inevitable a menos que otra tentación más fuerte acallara la primera

Aún con la certeza bajo las cejas me hice la distraída y emergí como si tal cosa a la rutina. Me dí una ducha caliente que despejara la noche y preparé un café con leche como para despabilar a un rinoceronte. Aún con el sabor crujiente de las tostadas en la boca armé la vianda para llevar al trabajo: milanesa de soja con puré de calabaza. Eso sí cada cosa en una bandeja distinta para que la desagradable sorpresa de la contaminación de olores  no me sorprendiera en el almuerzo… una ya se conoce.

Las horas transcurrieron con la celeridad de quien rotula al tiempo como el valor más preciado. El trajín laboral acalló mis preocupaciones matinales; sabía que estaban allí agazapadas pero las cubrí con una manta de papeles, llamados, reuniones y firmas. Al caer la tarde las muy turras se hicieron fuertes y gritaron hasta dejarme sorda. Tenía pensado ir al cine con unos amigos pero no tenía cabeza ni para charlas ni para entender una película de modo que  cancelé pretextando una gripe incipiente y me tomé el primer taxi que respondió al brazo extendido. Bajé en el chino de la vuelta de casa para comprar queso, leche, espinacas, huevos, manzanas, kiwis y bananas. Con la bolsa de las compras en una mano y el maletín en la otra puse rumbo a mi hogar. Si lograba resistir me prepararía una omelette de espinacas y una ensalada de frutas para la cena.

No sé bien por qué pero no más abrir la puerta supe que había perdido la batalla. Dejé las llaves sobre el mueble de la entrada, la cartera en el sillón y llevé las bolsas con comida a la cocina. Después caminé lentamente hasta mi cuarto.

Sentada sobre la cama y apelando a la razón hice un último esfuerzo: debía entender que lo que aturdía mi mente era una locura y que ya habían pasado años desde que había dejado todo eso por mi bien y por el de los demás seres vivos. Fue inútil no logré ser convincente en lo absoluto.

En una mezcla de pavor y excitación me desvestí, colgué la ropa, guardé los zapatos y  desprendí una a una mis uñas pintadas de rojo tanto de manos como de pies, las puse en una cajita de madera de sándalo después de sacar de la misma cajita las garras que hace añares decidí dejar al resguardo  como recuerdo de mi vida anterior. Del arcón que está bajo la ventana  recuperé mi vieja piel atigrada en gris y negro, me calcé colmillos y bigotes y volví a ser un gatazo de ley. Me estiré, arqueé el lomo para sonarme las vértebras, moví las orejas buscando sonidos lejanos y  comprobar la pobre eficiencia del oído  humano, acomodé mis pupilas a la luz del anochecer y elevé suavemente mi nariz rosada buscando en el aire trazas de vidas pasadas. Subí a la cama, salté a la cómoda y de allí al televisor… qué bien se siente la musculatura elástica, qué placer pensar en el salto y saltar o saltar sin siquiera pensar en el salto. La felicidad del cazador entró por la ventana abierta junto con los olores y los ruidos del jardín oscuro, todo un paraíso de sensaciones y posibilidades. Sin pensarlo más, me tiré panza arriba sobre la alfombra, restregué el hocico contra la pata de la cama para dejar mi marca y luego de dar una vuelta por la casa quieta salí por la puerta de la cocina hacia el jardín no sin antes afilarme las uñas en el sofá.

Trastabillé mareado por la alegría del animal libre pero me recuperé apelando a una carrerita corta que me ayudó a terminar de acomodar mi vida de mujer moderna a la de gato histórico. Sin dificultad alguna, con la misma energía que consume una respiración trepé al ceibo y caminé por una rama larga casi horizontal que me permitió balconear sobre todo el jardín. Semiescondido por las hojas y las flores rojas imaginé que desde abajo sería invisible y eso me encantó.

 Los gatos no tenemos reloj y el tiempo no tiene significado alguno; ni sé cuánto estuve allí inmóvil recibiendo  información del ambiente como si la cabeza fuera una precisa antena parabólica: una larguísima fila de hormigas negras devastaba el rosal, un escarabajo pataleaba patas arriba esperando tal vez el milagro que lo devolviera a la caminata, luces de casas vecinas se iban apagando una a una dejando que las estrellas por fin se hicieran visibles sobre el cielo negro.  Unos metros más abajo revoloteaba una polilla grande, seguí su trayectoria con toda la cabeza y tal desafío me precipitó rama abajo. De un zarpazo tan violento como delicado puse a mi presa contra el césped. Percibía su enojada vibración contra las almohadillas de mi mano derecha… la solté y la volví a pisar… la solté y la volví a pisar… la solté y la volví a pisar.  Cuando me cansé del  juego y para liberarla del tormento me la comí. Qué delicia el aleteo de la proteína pura bajando por la garganta. Me dormí hecho un ovillo entre las raíces del árbol. Puede que haya soñado que era una mujer de uñas pintadas de rojo, que trascurría sus días entre papeles y teléfonos y que no comía carne por convicción o compasión.

Los pájaros trajeron el amanecer a mis orejas, reconocí zorzales y jilgueros, benteveos, calandrias y torcazas; para ser un gato tenía una vasta cultura ornitológica. Me estiré lentamente, desarmando los músculos ya despiertos, separé cada vértebra haciéndome largo y finito. Bostecé bizqueando los ojos amarillos. Entonces los vi y recordé inmediatamente la razón de mi metamorfosis, el motivo del impostergable pecado, la explicación del viaje de vuelta a la naturaleza real de mis ancestros: un grupo de gorriones inexpertos picoteaba las migas de pan que yo mismo en piel de mujer con uñas pintadas de rojo solía tirar en el jardín para alimentar –sin saberlo- a mis futuras víctimas. Cruel cadena trófica la vida.

Poseído por el instinto o por el hambre preparé mi cuerpo de gato atigrado para el ataque certero. Fui huso o  lanza. Apenas rozando el piso, concentré la atención en uno de los pájaros, alerté  oídos, ojos y bigotes, afiancé la cola como timón y apunté al blanco con la pata derecha mientras un movimiento oscilante me recorría de principio a fin, en un segundo me lancé sobre la presa cortando el aire como una flecha.

Pero en el último segundo algo falló, tal vez la falta de práctica o la influencia nefasta del vegetarianismo de prepo en un carnívoro original. Lo cierto es que el pájaro voló un instante antes de que le cayera encima, pude sentir en la punta de las garras el miedo rezumado por sus plumas. Me quedé sentadito en medio del jardín, relamiendo una carne que no fue, añorando una sangre que se diluyó antes de ser tragada; seguí el vuelo del gorrión con la mirada y sentí una mezcla de impotencia,  pena y alivio. Pero también lo envidié.

Resignadísimo miré por última vez el jardín con ojos de gato. Me tentó la idea de trepar la medianera y deambular un poco pero ¿para qué? El ser que me habita desde siempre ya había decidido por mí. Entré a la casa por la puerta de la cocina y mientras volvía a mi habitación me fui desprendiendo de la piel atigrada en gris y negro, de las garras, de colmillos y bigotes. Inspiré y llené con aire los huesos ahora huecos, acomodé un pico dónde antes hubo boca y luego morro y vi crecer las plumas que me cubrieron por completo. Aclaré los ojos redondos y salí volando por la ventana abierta.


miércoles, 23 de octubre de 2013

VOLVISTE




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PUBLICADO POR EDITORIAL DUNKEN EN LA SELECCIÓN DE CUENTOS "LETRAS DEL fACE 4" en marzo de 2014

- Vení para acá te digo. ¿Adónde carajo vas?
– ¿Y a vos qué te importa, pelotuda?
– ¿Cómo a mí qué me importa?, sos mi reflejo, mirá si no me va a importar que te quedes o no –le dije a esa turra que me miraba desde lo profundo del espejo del baño con cara de sabelotodo y los brazos cruzados sobre el pecho-.  No me desafíes, volvé a tu lugar y hacé bien tu trabajo: ¿no ves que tengo los brazos al lado del cuerpo y no cruzados?, vení, no me hagas enojar y copiá todo lo que hago.
– Ni en pedo. Ya te dije que me voy. Me voy porqué estoy harta.

   La vi correr hacia la izquierda, recuerdo que me choqué la cabeza contra la pared tratando de seguirla. Escuché un slam y cuando quise salir del baño volví a chocar, esta vez contra la puerta cerrada (y entendí, con clarísima dureza, el slam anterior).
Me dije que no podía ser, que esa locura no me podía estar sucediendo y me fui al espejo de mi habitación. Alcancé a verla cuando lo cruzaba de un marco al otro. Desapareció en un santiamén, era rápida la muy guacha. Ya en el espejo del recibidor la volví a encontrar y fue cuando me gritó con mi propia voz que la dejara en paz. Enseguida el estrépito de la puerta de calle al cerrarse. El óvalo de madera vacío me impulsó a ir tras ella como loca pero frené en seco cuando me di cuenta de que estaba en camisón y chancletas. “Que ella haga lo que quiera, yo no hago papelones en la vía pública”, pensé. Volví sobre mis pasos y me puse lo primero que encontré, no supe si me quedaba bien o mal por obvias razones.

   Salí desconcertada a la calle no sabía  por dónde empezar a buscar. Hacia dónde recordaba un espejo  encaminé mis pasos:
* fui al supermercado – hay uno enorme en la entrada junto a los changuitos–,
* corrí a la tienda y volé al probador, empujando en mi apuro a una señora que se disponía a medirse un pantalón quien me miró espantada,
*entré a la farmacia, hay un espejito arriba de la balanza…

   Pero nada, nada de nada, ni rastros de ella.

   Me sentía Bela Lugosi y temí que las personas, advirtiendo mi síndrome de Drácula, huyeran despavoridas. Vencida,  arrastrando los pies regresé a casa. Cada cinco minutos chequeaba en los espejos para ver si esa ingrata se dignaba a aparecer. ¡No estaba ni en la polvera! Para calmar la angustia oral me comí una bolsa entera de bizcochitos de grasa en un intento de levantarme el ánimo. Error, me sentí horrible pues tarde recordé que mi hígado no los resiste. Preparé un té de boldo para reparar semejante descalabro hepático y me fui a dormir. Pensé que no iba a poder, pero a mí los nervios me dan sueño.

   De madrugada desperté con sus gritos. Encendí la luz y me paré frente al espejo del cuarto, allí estaba la muy loca despeinada y con cara de pocos amigos.
– ¡Volviste! –exclamé con el alma de nuevo en el cuerpo y con  mi cuerpo de nuevo en el espejo.
–Volví boluda, volví,  no quiero hacerme cargo de tu demencia pero a partir de ahora las cosas van a cambiar –me dijo mientras, para mi asombro, mutaba de yo a Madonna en vestido de lamé rojo. Quise matarla pero me quedé en el molde al repasar mi día desenfrenado buscando reflejos; entendí que con esa mina no se jode.

   Ahora no puedo decir que sea estrictamente yo la que veo atrapada en un marco pues a veces me lavo los dientes en Cid Charise, en Carolina de Mónaco y aún en Elisa Carrió. Me peino en Uma Turman o en Sophia Loren. Le paso  crema nutritiva a Eva Longoria, a Meg Ryan y a Michelle Pfiffer. En fin, se me complica. Ni hablar cuando tengo que pintarle los ojos a John Travolta o a Woody Allen. Una vez fui Evo Morales y otra Messi. Estoy en período de adaptación; esto no es fácil, me he quejado varias veces pero ella, inflexible, vuelve a amenazarme con irse para siempre, y eso me asusta. Claro que ya no sé bien quién soy pero  prefiero eso a la soledad del espejo vacío.





domingo, 15 de septiembre de 2013

LA CHARLANGA



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LA CHARLANGA
Rosario Collico Savio


Apenas doblé la esquina la divisé recortada contra la parada de colectivos, con su eterna campera rompevientos, una pollera a media pierna y mocasines con taco. Se desplegaron en mi pantalla mental tres posibles alternativas a) desmaterializarme b) entrar en la verdulería a comprar dos bananas o simplemente c) cruzar a la vereda de enfrente. Pero a pesar de las muchas horas de meditación no he podido aún desarmar mis moléculas acá y rearmarlas allá, no tenía ni un peso en el bolsillo y, además,  la charlanga ya me había dado la captura… sus ojos detrás de las gafas negras brillaban ante la presa, o sea yo, y su boquita de labios finos se curvaba en una sonrisa pintada de rojo furioso. Vencida, levanté mi mano a modo de saludo y me acerqué a ella consciente de que mi vida se detendría por un rato después de dos besos, uno en cada mejilla.

De la charlanga no sé nada, ni el nombre sé. Yo le puse el mote y así le quedará para siempre porque ni pienso preguntar, yo no pregunto nada, eso le daría excusa para responderme. Es mi vecina desde hace una punta de años, la conocí en una cola del supermercado y mi status de casi amiga del barrio se instaló para siempre en sus registros. Eso la habilita para capturarme cada vez que el destino cruza nuestros andares.  Y yo no puedo zafar.

Cuando digo “no puedo” es exactamente “no puedo”, algo me atrae de forma irremediable hacia ella, como si tuviera la capacidad de hipnotizarme a la distancia y dejarme clavada en el piso por el rato que ella disponga mientras sus labios finos pintados de rojo furioso se curvan y se estiran al tiempo que  desgrana las palabras que me tiene asignadas: Que la madre –a quien no conozco-  se cayó y se rompió la cadera y ahora justo se está por tomar el 152 para ir a verla al sanatorio aunque escuchó en la radio que en Plaza Italia hay una manifestación que corta el tránsito y que por eso deberá bajarse antes y tomarse un taxi que la lleve hasta el sanatorio que está por el Alto Palermo porque ella no toma el subte ni loca porque le da claustrofobia y además con este día tan lindo ni ganas tiene de sepultarse bajo tierra. Y en el auto tampoco va porque ni que estuviera mal de la cabeza se le ocurre meterse en el centro con el auto un viernes al mediodía. Pero la madre es la madre y tiene que ir aunque sea viernes al mediodía. Para colmo ella es única hija así que todo recae sobre su persona, obvio que la quiere a la madre –a quien reitero no conozco- y por eso le retribuye el sentimiento, la cuida, la va a ver pero igual es un garrón porque imaginate querida que no puede ni pescarse una gripe porque la madre ya está grande y siempre tiene algún problema.

Para mí que son los labios finitos y rojos los que me hipnotizan porque mientras  habla de la madre o de la hija  -a quien tampoco conozco- que vive en Pilar y a la que cada dos por tres tiene que ayudar para cuidarle a los hijos que son divinos pero unos diablitos y ella ya no está para esos trotes; claro que la  hija es una genia que trabaja en algo copadísimo (que no puedo recordar) y cuando le falla la empleada paraguaya, vos viste cómo son, ahí tiene que ir la charlanga a cubrir el puesto de combate porque con el yerno no podés contar nunca, siempre está de viaje o andá a saber... pobre la hija dice ella.

Al final me distraje escribiendo sobre la hija de la charlanga y no terminé la idea de que para mí lo que me hipnotiza son los labios finitos pintados de rojo furioso tan pero tan mal pintados de rojo furioso que me dan ganas de pasarle un pañuelito de papel para arreglarle esos bordes tan desparejos. Sé que no puedo hacerlo, que me tomaría por loca pero juro que casi no puedo prestarle atención a las miles de palabras que por minuto  desgrana la charlanga porque no puedo dejar de mirar los bordes tan pero tan mal pintados de los labios finitos y furiosos.

A veces me habla del marido a quien supongo muerto porque tampoco pude verlo nunca; ella va siempre sola y apurada, camina con pasos cortitos y veloces casi sin tocar el suelo esperando encontrar una presa (calculo yo) para contarle sobre la madre enferma, la hija cornuda o el marido que era muy buen mozo y que trabajó toda su vida en un laburo super importante – capo de una multinacional de la ostia, creo que me dijo- que viajaron por todo el mundo y estuvieron en los mejores hoteles incluso en Dubai. Que en algún momento cuando él estaba por retirarse compró esa casa con jardín, ahí en Florida, para disfrutar un poco del verde porque ya estaban cansados (ella también) de tanto cemento y querían escuchar los pájaros y tener un lindo jardín pero viste el trabajo que da un jardín, le duele la espalda de sólo pensarlo, ahora tiene un chico que le corta el pasto, un buen pibe, negrito pero se ve que de familia honesta, que le va una vez cada quince días a cortar el pasto porque eso sí que es pesadísimo de hacer y ella ya no puede con todo porque está mal de la espalda, dos hernias de disco tiene pero no son operables y aunque lo fueran tampoco se operaría porque quién sabe cómo queda porque los médicos son unos mercenarios, vos ya sabés querida. Sin respirar aclara, eso sí, que de las plantas y las flores  se ocupa ella que ya me va a invitar a tomar un café para que vea las plantas, porque ella sabe que a mi me encantan las plantas y las flores y ahora que viene la primavera todo se pone lindísimo, ya mismo están los jazmines a reventar que lindo perfume que dan, ¿no? Aunque con este frío que de pronto se vino justo antes de terminar el invierno por ahí se le quema todo con la helada pero qué le vamos a hacer siguen rezando los labios finitos pintados de rojo furioso que ya no puedo soportar de tan mal pintados que están y si no me larga, si no me des-hipnotiza, si no me libera se los arreglo en dos patadas con la manga del buzo aunque me quede manchado de rojo furioso, tan loca me pone ver esos labios finitos tan pero tan mal pintados, no tendrá un espejo esta mujer, el marido muerto nunca le habrá dicho pintate mejor o la hija cornuda no le habrá advertido mamá parecés un payaso o la madre con la cadera rota porqué no le regaló un brillito rosa suave para pagarle el amor filial… me hubieran salvado de la hipnosis de esos labios finitos tan pero tan mal pintados de rojo furioso.

    

lunes, 24 de diciembre de 2012

LOS QUERUBINES

   

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­_ ¿Está haciendo calor, no doctor?

_ Es verdad, es que ya estamos en diciembre, se nos acaba el año.

_ No me gusta el calor, tampoco el frío pero el calor, así de golpe, me mata. Y las fiestas me deprimen.

_ Las fiestas deprimen a muchos, por eso del balance inevitable, por la sensación de finitud. Se movilizan muchos sentimientos y eso nos afecta, digo nos porque a mí tampoco me enloquecen. ¿Qué es lo que no le gusta específicamente?

_ Es que me parece una estupidez, no estoy celebrando nada, hay mucha euforia y poco motivo. Me suena falso. Y eso de tener que reunirse obligadamente con gente a la que no he visto en todo el año, ¡por dios, quiero verme libre de eso! Pero sé que no tengo huevos para dar una buena excusa y zafar. Le juro que me compraría un pan dulce y una sidra y me quedaría viendo una película lo más pancha en casa.

_ ¿Y por qué no aprovecha este año? Póngase ese objetivo, ahora que todavía hay tiempo, ensaye buenas excusas, arme estrategias para decir que no, para que no la convenzan.

­_ Sí, pero no tengo el coraje, al final terminaré yendo; por otra parte estar con gente es un seguro contra los querubines. Me dan miedo los querubines.

_ ¿Querubines?

_ Sí, vio que por todos lados, para estas fechas empiezan con los adornos navideños, los arbolitos con nieve de lana de vidrio, los papás noeles, los villancicos y los angelitos con cara de buenos… pero esos son peores que el mismo demonio.

_ Alicia, hace ya casi un año que viene a terapia conmigo, suponía que ya habíamos identificado sus fuentes de temor y las habíamos desarticulados, déjeme recordar y corríjame si me equivoco: hombres con maletines, gitanas, chapas patentes capicúas… nunca me había hablado de los querubines.

_ Doctor, se olvida de los trencitos de la alegría. Y no le dije nada de los querubines porque empecé terapia en febrero pasado, para esa fecha ya se han ido lejos.

_ Claro, se desarman los árboles de navidad y se guardan los adornos.

_ No, no, nada tienen que ver con la Navidad, se van lejos, creo que se van a otro país, me parece que tienen un tiempo limitado para estar acá comiendo…

_  ¿Comiendo?a ver Alicia, ¿qué historia es esa? ¿Está tomando las gotitas que le receté?

_ Sí doctor, cada ocho horas.

_ Lo de los querubines, cuentemé lo de los querubines.

_ ¡Uff! Los querubines vienen de lejos, nunca hablé de ellos, pero me dan un miedo… usted no sabe, la verdad, no sé si contarle... en fin, los descubrí cuando era chica.

_ Lógico, su familia siempre festejó la navidad y los angelitos son un adorno de lo más común.

_ Pero estos que yo les digo no son un adorno. Son chiquitos, se esconden por todos lados. 
Vuelan, ¿sabe? Y parecen dulces y buenos pero no lo son. Al principio me puse contenta de verlos, me divertían, creía que eran los angelitos de la guarda y esas cosas. Así que cuando empezaba el calor  me alegraba porque sabía que tarde o temprano vería revolotear a los querubines y andaría como loca por toda la casa buscando sus escondites. Porque se esconden, ¿sabe? Se esconden. Cualquier lugar oscuro les viene bien. Apuesto que detrás del busto de Freud que está en aquella biblioteca hay un par acechándonos.

_ ¿Acechándonos? ¿Le parece para tanto? Su descripción me pareció simpática pero usted dijo que le daban miedo. Explíquese mejor.

_ Doctor, parecen simpáticos y si uno los mira lo son, bebitos alados, eso son, preciosos bebitos alados.

_ Pero entonces  ¿por qué les teme? Dígame qué siente así podremos desarticular su miedo hacia ellos. ¿Por qué la asustan?

_ Porque los descubrí y ellos lo saben.

_ ¿Qué descubrió?

_ Como le dije, a mí de chica me encantaban, después les empecé a desconfiar. Yo les dejaba comidita ¿vio? Leche, galletitas, azúcar. Pero nunca probaban bocado.

_¿Y?

_Bueno, usted ya sabe -porque le he contado- que a mí me gustan mucho los animalitos. Los pajaritos me encantan, de chiquita me subía a los techos de la casa y me quedaba horas mirando los nidos con los huevos, me gustaba ver a las mamás empollando su tesoro durante días y nada me daba mayor alegría que ver nacer a pichones y seguir su crecimiento, siempre apostada en el techo de la casa sin hacer ruido para no asustarlos. Una tarde de mucho calor los vi revoloteando un nido, a los querubines vi. Y casi me vengo para abajo del susto cuando los vi atacar a los pichones, se los comieron en dos minutos, con esos dientes enormes que tienen, se los comieron y dejaron sólo las cabecitas con los ojos vacíos. Lo sé porque cuando pude reponerme del susto subí al árbol y vi las cabecitas de los chiquitines con las cuencas vacías como mirando la nada, nunca me voy a olvidar. Odié profundamente a los querubines y durante mucho tiempo traté de matar alguno con un matamoscas pero nunca los pude agarrar. Desde ese día me persiguen porque sé su secreto. Cada año descubro nuevas cabecitas de gatos, perritos y hasta de ratones y loros, todas sin ojos. Estoy segura de que también se han comido bebés recién nacidos pero no tengo pruebas. ¡Y vaya uno a saber los horrores que habrán cometido! Doctor me parece que me voy, tengo miedo, me quiero ir a mi casa. Sólo me siento segura si hay mucha gente o si hay naranjas, descubrí que detestan el olor a naranjas y por eso en mi casa hay naranjas hasta en el baño.

_ Alicia, cálmese un poco, le sirvo agua. Esto que me cuenta es diferente a los otros miedos que hemos ido desarticulando porque yo he visto los hombres con maletines, las gitanas, las chapas patentes capicúas y los trencitos de la alegría y he podido con mucha paciencia desarmar esos miedos. Pero lo que usted me cuenta es nuevo para mí, nunca he visto a sus querubines, tal vez nos cueste más lidiar con este miedo, le confieso. Le voy a subir la dosis, tome las gotitas cada seis horas, al menos por un tiempo, la noto muy nerviosa.

_No es para menos, doctor, son muy astutos, es más, acabo de ver la punta de una alita detrás del busto de Freud. Es una pena que hayamos hablado de ellos. Ahora saben que usted también sabe, le aconsejo que compre naranjas y que trate de no pasar las fiestas solo.


11 de noviembre de 2012


lunes, 26 de noviembre de 2012

TARJETA DE COORDENADAS



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La modernidad es fantástica pero no tanto, obliga a mantenernos informados, a cambiar hábitos milenarios, a recordar contraseñas y, ante la necesidad de hacer una transferencia bancaria on line a tener, sí o sí, la dichosa tarjeta de coordenadas, una pavada tecnológica inspirada en la viejísima batalla naval.

Así que me fui nomás al banco un soleado –demasiado para mi gusto- mediodía de noviembre. A las tres cuadras apuré el paso porque, aún del lado de la sombra, sentía chamuscárseme la piel y los anteojos de sol no lograban el cometido de aplacar la luz.

Ya en el banco me sentí mejor, el aire acondicionado me revivió lo suficiente como para integrarme a la fila de cuatro personas que esperaban en el mostrador de informes.

Porqué no me avivé de comer algo antes de salir de casa, nunca lo sabré. Si alguien me conoce al dedillo soy yo misma, sé que no debo alejarme mucho sin un bocadillo previo, sin un tentempié liberador de potenciales situaciones no deseadas. Tal vez la premura por la dichosa tarjeta, tal vez el berretín de sacarme de encima el trámite bancario inevitable me apuró más de la cuenta. Allí estaba,  irremediablemente muerta de hambre, en el quinto lugar de la fila.

La empleada que atendía el mostrador tampoco colaboraba a mi bienestar. Esa chica, fea y con demasiado maquillaje, tenía la lentitud de un condenado a muerte. Se me ocurre que cada uno de sus movimientos debía ser consentido por sus tres neuronas por lo que para despachar al primer cliente, una señora que iba a hacer un depósito en cuenta de terceros, se tardó no menos de cinco minutos.

Mientras tanto, trataba de no pensar en mis entrañas, más bien en el vacío de mis entrañas. Para ayudarme, me concentré en la nuca del cuarto cliente, es decir, el tipo que estaba delante de mí. Linda nuca, me dije y  aunque no soy afecta a los espejos empecé a buscar el reflejo del hombre en el vidrio del banco que nos separaba de la calle, sólo por diversión para distraer al estómago. Me gustó lo que vi, prolijo, buen perfil, de unos cuarenta años le calculé y no me hice ninguna película porque ya sé cómo terminan mis películas. Linda nuca, me repetí al tiempo que escuchaba el problema del cliente número dos: una viejita que quería cerrar la cuenta. La empleada le pidió su documento y el último resumen bancario para que pudiera ir a la fotocopiadora a sacar unas copias: “Una me la quedo yo, otra se la queda usted y otra  la mando a la casa central”, le dijo la chica al tiempo que se ponía en marcha y desaparecía en un laberinto de mamparas. No lo he dicho todavía pero desde siempre he tenido un oído de tísico, nada se me escapa, a veces puedo sacar  provecho de este don como cuando percibo el aleteo de una bandada de palomas que bien podría darme sosiego ahora mismo pero casi siempre padezco el incordio de escuchar cada estúpida frase de cada estúpida persona que se cruza en mi camino.

No bien regresada al escritorio la fea con demasiado maquillaje selló con inusitada energía las copias, las firmó sonoramente y despachó a la viejita con un “dese una vuelta el viernes”.

El tercer cliente era de Chacabuco, lo supe porque se lo contó al hombre de la linda nuca mientras todos esperábamos que la muchacha volviera de la fotocopiadora. El hombre llevaba un portafolio raído rebosante de papeles con el que describió una curva en el aire antes de depositarlo sobre el mostrador de informes ni bien la empleada le dedicó media sonrisa a modo de saludo. “Buenas, soy Roberto Quemado Nuñez, yo tenía reservada una sala para hacer una operación hoy a las dos pero mi cliente no pudo venir por la huelga de transportes de modo que la quiero pasar para el miércoles que viene a la una”. La chica le pidió el documento y se puso a teclear en la computadora.

El trámite se demoraba y yo necesitaba comer, fingí ataques de tos para tapar los ruidos de mi aparato digestivo… inevitablemente iban a llamar la atención y eso es lo que menos necesitaba. Por momentos perdía el sentido, es raro que no se me hubieran aflojado las rodillas. El hombre del portafolio raído seguía discutiendo con la fea con demasiado maquillaje y el cuarto cliente, alertado por mi fingido ataque de tos, se volvió hacia mí: “¿Quiere una pastillita de menta?



Esa pregunta selló nuestros destinos de forma irrevocable como si yo fuera la fila 5 y el hombre de la nuca la columna D de la mentada tarjeta de coordenadas.

- No, no, le agradezco mucho pero la menta me mataría, soy alérgica a muchas cosas: al maní, a la menta, al ajo… en fin, algo en este banco me está afectando, me cuesta respirar. Me iría pero se me están aflojando las piernas   –agregué frenando otro ataque de tos- y temo caer, ¿no me haría el favor de acompañarme afuera? Reforcé el tono candoroso de la pregunta mirándolo a los ojos e inclinando levemente la cabeza a la derecha. He comprobado que ese movimiento  sutil predispone al inocente a satisfacer cualquier deseo.

El cuarto cliente aceptó gustoso y me ofreció su brazo del que me apuré a colgarme.

-¡Qué amable, muchas gracias!, no se preocupe que enseguida se me pasa y volvemos a entrar así que no va a perder su lugar en la fila – le dije al tiempo que salíamos a la calle.

Lo conduje con paso trémulo hacia la sombra de un árbol cercano. Me cercioré de que no hubiera otras personas a la vista y fingí dos cosas al mismo tiempo: un nuevo ataque de tos y un leve vahído. El hombre percibió la flojedad de mis músculos y se inclinó para sostenerme. Minuto fatal de la víctima.

Aproveché ese momento para atacar su yugular y tomar la siguiente nota mental: no puedo salir de casa sin haber comido lo suficiente.

26/11/2012