jueves, 3 de julio de 2014

FLORES VIEJAS








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Caminaba por las calles de Olivos una tarde cualquiera. A mis espaldas, la luz del sol,  naranja o roja, proyectaba sobre la vereda mi sombra estilizada. Fue ella, mi sombra, quién inició todo: íbamos las dos muy tranquilas, cuando tal vez vencida por la curiosidad giró noventa grados y atravesó el portón abierto de una casa abandonada. La maleza se empecinaba en crecer hasta en los intersticios de los muros. Avancé por el sendero que la  bordeaba siempre siguiendo a mi sombra, que ahora se dibujaba sobre una pared lateral de la construcción.

En el jardín del fondo, me tumbó el olor pesado, denso, narcótico, como de flores viejas. Reconocí en mis fosas nasales el hedor de los muertos aprendido, años atrás, en alguna nefasta incursión infantil a un cementerio montevideano.

Caminaste hacia mí desde la nada. Me impactaron tus ropas pasadas de moda y el resplandor poco natural que te precedía. Tu sonrisa algo ladeada alcanzó para calmar mi nerviosismo.

Estuve a esto de abrazarte pero me detuvo el brillo del hacha con la que, en un segundo, me cortaste el cuello.

El olor caliente de mi propia sangre se parece mucho al de aquellas flores viejas.



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