jueves, 26 de junio de 2014

ELOÌSA Y LA SANTA







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La luz oscilante de las velas  bendecía con algo de dulzura  su rostro caballuno y dibujaba sombras alargadas y movedizas sobre el mármol blanco del piso.

Arrodillada sobre el reclinatorio, Eloísa, con  dientes apretados y los ojos rojos de ira increpaba en murmullos a la Santa:

–Ya me habían advertido, que no eras de fiar… ¿A vos te parece? Años que te venía pidiendo novio, años de novenas, sueldos enteros en flores y velas. ¿Y, que hace la Santa? Me manda al hijo de puta de Raúl, quien no conforme con sacarme toda la plata ahora me vengo a enterar de que se encama con mi prima Lucrecia. ¿Justo con mi prima Lucrecia tenía que ser? La muy turra… con esa carita de “yo no fui”. Mosquita muerta, eso es lo que es. Se deben estar riendo de mí, seguro, te apuesto lo que quieras. Pero ya la vas a cagar a ella también, eso te lo firmo ya. Y te aclaro, por si te quedan dudas, que no cuentes más conmigo. Ahora mismo me cruzo en frente al templo de los “Pare de sufrir”, los brasileños, la contra, bah... me dijo la panadera que esos hacen milagros en serio y no como vos, Santa Rita. Mirame bien porque es la última vez que me ves, ¿oíste?

domingo, 22 de junio de 2014

EL PRÓXIMO MARTES









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Podría, sin temor a equivocarme, poner en hora el reloj con este loco. Todos los martes llega puntualmente  a las cinco de la tarde. Jugaría mi sillón de cuero a que, si se presenta unos segundos antes de tiempo, aguanta en la puerta tamborilleando los dedos contra el mármol de la entrada, antes de pulsar el timbre.

 -Buenastardesdoctora- saluda lacónico y con la mirada por encima de mi hombro. Nunca me mira. Pasa y, así como está, sin sacarse la campera eterna, se acuesta sobre el diván, no sin antes poner un pañuelo limpio en donde apoyará la cabeza. Fija la vista en ese ángulo del techo, en el que  vive mi araña, y retoma su perorata.

Ya sé qué me va a decir y qué le voy a contestar. Por eso he dejado de preocuparme por sus problemas. He aceptado que no tienen solución. Él no admite sugerencias sobre sutiles cambios y se atiene con  rigor matemático a  esquemas aprendidos hace mucho. En tanto la obra social me pague cada tres meses las consultas, no pondré objeciones a que mantengamos esta rutina.

Mientras hago que escucho, en una hoja celeste, dibujo círculos concéntricos que empiezan en un punto  y cubos transparentes que van formando  un muro que pronto tapiza el papel.

- Ahá –afirmo sin énfasis a las cinco y media.

En los bordes de mi obra de arte, agrego flores de centro redondo y cinco pétalos. Uno  las flores con tallos entrelazados y mecho en la guarda vegetal  alguna que otra hoja lanceolada.

- ¿Qué le parece a Ud,  qué puede significar? – lo interrumpo a las seis menos veinte para que compruebe que estoy viva. Desde mi sillón sólo veo su cabeza calva y reprimo los deseos de tomar el pisapapeles de piedra y estrellarlo contra esa superficie curva que refleja vagamente la luz que entra por la ventana. “Hoy no”, me digo,” tal vez el próximo martes”.

- Porhoydejamosacáhastalasemanaqueviene – lo despido a las cinco y cincuenta.

Todavía me quedan diez minutos para pasar el Lysoform* por los picaportes y el diván, romper  el dibujo en ocho pedazos y tirarlo al cesto, disponer  una  hoja limpia y celeste  en el anotador, hacerme un té de tilo en mi taza china y recibir a la loca de las seis.




*Lysoform: desinfectante de uso doméstico y perfume agradable.










lunes, 16 de junio de 2014

EL SECRETO DEL SR. ARREDONDO





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Desde la ventana de su oficina moderna y minimalista se veía la Plaza de Mayo llena de gente lejana.

Enfundado en un Armani gris que contrastaba con la corbata de seda italiana, el hombre estudiaba la pantalla de su laptop mientras relojeaba el bolso de cuero  grabado con eles y ves entrelazadas donde guardaba las raquetas de carbono. Al mediodía tenía un partido en un club de tenis muy exclusivo de la calle San Juan.

- Si me da el tiempo- pensó sin mucha convicción- me hago unos largos en la pileta.

Justo en ese momento, Marina, su secretaria, de impecable trajecito azul claro y tacos altísimos, entraba en la estancia.
 -Su café de media mañana, señor Arredondo.

Como era habitual, él levantó la vista y sonrió mecánicamente,  pero un detalle ínfimo detuvo el retorno de su mirada a la pantalla: El sol desvaído de junio despertaba reflejos rojos en la tupida melena castaña de ella. Poesía pura.

Sin quererlo anheló fervientemente deslizar su mano por aquella cabeza, hundir los diez dedos en el colchón de pelo suave y llenarse del aroma de magnolias que de allí provenía. Quiso acariciar  lo  que se adivinaba bajo la  blusa blanca. Casi podía sentir en  sus yemas  la  sensación única de la piel satinada. Refrenó la tentación de tocar las piernas de la mujer, largas y perfectas. Reparó en sus ojos, el rimmel  curvaba sus pestañas de forma  inaudita y el rouge, de un coral intenso,  provocaba en su interior un deseo inmediato, ingobernable, inconfesable…

Sacudió con vehemencia la cabeza, como si ese solo  ademán le pudiera arrancar la fantasía que había atravesado su cerebro. Anotó mentalmente que debía hablar con su analista sobre el tema: era imposible que a esta altura de la vida quisiera vestirse de mujer.