sábado, 22 de noviembre de 2014

CLICK







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Despertó con un sobresalto y vio en la mesita de noche un paquete con su nombre. 
Todos sus terrores se condensaron sobre la piel de la nuca. Parpadeó una y otra vez para verificar que no seguía durmiendo. Y no, estaba bien despierta. Tal vez fuera su sueño el que aún no despertara… acababa de soñar que una mano desconocida dejaba un paquete sobre su mesa de luz y ahí estaba, tan real como las sábanas y el velador: un cubo pequeño envuelto en papel de regalo verde.
Miró el reloj, las tres y diez. Bajo otras circunstancias hubiera disfrutado de la idea de seguir durmiendo un  rato más pero ahora, mientras el viento movía las ramas del fresno frente a su ventana, deseó la luz del día.
Un nuevo pavor se instaló en su cama: ¿y si el extraño mensajero seguía aún en la casa? Maldijo su berretín de vivir sola, de mantener la intimidad a cualquier precio y de todas esas bobadas sobre la mujer independiente. Qué distinto sería ese momento si Roberto durmiera a su lado. Lo zamarrearía un poco y él se encargaría como buen hombre que es. Pero no, gracias a sus firmes principios estaba ahí sola, muerta de miedo frente a una situación inverosímil  sin saber qué hacer.
Tragó saliva, en un solo movimiento se inclinó para ver debajo de la cama… nada, sólo la valija enfundada en plástico. Se puso las chinelas y sin hacer el menor ruido buscó en el armario, por suerte abierto, su raqueta de tenis.
Con la ridícula protección deportiva en alto recorrió la casa encendiendo luces a su paso, revisaba detrás de los muebles y verificaba cerraduras de puertas y ventanas. Golpeó las cortinas (recordando alguna película de terror) y buscó en el balcón. Nada, todo estaba en orden y no había rastros de presencia alguna.
La revisión de su casa le dio tranquilidad inmediata pues ya no temía el ataque de un desconocido pero reavivó el hecho de que su sueño se había materializado. Lejos estaba de creer en las teorías sobre el Universo y su infinita capacidad de satisfacer deseos así que desestimó tal posibilidad. ¿Cómo habría llegado ese paquetito a su mesa de noche? ¿Quién lo habría dejado allí? ¿Qué encerraba?
Volvió corriendo a su cuarto con la esperanza de que se hubiera desvanecido pero no, seguía allí ocupando el mismo espacio que antes. Pensó que el hecho de que un sueño la hubiera advertido sobre la presencia del regalito no quería decir nada, era pura casualidad o tal vez se hubiera despertado antes, lo hubiera visto y luego habría vuelto a dormir incorporándolo al delirio onírico. Eso podía explicarlo bien. Ahora tenía que saber qué contenía y quién lo había dejado allí.
Sentada en la cama sopesó la idea de abrirlo y acallar las dudas pero se contuvo. ¿Y si guardaba algo peligroso?: un gas letal, un escorpión, ántrax… qué imaginación tan exorbitante. ¿Quién querría hacerle daño a una tierna maestra de escuela? Claro que los niños están terribles y más de uno querría verla muerta, sobre todo, ese gordito… "¿cómo es que se llama?... Pero no, si no sabe ni dónde vivo”, se dijo espantando una mosca imaginaria. Todavía sin decidirse lo tomó entre sus manos; no pesaba casi nada… “¡Anillo de compromiso!", pensó excitada. "¿Será que Roberto me ha dejado esto y se fue sin hacer ruido? A él le gustan las sorpresas pero detesta los compromisos… no, no ha sido él”. Sacudió el paquete buscando algo que tintineara dentro pero mudo muy mudo el muy cobarde. Se detuvo en el papel del envoltorio, sobre un fondo verde pequeños símbolos negros como letras cirílicas formaban un mensaje indescifrable. ¿Podrían ser esos los datos del remitente? “Nada que ver, si yo no conozco a ningún búlgaro o ruso o chechenio”

Mientras analizaba el paquete se relajaba, el papel era sedoso, verde y olía muy bien. “Como las lavandas del jardín de mi abuela o el tilo florecido que estaba frente a mi escuela”, recordó. Acariciaba las aristas y las caras del cubo, se detenía en los ángulos de las esquinas y se dijo: “el cubo es mi cuerpo geométrico favorito, tan regular, tan perfectito”.

Sin poder contenerse rasgó el papel y se encontró con una preciosa cajita de un material brillante y sutil. Descubrió una bisagra y un broche que ajustaba la tapa.
“Click”, dijo la caja -porque lo dijo con su voz de caja- y se abrió despacio, muy despacio.
La mujer miró el interior y descubrió una réplica perfecta de su cuarto con una minúscula cama igual a la suya con sus mismas sábanas, una ínfima mesa de luz y un diminuto paquete envuelto en papel verde con infinitesimales caracteres cirílicos. Irrefrenables deseos de hacerse pequeña y habitar ese espacio se apoderaron de su voluntad.

“Click”, dijo la caja -porque lo dijo con su voz de caja- cuando se cerró para siempre.




Este cuento responde a la consigna propuesta por el espacio Abracadabra: cuento que empiece con la frase : "Despertó con un sobresalto y vio en la mesita de noche un paquete con su nombre"





2 comentarios:

Jhon Barcasnegras dijo...

Genial. Lo he leído lleno de curiosidad y lo devoré hasta la última línea.
No pude evitar sonreír al tropezar con el viejo Roberto (Yo una vez lo travestí pero no encuentro ese relato).
Un abrazo.

PD: Ayer quise leerlo, cuando vi que según mis notificaciones sólo tenía nueve minutos de haber sido publicado. Pero cuando pinché el link había desaparecido.

Rosario Collico dijo...

Tuve problemas para subir el cuento. Me quedaba el fondo del texto en blanco. Lo solucioné como pude pintando el texto con un color similar al del fondo. No soy un as de la blogología. Incluso pensé en consultarte.

Vos sabés que al principio no era Roberto, era Francisco. Graciela Tòrtora me advirtió y lo cambié.

Gracias por leer!