lunes, 3 de noviembre de 2014

MONSTRUOSIDADES CULINARIAS (a true story)





familia Collico Savio. De izq. a der Rosario, Mariana,Daniel , mamá y papá en el cumpelaños de 15 de Mercedes que tenía un precioso vestido celeste.

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- Reconozco en estos exquisitos tomates rellenos el arroz que comimos anoche- dijo  Daniel no sin cierto sarcasmo.
- ¡Qué perspicaz, hijo mío! – ironizó Antonia.
- Las aceitunas son las que sobraron de la pizza –murmuró Mariana.
- ¿Qué dijiste vos?
- Nada nada, mamá… que están riquísimos.
- Agradezcan al Cielo que la mayonesa es de primera mano –dije en voz baja y agregué aumentando el volumen – ¡Sí mamá, exquisitos!

Sobre Antonia circulan afirmaciones indiscutibles: que era buena, generosa, práctica y organizada, responsable en su trabajo y querida por sus compañeros, que fumaba y comía ruidosas galletas marineras mientras leía recostada en la cama novelas negras del Séptimo Círculo y que disfrutaba las madrugadas sentada en la cocina escuchando la radio ante un tazón de café con leche.

Todo eso es cierto pero también que la cocina no era su fuerte y que, como buena taurina, no escarmentaba con sus reiterados fracasos. Lejos de resignarse, se empecinaba en el arte del Cordon Bleau. Cada tanto bajaba la inspiración e innovaba: mezclaba elementos que encontraba en la heladera o en la alacena con otros que compraba especialmente para perpetrar sus nefastos experimentos. Obtenía así engendros de sabores tan difusos como horribles que nos presentaba a diario sobre la mesa esperando nuestra aprobación. Tal vez fuera la precursora de la comida molecular, quién sabe.

Voluntad tenía, arte no.

Nosotros, pobres conejitos de Indias, habíamos aprendido desde chicos a resignar el sentido del gusto para no herir sus sentimientos. Comíamos sin chistar haciendo gala de un enorme dominio de voluntad o de papilas gustativas ya insensibles.

Hasta que un día se pasó de la raya.

- Mamá, ¿qué es esto? –preguntó Daniel esgrimiendo una cuchara sobre la que se estremecía una masa babosa y gris.
- “Aspic de verduras” –respondió sin inmutarse la asesina serial de los sabores agradables.

Los tres nos miramos y largamos la carcajada. No podíamos mantener esa farsa ni un minuto más.

Este último experimento de Antonia no tenía perdón de ningún dios y cualquier cocinero con un mínimo de decencia la hubiera desterrado a la Siberia o a un Mc Donalds.

Imagino que el lector estará ansioso por saber el secreto del sospechoso áspic. Pues bien, era el producto de la combinación de restos de sopa de verduras con gelatina sin sabor, que luego de una temporada en la heladera, Antonia había moldeado como un monstruoso timbal bamboleante y gris.

Juro que es cierto.






5 comentarios:

Jhon Barcasnegras dijo...

Un Frankenstein muy terrorífico, sin duda.

Rosario Collico dijo...

Itchi, en la cocina mi vieja era un verdadero monstuo. Gracias por el desafío. Iba e escribir otra cosa pero me vinieron a la cabeza los experimentos maternos y salió esto

Anónimo dijo...

me ha gustado, se te ve que te mueves bien por el mundo culinario ,,,,, espero aprender a escribir relatos, me encanta como lo has escrito, la sintaxis, seguiré leyendo

Rosario Collico dijo...

Anónimo, muchas gracias por tu comentario. Avisame cuando pueda leer algo tuyo.

Rosario Collico dijo...

Anónimo, muchas gracias por tu comentario. Avisame cuando pueda leer algo tuyo.