martes, 16 de febrero de 2010

AZUL PROFUNDO

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La tempestad llevaba ya día y medio. En realidad no estoy seguro, estaba exhausto y el cielo, de tan encapotado, mantuvo siempre el color de la noche.
Con el velamen arriado quedamos a merced del viento y de las aguas furiosas. Mis hombres se habían amarrado al mástil, a la balaustrada o a cualquier elemento fijo que hallaran en cubierta para no salir disparados por los aires ante un nuevo embate de la tormenta. Aún así muchos habían perecido.

Yo, agotado en el puente, me afirmaba sobre mis dos piernas, sosteniendo la rueda del timón con las últimas fuerzas que me quedaban. Confieso ahora mi mezcla de terror con fascinación. No podía dejar de admirar los rayos que enlazaban el mar y el cielo; esas líneas quebradas de luces de colores que, partiendo de un punto, se cuajaban en infinitos hilos. El rugido del océano bravo me impedía oír, la mayoría de las veces, los truenos.

De pronto, una descomunal mano de agua crispada en garra de espuma se cerró sobre mi nave en gigantesco puño y nos condujo, para siempre, al fondo del mar. Pensé que mis días se habían terminado. Toda mi existencia de pirata pasó por delante de mis ojos. Moría en mi ley, después de todo, pero comprobé mi miseria, mi cobardía; estaba asustado, no quería morir.

Debo haberlo hecho o de lo contrario no podría explicar mi situación actual.

Mi cielo es ahora de agua, azul profundo y tan quieto que mirar hacia arriba me propone el mismo vértigo que un abismo. Puedo caminar tranquilamente por la arena mientras mi cabello largo y mi barba roja se revuelven con las corrientes marinas. Puedo jugar con los peces plateados que, en cardumen eléctrico, me rodean y confunden. Son miles y son uno, conectados por telepatía, viran al unísono y en un segundo huyen dejándome solo otra vez.

He visto tiburones que parecen no advertirme, los contemplo nadar sobre mi cabeza con sus barrigas blancas y sus bocas de herradura feroz. No les temo, envidio sus movimientos, su pretendida indiferencia. Una cantidad de medusas violetas con cruces moradas se atravesó en mi camino hace, tal vez, un rato que no puedo precisar. Raros seres ingrávidos de apariencia mansa y corazón ponzoñoso.

Todavía no puedo nadar. La ropa se disgrega en hilachas que me persiguen morosamente y las botas continúan pegadas a mis piernas. No me las sacaré, sé que con el tiempo simplemente me dejarán y con su marcha podré, por fin, liberarme de mis recuerdos humanos.

Será ese el momento en el que vaya, por fin, en pos de la mujer que veo cada vez que me acerco a aquellas rocas. Es una sirena de senos pequeños y nacarados que ondea su cabellera de algas tan verde como sus ojos. Me espía, pero huye cuando me acerco. Es veloz. Cuando se aleja, sólo alcanzo a ver su cola tornasolada agitándose en el agua como un látigo.

Soy pirata y siempre obtengo lo que quiero, sé que cuando nade y me ponga a su par me amará para siempre.


Safecreative Código: 1002165531398

Enviado a Perras Negras el 24 de septiembre de 2006. Consigna 33 Fondo del mar.

4 comentarios:

salguesnelson dijo...

Esta bueno medio triston,.El pirata es tracinero,amoroso,tienen codigo,BORRACHO.
LoS QUE DEFINIERON BIEN A LOS PIRATAS FUE LA PELICULA PITRATAS DEL CARIBE.
Muy bien por animarte a escribir,espero que no te enojes por mi opinión.

Anónimo dijo...

Esta bien el cuento ,pero da sensacion deque faltan cosas y podes relatar excelentes cosas te conosco adelante bsos!!!!!!!

Rosario Collico dijo...

salguesnelson, gracias por leer y comentar!! Jamás me enojo por un comentario por el contrario me ayudan mucho. Coincido con tu apreciación sobre piratas del caribe.
Saludos

Rosario Collico dijo...

Anónimo, puede que falten cosas, es cierto. Este cuento fue escrito bajo una consigna (fondo del mar) y con un límite de palabras, eso a veces conspira contra la idea original.
Saludos y gracias de nuevo por leer