domingo, 7 de febrero de 2010

A MERCED DE LAS AGUAS

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Por primera vez observó el sol, el exterior no era como lo imaginaba. Ni siquiera estaba seguro de haber imaginado algo. Durante años o siglos, no podía precisarlo, había permanecido dentro de la botella. Ya no recordaba qué circunstancia lo había aislado del mundo para siempre o casi, y tampoco sabía qué o quién era. Tal vez, un raro mecanismo de defensa lo había mantenido en esa especie de animación suspendida, como si fuera la crisálida de un bicho prehistórico o la semilla fósil de una planta ya extinguida. Tenía la vaga memoria del agua de mar golpeando una y otra vez contra los límites de su refugio como una canción que lo acunara por toda la eternidad. Cada tanto una tormenta le permitía cambiar de sueño.

Pero algo, ese preciso día, lo había succionado hacia el exterior. En medio del viaje violento hacia un afuera brutal sus moléculas mutaron de humo verde a huesos, músculo, piel y pelo. Casi pudo sentir como las hebras de su cuerpo entretejían a un lejano conocido, alguien al que seguramente reconocería en un espejo. Su veloz transformación de aliento a cosa tridimensional era matizada por los más variados sentimientos, viraba del temor al odio aunque se permitía también la alegría. En lo que seguramente era su cerebro, se desenroscaban, una tras otra, mil preguntas: ¿quién lo habría salvado de su destino?, ¿dónde estaría?, ¿qué peligros lo acosarían?, ¿qué clase de mundo lo esperaba?, ¿cuánto tiempo habría pasado desde la última vez?

Con las dos manos terminó de encajarse la mandíbula bajo la piel de la cara. Parpadeó varias veces, lo deslumbraron los colores, los contrastes y el rumor de las olas heladas que le lamían los pies. La luz cruel de un evidente mediodía lo hizo trastabillar y con los ojos aún cerrados disfrutó de la caricia cálida del sol.

Lentamente, y pasado el primer momento de perplejidad, se permitió mirar. El paisaje era desconocido: más allá de la playa y recortada contra el horizonte la silueta de una ciudad, erizada de torres altísimas, se erguía amenazadora. Nada era igual a sus desmigajados recuerdos. Lo sorprendieron, casi hasta el terror, unos extraños carruajes voladores que surcaban el cielo. Por un momento deseó el calmo interior de su refugio eterno.

Reparó entonces en la muchacha que, al abrigo de unas rocas cercanas, lo miraba entre asustada y atónita. Aún sostenía en su mano el tapón de la botella que había sido su cárcel. Quién sabe por qué azar habría llegado hasta ella.

Y fue entonces, tal vez cuando la joven repitió en su rostro un gesto o una sonrisa, que se aclaró su memoria. Retumbó en sus oídos la carcajada pérfida de la mujer que lo había encerrado para luego dejar la botella a merced de las aguas.

No dudó, no repetiría errores, ni siquiera le daría la oportunidad de la palabra, bien sabía de la crueldad de aquellas brujas. Alzó la mano y envió contra su salvadora un rayo que la fulminó. De entre las cenizas, levantó el genio el tapón de la botella y lo arrojó al agua dónde se hundió para siempre.

Registrado en safecreative
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Enviado a La Nación el 2 de julio de 2008. Consigna que comience con “Por primera vez observó el sol, el exterior no era como lo imaginaba”.

2 comentarios:

salguesnelson dijo...

Eate es un excelente cuento!!!!!!!!!!!!!Magnifico.

Rosario Collico dijo...

Gracias Salguesnelson, me alegro de que te haya gustado y con signos de admiración!!!
Perdón por no contestar antes, recién hoy veo tu comentario.
Saludos