miércoles, 15 de octubre de 2014

EL DON








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Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad.

Su madre lo despertaba con una caricia y un tazón con chocolate caliente. Después, y de la mano, lo llevaba hasta el árbol de Navidad lleno de luces y adornos de colores. Una pila de paquetes descansaba bajo las ramas. Esta vez eligió uno enorme envuelto en papel rojo: la sorpresa del tren eléctrico iluminó su cara.

-¡Despierten!

Los tacones de la celadora retumbaron sobre las baldosas frías del dormitorio del orfanato.

Con sólo siete años había descubierto su don: podía programar sus sueños y soñarlos al pie de la letra.

El de la Navidad era su favorito.


Enviado el 15 de octubre de 2014 a la VIII edición de cuentos en cadena. (Menos de 100 palabras sin contar la frase de inicio que es la frase final del cuento ganador de la semana anterior








jueves, 9 de octubre de 2014

ÁNGEL DE LA GUARDA






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ÁNGEL DE LA GUARDA

“Ángel de la guarda…

Oscura camina sola; mal iluminada por la apagada luz de un farol.

dulce compañía…

Velado por la sombra de un zaguán espera a su próxima víctima, la espía, mide distancias mientras abrillanta sobre su manga astrosa  la hoja cruel de un puñal gastado.

no me desampares…

Sus pasos la acercan a la trampa ignorada.

ni de noche ni de día.”

Podría pasar hoy o podría pasar mañana. Fulminado cae como un montón de ropa sucia. Aquella falla congénita explota ahora.

Ella trastabilla al patear un puñal gastado que todavía gira en mitad de la vereda.


domingo, 7 de septiembre de 2014

GRACIAS POR VENIR









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La muerte célebre del músico no me toma por sorpresa; desilusiona la mezquindad divina  por escatimarnos otro milagro de fuerza natural. Hace  años que un accidente cerebral lo mantenía en un limbo blanco de madres y enfermeras.

Hoy su corazón delator dijo basta y me dio pena su tiempo desperdiciado en una cama y todo lo que ya no será. Su muerte temprana revela que el crimen sin resolver está ,para todos, a la vuelta de la esquina.

Tiendo un puente con su música  mientras preparo un té para tres al que estará por siempre invitado.

Adiós.



Nota: las palabras en itálica son títulos de canciones de Cerati.






viernes, 4 de julio de 2014

EL GRANIZO Y LA FURIA






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Las sombras de las tipas se recortaban sobre el asfalto creando en quien las advertía un falso frescor. El calor agobiaba, Helena lo notó en los perros que, con las lenguas afuera, arrastraban al paseador, un muchacho oscuro con un piercing en el labio inferior que no parecía tener más futuro que su presente.

Los perros pasaron al lado de ella dejando una nube de vapor y tufo de la que quiso huir acelerando el paso. El cambio de ritmo fue un error, consumió sus últimas energías y tuvo que arrastrarse hasta el escalón de un umbral; allí se sentó a descansar.

No quería, pero debía llegar a su casa. Las cosas eran así: ella era la mujer y Roberto el marido. Volvió a preguntarse si todavía lo quería, si podría aguantar otro día más.

Se sorprendió cuando miró al sur y vio el “cigarro” paralelo al horizonte; se acordó de aquel profesor, el Dr. Serrano, quien mil años atrás les había explicado el fenómeno: “Si sobre la ciudad hay una masa de aire cálido y húmedo y de pronto aparece un frente frío, cuando ambas masas se ponen en contacto, el aire frío se mete como una cuña bajo el aire caliente y se forma el cigarro, una nube negra y larga que es tanto más oscura cuanto mayor sea la diferencia entre las temperaturas y cuanto más veloz sea el frente. Si lo ven, huyan.”

Algunas hojas secas se arremolinaron en la vereda. Se puso en marcha, una ráfaga de aire frío corroboró su recuerdo.

No alcanzó a poner la llave en la cerradura, Roberto abrió la puerta y la metió adentro de un manotazo.

-¿Dónde estabas? ¿Con quién estabas?...Puta…te conozco.- Acompañó la última “o”  con un revés sobre la cara de Helena que la dejó trastabillando.
-A trabajar fui, como siempre, vine caminando porque no soportaba la idea de meterme en un colectivo. Dejate de joder, Roberto, dejame en paz.

Intentó dar un rodeo y evadir el área de peligro, pero el hombre la sujetó del pelo y la arrojó al piso. Roberto estaba rojo de furia, se le notaban las venas de las sienes y el cuello. Caminaba alrededor de Helena quien seguía tirada en el suelo acurrucada  esperando la primera patada que no tardó en llegar. Roberto le habló entre dientes, como en un silbido que fue creciendo hasta convertirse en gritos:

-Mentirosa, sos una puta mentirosa. Te vas con el primer macho que se te cruza. Yo soy el boludo, el cornudo, el marido de la puta mentirosa. Puta… ¡Puta!

De rodillas comenzó a golpearla  remarcando cada insulto con un puñetazo.

El cielo negro se rajó en una mano de rayos y un trueno esencial desató el granizo y la lluvia. Los golpeteos de las piedras sobre las ventanas y los ruidos de la tormenta acallaron los agravios, los golpes, los gritos y los forcejeos de Roberto sobre el cuello de la mujer.

Un último pensamiento  cruzó por la nublada cabeza de Helena: “Granizo... cae granizo, va a romperme los jazmines del jardín.







jueves, 3 de julio de 2014

FLORES VIEJAS








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Caminaba por las calles de Olivos una tarde cualquiera. A mis espaldas, la luz del sol,  naranja o roja, proyectaba sobre la vereda mi sombra estilizada. Fue ella, mi sombra, quién inició todo: íbamos las dos muy tranquilas, cuando tal vez vencida por la curiosidad giró noventa grados y atravesó el portón abierto de una casa abandonada. La maleza se empecinaba en crecer hasta en los intersticios de los muros. Avancé por el sendero que la  bordeaba siempre siguiendo a mi sombra, que ahora se dibujaba sobre una pared lateral de la construcción.

En el jardín del fondo, me tumbó el olor pesado, denso, narcótico, como de flores viejas. Reconocí en mis fosas nasales el hedor de los muertos aprendido, años atrás, en alguna nefasta incursión infantil a un cementerio montevideano.

Caminaste hacia mí desde la nada. Me impactaron tus ropas pasadas de moda y el resplandor poco natural que te precedía. Tu sonrisa algo ladeada alcanzó para calmar mi nerviosismo.

Estuve a esto de abrazarte pero me detuvo el brillo del hacha con la que, en un segundo, me cortaste el cuello.

El olor caliente de mi propia sangre se parece mucho al de aquellas flores viejas.



jueves, 26 de junio de 2014

ELOÌSA Y LA SANTA







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La luz oscilante de las velas  bendecía con algo de dulzura  su rostro caballuno y dibujaba sombras alargadas y movedizas sobre el mármol blanco del piso.

Arrodillada sobre el reclinatorio, Eloísa, con  dientes apretados y los ojos rojos de ira increpaba en murmullos a la Santa:

–Ya me habían advertido, que no eras de fiar… ¿A vos te parece? Años que te venía pidiendo novio, años de novenas, sueldos enteros en flores y velas. ¿Y, que hace la Santa? Me manda al hijo de puta de Raúl, quien no conforme con sacarme toda la plata ahora me vengo a enterar de que se encama con mi prima Lucrecia. ¿Justo con mi prima Lucrecia tenía que ser? La muy turra… con esa carita de “yo no fui”. Mosquita muerta, eso es lo que es. Se deben estar riendo de mí, seguro, te apuesto lo que quieras. Pero ya la vas a cagar a ella también, eso te lo firmo ya. Y te aclaro, por si te quedan dudas, que no cuentes más conmigo. Ahora mismo me cruzo en frente al templo de los “Pare de sufrir”, los brasileños, la contra, bah... me dijo la panadera que esos hacen milagros en serio y no como vos, Santa Rita. Mirame bien porque es la última vez que me ves, ¿oíste?

domingo, 22 de junio de 2014

EL PRÓXIMO MARTES









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Podría, sin temor a equivocarme, poner en hora el reloj con este loco. Todos los martes llega puntualmente  a las cinco de la tarde. Apostaría mi sillón de cuero a que, si se presenta unos segundos antes de tiempo, aguanta en la puerta tamborilleando los dedos contra el mármol de la entrada, antes de pulsar el timbre.

 -Buenastardesdoctora- saluda lacónico y con la mirada por encima de mi hombro. Nunca me mira. Pasa y, así como está, sin sacarse la campera eterna, se acuesta sobre el diván, no sin antes poner un pañuelo limpio en donde apoyará la cabeza. Fija la vista en ese ángulo del techo, en el que  vive mi araña, y retoma su perorata.

Ya sé qué me va a decir y qué le voy a contestar. Por eso he dejado de preocuparme por sus problemas. He aceptado que no tienen solución. Él no admite sugerencias sobre sutiles cambios y se atiene con  rigor matemático a  esquemas aprendidos hace mucho. En tanto la obra social me pague cada tres meses las consultas, no pondré objeciones a que mantengamos esta rutina.

Mientras hago que escucho, en una hoja celeste, dibujo círculos concéntricos que empiezan en un punto  y cubos transparentes que van formando  un muro que pronto tapiza el papel.

- Ahá –afirmo sin énfasis a las cinco y media.

En los bordes de mi obra de arte, agrego flores de centro redondo y cinco pétalos. Uno  las flores con tallos entrelazados y mecho en la guarda vegetal  alguna que otra hoja lanceolada.

- ¿Qué le parece a Ud,  qué puede significar? – lo interrumpo a las seis menos veinte para que compruebe que estoy viva. Desde mi sillón sólo veo su cabeza calva y reprimo los deseos de tomar el pisapapeles de piedra y estrellarlo contra esa superficie curva que refleja vagamente la luz que entra por la ventana. “Hoy no”, me digo,” tal vez el próximo martes”.

- Porhoydejamosacáhastalasemanaqueviene – lo despido a las cinco y cincuenta.

Todavía me quedan diez minutos para pasar el Lysoform* por los picaportes y el diván, romper  el dibujo en ocho pedazos y tirarlo al cesto, disponer  una  hoja limpia y celeste  en el anotador, hacerme un té de tilo en mi taza china y recibir a la loca de las seis.




*Lysoform: desinfectante de uso doméstico y perfume agradable.










lunes, 16 de junio de 2014

EL SECRETO DEL SR. ARREDONDO





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Desde la ventana de su oficina moderna y minimalista se veía la Plaza de Mayo llena de gente lejana.

Enfundado en un Armani gris que contrastaba con la corbata de seda italiana, el hombre estudiaba la pantalla de su laptop mientras relojeaba el bolso de cuero  grabado con eles y ves entrelazadas donde guardaba las raquetas de carbono. Al mediodía tenía un partido en un club de tenis muy exclusivo de la calle San Juan.

- Si me da el tiempo- pensó sin mucha convicción- me hago unos largos en la pileta.

Justo en ese momento, Marina, su secretaria, de impecable trajecito azul claro y tacos altísimos, entraba en la estancia.
 -Su café de media mañana, señor Arredondo.

Como era habitual, él levantó la vista y sonrió mecánicamente,  pero un detalle ínfimo detuvo el retorno de su mirada a la pantalla: El sol desvaído de junio despertaba reflejos rojos en la tupida melena castaña de ella. Poesía pura.

Sin quererlo anheló fervientemente deslizar su mano por aquella cabeza, hundir los diez dedos en el colchón de pelo suave y llenarse del aroma de magnolias que de allí provenía. Quiso acariciar  lo  que se adivinaba bajo la  blusa blanca. Casi podía sentir en  sus yemas  la  sensación única de la piel satinada. Refrenó la tentación de tocar las piernas de la mujer, largas y perfectas. Reparó en sus ojos, el rimmel  curvaba sus pestañas de forma  inaudita y el rouge, de un coral intenso,  provocaba en su interior un deseo inmediato, ingobernable, inconfesable…

Sacudió con vehemencia la cabeza, como si ese solo  ademán le pudiera arrancar la fantasía que había atravesado su cerebro. Anotó mentalmente que debía hablar con su analista sobre el tema: era imposible que a esta altura de la vida quisiera vestirse de mujer.







lunes, 26 de mayo de 2014

CREMA Y CHOCOLATE








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La mujer dejó el pote de helado sobre la mesa de la cocina y lo destapó ante la mirada expectante de su hija. La chiquita de vestido a lunares descubrió tres guijarros traslúcidos sobre el papel manteca que cubría la crema y el chocolate.
- ¿Qué es eso?- preguntó
- Hielo seco, es más frío que el otro,  con él no se derrite el helado- contestó la madre

La niña estiró la mano y tomó las piedras. A los pocos segundos las tiró sobre la mesa  “tan frío que quema”, dijo.
La mujer  rió ante la acertada ocurrencia y puso las tres piedras en un vaso con agua. En segundos despertó el humo helado que dibujando volutas en el aire enfrió la carita de la niña. Emergía ante sus ojos asombrados la magia del caldero de la bruja poderosa que la defendería de todo mal

La mujer con vestido a lunares dejó su auto en el estacionamiento del hipermercado. Atestado como estaba calculó que tardaría bastante en volver. “A-7”, tomó nota mental del dato que la regresaría a ese lugar cuando terminara la compra. Se aferró a un changuito y desplegó la lista que con lapicera violeta había escrito a las apuradas en las detenciones de los semáforos en rojo. Revisó que llaves y billetera estuvieran bien guardadas en la cartera cruzada en bandolera y esperó a que las puertas de vidrio se abrieran solas. “Entiendo que hay algo que detecta mi cercanía y por eso se abren las puertas pero siempre me ha parecido mágico este momento, como si seres invisibles me estuvieran esperando.”

Dos botellas de aceite de maíz, un kilo de arroz, cuatro leches descremadas,  cuatro gaseosas… “No necesito lista alguna, siempre compro más o menos lo mismo”. Un kilo de  harina, carne para milanesas, una docena de huevos, pan rallado, pan lactal, queso untable, masa de tarta, dos cajas de ravioles de ricota, tres latas de tomate, dos paquetes de queso rallado. Un pollo, un sobre de pimienta molida, dulce de leche, galletitas saladas y dulces… “Pensándolo bien, esto es casi gracioso o casi trágico, no tengo control sobre lo que hago, paseo por las góndolas como una autómata, mis ojos ven los precios, mi cerebro decodifica si conviene o no y en base a esa decisión  estiro la mano. Hoy es igual que la semana pasada o que el  mes pasado. Si existieran universos paralelos todas las yo estaríamos en este mismo lugar levemente desfasadas como en los vestidores que tienen espejos en todas las paredes: una se replica hasta el infinito, así me siento, replicada hasta el infinito”.

Pasta de dientes, papel higiénico, desodorante, lavandina, detergente, polvo para lavar la ropa, fósforos, rollo de aluminio, piedritas sanitarias para el gato… “Aunque hoy hay algo distinto, me puse este vestido. Adoro la ropa con lunares… pensar que lo uso poco porque me da lástima que se gaste; sí, este detalle hace de este día algo especial”.

Tres kilos de naranjas para jugo, seis bananas, tres atados de espinaca, un ramo de brócoli, un kilo de manzanas, tomates, “no, tomates no, están horribles”, verduritas para sopa, una calabaza…  “¡¡ Balde de dos kilos de helado de crema y chocolate en oferta especial!! Esto hará que la visita al supermercado valga la pena, a todos nos gusta, ¡¡Mario y los chicos van a estar felices!! Y después podría aprovechar el envase para pintarlo y hacer  una maceta colgante para el helecho”.

La mujer se acercó a la caja que juzgó de cola más corta, “¿me faltará algo más?, no, no, está todo”.

- ¿Hoy hay descuento con tarjeta de crédito?
- Sí, señora, un quince por ciento si hace un solo pago –contestó la cajera
- Ah, perfecto, en un pago entonces.

La mujer del vestido a lunares firmó el talón de pago, acomodó las bolsas en el changuito y encima de toda la compra dispuso el balde de helado tal vez para que no se derramara o quizá a modo de trofeo.

“Qué oscuro está, se nota que se acerca el invierno… A-7”. La mujer tanteó las llaves del auto en el bolsillo de la cartera mientras empujaba el carrito hasta su auto. Ya en el espacio A-7 introdujo la llave en la cerradura del baúl.

Una sombra sigilosa se deslizó a sus espaldas: un hombre encapuchado brotó de la nada y apoyó el caño de una pistola en la sien de la mujer.
- No te muevas o te mato, dame todo.

“Tan frío que quema”. Un raro puente, trazado por los juegos minuciosos de la memoria, se tendió entre el hielo seco y el frío del  arma en la sien. Inmóvil pensó en su madre develándole el secreto del falso hielo, en la paradoja de los lunares a ambos lados del puente y en el helado de chocolate y crema.

Por impensado reflejo de supervivencia o  movida por la magia de la bruja poderosa que la defendería de todo mal, tomó el viejo caldero que ahora era balde de dos kilos de helado, lo revoleó por encima del changuito y lo estrelló contra la cara de su agresor.










lunes, 5 de mayo de 2014

LA MONTAÑA NUBLADA







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“Alicia querida, qué angustia tan profunda agobia tu corazón, tal vez debieras pedir ayuda.”

El psicólogo descruzó las piernas y llevó el torso hacia adelante, se sacó los anteojos de marco de carey y le dijo:
- ¿Por qué mejor no me cuenta en detalle  ese sueño recurrente que tanto la angustia? Cierre los ojos, busque  las imágenes y me las relata con tranquilidad. Muchas veces los sueños son manifestaciones de  cosas que percibimos sin prestarles atención durante la vida consciente y que no podemos procesar de inmediato porque tenemos que trabajar, atender una casa, criar hijos, en fin,  vivir y por eso el cerebro usa el descanso para darles una nueva mirada. Tengo la impresión de que los sueños son una segunda oportunidad para revisar lo que nos negamos a ver durante la vigila.
- Bueno, déjeme pensar…
- Cierre los ojos, es mejor así.
- Me pasa seguido, quiero decir que es un sueño muchas veces repetido, por lo menos una vez al mes figura en la programación de los sueños. La cosa es más o menos así: voy subiendo una montaña,  veo mis pies calzados con botas de cuero, de esas que son especiales para el alpinismo y uso, como si supiera, crampones que facilitan el enganche sobre la pared de piedra, llevo una campera abrigada con capucha pero tengo sólo un guante en la mano derecha, ¿raro, no? Tan abrigada y con un solo  guante. Siento frío, mucho frío en la mano izquierda, me lastima la soga con la que me ato en algunos lugares peligrosos; creo que el piolet  que me ayuda a subir tiene mayor temperatura que mis propios dedos. Puedo tocar la roca, las pequeñas grietas y rugosidades de piedra y hasta puedo intuir por el color los minerales que la conforman. Miro hacia la cumbre y no veo la cima, nunca la veo, una densa corona de nubes grises la oculta. Ahí arriba hay aves enormes que intuyo cóndores, oigo el aleteo acompasado de sus alas y cuando no lo escucho sé que están planeando sobre mi cabeza dibujando círculos en el aire.  Graznan a veces muy cerca y otras demasiado lejos como si pudieran ascender infinitamente. También percibo el viento helado que arrachado se desliza por la ladera cortándome las mejillas. Alzo los ojos hacia la adivinada cima y pareciera que las nubes se empiezan a deshacer pero en ese momento, bruscamente, me despierto con la sensación de que algo importante casi pasa pero casi no pasa. Es siempre igual, la sensación es o me salvé de algo o me perdí de algo por muy poco. No sé qué más decirle, es lo que recuerdo.
-¿Ve alguna persona durante su ascenso?
- No, no hay nadie. Sé que estoy sola y que salvo los cóndores no  hay otros seres vivos cerca de mí.
-¿Ni siquiera al final? Digo, en ese momento previo a despertar cuando usted dice que por poco se pierde de algo o se salva.
- Ni siquiera ahí, pero le reitero, tal vez no me expliqué bien, no sé bien de qué me pierdo, puede ser de algo bueno o de una catástrofe. Parte de la ansiedad proviene de esa incertidumbre porque por ahí hubiera sido preferible seguir ascendiendo a pesar de la angustia y de la mano fría en vez de despertar.

- Bien, creo que es mejor que terminemos por hoy. Vamos a digerir lo que ha contado. Siga pensando en sus palabras y, si recuerda algo más, anótelo para no olvidarlo.

“Alicia querida, sube la montaña tal vez si descubres qué ronda detrás de tu sueño alivies la angustia que te agobia

La mujer salió del consultorio. Sus pasos la llevaban hacia la avenida Cabildo pero su cabeza todavía seguía escalando aquella montaña nublada cuya cima inaccesible le generaba tanta vacilación como desconfianza.

Se detuvo frente a la vidriera de una zapatería, se quedó unos instantes embobada por aquellos zapatos. Decidió entrar y probarse unas botas, las que tenía ya necesitaban un reemplazo. Se las probó, las caminó, las imaginó con la pollera verde o con los pantalones negros pero finalmente desistió de la compra. Los chicos necesitaban zapatillas, sus pies habían crecido más de la cuenta y, tal vez, con una buena lustrada sus viejas botas aguantaran una temporada más. Se tomó el colectivo de vuelta a casa. Ya en su barrio pasó por el supermercado para comprar leche y el queso que le gustaba a su marido; a ella le resultaba un poco seco pero daba igual, la próxima vez se daría el gusto.

“Alicia querida, sube la montaña”

Desde aquel anochecer parte de su ser seguía escalando la montaña nublada mientras otra cocinaba la cena, lavaba la ropa o limpiaba el baño. Apenas escuchaba la conversación de su marido sobre las penurias del trabajo porque prefería buscar en su cabeza el llamado de los viejos cóndores; miraba por la ventana de la cocina por si los veía rondando los árboles del jardín. Bañaba a sus hijos con el temor de que notaran la helada mano izquierda. Cada vez que apoyaba la cabeza en la almohada abrigaba la idea de volver al paisaje que poblaba aquella pesadilla inquietante que, por alguna razón escondida en su cabeza, se obstinaba en enterrar sus raíces quién sabe en qué ominoso problema.

A las cinco del martes siguiente, la mujer se sentó frente al psicólogo.

-No hice otra cosa que pensar en ese maldito sueño toda la semana. Ni leer una novela antes de dormir pude, imposible concentrarme. Anduve como una zombie por la casa, en el trabajo y con mi familia. No sé cómo no se quejaron. Estuve a punto de quemar la comida un par de veces y me olvidé de pagar la luz, por suerte me dí cuenta a tiempo y pude pagarla con algún recargo pero no me la cortaron, no quiero pensar en el reproche de mi marido.

La mujer pareció aliviada de haber salvado su error y se quedó en silencio un momento.

“Tal vez debas ayudar a la querida Alicia a escalar la montaña hasta la cima, es sólo un sueño. Nada malo le pasará.”

El psicólogo descruzó las piernas, llevó su torso hacia adelante y mientras se sacaba los anteojos de marco de carey le dijo:

-Mire Alicia, he pensado mucho en usted, por alguna razón estuve rondando su caso toda la semana, repasé mis notas y recordé las  charlas que hemos mantenido durante estos meses. No sé si haya relación -porque con los sueños nunca se sabe- pero el suyo, en particular, remarca la idea que yo tengo sobre su problema. Es como si hubiera alguna conexión entre usted, la montaña y su destino. Según creo tiene la convicción íntima de que cualquier persona está antes que usted, se posterga continuamente como si no tuviera prioridades, deseos, anhelos, propósitos, objetivos, por mínimos que fueran. Dígame Alicia, ¿su esposo, le pregunta qué dice o hace en estas sesiones, si le hacen bien?

-Nunca le dije que vengo a verlo cada semana. Él me supone en la oficina, he pedido salir antes los martes por razones personales.

-Entiendo… Usted vino a consultarme por la angustia que desde hace un tiempo se ha instalado en su pecho, esas fueron sus textuales palabras. Creo que hay una parte de usted que ya sabe qué pasa pero no se anima a admitirlo y entonces el sueño recurrente le muestra el problema y sugiere que la solución está en animarse a cumplir un objetivo por más que duela, o que parezca imposible o no sepa muy bien cómo lograrlo. Puede que me equivoque, con los sueños nunca se sabe.

-Tal vez tenga razón, siempre estoy haciendo algo para otros, para mi marido, los chicos, pero yo los quiero, ¿sabe? No es una molestia para mí. Ya sé que no me queda mucho tiempo libre pero ¿qué le voy a hacer? ¿Por qué tengo la mano tan helada?

- Eso no lo sé, ¿se anima a experimentar? ¿Hay algún momento en el que disponga de un rato sólo para usted?
-Los domingos por la tarde mi marido se va con los chicos a la cancha,  uso ese tiempo para dormir una siesta y luego planchar.
-Bien, el próximo domingo sólo dormirá. Le voy a recetar un inductor del sueño, le sugiero que lo tome una hora antes de acostarse y que se dé un baño de inmersión calentito antes de iniciar la siesta. Desconecte el teléfono y dispóngase a convocar a la montaña. Es necesario que disipe las nubes y llegue a la cima. El próximo martes me cuenta.


Lejos muy lejos de allí en un recóndito paraje de los Urales un casal de carlancos, de plumaje negro y único ojo rojo  volaba en círculos sobre la cima de la montaña nublada.
-¡Lo logramos! –graznó el macho- pronto la querida Alicia nos soñará, se animará a traspasar las nubes y vencerá a la montaña… ya es nuestra. Nos ha costado meses pero la intervención del psicólogo ha sido de gran ayuda, ¡Manipular la mente de ambos fue una idea genial! ¡Al fin otra presa! Moría de hambre. Yo me quedo con la mano izquierda, ya sabés que me gusta bien helada.









sábado, 26 de abril de 2014

CORDERO DE SACRIFICIO





Araña de la quinta de Olivos

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   Quieta, inmóvil, un camafeo de marfil y jade en el centro de su tela, la araña espera. Tal vez no ocurra hoy, tal vez no mañana pero grabada en la artrópoda memoria de sus genes  palpita la certeza de la presa: ya mosca desprevenida  ya mosquito inexperto o libélula vibrante acabarán sus días en un milagro circular y pegajoso.

   Heme aquí como la araña quieta, inmóvil, un camafeo de marfil y jade destilando perfumes y miradas. Escribo primordiales mensajes en el aire con el sabio lenguaje del cuerpo mientras espero -sentadita en el sillón- el preciso instante en el que tu mirada de lobo aterrice sobre mis piernas cruzadas y mutes fatalmente de recio cazador a cordero de sacrificio atrapado para siempre en mi red. 






viernes, 25 de abril de 2014

EL ABRAZO DE ANTONIA





Rosario, Mariana y Daniel

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Aquella madrugada Rosario abrió los ojos a las 6:14, faltaba un minuto para que sonara el despertador. Le buscó el lado amable a despertarse antes y se dijo que así no tendría que escuchar la chicharra maldita. Había algo distinto pero no sabía bien qué, tal vez fuera la luz del alba o algún sueño que se obstinaba en permanecer todavía enredado entre la almohada y el pelo. Tardó varios segundos en avivarse de que era viernes. Eso fue el motor para salir de la cama.

Caminó a oscuras por el pasillo. “Singing in the rain” provenía absurdamente de la radio de la cocina.
-Mamá, ¿qué hacés acá?
-¿Cómo qué hago acá? La señora en espesa robe de chambre verde la abrazó, le dio un sonoro beso en la mejilla y le dijo:
-Volvé a la cama, ya te llevo la leche.

Aturdida por la reverberación del beso cerca del oído volvió a su cuarto que ahora compartía con su hermana. Mariana roncaba con los rulos oscuros esparcidos sobre la almohada junto a  Bebé, el gato gris.
La mujer no cabía en su asombro… era demasiado para un sueño. Incluso el uniforme de la escuela que, laxo, tomaba la forma del respaldo de la silla le parecía fuera de toda lógica.

De lejos le llegó la voz de su madre intentando despertar a su hermano y el inmediato refunfuño de Daniel como única respuesta.

“Esto no puede ser”, se dijo volviendo a la cama que ya no era  matrimonial  sino la cucheta de arriba. Entre el miedo a la repentina locura y la alegría de volver a ver a su madre transcurrieron los minutos siguientes. Repasó, en la semipenumbra, las paredes cubiertas de mapas, tigres, panteras y un póster de Guillermo Vilas en su época de oro.

La puerta se abrió. Las pantuflas peludas de Antonia se recortaron en el rectángulo de luz dibujado en el piso. Llevaba una taza de café con leche en la mano.
-Sentate y tomá la taza, no la vuelques.
-Mamá, esto es muy raro, esto pasó hace mucho. Tengo cuarenta y cinco años. Creo que me volví loca –dijo Rosario después de beber el café y bajar de la cama cucheta.
-No nena, no estás loca –le dijo su madre mientras la abrazaba. Al oído y manteniendo el abrazo agregó:
-Muy de vez en vez, algunas personas tenemos este permiso Esta ha sido una de esas veces... Tanto vos como yo hemos vuelto a un momento de nuestras vidas que atesoramos en lo profundo del corazón. Yo estoy bien, mi amor, sé feliz.

El reloj sonó a las 6:15. Despertó en su cama grande. Había algo distinto pero no sabía bien qué, tal vez fuera la luz del alba o algún sueño que se obstinaba en permanecer todavía enredado entre la almohada y el pelo. Tardó varios segundos en avivarse de que era viernes. Advirtió también que en esa madrugada fría de agosto tenía en la piel el calor del abrazo de Antonia.











jueves, 24 de abril de 2014

DIEZ MINUTOS




TILO

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Busco  la sombra del tilo. A su amparo abandono el auto. Sé que ella no está. Sigo, audaz, el rastro del deseo, acicateada por su ausencia tan peligrosa como efímera.  Furtiva, clandestina, golpeo tu puerta.

En una silla, provoco el amor semidesnudo que  arranca quejidos de madera al compás de nuestros cuerpos.

Diez minutos.

Iluminada, dejo atrás la sombra del tilo.





COMO MEDUSAS





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Ahíta, laxa, desparramada, sin huesos, con la energía de las baterías en cero. La piel caliente, húmeda, enrojecida y sensible por las chispas  entre tu cuerpo y el mío. Exhausta después del violento combate del que soy  víctima -he muerto más de una vez atravesada por tus artes de guerra-, y vencedora porque te sentí derramándote en un último estertor.

Un sentimiento infinito me inunda, me desborda y me abraza en volutas purpúreas.

Y nos quedamos ambos, como medusas, entrelazados, disfrutando del momento en el que cae el último muro de intimidad: dormir juntos.

Te alumbro con la luz casi extinta de mis ojos para retener esto que ya es un recuerdo. Los cierro y exhalo una bocanada de aire tibio que aun conserva  tu sabor salado. Con tu piel en la memoria de mis manos y el latido de tu corazón en los oídos me resbalo feliz hacia el sueño.









miércoles, 23 de abril de 2014

CAZADOR *




LaPocha

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En  revoltijo de sábanas y sensaciones amargas despierto esta mañana con una premonición de muerte atravesada en la garganta; no sé, quizá, un mal sueño o un lóbrego recuerdo de la noche.

Estiro los músculos, enroscados en los huesos y recobro el sentido a la luz de la mañana nueva pero pronto advierto que cualquier oscuro presagio no es tan negro como la realidad: soy un ser minúsculo de no más de un palmo  amanecido en mi cama de siempre, en mi cuarto de siempre, en mi casa de siempre.

Apenas sobrepuesto a la verdad, me descuelgo por las cobijas hasta el suelo. Maldigo el momento en el que elegí la alfombra, me hundo hasta la cintura. Fatigo penosamente esa selva de pelo azul para alcanzar la puerta como si el rectángulo luminoso me deparara la explicación lógica o la salvación.

Pronto comprendo que nunca he de llegar. El gato, que agazapado me escudriñaba tieso, inmóvil desde un rincón, se abalanza sobre mí. Atrapado entre sus zarpas huelo su aliento de alimento balanceado e intuyo su felicidad por atrapar una presa de sangre caliente tan distinta de las moscas y polillas con las que despunta su atávico vicio de cazador.



*Cuento finalista del concurso  3X200 del grupo Andén




jueves, 17 de abril de 2014

EVOLUCIONES






Rocco

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El llamado de la carne me tenía trastornada. Venía aguantando por días la tentación pero ni bien bajé los pies de la cama  aquella mañana de abril supe que ese día el pecado sería inevitable a menos que otra tentación más fuerte acallara la primera

Aún con la certeza bajo las cejas me hice la distraída y emergí como si tal cosa a la rutina. Me dí una ducha caliente que despejara la noche y preparé un café con leche como para despabilar a un rinoceronte. Aún con el sabor crujiente de las tostadas en la boca armé la vianda para llevar al trabajo: milanesa de soja con puré de calabaza. Eso sí cada cosa en una bandeja distinta para que la desagradable sorpresa de la contaminación de olores  no me sorprendiera en el almuerzo… una ya se conoce.

Las horas transcurrieron con la celeridad de quien rotula al tiempo como el valor más preciado. El trajín laboral acalló mis preocupaciones matinales; sabía que estaban allí agazapadas pero las cubrí con una manta de papeles, llamados, reuniones y firmas. Al caer la tarde las muy turras se hicieron fuertes y gritaron hasta dejarme sorda. Tenía pensado ir al cine con unos amigos pero no tenía cabeza ni para charlas ni para entender una película de modo que  cancelé pretextando una gripe incipiente y me tomé el primer taxi que respondió al brazo extendido. Bajé en el chino de la vuelta de casa para comprar queso, leche, espinacas, huevos, manzanas, kiwis y bananas. Con la bolsa de las compras en una mano y el maletín en la otra puse rumbo a mi hogar. Si lograba resistir me prepararía una omelette de espinacas y una ensalada de frutas para la cena.

No sé bien por qué pero no más abrir la puerta supe que había perdido la batalla. Dejé las llaves sobre el mueble de la entrada, la cartera en el sillón y llevé las bolsas con comida a la cocina. Después caminé lentamente hasta mi cuarto.

Sentada sobre la cama y apelando a la razón hice un último esfuerzo: debía entender que lo que aturdía mi mente era una locura y que ya habían pasado años desde que había dejado todo eso por mi bien y por el de los demás seres vivos. Fue inútil no logré ser convincente en lo absoluto.

En una mezcla de pavor y excitación me desvestí, colgué la ropa, guardé los zapatos y  desprendí una a una mis uñas pintadas de rojo tanto de manos como de pies, las puse en una cajita de madera de sándalo después de sacar de la misma cajita las garras que hace añares decidí dejar al resguardo  como recuerdo de mi vida anterior. Del arcón que está bajo la ventana  recuperé mi vieja piel atigrada en gris y negro, me calcé colmillos y bigotes y volví a ser un gatazo de ley. Me estiré, arqueé el lomo para sonarme las vértebras, moví las orejas buscando sonidos lejanos y  comprobar la pobre eficiencia del oído  humano, acomodé mis pupilas a la luz del anochecer y elevé suavemente mi nariz rosada buscando en el aire trazas de vidas pasadas. Subí a la cama, salté a la cómoda y de allí al televisor… qué bien se siente la musculatura elástica, qué placer pensar en el salto y saltar o saltar sin siquiera pensar en el salto. La felicidad del cazador entró por la ventana abierta junto con los olores y los ruidos del jardín oscuro, todo un paraíso de sensaciones y posibilidades. Sin pensarlo más, me tiré panza arriba sobre la alfombra, restregué el hocico contra la pata de la cama para dejar mi marca y luego de dar una vuelta por la casa quieta salí por la puerta de la cocina hacia el jardín no sin antes afilarme las uñas en el sofá.

Trastabillé mareado por la alegría del animal libre pero me recuperé apelando a una carrerita corta que me ayudó a terminar de acomodar mi vida de mujer moderna a la de gato histórico. Sin dificultad alguna, con la misma energía que consume una respiración trepé al ceibo y caminé por una rama larga casi horizontal que me permitió balconear sobre todo el jardín. Semiescondido por las hojas y las flores rojas imaginé que desde abajo sería invisible y eso me encantó.

 Los gatos no tenemos reloj y el tiempo no tiene significado alguno; ni sé cuánto estuve allí inmóvil recibiendo  información del ambiente como si la cabeza fuera una precisa antena parabólica: una larguísima fila de hormigas negras devastaba el rosal, un escarabajo pataleaba patas arriba esperando tal vez el milagro que lo devolviera a la caminata, luces de casas vecinas se iban apagando una a una dejando que las estrellas por fin se hicieran visibles sobre el cielo negro.  Unos metros más abajo revoloteaba una polilla grande, seguí su trayectoria con toda la cabeza y tal desafío me precipitó rama abajo. De un zarpazo tan violento como delicado puse a mi presa contra el césped. Percibía su enojada vibración contra las almohadillas de mi mano derecha… la solté y la volví a pisar… la solté y la volví a pisar… la solté y la volví a pisar.  Cuando me cansé del  juego y para liberarla del tormento me la comí. Qué delicia el aleteo de la proteína pura bajando por la garganta. Me dormí hecho un ovillo entre las raíces del árbol. Puede que haya soñado que era una mujer de uñas pintadas de rojo, que trascurría sus días entre papeles y teléfonos y que no comía carne por convicción o compasión.

Los pájaros trajeron el amanecer a mis orejas, reconocí zorzales y jilgueros, benteveos, calandrias y torcazas; para ser un gato tenía una vasta cultura ornitológica. Me estiré lentamente, desarmando los músculos ya despiertos, separé cada vértebra haciéndome largo y finito. Bostecé bizqueando los ojos amarillos. Entonces los vi y recordé inmediatamente la razón de mi metamorfosis, el motivo del impostergable pecado, la explicación del viaje de vuelta a la naturaleza real de mis ancestros: un grupo de gorriones inexpertos picoteaba las migas de pan que yo mismo en piel de mujer con uñas pintadas de rojo solía tirar en el jardín para alimentar –sin saberlo- a mis futuras víctimas. Cruel cadena trófica la vida.

Poseído por el instinto o por el hambre preparé mi cuerpo de gato atigrado para el ataque certero. Fui huso o  lanza. Apenas rozando el piso, concentré la atención en uno de los pájaros, alerté  oídos, ojos y bigotes, afiancé la cola como timón y apunté al blanco con la pata derecha mientras un movimiento oscilante me recorría de principio a fin, en un segundo me lancé sobre la presa cortando el aire como una flecha.

Pero en el último segundo algo falló, tal vez la falta de práctica o la influencia nefasta del vegetarianismo de prepo en un carnívoro original. Lo cierto es que el pájaro voló un instante antes de que le cayera encima, pude sentir en la punta de las garras el miedo rezumado por sus plumas. Me quedé sentadito en medio del jardín, relamiendo una carne que no fue, añorando una sangre que se diluyó antes de ser tragada; seguí el vuelo del gorrión con la mirada y sentí una mezcla de impotencia,  pena y alivio. Pero también lo envidié.

Resignadísimo miré por última vez el jardín con ojos de gato. Me tentó la idea de trepar la medianera y deambular un poco pero ¿para qué? El ser que me habita desde siempre ya había decidido por mí. Entré a la casa por la puerta de la cocina y mientras volvía a mi habitación me fui desprendiendo de la piel atigrada en gris y negro, de las garras, de colmillos y bigotes. Inspiré y llené con aire los huesos ahora huecos, acomodé un pico dónde antes hubo boca y luego morro y vi crecer las plumas que me cubrieron por completo. Aclaré los ojos redondos y salí volando por la ventana abierta.


miércoles, 23 de octubre de 2013

VOLVISTE




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PUBLICADO POR EDITORIAL DUNKEN EN LA SELECCIÓN DE CUENTOS "LETRAS DEL fACE 4" en marzo de 2014

- Vení para acá te digo. ¿Adónde carajo vas?
– ¿Y a vos qué te importa, pelotuda?
– ¿Cómo a mí qué me importa?, sos mi reflejo, mirá si no me va a importar que te quedes o no –le dije a esa turra que me miraba desde lo profundo del espejo del baño con cara de sabelotodo y los brazos cruzados sobre el pecho-.  No me desafíes, volvé a tu lugar y hacé bien tu trabajo: ¿no ves que tengo los brazos al lado del cuerpo y no cruzados?, vení, no me hagas enojar y copiá todo lo que hago.
– Ni en pedo. Ya te dije que me voy. Me voy porqué estoy harta.

   La vi correr hacia la izquierda, recuerdo que me choqué la cabeza contra la pared tratando de seguirla. Escuché un slam y cuando quise salir del baño volví a chocar, esta vez contra la puerta cerrada (y entendí, con clarísima dureza, el slam anterior).
Me dije que no podía ser, que esa locura no me podía estar sucediendo y me fui al espejo de mi habitación. Alcancé a verla cuando lo cruzaba de un marco al otro. Desapareció en un santiamén, era rápida la muy guacha. Ya en el espejo del recibidor la volví a encontrar y fue cuando me gritó con mi propia voz que la dejara en paz. Enseguida el estrépito de la puerta de calle al cerrarse. El óvalo de madera vacío me impulsó a ir tras ella como loca pero frené en seco cuando me di cuenta de que estaba en camisón y chancletas. “Que ella haga lo que quiera, yo no hago papelones en la vía pública”, pensé. Volví sobre mis pasos y me puse lo primero que encontré, no supe si me quedaba bien o mal por obvias razones.

   Salí desconcertada a la calle no sabía  por dónde empezar a buscar. Hacia dónde recordaba un espejo  encaminé mis pasos:
* fui al supermercado – hay uno enorme en la entrada junto a los changuitos–,
* corrí a la tienda y volé al probador, empujando en mi apuro a una señora que se disponía a medirse un pantalón quien me miró espantada,
*entré a la farmacia, hay un espejito arriba de la balanza…

   Pero nada, nada de nada, ni rastros de ella.

   Me sentía Bela Lugosi y temí que las personas, advirtiendo mi síndrome de Drácula, huyeran despavoridas. Vencida,  arrastrando los pies regresé a casa. Cada cinco minutos chequeaba en los espejos para ver si esa ingrata se dignaba a aparecer. ¡No estaba ni en la polvera! Para calmar la angustia oral me comí una bolsa entera de bizcochitos de grasa en un intento de levantarme el ánimo. Error, me sentí horrible pues tarde recordé que mi hígado no los resiste. Preparé un té de boldo para reparar semejante descalabro hepático y me fui a dormir. Pensé que no iba a poder, pero a mí los nervios me dan sueño.

   De madrugada desperté con sus gritos. Encendí la luz y me paré frente al espejo del cuarto, allí estaba la muy loca despeinada y con cara de pocos amigos.
– ¡Volviste! –exclamé con el alma de nuevo en el cuerpo y con  mi cuerpo de nuevo en el espejo.
–Volví boluda, volví,  no quiero hacerme cargo de tu demencia pero a partir de ahora las cosas van a cambiar –me dijo mientras, para mi asombro, mutaba de yo a Madonna en vestido de lamé rojo. Quise matarla pero me quedé en el molde al repasar mi día desenfrenado buscando reflejos; entendí que con esa mina no se jode.

   Ahora no puedo decir que sea estrictamente yo la que veo atrapada en un marco pues a veces me lavo los dientes en Cid Charise, en Carolina de Mónaco y aún en Elisa Carrió. Me peino en Uma Turman o en Sophia Loren. Le paso  crema nutritiva a Eva Longoria, a Meg Ryan y a Michelle Pfiffer. En fin, se me complica. Ni hablar cuando tengo que pintarle los ojos a John Travolta o a Woody Allen. Una vez fui Evo Morales y otra Messi. Estoy en período de adaptación; esto no es fácil, me he quejado varias veces pero ella, inflexible, vuelve a amenazarme con irse para siempre, y eso me asusta. Claro que ya no sé bien quién soy pero  prefiero eso a la soledad del espejo vacío.