miércoles, 21 de abril de 2010

DE CORAZONES Y DE FRÍOS

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Un rayo de sol, como una flecha, se clavó en sus ojos y le dejó el resplandor bailándole en las retinas. “Qué bella forma de morir”, pensó, “caer redonda en la vereda, muerta de sol”. Imaginó que el calor de tal herida le sacaría el frío de aquella mañana y el de la muerte misma. “Mirá las pavadas que se me ocurren”, se dijo mientras apuraba el paso para no llegar tarde al trabajo. “Tendría que haberme puesto las zapatillas negras y no estos tacos que me rompen la paciencia y los pies, total, ¿cuál es la diferencia? Estoy llegando a cualquier hora por culpa de estas botas malditas”. Con una mano sostenía la cartera y con la otra se ajustaba el cuello del tapado negro para evitar, sin éxito, la coladura de un chiflete. El muy turro entraba por la nuca y se deslizaba por el tobogán de su espalda provocándole esa contractura del trapecio con la que se busca atrapar el calor; un calor que de a poco se le diluía.

Se preguntó entonces desde cuándo tenía frío.

Esperó obediente, paradita en la esquina, a que el muñeco del semáforo cambiara de naranja a blanco. Cruzó la calle, desconfiada como siempre, mirando hacia ambos lados y justo en medio de la cebra peatonal titiló en su cabeza la respuesta. El frío había empezado con el asunto de los corazones.

Ella regalaba corazones, claro que no eran los batracios sangrantes que suelen palpitarnos dentro, no, los que ella entregaba, como una ofrenda desinteresada, eran esos que uno dibuja cuando habla por teléfono, gorditos y simétricos pero de peluche rojo.

El primero se lo regaló a Julián. “Qué linda sos”, le había dicho el hombre con cara de bueno. Y ahí nomás en la mano de la mujer brotó un corazón del tamaño de una cajita de fósforos. No pudo explicarse cómo había aparecido y lo disfrazó de truco de magia para disimular su propio desconcierto. Después vinieron cuatro más, uno por cada cita hasta que en la quinta se dio cuenta de que Julián era violento: fue un instante, un zamarreo y una palabra apretada entre los dientes, pero bastó para la desilusión. Ese día empezó el frío. Y los corazones desaparecieron hasta que llegó Esteban.

Habitués del bar “La Rosa de Palermo”, se conocían de vista. Cierta tardecita Esteban se animó a pedirle permiso para compartir la mesa y unos minutos de charla, “lo que dure el café”, le dijo él. A ella le pareció tan espontáneo que de la nada le cosquilleó otro corazón en la palma derecha y se lo regaló junto con el gesto que le habilitaba la silla. Dos semanas y dos corazones más tarde ella supo que era casado y que sólo buscaba divertirse. “No es mi intención juzgarte, podés hacer lo que quieras”, había dicho ella, “pero debiste advertirme desde el principio, ahora me siento estafada. Ya no me busques”. Y volvió a sentir, en pleno enero, el abrazo del frío que solo disminuyó con una ducha caliente.

Después vino Fernando, el nuevo de la oficina, que resultó un mal bicho y en quien malgastó tres corazones; y por último Gustavo, el amigo de una amiga de una amiga, que se borró antes de la segunda salida por lo que solo tuvo tiempo para un corazón.

Terminando este recuento de fracasos, corazones y fríos llegó al trabajo, tan tarde como había supuesto. “No volverá a pasar, se lo prometo, García, se lo prometo” y se sacudió unos cristales de escarcha que se habían condensado en su pelo.

A la hora del almuerzo buscó de nuevo el calor del mediodía en el banco de una plaza. El hombre, un desconocido de hombros anchos y sonrisa amistosa se acercó y le ofreció su compañía. Ella lo miró, de su ojo derecho nació el riacho de una lágrima de hielo que atrapando otro rayo de sol, atravesó la comba de su mejilla y cayó sin ruido sobre la solapa del tapado. “No, váyase, ya no me quedan corazones”


REGISTRADO EN SAFECREATIVE Código: 1004226077593
Enviado a PN el 2 de mayo de 2008

martes, 13 de abril de 2010

SILENCIOSA Y QUIETA

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–No me molestes –dijo el tigre– dejame en paz. No me gusta que revolotees a mi alrededor, me molesta para pensar. Dejame solo.

El tigre pegó un zarpazo que trizó el aire en cuatro curvas paralelas. La mariposa, más rápida, se salvó de milagro. Voló hasta una rama dejando una estela de polvillo dorado suspendido entre dos suspiros.

Desde las alturas, amparada por hojas y flores la mariposa hacía equilibrio sobre una ramita delgada. Sus alas, vibraban de furia cada tanto, sus ojos hervían en centellas y lágrimas y su boquita libadora dijo en un murmullo: “No entiendo qué pasa, todos alaban la belleza de mis colores y se alegran cuando los enredo entre los rulos y arabezcos de mis vuelos. Todos me aman menos él. El tigre es lo más lindo que he visto en mi vida pero no me quiere”.

Una oruga que caminaba por una rama cercana asomó su cabeza verde de entre unas hojas a medio morder y le dijo: “Mariposa, no desesperes, el tigre no es igual a todos. Miralo bien.”

La mariposa guardó en su corazón las palabras de la oruga y buscó un lugar tranquilo en la copa de un árbol muy alto. Desde allí lo veía cuando rasgaba la oscuridad del bosque con sus naranjas y sus negros, cuando acechaba mudo a sus presas, detenido entre dos pasos, como una estatua. Lo miraba cuando se afilaba las uñas en los troncos cercanos y desgarraba las cortezas igual que un gato grande o cuando, cansado, se ovillaba sobre un lecho de hojas secas con las que compartía el cobre del otoño.

Los días pasaron y la mariposa seguía en su mangrullo, silenciosa y quieta.

El tigre comenzó a rondar el árbol de la mariposa, lo cercaba en círculos cada vez más apretados. La buscaba. Sus ojos amarillos hurgaban las alturas; levantaba altivo la cabeza y husmeaba el aire buscando el rastro de quien ya empezaba a añorar.

Una tarde, el tigre se sentó bajo el árbol de la mariposa, la miró por un rato largo y luego le dijo:
–¿Qué te pasa mariposa que no te veo revolotear a mi alrededor?
–Me dijiste que me fuera, que te dejara solo. Cumplí tu deseo. Ahora no tengo ganas de hablar.

El tigre, tal vez triste, le dio la espalda y se internó en el bosque, pero volvió cada tarde a mirar a su mariposa que, silenciosa y quieta, seguía en la ramita.

–Mariposa –le dijo un viernes de junio– extraño el sonido de tus alas y la campanita de tu risa en mis oídos. Por favor, bajá, vení conmigo.

Desde ese día no es difícil encontrar al tigre entre los senderos del bosque ronroneando de felicidad como un gato grande. Sobre su oreja izquierda, silenciosa y quieta, la mariposa le cuenta secretos de amor en el oído y desparrama polvo de oro en cada risa.

Moraleja: Una mariposa, devenida en astuta araña, puede cazar un tigre… o lo que se le venga en gana.

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miércoles, 24 de marzo de 2010

RELÁMPAGO AZUL

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Surge de entre algas de melenas verdes mecidas por las corrientes. Un relámpago azul en medio del azul. Nada en zig-zag hendiendo el agua y atrapa, entre sus cinco pares de branquias, el oxígeno disuelto. Ni un latido de más perturba su corazón.

Solo busca. Busca un rastro, una traza que señale el camino al alimento para calmar su hambre atávica iniciada en el devónico. Al igual que la de sus ancestros, su alma es oscura y prehistórica.

Con un espasmo del flanco espanta a la rémora, fiel servidora, que huye pero vuelve, conocedora de los códigos simbióticos que los hacen pareja o socios y, que sabe, serán respetados.

Nadando en círculos desciende en ancha espiral hasta casi rozar el vientre pálido contra el fondo arenoso del Pacífico. Sigue en planificada búsqueda, acecha. Cruza con sigilo una formación rocosa tan antigua como él.

De pronto algo perturba sus sensores: una ínfima y remota posibilidad. El hocico entrenado atrapa la sustancia que el agua trae a sus sentidos. Reconoce el dulzor, la densidad. Cierra las branquias y se lanza con furiosa pendiente hacia su objetivo del que ya percibe sus movimientos en la superficie. Sigue la señal que distingue entre miles: hay sangre caliente que entibia el agua fría.

No es la injuriosa maldad sino el instinto -o tal vez el amor- lo que acelera su velocidad hacia la presa, hacia la fuente de ese flujo oscuro que despierta su ferocidad siempre alerta.

Su piel rugosa hiere el agua. Certero se lanza sobre el humano que estúpidamente se habrá raspado el pie contra las rocas sin siquiera sospechar que la sangre que brota blandamente de la carne llama a su propia muerte vestida de azul.

Safecreative. Código: 1003245831643

Enviado a PN el 10 de septiembre de 2007. Consigna 83 Rastro de sangre

miércoles, 17 de marzo de 2010

BUENOS AIRES EN VERDE

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SE CELEBRÓ EN BUENOS AIRES LA FESTIVIDAD DE SAN PATRICIO


Sin desmanes se llevó a cabo la tradicional fiesta del patrono de Irlanda en los pubs del microcentro.

La noche pasada vistió de verde la zona del microcentro porteño de los alrededores de Retiro. Se celebró en Buenos Aires la ya tradicional fiesta de San Patricio. Las plegarias y las velas ofrecidas comúnmente al santo se cambiaron por música y cerveza.

A pie, al caer la noche, y como la redacción del diario queda muy cerca, me dirigí a Reconquista y Marcelo T. de Alvear, el corazón porteño de San Patricio.
En el camino, saliendo de las oficinas, se iban sumando nuevos peregrinos a mi procesión mínima, que me acompañarían hasta el santuario.

El 17 de marzo es el día de San Patricio, patrono de Irlanda. Desde fines de los años ’90, Buenos Aires festeja este día. No es porque la colectividad irlandesa sea muy significativa ni porque seamos un pueblo muy religioso, la razón es otra. Los porteños de esta zona comercial, tienen sus templos en los diez Irish Pubs que se desperdigan en el lugar y esperan la noche de ese día para encontrarse, divertirse, cantar, bailar y beber litros de cerveza entre amigos.

El año pasado se congregaron cerca de 50000 personas, que bebieron más de 70000 litros de cerveza. Este año se dobló la apuesta a juzgar por la ornamentación de los bares: puro verde, el color de Irlanda y a las promociones ofrecidas. En la mayoría de los bares cobraban una entrada de 25 pesos que incluía una cerveza y una remera.

Diego Volpe, manager de Puerto Pirata, un pub irlandés ubicado en Reconquista y Marcelo T. de Alvear dijo: “Esperamos más gente que el año pasado, recién son las nueve de la noche y ya no hay lugar. El año pasado vendimos diez mil litros de cerveza, pero creo que este año superaremos esa cifra.”

Reparé en que esta festividad importada nos trae, además de las cervezas de todos los colores, elementos típicos de Irlanda como el trébol. Se dice que San Patricio representaba a la Santísima Trinidad con él.

Otra elemento importante de la noche, son las mozas disfrazadas de duendes quienes llevan sobre sus cabezas -tocadas con gorros de cascabeles-, las bandejas cargadas de vasos de distintos tamaños llenos de cerveza espumosa y helada.

Alejandra, un duendecito rubio me confió: “Hoy hacemos buena propina, porque los clientes quieren que los atendamos primero y la cerveza o San Patricio los pone generosos.”

La temperatura agradable invitaba a recorrer las calles inundadas de música celta que se mezclaba con las risotadas de la gente. En una esquina un legítimo irlandés celebraba a su patrono tocando una melodía en su flautín.


Para evitar desmanes –esperables dadas las circunstancias- la policía patrullaba las calles. El comisario Ferrer indicó: “el operativo incluye doscientos uniformados y otros doscientos agentes de la guardia urbana”.

Con la luna alta, el exceso de cerveza me puso en un taxi que me depositó, minutos más tarde, en mi departamento de San Telmo.

No sé si habrá sido un milagro de San Patricio o qué, pero esta mañana encontré en el bolsillo del saco un trébol de verdad.


SAFECREATIVE: Código: 1003185769808

Enviado a Perras negras el 5 de diciembre de 2006. Consigna 43 Crónica. Menos de 800 palabras.

domingo, 7 de marzo de 2010

RUMBO SUR

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Estaba huyendo, de modo que no me importó que en lugar de tomar un tren que me llevara de un extremo a otro de la India –no me habría alcanzado el presupuesto para tanto– estuviera a bordo del Roca rumbo a La Plata.

Mirando por las ventanas, sucias o rotas, deduje que la descascarada realidad del sur no debía ser tan diferente a la de la India. El panorama se agravaba con el rodar del tiempo y del tren. El frío de junio pintaba las cosas de un gris tan desolador que, de no estar tan apremiado por irme, me hubiera quedado sentado disfrutándolo tranquilamente. El paisaje, de aguda tristeza, tenía, como única de hermosura, unas guedejas de niebla enroscadas en los plátanos pelados que disimulaban, con una especie de milagro algodonoso, las casas derruidas y las fábricas abandonadas. El traqueteo me hacía temer por un desgajamiento inminente del vagón; cada tanto se revelaban fisuras por donde se colaba una ventisca helada que se instalaba cómodamente entre mi espalda y la cuerina marrón del asiento cuarteada y mugrienta.

Ignoro cuándo fue que se abrió la puerta para dejarla entrar, incluso, dudo ahora de que se haya abierto. Pensándolo bien, la india bien pudo haberse aparecido súbitamente.

No tenía edad pues aunque su piel daba la impresión de estar a punto de desintegrarse, pude ver, entre dos de sus gestos de vieja eterna, la picardía de la juventud y un mohín seductor de belleza sobrenatural.

El vagón estaba prácticamente vacío, sólo cuatro pasajeros, tres hombres y una mujer, distribuidos con la sola lógica de estar lo más separados posible, hecho que agradecí. Ya bastante contacto humano había padecido aquella tarde. Creo que ninguno de ellos reparó en mi cara asustada ni en la india que se sentó justo frente a mí y descargó un par de bolsas astrosas a su lado. Usaba un atuendo que juzgué tribal, opinión que ratificaban los largos collares de abalorios y plumas.

Por un momento me abstraje tanto de ella como de la postal miserable que veía por la ventana y me recordé huyendo de la Plaza de Mayo. Perdí la cuenta tanto de los cascotazos como de las cuadras corridas hasta Constitución. ¿Qué le pasó?, hubiese podido preguntarme cualquiera de mis compañeros de viaje, pero ninguno lo hizo.

Pasó que me harté, simplemente me harté. Sé que soy un simple obrero de una fábrica pero no por eso soy un burro que merece arriarse en un camión y empujarlo a un acto político al cual no suscribo y mucho menos aplaudo. Se ve que no pude más, se ve que no aguanté una falsa pancarta de adhesión más a un gobierno que me parecía tan autoritario como injusto. No recuerdo bien las cosas pero estallé y con mi sola voz me opuse a todo ese circo. En ese punto todo se nubla, alguien me dio una piña en plena cara, y llovieron las patadas y las piedras. Creo haberme desvanecido. En algún momento, algo caliente me pegó en la espalda mientras corría por la calle Brasil… después reconocí la fachada de la estación Constitución recortada sobre el cielo tan celeste.

La india me habla ahora en un lenguaje extraño como un murmullo masticado pero que comprendo perfectamente. “Vamos”, me dice y me extiende la mano ajada pero tan cálida y suave que me abandono a su guía sin pensar más. Es curioso como mi aceptación muda me libera de la huída y los dos bajamos del tren. Lo raro es que el tren no detiene su marcha. Podría decirse que pisamos las vías por donde, en ese mismo instante, ruedan los vagones con rumbo sur. Me inundan, inexplicablemente, la calma y la felicidad con solo escuchar el tintineo de los collares de abalorios y de plumas.

Tal vez, si mirara la foto en la tapa de los diarios de mañana caeré en la cuenta de que el obrero de la fábrica, única víctima fatal de la revuelta en Plaza de Mayo, he sido yo.

Safecreative: Código: 1003075708047

Enviado a La Nación el 2 de abril de 2008. Consigna: Relato en un tren por la India.
Enviado a Perras Negras el 18 de mayo de 2008. Tema libre. Este texto se propone también para la revista PN 6 con tema “tolerancia y aceptación”.

martes, 2 de marzo de 2010

DESDE QUE LLEGÓ EL HUMO

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Una de esas noches, las del humo incomprensible, levanté la mano y la extendí el largo del brazo: la veía con dificultad. Así de compacto y denso era el humo que había llegado a la ciudad, aparentemente, para quedarse. Hubo quienes intentaron explicarlo; desde el gobierno dijeron que eran incendios de pastizales en las islas del Delta. Islas de existencia difícil de comprobar por el común de los mortales o directamente imaginarias. El servicio meteorológico, después de recolectar los datos del globo sonda y del satélite, y tal como se estila ahora, le echó la culpa al calentamiento global. He notado que de casi todo se responsabiliza al calentamiento global, me hace acordar al aloe vera, una planta erizada de pinchos que, en los ’90, pintaba como la panacea de la humanidad. No faltó quien le adjudicara el fardo del fenómeno a un nuevo e inminente fin del mundo.

Los programas de televisión hicieron bromas sobre el tema y, creyéndose originales, llenaron el set con humaredas falsas hasta que se dieron cuenta de que si abrían las ventanas entraba la original y ya no fue gracioso en lo más mínimo. La gente tosía más de lo usual, estornudaba sin razón aparente y a todos nos lloraban los ojos, incluso a los gatos. Con el tiempo, se apagaron las noticias de último momento, dejamos de hacer chistes y evitamos preguntarnos sobre su procedencia. Unos coreanos se hicieron ricos por inventar un secador automático de lágrimas que, animados por un rescoldo de esperanza, todos compramos en los subtes, lugar hasta donde también había llegado el humo. Era un aparatito original y colorido que funcionaba a pilas y era eficaz las dos primeras veces pero que luego perdíamos irremediablemente en el fondo de la cartera junto con las ganas de ser felices. El humo aplasta.

No sé qué nos pasa que al final todo nos parece bien, como si el no ver la otra vereda fuera ya parte del no paisaje. Creo que olvidamos el sol y el cielo celeste y nos conformamos con esta luz lechosa y el círculo naranja de bordes desleídos como dibujado por un nene de tres años; eso es, para nosotros, la actual descripción de “un lindo día” desde que llegó el humo. ¿La luna? Bien, gracias, tal vez siga ahí algunas noches. Yo no la vi más.

El humo también nos confundió en otros aspectos. En los primeros tiempos nos ilusionaba pensar que estuviera nublado y cargábamos paraguas e impermeables, los arrastrábamos como cadenas pesadas durante todo el día por oficinas, bancos y transportes públicos, con la esperanza de una lluvia que lo barriera, pero no, ni siquiera eso, la lluvia desapareció del mapa y a eso también nos acostumbramos. El humo, sano y salvo.

Una tarde de telarañas y poca piel pensé que me hablabas, pero no, nadie habla ya en este mundo con sordina. Preferí suponer que no era cierto, que esa no era tu voz. Me dije que tampoco valía la pena hablar porque el humo taponaba todo espacio por dónde quisiera escurrirse un sonido y seguí leyendo las ofertas del supermercado.

La trama cerrada de algodón y estopa en la que nadamos indolentes también nos enredó el olfato. A veces nos llegan ramalazos de bosques en llamas que provocan la piedad por los árboles y por los animales que huyen despavoridos, pero también nos abrazan aromas de chocolate y de galletitas recién horneadas que nos hacen agua la boca sólo hasta que comprobamos que no hay nada en el horno que tenga el sabor de antes.

Me parece que fue esa vez cuando malinterpreté un perfume –creí que eras vos y era otro– que me dije que el humo se nos estaba metiendo bajo la piel y no teníamos escapatoria. No me iba a matar por eso, así de cobarde soy, así de indiferente, de papa fría, ¡mirá que no importarme si se nos ahuma la vida o no! Por costumbre, no más, me asomé por la ventana mientras comía una barrita de cereal o de telgopor y me consolé en la certeza de que era el humo maldito el que nos había vuelto así, mezquinos, solitarios, abúlicos, recelosos, introvertidos, temerosos, grises y que de todos modos no importaba, como tampoco importa ya el humo.


Safecreative Código: 1003025676662

Enviado a PN el 19 de abril de 2008. (época del humo que invadió Buenos Aires)

lunes, 22 de febrero de 2010

BYE BYE, MADRID

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El vuelo 1134 de Aerolíneas Argentinas con destino Barajas transcurría sin novedades: buena meteorología, ningún retraso ni desperfectos de último momento, y el loco declarado, que inevitablemente se cuela entre el pasaje, había perdido el avión.

El comandante Ricardo Lucerna sólo disfrutaba de aterrizajes y despegues. Esos momentos, aun después de tantos años, seguían siendo el motor de la adrenalina que se descargaba justo entre sus ojos. Ojos profundos, oscuros que alternaban el foco de atención entre la pista asignada ese día por el plan de vuelo y el monitoreo de los instrumentos de navegación. El tren de aterrizaje era el comienzo o el fin de lo único que lo mantenía interesado en su trabajo como el primer día. El resto, pura rutina por lo que durante los larguísimos tramos sobre la nada azul o negra, Ricardo y sus compañeros mataban el tiempo leyendo, durmiendo o pensando. Durante ese viaje, más que en ningún otro, Ricardo pensó.

Estaba aburrido de su vida de comandante; no era que le pagaran mal, no, todo lo contrario, vivía bien, pero ese continuo ir y venir, ese cambio de horarios y geografías, esa aparente no rutina, lo habían alejado de amigos, de olores y colores, de sus hijos. Se sentía desfasado, ni aquí ni allá, ni en miércoles ni en jueves. Al recuento de pérdidas había que sumar dos matrimonios fallidos. Siéndose franco por primera vez, allí, suspendido entre dos aeropuertos se dijo: “Estoy solo”. Tan solo que de haber podido vencer la vergüenza de mostrarse débil frente a sus subalternos, hubiera llorado.

Hizo el ademán de espantar una mosca como borrando esos pensamientos oscuros. “Tal vez”, aventuró, “pueda arreglar algo con Madelaine para esta noche, siempre y cuando su vuelo de Air France no se retrase”. Qué buena que estaba Madelaine, con esas piernas tan largas. Pero lo que tenía de linda lo tenía de distante. Qué mina fría, parecía que nada terminaba de conmoverla. Su relación con la francesa era tan poco asidua, tan nada cotidiana… era casi una desconocida. Lo mismo que la morocha de Tam o aquella chiquita del mostrador de Iberia. En un ramalazo de claridad se dio cuenta de su hartazgo de las Madelaine de Tam, de las chiquitas de Air France, y de las morochas de Iberia. Estaba podrido de que le diera igual una que otra y que más allá de buen sexo –del que se jactaba– no pudiera hablar con ellas ni una palabra, por cuestiones idiomáticas, sociales o etarias… cada vez se sentía más paternal, por no decir más grande.

El inicio de la maniobra de aproximación a la pista de Barajas lo sacó de sus remolinos internos y se concentró –ya casi sobre la cabecera de pista– en disminuir la velocidad y la altura y en modificar el ángulo de los flaps. “OK”, respondió a la última indicación de la torre de control mientras corregía en dos grados la inclinación del ala izquierda. El aterrizaje fue muy suave, perfecto, de no ser por un vientito arrachado que, imperceptiblemente le corcoveó el avión un metro antes de tocar tierra. Imaginó, Ricardo, el oprobioso aplauso con el que los argentinos suelen festejar estas cosas y una sonrisa irónica se dibujó en su boca. “Qué boludos”, se dijo una vez más.

La noche de Madrid fue un fracaso. No pudo o no quiso encontrarse con Madelaine. La muchacha del mostrador de Iberia lo miró con ojos de hambre, pero él bajó la mirada hasta encontrar en el piso su maleta negra y allí la dejó clavada.

La mañana siguiente, el cielo madrileño tenía el azul frío de las viejas postales pero Ricardo no lo notó. Sólo se alegró porque tales condiciones meteorológicas lo alejarían más rápido de allí. “Bye Bye, Madrid”, pensó con amarga felicidad.

Pronto, el Airbus A330 carreteó hacia la posición de despegue. El comandante aumentó la velocidad, levantó la nariz del avión y desplegó los flaps. Volvió a sentir esa mezcla de alegría y angustia, esa mordida en el estómago que revela la ausencia de tierra firme. Listo, trabajo terminado, podía volver a sus cavilaciones que habían seguido bullendo entre las sábanas la noche anterior.

“Algo tengo que hacer, hay cosas que no puedo posponer”, se dijo, tratando de ordenar sus ideas. Tomó nota mental de algunas decisiones inapelables: dejar los vuelos internacionales y pasar a cabotaje, “es cierto que ganaré menos”, se dijo, “pero necesito dormirme y amanecer en mi cama”. Quería recobrar la relación con sus hijos, que no fuera tan milagroso encontrarse con ellos, que resultara cosa de todos los días, “¿es tanto pedir?”, pensó mientras revisaba el velocímetro.

También quería una mujer, no una azafata de veinte años, le iría mejor alguien que se adaptara a sus cuarenta y siete. Si bien su aspecto era aún el de un tipo joven, tenía un cansancio interno que le pedía a gritos la calma de un amor más parejo. “¿Amor?”, casi le sonó rara la palabra, “¿puedo yo sentir amor?” No supo contestar pero tuvo la seguridad de que estaba hastiado de enseñar, que bien podría, entonces, aprender a compartir, a ser un igual, a hablar con códigos contemporáneos y reírse de las mismas cosas sin tener que explicar nada. Entenderse con miradas, eso quería.

Se juró que lo primero que haría al llegar a Buenos Aires sería encender la computadora para pasar en limpio esa lista, tenerla presente y cumplirla.

Eso hizo Ricardo Lucerna en su casa del barrio de Belgrano. Abril era todavía cálido y la noche lo encontró en su escritorio. Una copa de vino era el perfumado testigo de que se disponía a cumplir su propia orden.

La luz de la pantalla se reflejó azul en su cara. Uno a uno, los íconos: Mozilla, Yahoo, Explorer, Quick Time… se desplegaron como las figuritas de un álbum infantil. Descubrió con sorpresa un “imagen.JPG” del que no tenía memoria. “Y esto, ¿qué carajo es?”. El doble clic disparó la apertura del archivo y la foto le dio la respuesta.

Se preguntó por qué guardaba ese retrato. Las últimas semanas habían sido tan caóticas que todo se mezclaba, los vuelos, sus hijos, la frialdad de Madelaine… ni siquiera podía recordar la decisión de guardar la imagen de aquella mujer que, con los brazos cruzados y el sol en los ojos, lo miraba, nítida y como esperando, recostada contra un árbol. ¿Una señal?, ¿coincidencia?, ¿destino?, ¿otra pavada de un tipo solo?

Se acordó entonces de que la había conocido por Internet una noche calurosa y solitaria. Habían chateado un poco; ella era veloz para las respuestas, eso le gustó, y en un impulso raro, rarísimo, Ricardo le pidió una foto. Después, siempre el mismo después, el desbole, las no raíces, la línea Ezeiza – Madrid, un reemplazo a Francfort, Madeleine y sus piernas largas, la morocha de Tam, la chiquita del mostrador de Barajas y la nada misma habían mandado la foto y a su dueña a la papelera de reciclaje de su memoria.

Abrió el Messenger, buscó como loco el nombre, la dirección de correo, algo que lo acercara. La encontró en su lista de contactos. Ricardo no respetó las reglas de cortesía que impone el chat e ignorando el aviso de “Ausente” junto al nombre de ella, le mandó un tímido: “hola, ¿estás?”


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Enviado a La Nación el 6 de mayo de 2008. Consigna que incluya la frase: Se preguntó por qué guardaba ese retrato.

viernes, 19 de febrero de 2010

GÓMEZ, ¿QUÉ CONTÁS?

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Salí a la calle y vi a Gómez. Esta circunstancia tan simple refutó los tenebrosos chismes del vecindario que lo daban por muerto. La vecina de al lado, la Zulma, una gorda con voz de soprano, osó decir que lo había pisado un tren. Justo un tren y justo a Gómez que es un tipo avispado como pocos, no se va a dejar atrapar por un tren así como así, esta Zulma siempre hablando pavadas.

-Chau Gómez, ¿qué contás? –le grito haciendo un cucurucho con la mano. Pero nada, Gómez ni mosquea, va por la vereda de enfrente y ni siquiera se da vuelta el muy taimado. Gómez es buen tipo, eso no se discute, pero tiene un costado ladino y a veces se hace el sordo, como ahora, para ahorrarse el saludo, ¡como si costara algo saludar! En fin, en una época fuimos compinches, nos juntábamos en el café a ver minas, sobre todo en el verano, cuando empieza el calorcito y se van cayendo los abrigos, las mangas se acortan hasta desaparecer y revelan hombros redondeados o angulosos, hay de todo, ¡qué delicia, diosmío! Claro que también se acortan las polleras, se aligeran y con Gómez apostábamos cuándo vendría la ráfaga oportuna que las hiciera volar. También hablábamos de otras cosas con Gómez de los laburos, por ejemplo, porque en una época estábamos en lo mismo, el hacía corretaje de herramientas y yo de equipos de seguridad industrial, ¡si habremos intercambiado anécdotas con Gómez! Una vez hasta compartimos el camarote del tren que iba a Bahía Blanca, ciudad pujante si las hay, que sus buenos cabarulos tenía en la zona portuaria, sobre todo en puerto Galván. Me acuerdo que una vez nos reímos como locos cuando creímos habernos levantado un par de minitas y resultaron ser profesionales, ¡por favor!, ya no se puede creer ni en el amor. Y eso que Gómez supo ser un lindo tipo de hombre, así, alto, fornido, con ese pelo renegrido peinado a la gomina. Supo tener buena percha Gómez, de joven; yo también tenía lo mío, pero a Gómez los trajes le caían como pintados. No como ahora que lo veo medio destartalado, bueno, quién no, después de la crisis todos quedamos en Pampa y la vía. Yo tuve que empeñar hasta la dentadura postiza para no morirme de hambre y eso que había amarrocado unos cuantos morlacos verdes pero me quedó todo atrapado en el corralito, ¡ojalá los hubiera dejado en el colchón! Pero no, le tuve que hacer caso al gordo marica de Pellegrini, que no, que cómo lo vas a tener en tu casa, mirá si te roban…y me robaron nomás pero esos otros ladrones de guante blanco hijos de mil putas. Para ese entonces a Gómez no lo veía con tanta frecuencia pero cada tanto nos cruzábamos por el barrio y los fines de año, eso sí infaltable, nos tomábamos una cervecita fría en el bar del gallego para echarnos las consabidas bendiciones.

-¡Che, Gómez!, no te hagás el gil- le grito. Apuro el paso y de una corridita cruzo la calle y lo alcanzo. Ahora que lo veo de cerca, ¡qué desmejorado está!, estará enfermo con toda seguridad, a nuestra edad no se salva nadie. Yo mismo he tenido algunos achaques últimamente y eso que tengo una salud de hierro, pero no debe ser nada serio porque recién me asombré de la ligereza con la que corrí para cruzar la calle, no me costó ni un poco, no hay nada que hacer... si hay buena madera...

-Ah, Fernández, sos vos.
-Si, viejo…pero ¿qué te pasa?, estás verdoso, no te veo nada bien.
-Pero cómo, ¿no te enteraste?, me agarró un tren en la barrera de Flores – me dice Gómez mientras con sus manos descarnadas desata el nudo de la corbata que se deshace en hilachas y me muestra su cuello cercenado casi por completo. Estoy muerto hermano, cómo querés que no esté desmejorado, ¡vos sí que me hacés reír!

Casi me desmayo del susto porque no puedo creer lo que me dice pero la verdad es que ningún cristiano podría vivir con las huellas del Sarmiento sobre la garganta.

-Y vos también estás muerto –agrega Gómez cagado de risa –sólo así se justifica que puedas verme, hermano. Mirate un poco, decime si no, qué hacés con ese camisolín celeste de hospital y con una cofia en la cabeza. ¡Posta que te quedaste en la mesa de operaciones!

Tambaleo, me mareo pero recobro el equilibrio mientras analizo sus dichos y los corroboro con el hecho de que puedo ver a través de mi mano. Gómez, solidario como siempre, me sostiene y me dice:

-Cuesta un poco adaptarse, hermano, pero ya vas a estar bien. A mí me pasó igual pero en seguida le agarré el yeite. Y menos mal que nos encontramos, ¡qué alegrón! Mirá Fernández, está haciendo calorcito, vamos al café, nos sentamos afuera y apostamos cuándo llega la ráfaga oportuna que le levante la pollera a las minas.


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Enviado a PN el 2 de marzo de 2008. Consigna 108 “ Salí a la calle y vi a Gómez”. Menos de 800 palabras.

martes, 16 de febrero de 2010

AZUL PROFUNDO

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La tempestad llevaba ya día y medio. En realidad no estoy seguro, estaba exhausto y el cielo, de tan encapotado, mantuvo siempre el color de la noche.
Con el velamen arriado quedamos a merced del viento y de las aguas furiosas. Mis hombres se habían amarrado al mástil, a la balaustrada o a cualquier elemento fijo que hallaran en cubierta para no salir disparados por los aires ante un nuevo embate de la tormenta. Aún así muchos habían perecido.

Yo, agotado en el puente, me afirmaba sobre mis dos piernas, sosteniendo la rueda del timón con las últimas fuerzas que me quedaban. Confieso ahora mi mezcla de terror con fascinación. No podía dejar de admirar los rayos que enlazaban el mar y el cielo; esas líneas quebradas de luces de colores que, partiendo de un punto, se cuajaban en infinitos hilos. El rugido del océano bravo me impedía oír, la mayoría de las veces, los truenos.

De pronto, una descomunal mano de agua crispada en garra de espuma se cerró sobre mi nave en gigantesco puño y nos condujo, para siempre, al fondo del mar. Pensé que mis días se habían terminado. Toda mi existencia de pirata pasó por delante de mis ojos. Moría en mi ley, después de todo, pero comprobé mi miseria, mi cobardía; estaba asustado, no quería morir.

Debo haberlo hecho o de lo contrario no podría explicar mi situación actual.

Mi cielo es ahora de agua, azul profundo y tan quieto que mirar hacia arriba me propone el mismo vértigo que un abismo. Puedo caminar tranquilamente por la arena mientras mi cabello largo y mi barba roja se revuelven con las corrientes marinas. Puedo jugar con los peces plateados que, en cardumen eléctrico, me rodean y confunden. Son miles y son uno, conectados por telepatía, viran al unísono y en un segundo huyen dejándome solo otra vez.

He visto tiburones que parecen no advertirme, los contemplo nadar sobre mi cabeza con sus barrigas blancas y sus bocas de herradura feroz. No les temo, envidio sus movimientos, su pretendida indiferencia. Una cantidad de medusas violetas con cruces moradas se atravesó en mi camino hace, tal vez, un rato que no puedo precisar. Raros seres ingrávidos de apariencia mansa y corazón ponzoñoso.

Todavía no puedo nadar. La ropa se disgrega en hilachas que me persiguen morosamente y las botas continúan pegadas a mis piernas. No me las sacaré, sé que con el tiempo simplemente me dejarán y con su marcha podré, por fin, liberarme de mis recuerdos humanos.

Será ese el momento en el que vaya, por fin, en pos de la mujer que veo cada vez que me acerco a aquellas rocas. Es una sirena de senos pequeños y nacarados que ondea su cabellera de algas tan verde como sus ojos. Me espía, pero huye cuando me acerco. Es veloz. Cuando se aleja, sólo alcanzo a ver su cola tornasolada agitándose en el agua como un látigo.

Soy pirata y siempre obtengo lo que quiero, sé que cuando nade y me ponga a su par me amará para siempre.


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Enviado a Perras Negras el 24 de septiembre de 2006. Consigna 33 Fondo del mar.

domingo, 14 de febrero de 2010

LOBO DE AGUA

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Se hunde en el agua helada pero no siente el frío, la piel lo abriga como una manta. Nada hacia el horizonte siguiendo el camino plateado de la luna llena.

A Hilario Wolf nunca le interesaron los horóscopos. Bastante tenía con defenderse del berretín exótico de sus padres a la hora de bautizarlo.

Tampoco ellos se ocuparon del asunto astral de su hijo de haberlo hecho, tal vez y sólo tal vez, podrían haber pospuesto (nunca evitado) el incomprensible desenlace. Como gente de bien que eran tenían su tiempo comprometido entre el trabajo y la educación de Hilarito quien siempre había sido un niño tranquilo pero tenía algunas peculiaridades que, por lo menos, asombraban a su madre: “Este chico tiene fijación con la luna”, le decía Cata a su marido, “pareciera que la espera todas las noches”. El señor Wolf emitía algún “ahá” mientras leía el diario hamacándose, según sus propios ritmos, en una mecedora de mimbre. No terminaba de entender los mecanismos de ese hijo un poco taciturno que no se podía comprometer con nada terrenal, ni siquiera era fanático de Racing; para qué negarlo eso lo desilusionaba un poco.

La otra locura de Hilario era el agua.

Desde que pudo caminar se metía en cuanto charco encontraba; sentía una felicidad animal al revolcarse en ellos y terminaba lleno de barro hasta las orejas. Si Cata regaba el jardín el chico se interponía entre el chorro de la manguera y los rosales. Jamás puso reparos a la hora del baño, pasaba horas en la tina hasta que, con el agua ya fría, su madre lo obligaba a salir. “Mirá lo arrugados que tenés los dedos” le decía Cata mientras lo envolvía en un toallón blanco con una guarda de patitos. Y qué decir de la lluvia… le era simplemente irresistible. “Este chico tiene alma de pescado”, decía Cata, por si alguien la escuchaba, al tiempo que lo veía correr por el pasto mojado desde la ventana de la cocina.

El sueño recurrente apareció a los ocho años junto con las molestias en los pies. “Los tendrá planos”, sentenció don Wolf como terminando el asunto, pero Cata no terminó nada y lo llevó al médico.

Se hunde en el agua helada pero no siente el frío, la piel lo abriga como una manta. Nada hacia el horizonte siguiendo el camino plateado de la luna llena.

Después de examinarlo por un rato el clínico se jugó por “dolores de crecimiento” y le recomendó que empezara natación. “Es el deporte más completo que hay señora ya va a ver como en poco tiempo no le duele más nada”.

Temerosa pero incapaz de contradecir a un facultativo Cata lo inscribió en la pileta del club del barrio. El empleado toma los datos, habla de cuotas, de revisaciones médicas mensuales y de horarios de clase; Hilario hipnotizado por los reflejos azules que atraviesan una pared de vidrio tira dos veces de la falda de su madre y casi sin aliento dice: “Mamá, empiezo hoy”.

Se hunde en las aguas heladas pero no siente el frío, la piel lo abriga como una manta. Nada como loco siguiendo el camino plateado de la luna llena.

Apenas necesitó del instructor, Hilario era un intuitivo del nado. No había quien le ganara cuando se armaban las competencias en las cuales la masa liquida es dividida por collares de colores. Cada niño en una calle azul lucha contra el agua, la respiración y la sincronización de la patada; Hilario simplemente es él mismo.

Años más tarde una astróloga estudió el caso Wolf y fue ella quien dio la explicación más apropiada. “Está todo muy claro en su carta astral”, reveló como si todo fuera muy obvio, a la gente del noticiero, “este chico tiene un fortísimo ascendente en la luna y su elemento es el agua. Nunca vi una carta con esta disposición de los astros, nunca. Y por supuesto hay un componente sobrenatural sobre el cual tengo alguna teoría… “

Se hunde en el agua helada pero no siente el frío, la piel lo abriga como una manta. Nada hacia el horizonte siguiendo el camino plateado de la luna llena.

La transformación de niño blando a joven fibroso y moreno demandó, al decir de Cata, “lo que un suspiro”. Hilario se acostumbró tanto al dolor de sus pies en la tierra como al extremo placer en el agua.

“Quiero conocer el mar” les dijo a sus padres poco antes de cumplir dieciséis. “Buena idea”, respondió su padre. Cata hubiera querido opinar.

Llegaron a Mar de los Lobos un atardecer de febrero y poco después de acomodarse en el hotel don Wolf y Cata accedieron a los ruegos de Hilario quien los arrastró a través del aire salino hasta la playa oscura. Las olas rugían como monstruos amables y desde lo alto la luna trazaba el camino plateado tantas veces recorrido en sueños.

El dolor en sus pies se hizo intolerable pero corrió hacia la rompiente sin mirar atrás.

No había otra luz que la de la luna pero Cata asegura a quien quiera escucharla que la piel de Hilario se volvió gruesa como la de un lobo de mar.

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jueves, 11 de febrero de 2010

VEINTITRÉS

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Tengo que probar, tengo que probar, tengo que probar.

Mezcla de mina y gato negro camino por el pretil con cierta elegancia. Ensayo el equilibrio, me paro en un pie. Por momentos soy una gimnasta rumana o rusa. Recortada contra el avioletado cielo del amanecer respiro profundamente y abro los brazos. Una golondrina triza el silencio con su raro gorjeo, casi un chasquido, una maderita rota. Turras golondrinas, vuelan. Por eso:

Tengo que probar, tengo que probar, tengo que probar.

Es fácil, solo cuesta el primer paso, pero lo doy, y compruebo en carne propia la ley de gravedad. ¡¡Aaaaaah!! ¡Qué bueno gritar! El viento se mete bajo mis párpados, me entra en la boca y hace flamear mis mejillas. Tal vez debería haber traído algunas plumas para estar a tono con las circunstancias, un altímetro y un cronómetro. Lo anotaré para la próxima vez. La mujer del piso quince transforma su boca en O y se toma la cara con las dos manos. Más que seguro, se asoma, la saludaré si lo hace. Qué buenas las plantas del trolo del trece. Es inútil, a estos tipos no hay con qué darles, son sensibles en serio, lo notan hasta los ficus. Mirá la lencería de la morocha del noveno, ya me parecía que no era trigo limpio. Trabajar no trabaja, que yo sepa, andá a saber quién la mantiene. El perrito de los chicos del séptimo… y tienen una tortuga, lindo bicho, un poco bobo para mi gusto.

Mejor que me ponga las pilas si quiero volver con el altímetro y las plumas. Ya es hora.

Tengo que probar, tengo que probar, tengo que probar.

Lleno de aire mis pulmones y soplo hacia abajo con todas mis fuerzas.

Me alcanza el tiempo para acomodarme el pelo mientras desciendo, con un saltito, estos últimos veintitrés centímetros que separan mis pies de la vereda.

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Enviado a PN el 12 de mayo de 2008. Consigna Pensamiento al caer de un rascacielos

domingo, 7 de febrero de 2010

A MERCED DE LAS AGUAS

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Por primera vez observó el sol, el exterior no era como lo imaginaba. Ni siquiera estaba seguro de haber imaginado algo. Durante años o siglos, no podía precisarlo, había permanecido dentro de la botella. Ya no recordaba qué circunstancia lo había aislado del mundo para siempre o casi, y tampoco sabía qué o quién era. Tal vez, un raro mecanismo de defensa lo había mantenido en esa especie de animación suspendida, como si fuera la crisálida de un bicho prehistórico o la semilla fósil de una planta ya extinguida. Tenía la vaga memoria del agua de mar golpeando una y otra vez contra los límites de su refugio como una canción que lo acunara por toda la eternidad. Cada tanto una tormenta le permitía cambiar de sueño.

Pero algo, ese preciso día, lo había succionado hacia el exterior. En medio del viaje violento hacia un afuera brutal sus moléculas mutaron de humo verde a huesos, músculo, piel y pelo. Casi pudo sentir como las hebras de su cuerpo entretejían a un lejano conocido, alguien al que seguramente reconocería en un espejo. Su veloz transformación de aliento a cosa tridimensional era matizada por los más variados sentimientos, viraba del temor al odio aunque se permitía también la alegría. En lo que seguramente era su cerebro, se desenroscaban, una tras otra, mil preguntas: ¿quién lo habría salvado de su destino?, ¿dónde estaría?, ¿qué peligros lo acosarían?, ¿qué clase de mundo lo esperaba?, ¿cuánto tiempo habría pasado desde la última vez?

Con las dos manos terminó de encajarse la mandíbula bajo la piel de la cara. Parpadeó varias veces, lo deslumbraron los colores, los contrastes y el rumor de las olas heladas que le lamían los pies. La luz cruel de un evidente mediodía lo hizo trastabillar y con los ojos aún cerrados disfrutó de la caricia cálida del sol.

Lentamente, y pasado el primer momento de perplejidad, se permitió mirar. El paisaje era desconocido: más allá de la playa y recortada contra el horizonte la silueta de una ciudad, erizada de torres altísimas, se erguía amenazadora. Nada era igual a sus desmigajados recuerdos. Lo sorprendieron, casi hasta el terror, unos extraños carruajes voladores que surcaban el cielo. Por un momento deseó el calmo interior de su refugio eterno.

Reparó entonces en la muchacha que, al abrigo de unas rocas cercanas, lo miraba entre asustada y atónita. Aún sostenía en su mano el tapón de la botella que había sido su cárcel. Quién sabe por qué azar habría llegado hasta ella.

Y fue entonces, tal vez cuando la joven repitió en su rostro un gesto o una sonrisa, que se aclaró su memoria. Retumbó en sus oídos la carcajada pérfida de la mujer que lo había encerrado para luego dejar la botella a merced de las aguas.

No dudó, no repetiría errores, ni siquiera le daría la oportunidad de la palabra, bien sabía de la crueldad de aquellas brujas. Alzó la mano y envió contra su salvadora un rayo que la fulminó. De entre las cenizas, levantó el genio el tapón de la botella y lo arrojó al agua dónde se hundió para siempre.

Registrado en safecreative
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Enviado a La Nación el 2 de julio de 2008. Consigna que comience con “Por primera vez observó el sol, el exterior no era como lo imaginaba”.

viernes, 5 de febrero de 2010

EXTREMADAMENTE PUNTUAL

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Meto la mano en el bolsillo derecho del saco y tanteo las dos monedas y el caramelo de menta. Busco en el izquierdo y palpo el pañuelo y las llaves. Respiro tranquilo. El celular cuelga del cinturón. Como siempre, me asalta la idea de que algo espantoso me va a pasar, pero por suerte hoy no. Llevo el escrito en el portafolio con las dos copias, mi cliente puede confiar en mí. ¿Qué hora es? por ahí tengo tiempo para acercarme al árbol. Sí, es temprano, falta media hora para la audiencia y sólo tengo que cruzar la calle para llegar al juzgado del cuarto piso. Me sobra el tiempo, pero me aterra pensar que haya algo que no funcione y me impida llegar a horario.
Basta, basta…

Bajo el segundo jacarandá, empezando a contar desde Viamonte hay una baldosa distinta, es apenas más oscura que las demás, sólo yo la reconozco. Una vez tropecé con ella y por casualidad noté una luz que me hizo volver sobre mis pasos. Esa fue la primera vez. Desde ese día cada vez que paso por Plaza Lavalle no puedo resistir la tentación de bajar. No sé cómo pasa, pero al rozar la baldosa con la punta del zapato me diluyo y me cuelo por la rendija que apenas la separa del piso. Y es imposible no volver a ese lugar de certezas tan distinto a este vulnerable e impreciso mundo de abogados, boludos hablando por celular y colectivos llenos.

Allá voy.

Me disuelvo en una psicodelia de colores, mi cuerpo se desliza por un tobogán de vientos huracanados, y me arrastra una cascada de sensaciones epidérmicas que sacuden hasta el último de mis huesos. Estoy tan dolorosamente vivo que no resisto el deseo de gritar y lo hago tan fuerte que me dejo sordo. La mano de una mujer que no conozco me roza la entrepierna y me carga de erotismo y electricidad verde. Alguien me susurra en el oído una única palabra que me atemoriza un poco pero luego recuerdo cuan a salvo estoy aquí y me río con una carcajada que me da vuelta como un guante. Y así con la piel para adentro y las vísceras colgando como collares exorcizo el mal albur de mi mundo de abogados, boludos hablando por celular y colectivos llenos.

No sé cuánto estoy allí, el tiempo se enreda en las esquinas de enormes relojes cuadrados sin agujas y se demora o se acelera en lo que creo son números que no obedecen a sistemas conocidos.

Luego, muy a mi pesar, vuelvo dispuesto a enfrentar otra audiencia. Ningún cliente me ha tenido que esperar. Qué le voy a hacer así he sido siempre, extremadamente puntual.

Enviado A Perras Negras el 23 de junio de 2008. Consigna “Delirio incesante”.
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miércoles, 3 de febrero de 2010

EL OLOR DE LA TORMENTA

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Los días de Río de Janeiro quedarán por siempre en mi memoria, tal vez porque fueron los últimos.

A pesar de que nuestro viaje continuaba hacia el Caribe tenía la certeza de que las imágenes furiosas y violentas, con los colores del mar y de la Floresta de Tijuca, nunca podrían ser borradas de mi cabeza. Dudé de los calificativos empleados en la oración anterior… pero los ratifico: furiosas y violentas; porque en Río nada es tranquilo, nada induce a la paz, los contrastes entre un paisaje y otro son tan implacables como su sol impío que a las ocho de la mañana obliga a bajar a la playa, a la zambullida en las aguas peligrosas de Copacabana o en las de Ipanema, por cierto, más amables.

Recuerdo que esa mañana el barco zarpó temprano. Nos habíamos acostado tarde; para ser honestos, dormido tarde. Aún quedaban las copas con restos de champagne sobre la mesita que, fija al mamparo, había sido testigo de otra de nuestras noches turbulentas. Pese al cansancio me fue imposible remontar la cuesta del sueño debido al bullicio de las maniobras en cubierta y a las voces de mando que, aun en portugués, tenían el inequívoco tono imperativo que no hace distinciones entre las banderas que se izan en la popa del navío. Bramó la sirena que nos despidió de Brasil después de cuatro días inolvidables.

Lo miré dormir sin todavía poder creer que fuera mío. Su expresión beatífica y hasta inocente se contraponía a sus instintos, a su carácter apasionado y a las ideas, ¿cómo definirlas? ¿innovadoras, quizás?, que demostraba en la intimidad. Lo zamarreé con serena violencia. Sólo obtuve -como respuesta a mis reclamos- un ronroneo apagado. Le di un beso en el hombro moreno y dejé el camarote envuelta en un pareo anaranjado. Tomé nota mental: “decirle al camarero que mande revisar la cerradura”; era la segunda vez que la puerta se trababa.

El día me dejó casi ciega, pero en cuanto pude regular el tamaño de mis pupilas al exceso de luz descubrí uno de los paisajes más deslumbrante que pueda recordar. Con el sol en la espalda dejábamos atrás la bahía de Guanabara. Contra el cielo sin nubes se recortaba todo Río: el Pan de Azúcar, el Corcovado y su Cristo generoso y hasta el perfil galáctico del Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi. Mientras rozábamos la Isla del Gobernador tuve tiempo para despedirme de las veredas de la Avenida Atlántica que repiten en blanco y negro las olas verdes del mar.

Definitivamente despabilada inicié un paseo por la cubierta superior. Un adolescente se tiró desde el trampolín a la pileta empapando a algunas damas que tomaban sol en las reposeras. Otros pasajeros disfrutaban de tragos y jugos de fruta sentados a la barra. Nada me interesó demasiado excepto la Samba de verao en la voz frágil de Caetano que intenté tararear sin éxito.

Llevábamos rumbo noroeste y el sol ya había alcanzado el cenit. De pronto la olí. La encontré sin mucho esfuerzo, mi nariz no falla jamás. Trató de esconderse tras la claridad y la brisa pero no pudo engañarme. Allí, disimulada entre dos nubes de aspecto inofensivo, se ocultaba la tormenta. El aire salino me alcanzaba su traza inconfundible de resaca y peces muertos.

Reconozco mi culpa. Debí obligarme a vigilarla de cerca, quedarme allí, controlar su crecimiento, captar sus señales y predecir sus movimientos veleidosos. Pero no, en vez de eso me dije que no, que todavía estábamos bajo los efluvios benéficos de Nuestra Señora de Copacabana, que yo era una exagerada, siempre oteando el horizonte en busca de problemas inventados. ¿Cómo iba a creer en el presagio -de negrura inequívoca- de la gaviota solitaria cruzando la proa de este a oeste? Si hasta negué el rayo verde que vi zigzaguear desde el mar al cielo. Sé que lo capté con el rabillo del ojo un instante antes de darle la temerosa espalda y retornar al camarote.

Eso, eso fue lo que pasó: visualizar el camarote oscuro y fresco y la presencia aún dormida de Juan lo que decidió nuestra suerte. Vaticiné que almorzaríamos los dos solos, algo ligero y marino, unos camarones, por ejemplo y después, ya veríamos qué se hacía después. El itinerario preveía una estación en un punto de buceo, tal vez fuera esa tarde o la siguiente, debía consultar el voucher. La idea de una excursión submarina me reconfortó. Exploraríamos un barco hundido. No era una experta pero me desenvolvía bastante bien. Iba a decir que me sentía como pez en el agua pero de inmediato me arrepentí de tal pensamiento tan poco creativo. Había descubierto que la calma que reina bajo el agua es imposible de hallar en tierra firme. Es como si la ausencia de rojos favoreciera el letargo de las cosas y perdieran su ritmo natural. Pareciera que el tiempo se despereza entre azules, se demora peinando y despeinando algas o se entretiene soplando discretos remolinos.

Estaba en lo cierto, el camarote estaba aún en penumbras y Juan remoloneaba medio destapado. Aunque cerré la puerta con cuidado mi presencia lo terminó de despertar. Se levantó, pasó a mi lado, me besó con gesto teatral y desde el baño me preguntó sobre el mundo exterior. Le mentí, le dije que todo estaba en orden y rápidamente hablé de la excursión de buceo.

Reitero en este punto mea culpa. Debí vigilar a esa taimada. Me sorprendió su rapidez, su voracidad, su furia y su eficiencia. Fui una tonta en desestimar el olor de la tormenta.

Todo pasó sin aviso, en el mismo segundo que siguió a la calma. La luz fulgurante que entró por el ojo de buey, el trueno que sonó como una tonelada de piedras desgranándose desde lo alto, la vuelta campana sobre babor, el cambio de plano del piso, yo que corrí con el plano del piso cambiado hasta la puerta que no abrió y la flecha de agua que atravesó el vidrio grueso y nos ahogó a los dos tomados de la mano.

Fue cambiar aire por agua con un dolor indescriptible. Creo que estallé por dentro cuando se me acabó el oxígeno. No pensé que pudiera guardarse conciencia de ese momento, pero sí, recuerdo claramente el agua salada adueñándose de mis pulmones mientras lo miraba morir.


* * *

Ahora estamos acá, en nuestro propio barco hundido, somos un nuevo punto de buceo. No sé qué pasó con los tripulantes ni con los otros pasajeros, posiblemente se hayan salvado. No veo a nadie que se parezca a nosotros: dos espectros asidos de la mano que vagan morosamente, como medusas, entre los hierros retorcidos cubiertos ya de todo tipo de flora y fauna. Apenas puedo reconocer la pileta y la barra de tragos. Bajo una reposera camuflada por cientos de organismos vive una pareja de pulpos; son simpáticos, se divierten cambiando de color. Los objetos han perdido ángulos y aristas bajo generaciones de coral. Somos morada de peces de todos los tamaños y formas. No sé sus nombres y no me mataré –ser un fantasma no acabó con mi sentido del humor- por averiguarlos. Me gustan unos plateados y chatos como monedas que andan juntos de a cientos y que a una sola orden telepática del dios que los guía cambian de rumbo sin titubear.

No estoy sola. Juan está conmigo. Cada tanto me envuelven sus brazos de agua viva y me besa con gesto teatral. Nuestros días de fiesta son aquellos en los que bajan los turistas a mirar el naufragio, tratamos de adivinar sus caras a través de las máscaras y apostamos caracoles sobre quién libera la mayor cantidad de burbujas. Parecerá una bobada, pero no hay mucho más que hacer por aquí. Es innegable la paz que nos rodea, el silencio; sólo extraño la voz frágil de Caetano.

Cada día que pasa me convenzo de que mi destino se trabó como la puerta del camarote por obra de esa maldita. Ahora que vivo aquí –lo de vivir es un eufemismo, claro- he tenido tiempo de observarlas y de vislumbrar el alma oscura de las tormentas. Las mueven sus mezquindades arremolinadas, sus odios cargados de vientos y sus rencores tronados hacia otras tormentas más poderosas, más devastadoras o más impresionantes.

Pero también hacen gala de su maldad vengándose de nosotras, las mujeres que como yo, tienen la habilidad de descubrirlas por el olor a resaca y peces muertos que en vano intentan disimular entre la claridad y la brisa.

http://www.youtube.com/watch?v=CyHylbVyT6c





Registrado en safecreative Código: 1002035441154
Enviado a PN el 26 de enero de 2008. Consigna 103. Tema CRUCERO bajo una TORMENTA

martes, 2 de febrero de 2010

CARA MIA








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Querido:


Cuando leas esto ya no estaré por aquí. No lo lamentes, te hago un bien. No te merezco.



He sentido la necesidad de enumerar qué me enamoró de vos:



Tu sensibilidad exquisita que te hacía detener en medio de la calle a contar los colores del arco iris después de la lluvia y a escribirme un poema para cada día del año.

Tu ternura infinita, escudo protector contra todos los peligros; con ella rondándome nada me podía pasar.

Tu humildad casi ridícula que me obligaba a recordarte, una y otra vez, lo maravilloso que eras cuando, por nimiedades y boludeces sin sentido, te deprimías.

Tu capacidad para satisfacer mis deseos sin importarte jamás las deudas impagables que ellos te generaban.
Tu paciencia tibetana capaz de perdonarme después de cada berrinche, de cada enculamiento y aún después de cada desliz.



Y ahora me voy, ya me pasa a buscar Roberto.

Quiero ser honesta, por eso te cuento qué me enamoró de él:



La blancura de sus dientes perfectos que dejan medialunas en mi cuerpo.

La firmeza de sus músculos bajo la piel de oliva de su abdomen.

La dulzura de su acento extranjero que me susurra “Cara mía” cada diez segundos.

La irresistible fragancia de su perfume francés que se enreda en todo lo que toca… con más razón en mí.
La indiscutible elegancia de sus Armani.
La potencia de su Ferrari roja.
La generosidad de su tarjeta dorada que nos conduce ahora mismo a Roma y que me permite cerrar esta valijita Louis Vuitton llena de lencería de seda negra de primerísima marca.
La violencia con la que me la arranca (la lencería, claro) sin importarle la primerísima marca.
La ferocidad con la que me demuestra su amor.


Antes tuya.
Helena





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Cuento enviado a PN el 18 de febrero de 2007. Descripción de un género con construcciones del otro género.

domingo, 31 de enero de 2010

CUESTIÓN DE SUPERVIVENCIA

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Mi buen trabajo me costó conseguir un permiso especial para entrevistarla. No es nada fácil que las puertas de una cárcel de máxima seguridad se abran para un ignoto periodista free-lance. La celadora, gruesa y con aire de tapir malayo, me acompañó hasta un recinto pequeño. Aparté de mi mente la sensación de claustrofobia, le agradecí al tapir y me senté a esperarla frente a una mesita desvencijada.

Helena apareció escoltada por otra matrona del servicio penitenciario. Había imaginado a una mujer de aspecto temible por eso me sorprendió su fragilidad de gorrión. Le perdí el miedo nomás verla pero me volvió la cautela cuando con voz ajada me pidió un cigarrillo.

–¿Fuma? –pregunté– No sabía… le dejo el atado.
–Gracias, me envicié acá, Si me disculpa la ironía, hay que matar el tiempo de alguna manera. ¿Por qué quiso entrevistarme? ¿Qué quiere? ¿Ser el nuevo Truman Capote? Me asombró la alusión literaria y debe habérseme notado en la cara porque agregó: –Se puede ser culta y asesina, una cosa no invalida la otra.

Intenté una sonrisa y le dije:

–Me atrapó la historia cuando la leí en el diario. Siempre me interesaron los crímenes pasionales.
–Entonces no le voy a servir para nada. No fue un crimen pasional, fue cuestión de supervivencia.
–Empecemos por el principio, ¿le molesta si grabo la conversación?
–Para estas alturas ya nada me molesta.

Encendí la grabadora y la ubiqué sobre la mesa de madera que nos separaba, Mientras tanto, Helena ya fumaba un segundo cigarrillo. Dio una larga chupada y exhaló la nube de humo gris mirando el techo como buscando ahí el principio de la historia.

–A Roberto lo conocí en un bar, en Flores. Me gusta, bah, me gustaba leer en los bares, la gente y los ruidos no me distraen. Me dan sensación de seguridad y por eso leo tranquila. Él se plantó delante de mi mesa y me preguntó qué leía. Le dije “Siéntese”, mientras giraba el libro para que él lo viera: Emma, Jane Austen. “Ese no lo leí, ¿me lo presta?” Le contesté que quería más a ese libro que a él y que tal argumento alcanzaba para justificar mi negativa. “Ya me vas a querer”, me dijo entrecerrando sus ojos de mirada oscura. Nunca me pasó nada igual, quedé prendada de su magnetismo. Dos cosas supe al instante, que él no era bueno para mí y que ya nunca me lo podría sacar de la cabeza.

Helena hizo silencio parecía atrapada en su recuerdo. Luego continuó:

–Él pidió un café y yo una gaseosa que jamás llegamos a consumir, Roberto me miró y dijo: “Vamos”. Dejó sobre la mesa los billetes que saldarían la cuenta y salimos del bar. Pasó su brazo por sobre mis hombros como preludiando la historia que acababa de empezar. Me besó casi con furia antes de entrar a su auto; recuerdo haber pensado en un conejo atrapado entre las garras de un águila. “Vamos”, dijo otra vez y yo no pude objetar nada, era imperativo que siguiera a ese hombre hasta donde él quisiera llegar.

Afuera atardecía. La luz entraba por una claraboya, por lo que la pequeña sala de reuniones se fue llenando de rosas y de rojos que creaban un aura mágica sobre la mujer delgada y teñían las volutas de humo que ascendían morosamente en espiral y se quedaban remoloneado largo rato pegadas al cielo raso. De pronto, como si las palabras le pesaran y quisiera deshacerse de ellas continuó el relato.

–Se metió en el primer telo que apareció en el camino, ninguno de los dos estaba como para elegir. La urgencia era dolorosa, si me lo pregunta no podría recordar ningún detalle, ni la calle siquiera. Le parecerá una exageración lo que le cuento pero le juro que fue así, éramos dos animales grandes con los instintos desaforados. Roberto respiraba con fuerza como si se bebiera el aire mientras se movía sobre mí. Me miraba con ojos de asesino y supe, íntimamente, que alguna vez tendría que matarlo.

–No entiendo –interrumpí– ¿qué la llevó a pensar eso?
–Mire, desde chica he sabido interpretar las señales que las personas dejan a su paso, como las huellas en la arena mojada. Digamos que es un don. No puedo explicarlo científicamente pero cuando esa decodificación me llega sé que es inevitablemente cierta. De todas formas, en ese momento, aparté el pensamiento, para qué voy a negarlo, lo estaba disfrutando, era el mejor amante que había tenido.
–¿Y qué pasó después?
–Nos seguimos viendo regularmente. No éramos una pareja, no se crea, nada de casitas ni proyectos, lo nuestro era sexo nada más; jamás supe con qué club de fútbol simpatizaba. Yo no quería compromisos y él era un misterio que nunca pude develar. Lo cierto es que las cosas en poco tiempo se fueron de cause; a mí me gustaba la violencia en las relaciones y él se excitaba con esa peculiaridad que finalmente hizo suya. En los encuentros posteriores la escalada de agresiones (como parte del sexo) se tornaron cada vez más duras. Creo que él nunca había sido tan feliz. Pero eso no podía durar, las alertas en mi cabeza habían empezado a sonar. Una tarde después de una batalla me miré al espejo y vi sangre en mi cara. Lo miré y eso lo volvió loco, estaba cebado. Supe que corría peligro, que para Roberto el verdadero goce estaba en la dominación extrema y que sólo con más sangre mía calmaría su sed. Comprendí entonces que no bastaba con dejarlo y que debía prevenirme; empecé a llevar conmigo una daga pequeña, de las que se abren con un resorte, que podía esconder en cualquier lado. Olía un final cercano.

Helena interrumpió su relato, ya no hablaba para mí, las secuencias de esa relación infernal pasaban delante de sus ojos.

–La última tarde me llamó excitado y confuso. Aún por teléfono se le notaba el apremio. Estuve a punto de decir que no, pero yo también era parte de ese mecanismo enfermo y accedí. Me acuerdo que me vestí como para una ocasión especial, perfume, escote, tacos... una mezcla de miedo y calentura me hizo correr por la calle.
Nos encontramos en el hotel de siempre; no me había equivocado, Roberto estaba fuera de sí. Ni bien llegamos a la habitación me aplastó contra la pared. Todavía recuerdo el ruido de mi cráneo y el dolor. Quedé aturdida y floja. Sus ojos encendidos me miraban con hambre; supuse que había tomado. Me echó sobre la cama y empezó a luchar contra mi ropa y la suya. Entendí que las cosas estaban peor que nunca y aproveché la distracción proporcionada por la tozudez de mis botas para deslizar la navaja –escondida en el bolsillo trasero de mi pantalón– bajo la almohada.

–¿No pensó en irse? –la interrumpí– usted ya sabía que eso iba a terminar mal, ¿por qué no se fue?
–No pude, o mejor dicho, no quise, no se olvide que yo era parte del juego y esa locura, que ahora era de él, la había empezado yo.
–¿Y qué pasó después?
–Encendí la mecha del final, le crucé la cara de una bofetada. Roberto masculló un “ya vas a ver” y comenzó a ahorcarme, sí, rodeó mi cuello con sus manazas y empezó a presionar. Pensé que me quebraría la garganta, el aire dejó de llegar a los pulmones, sentí que me aflojaba, que mi cuerpo se desprendía de mí. Eso debió sorprenderlo porque aflojó la presión de sus manos. Tenía un segundo para reaccionar y lo hice, era él o yo. Tomé la navaja y no pensé: se la clavé en el corazón. Sus ojos me miraron incrédulos antes de desplomarse sobre mí. No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude llamar al conserje del hotel. Lo que viene después ya lo sabe, la policía, el juicio, la sentencia…

–¿Por qué no alegó legítima defensa?
–Porque hubiera sido mentira. Entre Roberto y yo no cabían legítimas defensas. Sé que si yo no hubiera tenido ese segundo de lucidez en el que usé la navaja quien estaría conversando con usted sería él y no yo. Creo que tácitamente habíamos planeado la muerte del otro desde el primer encuentro aquella tarde en el bar de Flores.

La celadora tapir anunció que la visita se había terminado.Nos pusimos de pie y Helena adelantó su mano invitando a la mía a un último saludo.

–Mándeme un ejemplar del reportaje cuando lo publique, mejor aún, envuelva con él un cartón de cigarrillos.



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viernes, 29 de enero de 2010

HOUSTON

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Mientras trataba de poner la bombita nueva me dio por pensar. Siempre pienso mientras hago otra cosa, es un vicio. Sobre todo cuando se trata de aquellas tareas que no me gustan, seguro que para hacerlas más llevaderas. Pero esta vez deseché todo pensamiento que me desviara de mi cometido, no podía fallar.

El asunto vino más o menos así: se quemó la lamparita del recibidor, la que dejo encendida cuando salgo para encontrar algo de calor a mi regreso. Me da un poco de miedo entrar oscura en la casa así que no me demoré en conseguir la escalera, ya que una conjunción de circunstancias irremediables –mi baja estatura y el cielo raso altísimo– no me permiten la alternativa de un banquito.

Tuve la precaución de cortar la luz porque me pareció patética la perspectiva de morir electrocutada, sin perjuicio de lo cual, me calcé zapatos con suela de goma (más vale que sobre y no que falte, ¿no?). Me até a la cintura un delantal con bolsillo al frente para poner la bombita nueva hasta que llegara el momento del cambio; eso me aseguraría las manos libres. No soy muy ducha en las alturas, mas bien les temo, y tengo gran respeto por las escaleras; tal vez se deba a que una de mis pesadillas recurrentes es que me desnuco cayendo por una de ellas; la recuerdo filosa, de mármol, rosado y frío. ¡Ah! y como último accesorio de protección me puse los anteojos, no porque no viera, sino como escudo contra probables motas de polvo que, en el vaivén del manoseo, pudieran ensañarse con mis ojos.

Me felicito íntimamente por tener en cuenta estos detalles que garantizarán el éxito de mi empresa. Si no estuviera aferrada a la escalera me palmearía la espalda pero el terror a caerme entorpece el ascenso; ni loca renuncio a la seguridad de la madera clara.

Por fin –estirando el brazo en alto– accedo a la lamparita quemada. La desenrosco y, con movimientos medidos, la pongo en el bolsillo. Con la misma mano y con un floreo, tomo la nueva que emerge reluciente; la dirijo al portalámparas. Un acople de naves espaciales me viene a la cabeza: “Houston, tenemos un problema”, pero no, enseguida me doy maña para enroscar la lamparita. Me aseguro de que quede bien ajustada y comienzo el descenso.

Ya en tierra firme, conecto la luz y enciendo el interruptor. ¡Habemus lux! –sonrío satisfecha– y lo celebro destapando una cerveza fría.

El líquido helado ahoga las lágrimas en mi garganta al pensar –eso pasa por pensar y suelo hacerlo mientras hago otra cosa– en que la cerveza fría debía habértela servido a vos después de que, sin tanta vuelta, cambiaras la lamparita en dos patadas.

Caigo en la cuenta, –y la certeza es como un golpe– de que hace ya un año que no estás conmigo.

Cuento enviado a La Nación el 24 de marzo de 2008. Enviado a PN el 12 de julio de 2008.

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jueves, 28 de enero de 2010

LA BAILAORA

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Parece casual, pero ella ha planeado todo al milímetro… bueno, a decir verdad, todo no.

El colmao espera impaciente como un monstruo que contiene la respiración. Han pagado por verme, están ansiosos; tan ansiosos como yo, que aunque mil veces haya entrado a escena, muero y resucito cada vez, lo juro por la Macarena.

Oscuridad rota por un reflector. Su luz blanca, baña mis manos que fabrican mariposas en el aire negro. Sobre la madera noble inicio el taconeo, lento y cadencioso. El reflector dibuja un círculo sobre mis pies; ellos marcan un ritmo seco y claro casi el golpe certero de un martillo alimentado a pura furia o a pura poesía. Hablan las castañuelas picando la atmósfera con su voz de vieja.

La luz se hace plena sobre mí, revela la preciosa bata de cola, roja como la sangre de un toro, que se adhiere a mis caderas y allí se rompe en una catarata de volados espumosos que me acarician las piernas. Arqueo la espalda y, con un ademán de todo el cuerpo, echo la cabeza hacia atrás, derramando sobre el público y sobre ti, amor, mi legendaria cabellera negra, el sello de la diva.

Es el turno de tu guitarra, que le cantará entre tus manos a nuestro amor secreto. La luz me ciega pero puedo oler tu perfume almizclado enroscándose en las notas que tocas para mí.

Bailo esta noche sólo para tus ojos. Muchos nos miran pero somos sólo dos, puedo sentirlo. Tu música replica mis movimientos. Conversamos, tu guitarra y yo; por momentos son murmullos quedos y al siguiente, gritos quemados por el fuego.

Termina el show, amor. Los aplausos quiebran el clima de catedral. Nos aclaman pero no los oigo. Saludo con una lenta reverencia y dirijo, con mi mano, las loas hacia ti.

Vuelan las rosas encarnadas sobre el escenario. Al descuido recojo una, camino con lentitud y la dejo, con un beso trémulo, en la boca de tu guitarra. El público delira con ese gesto drástico largamente ensayado.

La coreógrafa, entre sombras, también recibe su porción de alabanzas; ella ha planeado, al milímetro, con garabatos de tiza, tanto mis idas y vueltas como el lugar exacto de tu taburete y el del atril de tu partitura.

Las cosas seguirán así, mantendremos la concordia entre los tres mientras no le vayan con el chisme de que su marido, el guitarrista, es mío.



Enviado a Perras Negras el 6 de agosto de 2006. Consigna 26 Instrumento musical.

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lunes, 25 de enero de 2010

FERREIROS DEBE MORIR -parte II- (El regreso)

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“Negocios son negocios”, me había reiterado el gerente de programación del canal para convencerme. Y era cierto, la enorme suma de dinero que me pagarían por mi trabajo era la única razón para que hubiera aceptado volver a dirigir en una novela a ese estúpido, engreído, energúmeno y enorme –estaba cada vez más gordo– Roberto Ferreiros. No podía entender que semejante bodoque, quien no podía articular más de dos palabras seguidas sin babear, fuera el galán de un millón de mujeres en este país y de otros tantos en Latinoamérica. Eso era lo que aseguraba la presidenta del club de fans del actor, una horrible mujer de pelo platinado cuyas cejas depiladas en forzado arco pintaban en su cara una expresión de perpetua maldad que ostentaba aun durante el sueño (suposición mía porque –a Dios gracias– nunca he dormido con ella).

Pero un nuevo ingrediente se sumó para alimentar la hoguera de mi odio y era más poderoso que el que Ferreiros fuera un pésimo actor, que su panza lo anulara como galán y que escupiera al hablar (las salpicaduras captadas por la cámara eran un asco): Abigail Adams.

–Quiero presentarte a la estrella de la novela –me dijo una tarde el gerente de programación. Corrían los días previos a que empezara la grabación del mamotreto que tenía que dirigir y me arrastró de un brazo por los largos pasillos del canal–. Abigail, querida –susurró meloso–, te presento a Robles, tu director.

–Ay chico, ¡qué chévere cuanto honor!– me dijo la venezolana reina de belleza extendiéndome la mano.

No sé si besé su mano o su mejilla, si le dije “el honor es todo mío” intentado agravar mi voz y recordando alguna línea de una película de Mirtha Legrand, o si simplemente me morí. Debo haber muerto porque solo vislumbré un esfumado de la escena; he usado ese recurso muchas veces en mis trabajos y sé de lo que hablo. Para cuando volví de entre los muertos me había enamorado perdidamente de Abigail. En dos minutos planeé divorciarme de mi segunda mujer (incluso calculé cuánto debería pasarle por mes de acuerdo al tiempo que llevábamos casados), negué cualquier posible relación sentimental de Abigail con otro hombre y planeé dos o tres maneras posibles de abordarla con éxito. Después me dediqué a mirarla. Era mezcla rara de diosa y pantera, no, en serio, debía tener algo de sangre indígena y de vikingos. Vaya uno a saber. Esos mestizajes suelen resultar tenebrosos, pero en este caso la genética de Abigail regalaba, a quien pudiera mirarla, una piel sedosa de un exquisito dorado oscuro y una cabellera rubia que reptaba sobre su espalda deteniéndose justo dónde comenzaba el fabuloso trasero que adivinaba bajo la tenue falda roja. No lo he dicho todavía pero, seguramente por deformación profesional, tengo visión de rayos X. Y eso que todavía no hablé de sus ojos que eran rasgados y verdes. Debajo del izquierdo, un pequeño lunar castaño la convertía en lo que la definía: única.

Si conté todo esto es para explicar mis acciones posteriores.

El tema Abigail no me resultó fácil, la rubia era escurridiza como una anguila y conocía perfectamente la magnitud de su poder de modo que pospuse su captura para más adelante. Calculé que cuando termináramos el rodaje de la novela ambos estaríamos más tranquilos. Ferreiros me estaba poniendo los nervios de punta, al promediar el rodaje mi relación con ese boludo era insostenible. Baste decir que para aguantar sus veleidades de divo me apuntalaba con Valiums y Alplaxes con el desayuno y Jack Daniel’s a discreción.

Pero un día, cuando ya teníamos casi todo grabado, las promociones de la novela estaban en el aire, habíamos ofrecido la conferencia de prensa de presentación y sólo faltaba la escena de la muerte de Ferreiros me enteré.

–Este tipo es un pelotudo por dónde se lo mire –le dije a mi asistente– ¡¡Ferreiros, te dije que cuando escuches el disparo simplemente te caigas sobre la cruz que te marqué en el piso y nada más!! –grité medio desaforado al interrumpir la novena toma de una escena que debía ser fácil. Nada más fácil: la cámara uno registraba el revolver en la mano de Abigail que asomaba por la ventanilla de la limusina, se escuchaba el disparo y la cámara dos tomaba a Ferreiros cayendo sobre la vereda de la locación elegida. Eran exteriores legítimos, para lo cual habíamos pedido el permiso a la municipalidad, cortado el tránsito, dispuesto las luces, los micrófonos, el catering sin el cual nadie mueve un dedo…En fin, era un despliegue de treinta personas entre actores, extras y técnicos y el muy infeliz se empeñaba en arruinar todo.¿Cómo?, simplemente sobreactuando: tomándose el pecho con ambas manos, mirando alternativamente –y varias veces– al cielo y al suelo, abriendo y cerrado los ojos, temblequeando la mandíbula con la boca abierta, cayendo ridículamente y dando varias vueltas sobre sí mismo antes de quedar despatarrado en la mitad de la calle.

Para mejor hacía un calor de morirse y todos teníamos un humor de perros. Alguien me alcanzó una revista de espectáculos para que me abanicara. Se detuvo mi corazón cuando vi la tapa: Abigail y el salame de Ferreiros aparecían abrazados en una fotografía atrapados –aparentemente– in fragantti a la salida de una discoteca.

Dos cosas me decidieron, la foto y el hecho de que no iba a permitir que Ferreiros arruinara otra novela. Ya sé que alguno objetará mis métodos pero en el amor y en los negocios todo se vale. Soy el director y eso me da mucho poder (siempre que no se trate de gastar más dinero). Nadie me lo ha dicho abiertamente pero se rumorea sobre mi fama de meticuloso, quisquilloso y perfeccionista… no dejo cabos sueltos.

–Cortamos para comer –grité–. En media hora los quiero a todos en sus puestos. Abigail, corazón, dejame el revólver para que los muchachos de efectos especiales lo preparen nuevamente para el disparo.

Todo salió como lo preví.

La piel de Abigail es más sedosa de lo que imaginaba y la novela tuvo un éxito arrasador. La inexplicable muerte de Ferreiros en la escena final víctima de balas verdaderas nos aseguró como cincuenta puntos de rating desde el primer capítulo. Creo que la policía aún sospecha de la presidenta del club de fans, la gorda platinada de cejas depiladas en forzado arco y ataviada con exquisito mal gusto quien en algún momento oportunísimo hizo declaraciones poco felices sobre Abigail y el tarado de Ferreiros (Dios lo tenga en su santa gloria y no lo deje volver).


Cuento enviado a PN el 28 de enero de 2008. Consigna: "El fin justifica los medios"


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