viernes, 19 de febrero de 2010

GÓMEZ, ¿QUÉ CONTÁS?

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Salí a la calle y vi a Gómez. Esta circunstancia tan simple refutó los tenebrosos chismes del vecindario que lo daban por muerto. La vecina de al lado, la Zulma, una gorda con voz de soprano, osó decir que lo había pisado un tren. Justo un tren y justo a Gómez que es un tipo avispado como pocos, no se va a dejar atrapar por un tren así como así, esta Zulma siempre hablando pavadas.

-Chau Gómez, ¿qué contás? –le grito haciendo un cucurucho con la mano. Pero nada, Gómez ni mosquea, va por la vereda de enfrente y ni siquiera se da vuelta el muy taimado. Gómez es buen tipo, eso no se discute, pero tiene un costado ladino y a veces se hace el sordo, como ahora, para ahorrarse el saludo, ¡como si costara algo saludar! En fin, en una época fuimos compinches, nos juntábamos en el café a ver minas, sobre todo en el verano, cuando empieza el calorcito y se van cayendo los abrigos, las mangas se acortan hasta desaparecer y revelan hombros redondeados o angulosos, hay de todo, ¡qué delicia, diosmío! Claro que también se acortan las polleras, se aligeran y con Gómez apostábamos cuándo vendría la ráfaga oportuna que las hiciera volar. También hablábamos de otras cosas con Gómez de los laburos, por ejemplo, porque en una época estábamos en lo mismo, el hacía corretaje de herramientas y yo de equipos de seguridad industrial, ¡si habremos intercambiado anécdotas con Gómez! Una vez hasta compartimos el camarote del tren que iba a Bahía Blanca, ciudad pujante si las hay, que sus buenos cabarulos tenía en la zona portuaria, sobre todo en puerto Galván. Me acuerdo que una vez nos reímos como locos cuando creímos habernos levantado un par de minitas y resultaron ser profesionales, ¡por favor!, ya no se puede creer ni en el amor. Y eso que Gómez supo ser un lindo tipo de hombre, así, alto, fornido, con ese pelo renegrido peinado a la gomina. Supo tener buena percha Gómez, de joven; yo también tenía lo mío, pero a Gómez los trajes le caían como pintados. No como ahora que lo veo medio destartalado, bueno, quién no, después de la crisis todos quedamos en Pampa y la vía. Yo tuve que empeñar hasta la dentadura postiza para no morirme de hambre y eso que había amarrocado unos cuantos morlacos verdes pero me quedó todo atrapado en el corralito, ¡ojalá los hubiera dejado en el colchón! Pero no, le tuve que hacer caso al gordo marica de Pellegrini, que no, que cómo lo vas a tener en tu casa, mirá si te roban…y me robaron nomás pero esos otros ladrones de guante blanco hijos de mil putas. Para ese entonces a Gómez no lo veía con tanta frecuencia pero cada tanto nos cruzábamos por el barrio y los fines de año, eso sí infaltable, nos tomábamos una cervecita fría en el bar del gallego para echarnos las consabidas bendiciones.

-¡Che, Gómez!, no te hagás el gil- le grito. Apuro el paso y de una corridita cruzo la calle y lo alcanzo. Ahora que lo veo de cerca, ¡qué desmejorado está!, estará enfermo con toda seguridad, a nuestra edad no se salva nadie. Yo mismo he tenido algunos achaques últimamente y eso que tengo una salud de hierro, pero no debe ser nada serio porque recién me asombré de la ligereza con la que corrí para cruzar la calle, no me costó ni un poco, no hay nada que hacer... si hay buena madera...

-Ah, Fernández, sos vos.
-Si, viejo…pero ¿qué te pasa?, estás verdoso, no te veo nada bien.
-Pero cómo, ¿no te enteraste?, me agarró un tren en la barrera de Flores – me dice Gómez mientras con sus manos descarnadas desata el nudo de la corbata que se deshace en hilachas y me muestra su cuello cercenado casi por completo. Estoy muerto hermano, cómo querés que no esté desmejorado, ¡vos sí que me hacés reír!

Casi me desmayo del susto porque no puedo creer lo que me dice pero la verdad es que ningún cristiano podría vivir con las huellas del Sarmiento sobre la garganta.

-Y vos también estás muerto –agrega Gómez cagado de risa –sólo así se justifica que puedas verme, hermano. Mirate un poco, decime si no, qué hacés con ese camisolín celeste de hospital y con una cofia en la cabeza. ¡Posta que te quedaste en la mesa de operaciones!

Tambaleo, me mareo pero recobro el equilibrio mientras analizo sus dichos y los corroboro con el hecho de que puedo ver a través de mi mano. Gómez, solidario como siempre, me sostiene y me dice:

-Cuesta un poco adaptarse, hermano, pero ya vas a estar bien. A mí me pasó igual pero en seguida le agarré el yeite. Y menos mal que nos encontramos, ¡qué alegrón! Mirá Fernández, está haciendo calorcito, vamos al café, nos sentamos afuera y apostamos cuándo llega la ráfaga oportuna que le levante la pollera a las minas.


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Enviado a PN el 2 de marzo de 2008. Consigna 108 “ Salí a la calle y vi a Gómez”. Menos de 800 palabras.

martes, 16 de febrero de 2010

AZUL PROFUNDO

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La tempestad llevaba ya día y medio. En realidad no estoy seguro, estaba exhausto y el cielo, de tan encapotado, mantuvo siempre el color de la noche.
Con el velamen arriado quedamos a merced del viento y de las aguas furiosas. Mis hombres se habían amarrado al mástil, a la balaustrada o a cualquier elemento fijo que hallaran en cubierta para no salir disparados por los aires ante un nuevo embate de la tormenta. Aún así muchos habían perecido.

Yo, agotado en el puente, me afirmaba sobre mis dos piernas, sosteniendo la rueda del timón con las últimas fuerzas que me quedaban. Confieso ahora mi mezcla de terror con fascinación. No podía dejar de admirar los rayos que enlazaban el mar y el cielo; esas líneas quebradas de luces de colores que, partiendo de un punto, se cuajaban en infinitos hilos. El rugido del océano bravo me impedía oír, la mayoría de las veces, los truenos.

De pronto, una descomunal mano de agua crispada en garra de espuma se cerró sobre mi nave en gigantesco puño y nos condujo, para siempre, al fondo del mar. Pensé que mis días se habían terminado. Toda mi existencia de pirata pasó por delante de mis ojos. Moría en mi ley, después de todo, pero comprobé mi miseria, mi cobardía; estaba asustado, no quería morir.

Debo haberlo hecho o de lo contrario no podría explicar mi situación actual.

Mi cielo es ahora de agua, azul profundo y tan quieto que mirar hacia arriba me propone el mismo vértigo que un abismo. Puedo caminar tranquilamente por la arena mientras mi cabello largo y mi barba roja se revuelven con las corrientes marinas. Puedo jugar con los peces plateados que, en cardumen eléctrico, me rodean y confunden. Son miles y son uno, conectados por telepatía, viran al unísono y en un segundo huyen dejándome solo otra vez.

He visto tiburones que parecen no advertirme, los contemplo nadar sobre mi cabeza con sus barrigas blancas y sus bocas de herradura feroz. No les temo, envidio sus movimientos, su pretendida indiferencia. Una cantidad de medusas violetas con cruces moradas se atravesó en mi camino hace, tal vez, un rato que no puedo precisar. Raros seres ingrávidos de apariencia mansa y corazón ponzoñoso.

Todavía no puedo nadar. La ropa se disgrega en hilachas que me persiguen morosamente y las botas continúan pegadas a mis piernas. No me las sacaré, sé que con el tiempo simplemente me dejarán y con su marcha podré, por fin, liberarme de mis recuerdos humanos.

Será ese el momento en el que vaya, por fin, en pos de la mujer que veo cada vez que me acerco a aquellas rocas. Es una sirena de senos pequeños y nacarados que ondea su cabellera de algas tan verde como sus ojos. Me espía, pero huye cuando me acerco. Es veloz. Cuando se aleja, sólo alcanzo a ver su cola tornasolada agitándose en el agua como un látigo.

Soy pirata y siempre obtengo lo que quiero, sé que cuando nade y me ponga a su par me amará para siempre.


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Enviado a Perras Negras el 24 de septiembre de 2006. Consigna 33 Fondo del mar.

domingo, 14 de febrero de 2010

LOBO DE AGUA

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Se hunde en el agua helada pero no siente el frío, la piel lo abriga como una manta. Nada hacia el horizonte siguiendo el camino plateado de la luna llena.

A Hilario Wolf nunca le interesaron los horóscopos. Bastante tenía con defenderse del berretín exótico de sus padres a la hora de bautizarlo.

Tampoco ellos se ocuparon del asunto astral de su hijo de haberlo hecho, tal vez y sólo tal vez, podrían haber pospuesto (nunca evitado) el incomprensible desenlace. Como gente de bien que eran tenían su tiempo comprometido entre el trabajo y la educación de Hilarito quien siempre había sido un niño tranquilo pero tenía algunas peculiaridades que, por lo menos, asombraban a su madre: “Este chico tiene fijación con la luna”, le decía Cata a su marido, “pareciera que la espera todas las noches”. El señor Wolf emitía algún “ahá” mientras leía el diario hamacándose, según sus propios ritmos, en una mecedora de mimbre. No terminaba de entender los mecanismos de ese hijo un poco taciturno que no se podía comprometer con nada terrenal, ni siquiera era fanático de Racing; para qué negarlo eso lo desilusionaba un poco.

La otra locura de Hilario era el agua.

Desde que pudo caminar se metía en cuanto charco encontraba; sentía una felicidad animal al revolcarse en ellos y terminaba lleno de barro hasta las orejas. Si Cata regaba el jardín el chico se interponía entre el chorro de la manguera y los rosales. Jamás puso reparos a la hora del baño, pasaba horas en la tina hasta que, con el agua ya fría, su madre lo obligaba a salir. “Mirá lo arrugados que tenés los dedos” le decía Cata mientras lo envolvía en un toallón blanco con una guarda de patitos. Y qué decir de la lluvia… le era simplemente irresistible. “Este chico tiene alma de pescado”, decía Cata, por si alguien la escuchaba, al tiempo que lo veía correr por el pasto mojado desde la ventana de la cocina.

El sueño recurrente apareció a los ocho años junto con las molestias en los pies. “Los tendrá planos”, sentenció don Wolf como terminando el asunto, pero Cata no terminó nada y lo llevó al médico.

Se hunde en el agua helada pero no siente el frío, la piel lo abriga como una manta. Nada hacia el horizonte siguiendo el camino plateado de la luna llena.

Después de examinarlo por un rato el clínico se jugó por “dolores de crecimiento” y le recomendó que empezara natación. “Es el deporte más completo que hay señora ya va a ver como en poco tiempo no le duele más nada”.

Temerosa pero incapaz de contradecir a un facultativo Cata lo inscribió en la pileta del club del barrio. El empleado toma los datos, habla de cuotas, de revisaciones médicas mensuales y de horarios de clase; Hilario hipnotizado por los reflejos azules que atraviesan una pared de vidrio tira dos veces de la falda de su madre y casi sin aliento dice: “Mamá, empiezo hoy”.

Se hunde en las aguas heladas pero no siente el frío, la piel lo abriga como una manta. Nada como loco siguiendo el camino plateado de la luna llena.

Apenas necesitó del instructor, Hilario era un intuitivo del nado. No había quien le ganara cuando se armaban las competencias en las cuales la masa liquida es dividida por collares de colores. Cada niño en una calle azul lucha contra el agua, la respiración y la sincronización de la patada; Hilario simplemente es él mismo.

Años más tarde una astróloga estudió el caso Wolf y fue ella quien dio la explicación más apropiada. “Está todo muy claro en su carta astral”, reveló como si todo fuera muy obvio, a la gente del noticiero, “este chico tiene un fortísimo ascendente en la luna y su elemento es el agua. Nunca vi una carta con esta disposición de los astros, nunca. Y por supuesto hay un componente sobrenatural sobre el cual tengo alguna teoría… “

Se hunde en el agua helada pero no siente el frío, la piel lo abriga como una manta. Nada hacia el horizonte siguiendo el camino plateado de la luna llena.

La transformación de niño blando a joven fibroso y moreno demandó, al decir de Cata, “lo que un suspiro”. Hilario se acostumbró tanto al dolor de sus pies en la tierra como al extremo placer en el agua.

“Quiero conocer el mar” les dijo a sus padres poco antes de cumplir dieciséis. “Buena idea”, respondió su padre. Cata hubiera querido opinar.

Llegaron a Mar de los Lobos un atardecer de febrero y poco después de acomodarse en el hotel don Wolf y Cata accedieron a los ruegos de Hilario quien los arrastró a través del aire salino hasta la playa oscura. Las olas rugían como monstruos amables y desde lo alto la luna trazaba el camino plateado tantas veces recorrido en sueños.

El dolor en sus pies se hizo intolerable pero corrió hacia la rompiente sin mirar atrás.

No había otra luz que la de la luna pero Cata asegura a quien quiera escucharla que la piel de Hilario se volvió gruesa como la de un lobo de mar.

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jueves, 11 de febrero de 2010

VEINTITRÉS

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Tengo que probar, tengo que probar, tengo que probar.

Mezcla de mina y gato negro camino por el pretil con cierta elegancia. Ensayo el equilibrio, me paro en un pie. Por momentos soy una gimnasta rumana o rusa. Recortada contra el avioletado cielo del amanecer respiro profundamente y abro los brazos. Una golondrina triza el silencio con su raro gorjeo, casi un chasquido, una maderita rota. Turras golondrinas, vuelan. Por eso:

Tengo que probar, tengo que probar, tengo que probar.

Es fácil, solo cuesta el primer paso, pero lo doy, y compruebo en carne propia la ley de gravedad. ¡¡Aaaaaah!! ¡Qué bueno gritar! El viento se mete bajo mis párpados, me entra en la boca y hace flamear mis mejillas. Tal vez debería haber traído algunas plumas para estar a tono con las circunstancias, un altímetro y un cronómetro. Lo anotaré para la próxima vez. La mujer del piso quince transforma su boca en O y se toma la cara con las dos manos. Más que seguro, se asoma, la saludaré si lo hace. Qué buenas las plantas del trolo del trece. Es inútil, a estos tipos no hay con qué darles, son sensibles en serio, lo notan hasta los ficus. Mirá la lencería de la morocha del noveno, ya me parecía que no era trigo limpio. Trabajar no trabaja, que yo sepa, andá a saber quién la mantiene. El perrito de los chicos del séptimo… y tienen una tortuga, lindo bicho, un poco bobo para mi gusto.

Mejor que me ponga las pilas si quiero volver con el altímetro y las plumas. Ya es hora.

Tengo que probar, tengo que probar, tengo que probar.

Lleno de aire mis pulmones y soplo hacia abajo con todas mis fuerzas.

Me alcanza el tiempo para acomodarme el pelo mientras desciendo, con un saltito, estos últimos veintitrés centímetros que separan mis pies de la vereda.

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Enviado a PN el 12 de mayo de 2008. Consigna Pensamiento al caer de un rascacielos

domingo, 7 de febrero de 2010

A MERCED DE LAS AGUAS

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Por primera vez observó el sol, el exterior no era como lo imaginaba. Ni siquiera estaba seguro de haber imaginado algo. Durante años o siglos, no podía precisarlo, había permanecido dentro de la botella. Ya no recordaba qué circunstancia lo había aislado del mundo para siempre o casi, y tampoco sabía qué o quién era. Tal vez, un raro mecanismo de defensa lo había mantenido en esa especie de animación suspendida, como si fuera la crisálida de un bicho prehistórico o la semilla fósil de una planta ya extinguida. Tenía la vaga memoria del agua de mar golpeando una y otra vez contra los límites de su refugio como una canción que lo acunara por toda la eternidad. Cada tanto una tormenta le permitía cambiar de sueño.

Pero algo, ese preciso día, lo había succionado hacia el exterior. En medio del viaje violento hacia un afuera brutal sus moléculas mutaron de humo verde a huesos, músculo, piel y pelo. Casi pudo sentir como las hebras de su cuerpo entretejían a un lejano conocido, alguien al que seguramente reconocería en un espejo. Su veloz transformación de aliento a cosa tridimensional era matizada por los más variados sentimientos, viraba del temor al odio aunque se permitía también la alegría. En lo que seguramente era su cerebro, se desenroscaban, una tras otra, mil preguntas: ¿quién lo habría salvado de su destino?, ¿dónde estaría?, ¿qué peligros lo acosarían?, ¿qué clase de mundo lo esperaba?, ¿cuánto tiempo habría pasado desde la última vez?

Con las dos manos terminó de encajarse la mandíbula bajo la piel de la cara. Parpadeó varias veces, lo deslumbraron los colores, los contrastes y el rumor de las olas heladas que le lamían los pies. La luz cruel de un evidente mediodía lo hizo trastabillar y con los ojos aún cerrados disfrutó de la caricia cálida del sol.

Lentamente, y pasado el primer momento de perplejidad, se permitió mirar. El paisaje era desconocido: más allá de la playa y recortada contra el horizonte la silueta de una ciudad, erizada de torres altísimas, se erguía amenazadora. Nada era igual a sus desmigajados recuerdos. Lo sorprendieron, casi hasta el terror, unos extraños carruajes voladores que surcaban el cielo. Por un momento deseó el calmo interior de su refugio eterno.

Reparó entonces en la muchacha que, al abrigo de unas rocas cercanas, lo miraba entre asustada y atónita. Aún sostenía en su mano el tapón de la botella que había sido su cárcel. Quién sabe por qué azar habría llegado hasta ella.

Y fue entonces, tal vez cuando la joven repitió en su rostro un gesto o una sonrisa, que se aclaró su memoria. Retumbó en sus oídos la carcajada pérfida de la mujer que lo había encerrado para luego dejar la botella a merced de las aguas.

No dudó, no repetiría errores, ni siquiera le daría la oportunidad de la palabra, bien sabía de la crueldad de aquellas brujas. Alzó la mano y envió contra su salvadora un rayo que la fulminó. De entre las cenizas, levantó el genio el tapón de la botella y lo arrojó al agua dónde se hundió para siempre.

Registrado en safecreative
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Enviado a La Nación el 2 de julio de 2008. Consigna que comience con “Por primera vez observó el sol, el exterior no era como lo imaginaba”.

viernes, 5 de febrero de 2010

EXTREMADAMENTE PUNTUAL

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Meto la mano en el bolsillo derecho del saco y tanteo las dos monedas y el caramelo de menta. Busco en el izquierdo y palpo el pañuelo y las llaves. Respiro tranquilo. El celular cuelga del cinturón. Como siempre, me asalta la idea de que algo espantoso me va a pasar, pero por suerte hoy no. Llevo el escrito en el portafolio con las dos copias, mi cliente puede confiar en mí. ¿Qué hora es? por ahí tengo tiempo para acercarme al árbol. Sí, es temprano, falta media hora para la audiencia y sólo tengo que cruzar la calle para llegar al juzgado del cuarto piso. Me sobra el tiempo, pero me aterra pensar que haya algo que no funcione y me impida llegar a horario.
Basta, basta…

Bajo el segundo jacarandá, empezando a contar desde Viamonte hay una baldosa distinta, es apenas más oscura que las demás, sólo yo la reconozco. Una vez tropecé con ella y por casualidad noté una luz que me hizo volver sobre mis pasos. Esa fue la primera vez. Desde ese día cada vez que paso por Plaza Lavalle no puedo resistir la tentación de bajar. No sé cómo pasa, pero al rozar la baldosa con la punta del zapato me diluyo y me cuelo por la rendija que apenas la separa del piso. Y es imposible no volver a ese lugar de certezas tan distinto a este vulnerable e impreciso mundo de abogados, boludos hablando por celular y colectivos llenos.

Allá voy.

Me disuelvo en una psicodelia de colores, mi cuerpo se desliza por un tobogán de vientos huracanados, y me arrastra una cascada de sensaciones epidérmicas que sacuden hasta el último de mis huesos. Estoy tan dolorosamente vivo que no resisto el deseo de gritar y lo hago tan fuerte que me dejo sordo. La mano de una mujer que no conozco me roza la entrepierna y me carga de erotismo y electricidad verde. Alguien me susurra en el oído una única palabra que me atemoriza un poco pero luego recuerdo cuan a salvo estoy aquí y me río con una carcajada que me da vuelta como un guante. Y así con la piel para adentro y las vísceras colgando como collares exorcizo el mal albur de mi mundo de abogados, boludos hablando por celular y colectivos llenos.

No sé cuánto estoy allí, el tiempo se enreda en las esquinas de enormes relojes cuadrados sin agujas y se demora o se acelera en lo que creo son números que no obedecen a sistemas conocidos.

Luego, muy a mi pesar, vuelvo dispuesto a enfrentar otra audiencia. Ningún cliente me ha tenido que esperar. Qué le voy a hacer así he sido siempre, extremadamente puntual.

Enviado A Perras Negras el 23 de junio de 2008. Consigna “Delirio incesante”.
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miércoles, 3 de febrero de 2010

EL OLOR DE LA TORMENTA

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Los días de Río de Janeiro quedarán por siempre en mi memoria, tal vez porque fueron los últimos.

A pesar de que nuestro viaje continuaba hacia el Caribe tenía la certeza de que las imágenes furiosas y violentas, con los colores del mar y de la Floresta de Tijuca, nunca podrían ser borradas de mi cabeza. Dudé de los calificativos empleados en la oración anterior… pero los ratifico: furiosas y violentas; porque en Río nada es tranquilo, nada induce a la paz, los contrastes entre un paisaje y otro son tan implacables como su sol impío que a las ocho de la mañana obliga a bajar a la playa, a la zambullida en las aguas peligrosas de Copacabana o en las de Ipanema, por cierto, más amables.

Recuerdo que esa mañana el barco zarpó temprano. Nos habíamos acostado tarde; para ser honestos, dormido tarde. Aún quedaban las copas con restos de champagne sobre la mesita que, fija al mamparo, había sido testigo de otra de nuestras noches turbulentas. Pese al cansancio me fue imposible remontar la cuesta del sueño debido al bullicio de las maniobras en cubierta y a las voces de mando que, aun en portugués, tenían el inequívoco tono imperativo que no hace distinciones entre las banderas que se izan en la popa del navío. Bramó la sirena que nos despidió de Brasil después de cuatro días inolvidables.

Lo miré dormir sin todavía poder creer que fuera mío. Su expresión beatífica y hasta inocente se contraponía a sus instintos, a su carácter apasionado y a las ideas, ¿cómo definirlas? ¿innovadoras, quizás?, que demostraba en la intimidad. Lo zamarreé con serena violencia. Sólo obtuve -como respuesta a mis reclamos- un ronroneo apagado. Le di un beso en el hombro moreno y dejé el camarote envuelta en un pareo anaranjado. Tomé nota mental: “decirle al camarero que mande revisar la cerradura”; era la segunda vez que la puerta se trababa.

El día me dejó casi ciega, pero en cuanto pude regular el tamaño de mis pupilas al exceso de luz descubrí uno de los paisajes más deslumbrante que pueda recordar. Con el sol en la espalda dejábamos atrás la bahía de Guanabara. Contra el cielo sin nubes se recortaba todo Río: el Pan de Azúcar, el Corcovado y su Cristo generoso y hasta el perfil galáctico del Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi. Mientras rozábamos la Isla del Gobernador tuve tiempo para despedirme de las veredas de la Avenida Atlántica que repiten en blanco y negro las olas verdes del mar.

Definitivamente despabilada inicié un paseo por la cubierta superior. Un adolescente se tiró desde el trampolín a la pileta empapando a algunas damas que tomaban sol en las reposeras. Otros pasajeros disfrutaban de tragos y jugos de fruta sentados a la barra. Nada me interesó demasiado excepto la Samba de verao en la voz frágil de Caetano que intenté tararear sin éxito.

Llevábamos rumbo noroeste y el sol ya había alcanzado el cenit. De pronto la olí. La encontré sin mucho esfuerzo, mi nariz no falla jamás. Trató de esconderse tras la claridad y la brisa pero no pudo engañarme. Allí, disimulada entre dos nubes de aspecto inofensivo, se ocultaba la tormenta. El aire salino me alcanzaba su traza inconfundible de resaca y peces muertos.

Reconozco mi culpa. Debí obligarme a vigilarla de cerca, quedarme allí, controlar su crecimiento, captar sus señales y predecir sus movimientos veleidosos. Pero no, en vez de eso me dije que no, que todavía estábamos bajo los efluvios benéficos de Nuestra Señora de Copacabana, que yo era una exagerada, siempre oteando el horizonte en busca de problemas inventados. ¿Cómo iba a creer en el presagio -de negrura inequívoca- de la gaviota solitaria cruzando la proa de este a oeste? Si hasta negué el rayo verde que vi zigzaguear desde el mar al cielo. Sé que lo capté con el rabillo del ojo un instante antes de darle la temerosa espalda y retornar al camarote.

Eso, eso fue lo que pasó: visualizar el camarote oscuro y fresco y la presencia aún dormida de Juan lo que decidió nuestra suerte. Vaticiné que almorzaríamos los dos solos, algo ligero y marino, unos camarones, por ejemplo y después, ya veríamos qué se hacía después. El itinerario preveía una estación en un punto de buceo, tal vez fuera esa tarde o la siguiente, debía consultar el voucher. La idea de una excursión submarina me reconfortó. Exploraríamos un barco hundido. No era una experta pero me desenvolvía bastante bien. Iba a decir que me sentía como pez en el agua pero de inmediato me arrepentí de tal pensamiento tan poco creativo. Había descubierto que la calma que reina bajo el agua es imposible de hallar en tierra firme. Es como si la ausencia de rojos favoreciera el letargo de las cosas y perdieran su ritmo natural. Pareciera que el tiempo se despereza entre azules, se demora peinando y despeinando algas o se entretiene soplando discretos remolinos.

Estaba en lo cierto, el camarote estaba aún en penumbras y Juan remoloneaba medio destapado. Aunque cerré la puerta con cuidado mi presencia lo terminó de despertar. Se levantó, pasó a mi lado, me besó con gesto teatral y desde el baño me preguntó sobre el mundo exterior. Le mentí, le dije que todo estaba en orden y rápidamente hablé de la excursión de buceo.

Reitero en este punto mea culpa. Debí vigilar a esa taimada. Me sorprendió su rapidez, su voracidad, su furia y su eficiencia. Fui una tonta en desestimar el olor de la tormenta.

Todo pasó sin aviso, en el mismo segundo que siguió a la calma. La luz fulgurante que entró por el ojo de buey, el trueno que sonó como una tonelada de piedras desgranándose desde lo alto, la vuelta campana sobre babor, el cambio de plano del piso, yo que corrí con el plano del piso cambiado hasta la puerta que no abrió y la flecha de agua que atravesó el vidrio grueso y nos ahogó a los dos tomados de la mano.

Fue cambiar aire por agua con un dolor indescriptible. Creo que estallé por dentro cuando se me acabó el oxígeno. No pensé que pudiera guardarse conciencia de ese momento, pero sí, recuerdo claramente el agua salada adueñándose de mis pulmones mientras lo miraba morir.


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Ahora estamos acá, en nuestro propio barco hundido, somos un nuevo punto de buceo. No sé qué pasó con los tripulantes ni con los otros pasajeros, posiblemente se hayan salvado. No veo a nadie que se parezca a nosotros: dos espectros asidos de la mano que vagan morosamente, como medusas, entre los hierros retorcidos cubiertos ya de todo tipo de flora y fauna. Apenas puedo reconocer la pileta y la barra de tragos. Bajo una reposera camuflada por cientos de organismos vive una pareja de pulpos; son simpáticos, se divierten cambiando de color. Los objetos han perdido ángulos y aristas bajo generaciones de coral. Somos morada de peces de todos los tamaños y formas. No sé sus nombres y no me mataré –ser un fantasma no acabó con mi sentido del humor- por averiguarlos. Me gustan unos plateados y chatos como monedas que andan juntos de a cientos y que a una sola orden telepática del dios que los guía cambian de rumbo sin titubear.

No estoy sola. Juan está conmigo. Cada tanto me envuelven sus brazos de agua viva y me besa con gesto teatral. Nuestros días de fiesta son aquellos en los que bajan los turistas a mirar el naufragio, tratamos de adivinar sus caras a través de las máscaras y apostamos caracoles sobre quién libera la mayor cantidad de burbujas. Parecerá una bobada, pero no hay mucho más que hacer por aquí. Es innegable la paz que nos rodea, el silencio; sólo extraño la voz frágil de Caetano.

Cada día que pasa me convenzo de que mi destino se trabó como la puerta del camarote por obra de esa maldita. Ahora que vivo aquí –lo de vivir es un eufemismo, claro- he tenido tiempo de observarlas y de vislumbrar el alma oscura de las tormentas. Las mueven sus mezquindades arremolinadas, sus odios cargados de vientos y sus rencores tronados hacia otras tormentas más poderosas, más devastadoras o más impresionantes.

Pero también hacen gala de su maldad vengándose de nosotras, las mujeres que como yo, tienen la habilidad de descubrirlas por el olor a resaca y peces muertos que en vano intentan disimular entre la claridad y la brisa.

http://www.youtube.com/watch?v=CyHylbVyT6c





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Enviado a PN el 26 de enero de 2008. Consigna 103. Tema CRUCERO bajo una TORMENTA

martes, 2 de febrero de 2010

CARA MIA








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Querido:


Cuando leas esto ya no estaré por aquí. No lo lamentes, te hago un bien. No te merezco.



He sentido la necesidad de enumerar qué me enamoró de vos:



Tu sensibilidad exquisita que te hacía detener en medio de la calle a contar los colores del arco iris después de la lluvia y a escribirme un poema para cada día del año.

Tu ternura infinita, escudo protector contra todos los peligros; con ella rondándome nada me podía pasar.

Tu humildad casi ridícula que me obligaba a recordarte, una y otra vez, lo maravilloso que eras cuando, por nimiedades y boludeces sin sentido, te deprimías.

Tu capacidad para satisfacer mis deseos sin importarte jamás las deudas impagables que ellos te generaban.
Tu paciencia tibetana capaz de perdonarme después de cada berrinche, de cada enculamiento y aún después de cada desliz.



Y ahora me voy, ya me pasa a buscar Roberto.

Quiero ser honesta, por eso te cuento qué me enamoró de él:



La blancura de sus dientes perfectos que dejan medialunas en mi cuerpo.

La firmeza de sus músculos bajo la piel de oliva de su abdomen.

La dulzura de su acento extranjero que me susurra “Cara mía” cada diez segundos.

La irresistible fragancia de su perfume francés que se enreda en todo lo que toca… con más razón en mí.
La indiscutible elegancia de sus Armani.
La potencia de su Ferrari roja.
La generosidad de su tarjeta dorada que nos conduce ahora mismo a Roma y que me permite cerrar esta valijita Louis Vuitton llena de lencería de seda negra de primerísima marca.
La violencia con la que me la arranca (la lencería, claro) sin importarle la primerísima marca.
La ferocidad con la que me demuestra su amor.


Antes tuya.
Helena





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Cuento enviado a PN el 18 de febrero de 2007. Descripción de un género con construcciones del otro género.

domingo, 31 de enero de 2010

CUESTIÓN DE SUPERVIVENCIA

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Mi buen trabajo me costó conseguir un permiso especial para entrevistarla. No es nada fácil que las puertas de una cárcel de máxima seguridad se abran para un ignoto periodista free-lance. La celadora, gruesa y con aire de tapir malayo, me acompañó hasta un recinto pequeño. Aparté de mi mente la sensación de claustrofobia, le agradecí al tapir y me senté a esperarla frente a una mesita desvencijada.

Helena apareció escoltada por otra matrona del servicio penitenciario. Había imaginado a una mujer de aspecto temible por eso me sorprendió su fragilidad de gorrión. Le perdí el miedo nomás verla pero me volvió la cautela cuando con voz ajada me pidió un cigarrillo.

–¿Fuma? –pregunté– No sabía… le dejo el atado.
–Gracias, me envicié acá, Si me disculpa la ironía, hay que matar el tiempo de alguna manera. ¿Por qué quiso entrevistarme? ¿Qué quiere? ¿Ser el nuevo Truman Capote? Me asombró la alusión literaria y debe habérseme notado en la cara porque agregó: –Se puede ser culta y asesina, una cosa no invalida la otra.

Intenté una sonrisa y le dije:

–Me atrapó la historia cuando la leí en el diario. Siempre me interesaron los crímenes pasionales.
–Entonces no le voy a servir para nada. No fue un crimen pasional, fue cuestión de supervivencia.
–Empecemos por el principio, ¿le molesta si grabo la conversación?
–Para estas alturas ya nada me molesta.

Encendí la grabadora y la ubiqué sobre la mesa de madera que nos separaba, Mientras tanto, Helena ya fumaba un segundo cigarrillo. Dio una larga chupada y exhaló la nube de humo gris mirando el techo como buscando ahí el principio de la historia.

–A Roberto lo conocí en un bar, en Flores. Me gusta, bah, me gustaba leer en los bares, la gente y los ruidos no me distraen. Me dan sensación de seguridad y por eso leo tranquila. Él se plantó delante de mi mesa y me preguntó qué leía. Le dije “Siéntese”, mientras giraba el libro para que él lo viera: Emma, Jane Austen. “Ese no lo leí, ¿me lo presta?” Le contesté que quería más a ese libro que a él y que tal argumento alcanzaba para justificar mi negativa. “Ya me vas a querer”, me dijo entrecerrando sus ojos de mirada oscura. Nunca me pasó nada igual, quedé prendada de su magnetismo. Dos cosas supe al instante, que él no era bueno para mí y que ya nunca me lo podría sacar de la cabeza.

Helena hizo silencio parecía atrapada en su recuerdo. Luego continuó:

–Él pidió un café y yo una gaseosa que jamás llegamos a consumir, Roberto me miró y dijo: “Vamos”. Dejó sobre la mesa los billetes que saldarían la cuenta y salimos del bar. Pasó su brazo por sobre mis hombros como preludiando la historia que acababa de empezar. Me besó casi con furia antes de entrar a su auto; recuerdo haber pensado en un conejo atrapado entre las garras de un águila. “Vamos”, dijo otra vez y yo no pude objetar nada, era imperativo que siguiera a ese hombre hasta donde él quisiera llegar.

Afuera atardecía. La luz entraba por una claraboya, por lo que la pequeña sala de reuniones se fue llenando de rosas y de rojos que creaban un aura mágica sobre la mujer delgada y teñían las volutas de humo que ascendían morosamente en espiral y se quedaban remoloneado largo rato pegadas al cielo raso. De pronto, como si las palabras le pesaran y quisiera deshacerse de ellas continuó el relato.

–Se metió en el primer telo que apareció en el camino, ninguno de los dos estaba como para elegir. La urgencia era dolorosa, si me lo pregunta no podría recordar ningún detalle, ni la calle siquiera. Le parecerá una exageración lo que le cuento pero le juro que fue así, éramos dos animales grandes con los instintos desaforados. Roberto respiraba con fuerza como si se bebiera el aire mientras se movía sobre mí. Me miraba con ojos de asesino y supe, íntimamente, que alguna vez tendría que matarlo.

–No entiendo –interrumpí– ¿qué la llevó a pensar eso?
–Mire, desde chica he sabido interpretar las señales que las personas dejan a su paso, como las huellas en la arena mojada. Digamos que es un don. No puedo explicarlo científicamente pero cuando esa decodificación me llega sé que es inevitablemente cierta. De todas formas, en ese momento, aparté el pensamiento, para qué voy a negarlo, lo estaba disfrutando, era el mejor amante que había tenido.
–¿Y qué pasó después?
–Nos seguimos viendo regularmente. No éramos una pareja, no se crea, nada de casitas ni proyectos, lo nuestro era sexo nada más; jamás supe con qué club de fútbol simpatizaba. Yo no quería compromisos y él era un misterio que nunca pude develar. Lo cierto es que las cosas en poco tiempo se fueron de cause; a mí me gustaba la violencia en las relaciones y él se excitaba con esa peculiaridad que finalmente hizo suya. En los encuentros posteriores la escalada de agresiones (como parte del sexo) se tornaron cada vez más duras. Creo que él nunca había sido tan feliz. Pero eso no podía durar, las alertas en mi cabeza habían empezado a sonar. Una tarde después de una batalla me miré al espejo y vi sangre en mi cara. Lo miré y eso lo volvió loco, estaba cebado. Supe que corría peligro, que para Roberto el verdadero goce estaba en la dominación extrema y que sólo con más sangre mía calmaría su sed. Comprendí entonces que no bastaba con dejarlo y que debía prevenirme; empecé a llevar conmigo una daga pequeña, de las que se abren con un resorte, que podía esconder en cualquier lado. Olía un final cercano.

Helena interrumpió su relato, ya no hablaba para mí, las secuencias de esa relación infernal pasaban delante de sus ojos.

–La última tarde me llamó excitado y confuso. Aún por teléfono se le notaba el apremio. Estuve a punto de decir que no, pero yo también era parte de ese mecanismo enfermo y accedí. Me acuerdo que me vestí como para una ocasión especial, perfume, escote, tacos... una mezcla de miedo y calentura me hizo correr por la calle.
Nos encontramos en el hotel de siempre; no me había equivocado, Roberto estaba fuera de sí. Ni bien llegamos a la habitación me aplastó contra la pared. Todavía recuerdo el ruido de mi cráneo y el dolor. Quedé aturdida y floja. Sus ojos encendidos me miraban con hambre; supuse que había tomado. Me echó sobre la cama y empezó a luchar contra mi ropa y la suya. Entendí que las cosas estaban peor que nunca y aproveché la distracción proporcionada por la tozudez de mis botas para deslizar la navaja –escondida en el bolsillo trasero de mi pantalón– bajo la almohada.

–¿No pensó en irse? –la interrumpí– usted ya sabía que eso iba a terminar mal, ¿por qué no se fue?
–No pude, o mejor dicho, no quise, no se olvide que yo era parte del juego y esa locura, que ahora era de él, la había empezado yo.
–¿Y qué pasó después?
–Encendí la mecha del final, le crucé la cara de una bofetada. Roberto masculló un “ya vas a ver” y comenzó a ahorcarme, sí, rodeó mi cuello con sus manazas y empezó a presionar. Pensé que me quebraría la garganta, el aire dejó de llegar a los pulmones, sentí que me aflojaba, que mi cuerpo se desprendía de mí. Eso debió sorprenderlo porque aflojó la presión de sus manos. Tenía un segundo para reaccionar y lo hice, era él o yo. Tomé la navaja y no pensé: se la clavé en el corazón. Sus ojos me miraron incrédulos antes de desplomarse sobre mí. No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude llamar al conserje del hotel. Lo que viene después ya lo sabe, la policía, el juicio, la sentencia…

–¿Por qué no alegó legítima defensa?
–Porque hubiera sido mentira. Entre Roberto y yo no cabían legítimas defensas. Sé que si yo no hubiera tenido ese segundo de lucidez en el que usé la navaja quien estaría conversando con usted sería él y no yo. Creo que tácitamente habíamos planeado la muerte del otro desde el primer encuentro aquella tarde en el bar de Flores.

La celadora tapir anunció que la visita se había terminado.Nos pusimos de pie y Helena adelantó su mano invitando a la mía a un último saludo.

–Mándeme un ejemplar del reportaje cuando lo publique, mejor aún, envuelva con él un cartón de cigarrillos.



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viernes, 29 de enero de 2010

HOUSTON

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Mientras trataba de poner la bombita nueva me dio por pensar. Siempre pienso mientras hago otra cosa, es un vicio. Sobre todo cuando se trata de aquellas tareas que no me gustan, seguro que para hacerlas más llevaderas. Pero esta vez deseché todo pensamiento que me desviara de mi cometido, no podía fallar.

El asunto vino más o menos así: se quemó la lamparita del recibidor, la que dejo encendida cuando salgo para encontrar algo de calor a mi regreso. Me da un poco de miedo entrar oscura en la casa así que no me demoré en conseguir la escalera, ya que una conjunción de circunstancias irremediables –mi baja estatura y el cielo raso altísimo– no me permiten la alternativa de un banquito.

Tuve la precaución de cortar la luz porque me pareció patética la perspectiva de morir electrocutada, sin perjuicio de lo cual, me calcé zapatos con suela de goma (más vale que sobre y no que falte, ¿no?). Me até a la cintura un delantal con bolsillo al frente para poner la bombita nueva hasta que llegara el momento del cambio; eso me aseguraría las manos libres. No soy muy ducha en las alturas, mas bien les temo, y tengo gran respeto por las escaleras; tal vez se deba a que una de mis pesadillas recurrentes es que me desnuco cayendo por una de ellas; la recuerdo filosa, de mármol, rosado y frío. ¡Ah! y como último accesorio de protección me puse los anteojos, no porque no viera, sino como escudo contra probables motas de polvo que, en el vaivén del manoseo, pudieran ensañarse con mis ojos.

Me felicito íntimamente por tener en cuenta estos detalles que garantizarán el éxito de mi empresa. Si no estuviera aferrada a la escalera me palmearía la espalda pero el terror a caerme entorpece el ascenso; ni loca renuncio a la seguridad de la madera clara.

Por fin –estirando el brazo en alto– accedo a la lamparita quemada. La desenrosco y, con movimientos medidos, la pongo en el bolsillo. Con la misma mano y con un floreo, tomo la nueva que emerge reluciente; la dirijo al portalámparas. Un acople de naves espaciales me viene a la cabeza: “Houston, tenemos un problema”, pero no, enseguida me doy maña para enroscar la lamparita. Me aseguro de que quede bien ajustada y comienzo el descenso.

Ya en tierra firme, conecto la luz y enciendo el interruptor. ¡Habemus lux! –sonrío satisfecha– y lo celebro destapando una cerveza fría.

El líquido helado ahoga las lágrimas en mi garganta al pensar –eso pasa por pensar y suelo hacerlo mientras hago otra cosa– en que la cerveza fría debía habértela servido a vos después de que, sin tanta vuelta, cambiaras la lamparita en dos patadas.

Caigo en la cuenta, –y la certeza es como un golpe– de que hace ya un año que no estás conmigo.

Cuento enviado a La Nación el 24 de marzo de 2008. Enviado a PN el 12 de julio de 2008.

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jueves, 28 de enero de 2010

LA BAILAORA

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Parece casual, pero ella ha planeado todo al milímetro… bueno, a decir verdad, todo no.

El colmao espera impaciente como un monstruo que contiene la respiración. Han pagado por verme, están ansiosos; tan ansiosos como yo, que aunque mil veces haya entrado a escena, muero y resucito cada vez, lo juro por la Macarena.

Oscuridad rota por un reflector. Su luz blanca, baña mis manos que fabrican mariposas en el aire negro. Sobre la madera noble inicio el taconeo, lento y cadencioso. El reflector dibuja un círculo sobre mis pies; ellos marcan un ritmo seco y claro casi el golpe certero de un martillo alimentado a pura furia o a pura poesía. Hablan las castañuelas picando la atmósfera con su voz de vieja.

La luz se hace plena sobre mí, revela la preciosa bata de cola, roja como la sangre de un toro, que se adhiere a mis caderas y allí se rompe en una catarata de volados espumosos que me acarician las piernas. Arqueo la espalda y, con un ademán de todo el cuerpo, echo la cabeza hacia atrás, derramando sobre el público y sobre ti, amor, mi legendaria cabellera negra, el sello de la diva.

Es el turno de tu guitarra, que le cantará entre tus manos a nuestro amor secreto. La luz me ciega pero puedo oler tu perfume almizclado enroscándose en las notas que tocas para mí.

Bailo esta noche sólo para tus ojos. Muchos nos miran pero somos sólo dos, puedo sentirlo. Tu música replica mis movimientos. Conversamos, tu guitarra y yo; por momentos son murmullos quedos y al siguiente, gritos quemados por el fuego.

Termina el show, amor. Los aplausos quiebran el clima de catedral. Nos aclaman pero no los oigo. Saludo con una lenta reverencia y dirijo, con mi mano, las loas hacia ti.

Vuelan las rosas encarnadas sobre el escenario. Al descuido recojo una, camino con lentitud y la dejo, con un beso trémulo, en la boca de tu guitarra. El público delira con ese gesto drástico largamente ensayado.

La coreógrafa, entre sombras, también recibe su porción de alabanzas; ella ha planeado, al milímetro, con garabatos de tiza, tanto mis idas y vueltas como el lugar exacto de tu taburete y el del atril de tu partitura.

Las cosas seguirán así, mantendremos la concordia entre los tres mientras no le vayan con el chisme de que su marido, el guitarrista, es mío.



Enviado a Perras Negras el 6 de agosto de 2006. Consigna 26 Instrumento musical.

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lunes, 25 de enero de 2010

FERREIROS DEBE MORIR -parte II- (El regreso)

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“Negocios son negocios”, me había reiterado el gerente de programación del canal para convencerme. Y era cierto, la enorme suma de dinero que me pagarían por mi trabajo era la única razón para que hubiera aceptado volver a dirigir en una novela a ese estúpido, engreído, energúmeno y enorme –estaba cada vez más gordo– Roberto Ferreiros. No podía entender que semejante bodoque, quien no podía articular más de dos palabras seguidas sin babear, fuera el galán de un millón de mujeres en este país y de otros tantos en Latinoamérica. Eso era lo que aseguraba la presidenta del club de fans del actor, una horrible mujer de pelo platinado cuyas cejas depiladas en forzado arco pintaban en su cara una expresión de perpetua maldad que ostentaba aun durante el sueño (suposición mía porque –a Dios gracias– nunca he dormido con ella).

Pero un nuevo ingrediente se sumó para alimentar la hoguera de mi odio y era más poderoso que el que Ferreiros fuera un pésimo actor, que su panza lo anulara como galán y que escupiera al hablar (las salpicaduras captadas por la cámara eran un asco): Abigail Adams.

–Quiero presentarte a la estrella de la novela –me dijo una tarde el gerente de programación. Corrían los días previos a que empezara la grabación del mamotreto que tenía que dirigir y me arrastró de un brazo por los largos pasillos del canal–. Abigail, querida –susurró meloso–, te presento a Robles, tu director.

–Ay chico, ¡qué chévere cuanto honor!– me dijo la venezolana reina de belleza extendiéndome la mano.

No sé si besé su mano o su mejilla, si le dije “el honor es todo mío” intentado agravar mi voz y recordando alguna línea de una película de Mirtha Legrand, o si simplemente me morí. Debo haber muerto porque solo vislumbré un esfumado de la escena; he usado ese recurso muchas veces en mis trabajos y sé de lo que hablo. Para cuando volví de entre los muertos me había enamorado perdidamente de Abigail. En dos minutos planeé divorciarme de mi segunda mujer (incluso calculé cuánto debería pasarle por mes de acuerdo al tiempo que llevábamos casados), negué cualquier posible relación sentimental de Abigail con otro hombre y planeé dos o tres maneras posibles de abordarla con éxito. Después me dediqué a mirarla. Era mezcla rara de diosa y pantera, no, en serio, debía tener algo de sangre indígena y de vikingos. Vaya uno a saber. Esos mestizajes suelen resultar tenebrosos, pero en este caso la genética de Abigail regalaba, a quien pudiera mirarla, una piel sedosa de un exquisito dorado oscuro y una cabellera rubia que reptaba sobre su espalda deteniéndose justo dónde comenzaba el fabuloso trasero que adivinaba bajo la tenue falda roja. No lo he dicho todavía pero, seguramente por deformación profesional, tengo visión de rayos X. Y eso que todavía no hablé de sus ojos que eran rasgados y verdes. Debajo del izquierdo, un pequeño lunar castaño la convertía en lo que la definía: única.

Si conté todo esto es para explicar mis acciones posteriores.

El tema Abigail no me resultó fácil, la rubia era escurridiza como una anguila y conocía perfectamente la magnitud de su poder de modo que pospuse su captura para más adelante. Calculé que cuando termináramos el rodaje de la novela ambos estaríamos más tranquilos. Ferreiros me estaba poniendo los nervios de punta, al promediar el rodaje mi relación con ese boludo era insostenible. Baste decir que para aguantar sus veleidades de divo me apuntalaba con Valiums y Alplaxes con el desayuno y Jack Daniel’s a discreción.

Pero un día, cuando ya teníamos casi todo grabado, las promociones de la novela estaban en el aire, habíamos ofrecido la conferencia de prensa de presentación y sólo faltaba la escena de la muerte de Ferreiros me enteré.

–Este tipo es un pelotudo por dónde se lo mire –le dije a mi asistente– ¡¡Ferreiros, te dije que cuando escuches el disparo simplemente te caigas sobre la cruz que te marqué en el piso y nada más!! –grité medio desaforado al interrumpir la novena toma de una escena que debía ser fácil. Nada más fácil: la cámara uno registraba el revolver en la mano de Abigail que asomaba por la ventanilla de la limusina, se escuchaba el disparo y la cámara dos tomaba a Ferreiros cayendo sobre la vereda de la locación elegida. Eran exteriores legítimos, para lo cual habíamos pedido el permiso a la municipalidad, cortado el tránsito, dispuesto las luces, los micrófonos, el catering sin el cual nadie mueve un dedo…En fin, era un despliegue de treinta personas entre actores, extras y técnicos y el muy infeliz se empeñaba en arruinar todo.¿Cómo?, simplemente sobreactuando: tomándose el pecho con ambas manos, mirando alternativamente –y varias veces– al cielo y al suelo, abriendo y cerrado los ojos, temblequeando la mandíbula con la boca abierta, cayendo ridículamente y dando varias vueltas sobre sí mismo antes de quedar despatarrado en la mitad de la calle.

Para mejor hacía un calor de morirse y todos teníamos un humor de perros. Alguien me alcanzó una revista de espectáculos para que me abanicara. Se detuvo mi corazón cuando vi la tapa: Abigail y el salame de Ferreiros aparecían abrazados en una fotografía atrapados –aparentemente– in fragantti a la salida de una discoteca.

Dos cosas me decidieron, la foto y el hecho de que no iba a permitir que Ferreiros arruinara otra novela. Ya sé que alguno objetará mis métodos pero en el amor y en los negocios todo se vale. Soy el director y eso me da mucho poder (siempre que no se trate de gastar más dinero). Nadie me lo ha dicho abiertamente pero se rumorea sobre mi fama de meticuloso, quisquilloso y perfeccionista… no dejo cabos sueltos.

–Cortamos para comer –grité–. En media hora los quiero a todos en sus puestos. Abigail, corazón, dejame el revólver para que los muchachos de efectos especiales lo preparen nuevamente para el disparo.

Todo salió como lo preví.

La piel de Abigail es más sedosa de lo que imaginaba y la novela tuvo un éxito arrasador. La inexplicable muerte de Ferreiros en la escena final víctima de balas verdaderas nos aseguró como cincuenta puntos de rating desde el primer capítulo. Creo que la policía aún sospecha de la presidenta del club de fans, la gorda platinada de cejas depiladas en forzado arco y ataviada con exquisito mal gusto quien en algún momento oportunísimo hizo declaraciones poco felices sobre Abigail y el tarado de Ferreiros (Dios lo tenga en su santa gloria y no lo deje volver).


Cuento enviado a PN el 28 de enero de 2008. Consigna: "El fin justifica los medios"


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jueves, 21 de enero de 2010

FERREIROS DEBE MORIR (Parte I)

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–¡Coooorten!– dijo el director

Se levantó de su silla de lona y empezó a llamar a los gritos a los actores de la toma siguiente. Se rodaba un exterior de la telenovela que cada tarde hacía inexplicablemente 30 puntos de rating. Midió la luz y le marcó la escena al galán, un tal Roberto Ferreiros quien debía subir al globo aerostático con cierta gracia. Tomó dos notas mentales:
1) Imperativo: ocultar al ojo de la cámara la panza bamboleante del fulano.
2) Limitar el catering

Por fortuna era el último día de rodaje con ese tipo insoportable, un modelito venido a más, inflado por la prensa del espectáculo y con novio poderoso en el show–business.
–¡Acción!– gritó y se concentró en el rodaje.

La cámara le hizo un plano corto a Ferreiros, tomando su famoso perfil – tal vez el otro no existiera dado que nadie lo había visto jamás–. El rostro del hombre debía expresar dolor y determinación en aquella hora amarga que señalaba el guión. No lo lograba.

Otra cámara con plano abierto registraba el lento ascenso del globo en medio de otros que completaban el escenario de la locación. Aprovechaban una competencia de globos aerostáticos que se realiza anualmente en San Luis. Había que abaratar costos.

El actor se tomó de los tensores y subió al borde de la canasta. La intención de saltar era clara. Ferreiros debía morir.

-¡Cooorten! Se imprime…

Con Ferreiros muerto la cosa sería más fácil. Un día más de grabación con ese salame y se pudría todo. El director celebraba por adelantado el no verlo nunca más.

A la ola de llamados, cartas y mails se sumó al piquete que un grupo de pulposas matronas con pancartas ofensivas armó frente al canal, el mismo día en el que entendieron que el capítulo siguiente se iniciaría con el cuerpo inerte de Ferreiros sobre el campo.

–Si Ferreiros se muere, nosotras no les vemos un piojoso programa más, ¿Mesplico?– le dijo a la cronista de “Intrusos en el Espectáculo” una gorda vestida con exquisito mal gusto. La mujer de cabellera platinada y cejas tan depiladas que dibujaban en su rostro una expresión de perpetua maldad era, a todas luces, la presidenta del club de fans del actor.

En la calle, vallada por la policía, las mujeres rugían por Ferreiros.

Unos metros más arriba lejos de los gritos, el gerente de programación recibió un par de llamados de los directivos del canal e hizo otros tantos.

–Negocios son negocios –le explicó por teléfono el gerente al director– Ya di orden a los escritores para que Ferreiros caiga justo sobre un camión cargado con colchones.

El director cortó, se tomó dos valium con un trago de Jack Daniel’s y repitió con resignación:
–Negocios son negocios.

Este cuento fue envidado a LNOL el 28 de febrero de 2006 - Consigna globos y a Perras Negras el 5 de agosto de 2006
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martes, 19 de enero de 2010

CHAU ROBERTO

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La primera invasión de mariposas gigantes se desató el mismo día que empezó a llover vapor. Recuerdo que me asomé a la ventana atraída por las corrientes desmadejadas de agua falsa que, como jirones de nubes, quedaban enganchadas en las rejas de los balcones

Un aleteo cada vez más cercano me obligó a mirar hacia el oriente. Nadie habrá visto jamás espectáculo más hermoso: un enjambre de mariposas grandes como gaviotas, de alas aterciopeladas cruzaba el aire denso dibujando una caprichosa espiral.

No las había admirado más que un segundo cuando una de ellas reparó en mí y se lanzó en picada desde la lejanía.

–Cuchi-chuchi-cuchi– llamé al batracio alado, al tiempo que describía con mi mano derecha un velocísimo movimiento frotando brevemente el pulgar, el índice y el dedo mayor. Me asusté cuando a menos de un palmo de distancia le vi la boca llena de dientes de piraña.

Cerré la ventana justo a tiempo. De lo contrario el maldito arácnido me hubiera descosido la yugular. El marsupial de colores brillantes se estrelló contra el vidrio con un ruido entre gomoso y de maderitas rotas.

Para calmar mis nervios preparé un té tilo y sintonicé con el microondas el canal que daba noticias las veintiocho horas del día. Alguien nos diría qué hacer con esta nueva calamidad.

Para variar, llamó Roberto y me avisó con sus modos ampulosos la vieja novedad. Los terribles mamíferos implumes le dieron una nueva excusa hacerse el galán conmigo:

–Uno de esos asquerosos crustáceos entró por la ventana y se comió al contador a dentelladas, yo salté por la ventana del piso 32 y acá estoy, fresco como una lechuga– me dijo entre atemorizado y adrenalínico.

–Ok, Rober –le dije– la tele dice que estos inmundos reptiles son un verdadero peligro, nadie sabe qué hacer, escondete. Pensándolo bien creo que lo mejor será que desinfles una de tus dimensiones, te pliegues y te guardes en el bolsillo interno del saco hasta nuevo aviso.

Sabía que Roberto me haría caso… era un bobo con papeles. Nadie podía volver a inflarse sin ayuda; este plomo irredento pasaría la próxima eternidad dentro de un bolsillo.

–Chau, Roberto– me dije y tomé un sorbo del tilo al que le había agregado un chorro de Johnnie Walkers para potenciar el relax prometido por la infusión.

Afuera, caía la tarde ruidosamente contra los árboles del jardín, aplastándolos como todos los amaneceres. Los malévolos equinodermos rondaban la ciudad buscando humanos desprevenidos. La noticias anunciaban con literales bombos y platillos la lista de víctimas fatales que, desangradas, esperaban que los mezclaran con algunos alógenos y los volvieran alimento para el ganado porcino –esto del reciclado estaba llegando a límites ridículos-.

Tuve hambre. Busqué en la heladera y, como siempre, el viento me despeinó no más abrirla.

“Ningún braqueópodo de porquería se va a interponer entre mi deseo de un alfajor Jorgito de chocolate y yo”. Uniendo la acción a la palabra, me puse una máscara para practicar esgrima, me vaporicé con una nube rosa de “Very Irresistible”–las chicas como una siempre nos perfumamos antes de salir– y tomé del paragüero una raqueta de tenis para enfrentar a esas alimañas.

Me encontré en la vereda con un espectáculo terrorífico: Las mariposas asesinas perseguían a los transeúntes, se metían en los colectivos y aún en las bocas de los subtes. Gente mordida corría desesperada de un lado a otro.

Temiendo lo peor avancé hasta el kiosco más cercano.

Camino a casa y dispuesta a saborear el alfajor envuelto en papel dorado, uno de los malvados miriápodos me saltó encima desde un tacho de basura. No pude pegarle con la raqueta porque venía con la mente fija en el alfajor. Supuse que me debía despedir del mundo cuando escuché que el horripilante molusco gritaba con una voz sorprendentemente aguda:

-¡¡¡Very Irresistible noooooooooooooooooo!!! La mariposa cayó muerta en la vereda con las patitas rayadas hacia arriba.

Fue así como, atando cabos, descubrí el antídoto que nos libraría de esa plaga de antipáticos platelmintos.

Como haría cualquier ciudadana de bien, avisé de mi descubrimiento a las brigadas rescatadoras, a los bomberos y a la guardia urbana. Se deshicieron en alabanzas porque no tenían ni la más puta idea de lo que hacer y ya habían recolectado alimento para ganado porcino hasta el 2026.

Obviamente confiscaron las existencias de la fragancia de Givenchy de todas las perfumerías. Yo no les dí mi frasco, soy buena gente pero no cometo excesos. Los científicos del gobierno averiguaron que la mejor manera de matar a esas turras era con fuego alimentado por el perfume. El humo rosa atacaba a las invasoras con mayor rapidez.

Cuando todo pasó, cuando los cadáveres de los coleópteros infames se pudrían gracias al fulgor de las antorchas alimentadas con el Very Irresistible algo me remordió la conciencia. Busqué en el celular las coordenadas del último mensaje de Roberto. Tal vez fue el tilo, o el Johnnie Walkers, o las emociones extremas, pero algo de eso obró en mí y salí decidida a rescatarlo de su universo plano. Como ya dije: soy buena gente.



Enviado a Perras Negras el 9 de abril de 2007. Consigna 61 Cuento sobre SITUACIONES IMPOSIBLES con la física, la química, la realidad o la cronología

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lunes, 18 de enero de 2010

TRES HELENAS

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Tres Mujeres - Pablo Picasso



Helena subió la ventanilla del auto, el viento comenzaba a molestar y arremolinaba su pelo negro. El shopping abría sus puertas a las diez. Faltaban cinco minutos en su reloj cuadrado. Pisó el acelerador sin remordimiento alguno. La oferta de sábanas de Falabella era el único motivo que la empujaba hacia allá aunque se estaba arrepintiendo, una tormenta amenazaba con estallar de un momento a otro. El cielo del norte eran solo grises y violetas. Le fascinaban esos fenómenos meteorológicos tan estremecedores, tan aparatosos pero temía quedar atrapada en medio de uno. Prefería contemplarlos desde la seguridad de su décimo piso en la calle Amenábar. La sorprendía el contraste que ofrecía aquella Buenos Aires tan segura de sí a la luz del sol pero que se tornaba vulnerable y peligrosa cuando se hallaba a merced de esos aguaceros tropicales cada vez más frecuentes.

A través del visor de su casco Helena miró el Nisson micrométrico que se ajustaba a su muñeca. Ese modelo, en particular, mostraba tanto el paso del tiempo -con una miríada de veloces pelotitas verdes-, como su presión arterial y la atmosférica por medio de sendos hologramas. Este último dato ponía en evidencia la inmediatez de una tormenta que ya se anticipaba por el este. Aceleró. El centro comercial se recortaba contra el horizonte oscuro. No le dedicaría más de doce préxeles a cambiar esas botas decididamente estrechas que se había equivocado al elegir. Amaba las tormentas pero le provocaban temor; desconfiaba de sus poderes ilimitados. Sería mejor disfrutarla a través de los paneles de vitrix ultrafino de su casa que levitaba en el nivel setecientos veintidós de Axur city.

Helena buscó el sol para orientarse. No lo encontró. Las nubes negras no presagiaban nada bueno. Clavó su mirada en el sur; casi adivinaba el Egeo. De allí provenía el aire que traía rumores de tormenta y despeinaba su pelo largo y rojo. Venía del mercado de Eleusis y, aunque le pesaba la canasta repleta de pescado fresco y pan, apresuró el paso. Le gustaban las tormentas, eran un espectáculo único para ver pero desde su casa pues les tenía miedo. Sabía que obedecían al enojo de los dioses y había aprendido a sospechar de ellos en secreto; los intuía malvados y vengativos. Para los señores del Olimpo cualquier mezquindad era buena excusa para desatar sobre sus griegos las peores calamidades.

Un rayo, vocero de tempestades, cuarteó el cielo verdoso. Con la irrupción del trueno todo pareció quebrarse. Los átomos del mundo se disgregaron y volvieron a reunirse en una fracción de eternidad.

Durante ese ínfimo espacio de fractura se transgredieron las leyes del tiempo y del espacio. Atravesando planos paralelos, tres Helenas se abrazaron protegiéndose entre sí del mismo temor que las hacía una.



Este cuento fue publicado en Perras Negras en septiembre de 2008 bajo la consigna "personajes que no se conocen

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jueves, 14 de enero de 2010

SIEMPRE QUISE CONOCER ITALIA

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El Vesubio en erupción - Joseph Mallord William Turner


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Cuento viejo publicado en Perras Negras el 25 de abril de 2006. Consigna: Biografía ficcional (más o menos 200 palabras)



Nací, aunque suene presuntuoso, en las entrañas de la Tierra; en ese caldero sulfuroso de magma burbujeante, sometida a presiones imposibles de tan infinitas, donde los elementos se mezclan en caldo hirviente y ensayan múltiples combinaciones minerales para que, en el momento preciso, pueda convertirme en la cáscara del planeta, basamento y ancla de sembradíos rubios, desiertos de arena y viento, bosques umbríos, vastas sabanas africanas galopadas por gacelas y leones, polos cada vez menos helados o ciudades atestadas de humanos nerviosos, destructivos y acelerados.

Mi experiencia en estado líquido ha sido rica, placentera. Por eones he recorrido el interior del planeta en moroso viaje, deteniéndome sin prisa en cada lugar. Tuve tiempo para soñar mi libertad y ya estoy lista para salir. Ardo –literalmente– por encontrarme con la atmósfera que apague mis fuegos con la brusquedad de su abrazo. Desesperada busco mi destino de roca. Sé que en algún lugar, por aquí cerca, se acumula energía que pugna por emerger tal vez por una grieta en medio del mar –que intuyo oscuro y aterrador– o quizá por el amado Vesubio… ojalá sea el Vesubio.

Aunque cueste una tragedia, siempre quise conocer Italia.


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lunes, 28 de diciembre de 2009

EL CUERVO

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Afuera, la silueta de un cuervo posado en una rama se recortaba contra el redondel de la luna; adentro, la oscuridad me devolvió a Leonora.

Ella entró en mi habitación. Como siempre, me perturbó su soltura, su dejadez animal que le permitía deslizarse, como un gato, entre despreocupada y orgullosa. Solo la cubría la clara sedosidad de su piel. Derramó su mirada verde desde mi cabeza hasta mis pies; adiviné en sus ojos una intención desconocida, prevenido quizás, por sus párpados entrecerrados y una sonrisa enigmática.

Me detuve en el centro del cuarto y ella me rodeó, diría que casi me rozó al pasar. Su perfume me tendió la trampa de la que ya era cautivo. Lo cierto es que, en ese momento, pareció ignorarme; abrió la cama y señalándola con un índice despótico me dijo:

- Sacate la ropa y acostate boca abajo.

Obedecí mientras Leonora encendía una vela, apagaba la luz y se demoraba en la búsqueda de algo sobre lo que no supe hasta minutos después. Sin mediar palabra se sentó “a caballo” sobre mis muslos. Pude sentir el calor de sus piernas y la suavidad de su vello; una mezcla de excitación y curiosidad me invadió de inmediato.

Muda, derramó una sustancia oleosa y cítrica sobre mi espalda. Sus manos iniciaron una labor minuciosa deteniéndose en cada músculo, sobando sus límites, masajeando, golpeando, recorriéndome desde la nuca hasta la cintura en una suerte de camino tan resbaloso como sensual. Desarmó, uno a uno, los nudos liados por las tensiones y la tristeza reciente. Enredó mis vértebras entre los ochos que trazaban sus dedos. Me fui aflojando, relajando; podría haberme dormido de no ser porque ella seguía sentada sobre mí. Cada vez que estiraba sus brazos para alcanzar mis hombros apoyaba sobre mi espalda sus pezones que, repetían –con dilay de un segundo- los movimientos de ella y trazaban sobre mi piel la escritura de un dios. Percibía con claridad su aliento cuando estirándose masajeaba mi cuello. Recuerdo la punta de su nariz sobre mi oreja; su respiración reposada, su exquisito silencio.

La oscuridad no era completa, la flama se duplicaba en el espejo que cubría las puertas del placard. Con el rabillo del ojo miraba el reflejo de Leonora. La imagen no podía ser más sensorial, ni más inquietante: una amazona de pelo largo y cobrizo sobre mí: un oscuro animal rendido. Quería grabar en mi retina su perfil, su melena que recobraba los fulgores de la llama y la perfecta geometría de sus nalgas. Pensé: “de tener talento, plasmaría esa imagen en un lienzo”.

De pronto se ubicó un poco más atrás y, untándose nuevamente las manos, se dedicó a mis glúteos, los amasó con cierta agresividad que disfruté en medio de sensaciones turbadoras. Se consagró luego a mis piernas, deteniéndose en gemelos y tobillos hasta lograr que olvidaran todos los caminos recorridos. Por último se abocó a mis pies. No puedo recordar algo más maravilloso.

Mi cuerpo era una mezcla de nubes y deseo. Ignoro cuánto tiempo pasó desde que comenzara su amorosa tarea pero noté que la vela ya se había consumido considerablemente. En esos cálculos estaba cuando ella susurró en mi oído:

-Date vuelta.

Mansamente acaté su mandato, podría haberme pedido que me tirara por la ventana que también hubiera accedido sin chistar. Arrodillada sobre la cama, volvió a mirarme, reparé en la simetría mágica de su torso y en la concavidad de su abdomen. Lentamente se acostó sobre mí, me besó profundamente en la boca, como sólo ella sabía hacerlo y luego pasó su lengua por mi garganta. Armó un camino descendente de besos pequeños –como pellizcos- que alcanzó mi ombligo y llegó a mi pene que para ese momento se elevaba tenso. Lo besó, lo lamió y lo guardó en su boca mientras acariciaba mis testículos. Confieso que no podía aguantar más, necesitaba entrar en ella imperiosamente. Así lo entendió porque dijo:

-Ahora te toca a vos- y rodó sobre la cama sujetándome en su abrazo hasta quedar abierta para mí. Pese al relax previo no tardé ni un segundo en penetrarla. Me rodeó con sus piernas mientras yo empujaba con una violencia desconocida. Estaba claro que ese masaje sensual había sido un regalo prodigado para ambos ya que rápidamente su respiración se aceleró y arqueó su espalda (¡qué línea tan hermosa trazó su cuello!) gritando mi nombre. Caímos los dos, flojos, laxos, felices, satisfechos, cómplices, amados, uno solo en dos.

La miré, tenía el pelo desordenado sobre la almohada y su piel era bronce a la luz naranja de la vela. Jamás -y eso que he vivido- había sentido algo así por una mujer. “Esto es, sin dudas, el amor”, pensé. Entre dos besos le pregunté:

-¿Leonora, cuándo volverás?
-Nunca más.

El graznido de un cuervo rayó el silencio del amanecer. Desperté desconsolado y solo; me senté en la cama revuelta empapado de sudor. El semen se pegoteaba entre las sábanas y tenía el rostro mojado por las lágrimas. Creí percibir en el aire un leve aroma de naranjas.

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Este cuento fue publicado en Perras Negras el 1º de nov 2007 bajo la consigna "Cuento erótico" y está inspirado en el poema "El cuervo" de Edgar Allan Poe.
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EL CUERVO
Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)

UNA VEZ, AL filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

imagen:http://enunlugardelared.files.wordpress.com/2009/04/cuervo-2.jpg

domingo, 13 de diciembre de 2009

LA TRAMPA DE PUERTO BLEST



“Hablá mamá, decime la verdad”


Aunque la verdad no había sido dicha hasta ese día y ni siquiera era una verdad concreta –solo un montón de cabos sueltos, voces deshilachadas, precisiones desdibujadas por la cola del tiempo– él la intuyó por siempre. Se había sentido distinto a todos desde que tenía memoria y se mantuvo reacio al amor que el familión se obstinaba en prodigarle. Ni siquiera había llorado en el funeral de su padre. Hay cosas que están dentro de uno, que no han llegado a través de las palabras ni se han leído en documentos con la firma de un notario, que poseen la contundencia del hierro. Son certezas que, aunque el universo las niegue, tienen en quien habitan la validez del propio reflejo.

Los últimos dos años habían tenido la crueldad de un tornado tal vez para oponerse a la benevolencia de los anteriores treinta y cuatro. De pronto le estalló en plena cara una crisis de identidad que incluyó detectives, psicólogos y abogados. Todavía, casi dos años después, no había perspectivas de solución.

Roberto era el típico niño bien, educado en los mejores colegios y acostumbrado a que sus menores caprichos fueran satisfechos. Como era previsible terminó ocupando un lugar de privilegio en la empresa familiar y casado con una reina de belleza cuyo amor duró sólo lo suficiente para darle a Teo, el hijo de ambos, el único ser en cuyos ojos podía reconocerse. “Son igualitos”, le decían cuando estaban juntos y él explotaba de orgullo porque nunca antes había sido igualito a nadie.

“Hablá mamá, decime la verdad”

Hasta el día de la revelación de su madre todo había sido una sensación furtiva oculta tras el ademán como de espantar moscas que se dibuja en el aire ante un malestar pasajero con la vana intención –ni siquiera mencionada- de no lastimarse. Recordaba alguna lejana conversación entre sus tíos pescada de contrabando durante una tarde de verano que, aunque abonaba la bola negra que crecía en su interior, había decidido ignorar. Y algo más: aquella visión en la Terminal de micros de Retiro, cuando tendría catorce o quince años, la cara de aquel chico desconocido -su propia cara en realidad- pegada a la ventanilla del ómnibus que se iba a Córdoba que no había podido olvidar. Tal vez las cosas hubieran seguido así, en una continua negación, si el destino, tan despiadado como inexorable, no le hubiera tendido la trampa de Puerto Blest.

En enero de 2006, todavía casado con Helena y en un intento de salvar el matrimonio (que ni un viaje a la Luna hubiera logrado componer), eligió Bariloche como destino de vacaciones. Roberto pensó que el ambiente diferente, las bellezas naturales y la propuesta de una no rutina devolverían algún rescoldo a una pasión extinguida. Nada de eso pasó, un gesto de asco perpetuo se instaló en la cara de Helena ni bien despegó el avión y permaneció allí hasta el regreso a Buenos Aires. Pero como ya estaban en el baile, y había que bailar, concertaron la excursión a Puerto Blest.

No obstante el sol hacía frío. Se felicitó por haber llevado la campera; compró los tickets y se dispusieron en el último lugar de la fila de turistas que, como ellos, pretendían subir a la embarcación que los llevaría a través de uno de los brazos del Nahuel Huapí hasta ese puerto recóndito, perdido entre las montañas.

Nunca pensó, al subir la escala, que su interés por navegar el Blest se desvanecería en los segundos siguientes cuando la guía de turismo que les daba la bienvenida, le dijo:

–¿Otra vez por acá, tanto le impactó el paseo?
–No entiendo– dijo Roberto desconcertado.
–Se lo pregunto porque es raro que un turista haga la misma excursión dos días seguidos, como usted vino ayer…
–Yo no vine ayer. Nunca había estado aquí antes.
–Entonces tiene un doble. Búsquelo, no debe andar lejos –dijo la mujer con una risotada final y de inmediato tomó el micrófono para darles a los pasajeros las instrucciones de la zarpada.

No pudo explicar, en ese momento, la desolación helada que se le montó en el alma. Nada, ni el azul profundo del agua, ni la tumba del Perito Moreno, ni la fantasmal presencia de la cumbre del Tronador, eternamente festoneada de nubes negras, logró sacarlo de su abstracción. Sólo quería volver a la ciudad para mirarse al espejo o para buscar al otro.

Esa noche, en el restaurant, el mozo lo saludó con demasiada afabilidad. Roberto le preguntó:
–¿Nos conocemos?
–Sí, bueno, en realidad no, usted vino hace unos días y yo lo atendí, me acuerdo porque me dejó una buena propina.

Roberto no pudo probar la pizza de tomate y roquefort, sólo jugueteó con la porción en su plato. Intentó explicarle a Helena lo que creía que estaba pasando, pero ella estaba lejos de allí, hablando por celular quién sabe con quién. De inmediato pensó que era una suerte no haberle dicho nada a su mujer ya que jamás le había planteado sus temores, sabía de antemano que la respuesta de la reina de belleza sería: “Roberto, no rompas más, ¿querés?”

Los dos días siguientes los pasó ensimismado, rumiando conjeturas, buscando –en las veredas, en el interior de los autos, en las ventanas de las casas y en los lobbys de los hoteles– su cara en otro hombre. Un nuevo incidente, parecido a los anteriores, puso otro ladrillo a su teoría: Se probaba un sweater verde, de micropail, especial para esquiar, cuando la vendedora le preguntó:
–¿Usted ya lo llevó en azul, no es cierto?

Cuando el avión llegó al Aeroparque, no respetó la fila de los taxis, puso a Helena en uno y él se tomó el siguiente auto, sin más explicaciones que: “Tengo que ver a mamá”

“Hablá mamá, decime la verdad”, le dijo a su madre aquella noche con la decisión de quien no se va sin saber.

La anciana trató de eludir la respuesta, pero al mirar a Roberto a los ojos entendió que la farsa se había terminado; sólo pudo llorar con las manos sobre su cara.

–Tu padre no quiso darme detalles, siempre que le preguntaba se ponía tenso y al final aprendí a no hacerlo más. Nosotros no podíamos tener hijos y en esa época no existían las técnicas de ahora. Sólo sé que una noche, llegó de viaje desde Córdoba, creo, y te trajo envuelto en una manta celeste. Nunca quiso que te dijéramos nada, no se estilaba en aquel entonces. Yo respeté su deseo porque me había dado lo que yo tanto quería.
–¿Y vos, no quisiste saber más?,¿qué hago yo ahora?,¿quién soy?, ¿tengo hermanos? Vieja, hay alguien igual a mí, tengo que saber, tengo que encontrarlo. Me voy a volver loco si no armo bien mi rompecabezas…
–¡Sí!, de eso me acuerdo –lo interrumpió la mujer como rescatando una visión casi borrada–, él me dijo aquella noche, y recuerdo que a tu padre se le atragantaron las palabras como si quisiera despojarse del recuerdo, que tu madre había muerto y que tenías un hermano gemelo que se lo llevó otra persona. Pero más vale no revolver, Roberto, ¿para qué querés saber?
–Mamá, hace treinta y cuatro años que vivo la vida de otro. Necesito saber quién soy, buscar mis orígenes, encontrar el rastro de mi sangre. Tengo que darle a Teo una historia real, mi historia tiene que ser real. Tal vez no lo entiendas, vieja, pero es una tarea ineludible que tengo que empezar ahora.

La consigna de este cuento era "lazos de sangre"

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